Blog • Diciembre 2009

Lecturas de 2009: Javier G. Cozzolino

Diciembre 28, 2009
Por Hermano Cerdo

Javier G. Cozzolino es coeditor de HermanoCerdo y autor del libro de cuentos Tulipanes para Zamudio

Prisión perpetua, Ricardo Piglia.

No sé por qué insisten en decir que los textos (dos, digamos que dos) que hacen al volumen son “novelas cortas”. No sé por qué esa intención iluminista de querer clasificar lo inclasificable. Y ese libro, escrito según Piglia en 1988 es eso, un libro que sólo un tipo que ya algo había escrito se podía dar el lujo de escribir. Porque querría ver yo a Prisión perpetua bajo la mirada de una de estas editoriales modernas recibiendo el original y a su ignoto escritor detrás del original; muy probablemente le dirían “muchas gracias, pero estamos en busca de otro tipo de textos”. Y no porque Prisión perpetua sea un mal libro, no. Y no digo que sea un buen libro porque antes las academias con sus personas tan intelectuales lo hayan dicho. Y digo más, lo que menos interesante hay en Prisión perpetua es el intelectualismo continuo de Piglia, algo así como un Borges acelerado y maníaco al extremo al que tan sólo se le escapan la voz “tetas” y la “tetitas” en un par de ocasiones como formas casi groseras. Lo que sí a mi ignorante entender hay en ese libro es una petición de principios al lector: “O me leés como yo quiero o andate al carajo”. Y el problema es que Prisión perpetua seguramente posea una lectura canónica, una lectura ideada por Piglia, pero el descontrol en la lectura es enorme y no me engaño si digo que por mi falta de capacidad debería leer al menos diez veces más ese librito y en el ínterin asistir a varios seminarios de matemática, filología, antropología, filosofía, semiología, literatura (demasiado dinero, la cultura no es para todos). E insisto, esa creo que es la parte débil. No creo en los libros demagogos, abiertos a todo el mundo de manera democrática porque tampoco creo en la democracia, o eso que llaman democracia y donde el pueblo soberano es, como lo fue en Grecia, no todo el mundo, sino algunos. Pero tampoco creo en el hermetismo, porque me parece excluyente y si algo necesita el mundo es inclusión, al menos en lo que arte se refiere (incluso la ciencia, al final, tiene en teoría una finalidad masiva). Que el arte, desde actitudes vanguardistas, se reserve a unos pocos seres con dones especiales me parece brutal, faccioso… Aparte de todo lo anterior, creo que se puede leer Prisión perpetua comiéndose los mocos y entendiendo poco y nada. Creo que se pueden plantear luego varias conclusiones y comprender hasta dónde puede ir la literatura si tiene ganas, hasta dónde se puede extender más allá de las páginas y las tapas duras. Le doy tres cerditos a este libro y una lechona preñada.

Lo definitivo y lo temporal (inventario de objetos perdidos), de Javier Moreno.

Me llegó de Lyon, por correo, enviado por su autor, entonces todo lo que pueda decir de este libro lícitamente debe quedar bajo sospecha. Pero soy un tipo sincero, si hablo soy sincero. Créanme. Y no es casual que lo meta tras Prisión perpetua. Hay puntos en común, creo. Primero, la frialdad. Es un libro frío, propio de un matemático. Un libro calculado y donde se da vuelta y revuelta a la lógica. Tampoco puede ser catalogado simplonamente como “libro de cuentos”. Al menos desde la ortodoxia no todos son cuentos, tal como uno los imagina. Menos erudito que el anterior (es que el anterior abruma), Moreno ahorra palabras, no es un charlatán como yo acá, el tipo va al punto y el punto es algo que no coquetea con el lector, que más bien le exige aceptar ciertas reglas del juego, cierta verosimilitud encerrada en el libro. Comencé a leerlo y al principio estuve un poco desorientado. Seguí desorientado al continuar su lectura. No son historias tradicionales, insisto. Pero hay en cada texto una voz propia y eso es creo que lo que busca todo sujeto que pretende escribir algo distinto a la lista del supermercado. Ese es su principal logro. Eso es lo que confirma que Moreno es un escritor. Van tres cerditos gordinflones para el colombiano integrante de HermanoCerdo.

Summertime, de Juan Dicent.

Ya es otra cosa. Hay textos fabulosos, otros no tanto, pero se trata, como en las concepciones anteriores, de libros donde los relatos cortos coexisten, no están desunidos, y no se trata de una cuestión de trama, de urdimbre necesariamente. Subyace otra vez un tono, en este caso un tono que hace de Dicent un escritor increíble y que refleja una mirada particular del mundo, lo que también es un gran mérito para quien se achata el culo escribiendo. “American Pest Control”, una de las historias (imagino que se llamaba así), es maravillosa, es típicamente dicentiana. Así hay otras que también lo son. Y hay textos iguales y mejores de Juan Dicent en su blog, blogworkorange.blogspot.com, lo que lo convierte, a mi entender, en uno de los autores fundamentales que hoy escriben en lengua castellana, y si soy un exagerado es porque estoy sin dormir (o porque digo la verdad). Tres cerditos gordos para Summertime, entonces.

Catedral, R. Carver.

Lo releí y sí, joder, vamos con tremendos jabalíes como calificación. Cinco tremendos jabalíes groseros y hambrientos aunque tristísimos y necesitados de redención. Y que después no me vengan con disputas entre escribir novelas o escribir cuentos, como por ahí he visto, haciendo de la novela algo por lo menos “más trabajado”.

Y hubo más libros, no muchos, pero más. Cormac McCarthyTodos los hermosos caballos (cuatro cerdos rechonchos, listos para ser cenados en Nochebuena; novela por donde se la mire, aquí sí hay ortodoxia), Doctorow y su Ragtime (cuatro cerdos, un jabalí y una cabra; leer eso y Manhattan Transfer de John Dos Passos lo convierte a uno casi en anarquista), OnettiEl Astillero (también releído y al que le tengo que poner quince camellos con beduinos encima), y la lista sigue pero acá me detengo. (¡Léanlo a Onetti, por favor! Si no lo hicieron, ¡háganlo!). Este es final, es decir “aquello que no se comprende. ¿Por qué no sigue?” (Piglia, R., “Encuentro en Saint-Nazaire”, Prisión perpetua).

Esta nota forma parte del especial Las lecturas de 2009. Para leer otras participaciones, haga clic acá.

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