Blog • Diciembre 2009
Lecturas de 2009: Juan Sebastián Cárdenas
El colombiano Juan Sebastián Cárdenas es autor del libro de cuentos Carreras delictivas
A mediados del año que termina leí el extraordinario libro de Wade Davis, El río, en la traducción que hizo Nicolás Suescún para Pre-Textos. Resumiendo mucho podría decirse que es un libro sobre las expediciones botánicas de Richard Evans Schultes por la Amazonía. Pero es también un libro de introducción al pensamiento de los pueblos indígenas americanos en relación con sus entornos naturales y, sobre todo, con el uso de las sustancias enteógenas y las plantas medicinales. Davis logra que incluso la exposición de conceptos complejos de la cosmovisión de éste o aquel pueblo forme parte del ritmo general del relato de las expediciones y para ello echa mano de recursos novelísticos (diálogos, casi siempre, pero también hay flashbacks y hábiles excursos narrativos por la historia de la botánica, además de guiños a William Burroughs y a la tradición norteamericana de las novelas de aventuras). Con todo, el libro emana un extraño pesimismo: celebra la vitalidad, la brillantez del pensamiento y la sabiduría indígena, pero el tono de fondo es el de una despedida agridulce a un corpus de conocimientos en vías de desaparición.
Otra lectura importante del año fue La imagen superviviente. Historia del arte y tiempo de los fantasmas (Abada), el libro que Georges Didi-Huberman consagra al estudio de la obra del gran Aby Warburg. Aquí se rastrean las posibles fuentes de los conceptos maestros con los que Warburg revolucionó para siempre los estudios de historia del arte, haciendo especial énfasis en las nociones de Pathosformeln (fórmulas expresivas) y Nachleben (supervivencia) ligadas a la fantasmalidad como metáfora de la transmisión casi invisible de ciertas formas a lo largo del tiempo. Asimismo, Didi-Huberman rechaza las lecturas empobrecidas y reaccionarias que llevaran a cabo los supuestos discípulos, Saxl, Gombrich y Panofsky, interesados como estaban en devolver la historia del arte al terreno estéril de la hermenéutica iconográfica y la periodización de inspiración hegeliana, de donde había logrado salir gracias a Warburg precisamente.
Finalmente, mi otro gran libro del año fue La vida breve, de Onetti. En este punto aclaro que, aunque no puedo evitar bostezar con algunos pasajes faulknerianos ambientados en Santa María, me gusta mucho Onetti. Me parece un escritor gigantesco. Ruin y gigantesco (su gigantismo bebe de su ruindad y viceversa). Y La vida breve me parece una novela ruin y gigantesca. Una novela sobre la ruindad del alma, sobre el cáncer de las fantasías que se hinchan sobre los cuerpos y las almas ruines, sobre la fantasía como droga. Droga, fantasía, alienación capitalista, explotación sentimental, desempleo, sentimientos esquivos, la realidad como un río fantasmagórico que sólo se puede sortear con más fantasías que se trenzan y se vuelven a trenzar. Y al final, como una especie de residuo, de poso, surge por primera vez Santa María, el pueblo de los refugiados que se juntan para jugar a desmentirlo todo en una gran mascarada.
No puedo dejar de mencionar otros libros que disfruté mucho este año: Señales que precederán al fin del mundo, del mexicano Yuri Herrera; Autorretrato, de Édouard Levé y El material humano, de Rodrigo Rey Rosa.
Entre las relecturas destaco al incombustible Samuel Beckett y La insurrección solitaria del grandísimo poeta Carlos Martínez Rivas.
Esta nota forma parte del especial Las lecturas de 2009. Para leer otras participaciones, haga clic acá.
