Golpes y Patadas • Abril 2009
You Coulda Been a Contenda

Creo que pueden hacerse una idea del estado financiero de la revista Golpes y Patadas si advierten (y ya lo están advirtiendo) que la pelea reseñada en este artículo tuvo lugar hace más de dos meses. El editor en jefe, Javier G. Cozzolino, quiso mandar a un reportero mexicano a cubrir la pelea (y lo logró, gracias IncaCola) pero me había sido imposible escribir esta reseña quizá porque dejé que mis sentimientos interfirieran demasiado, hice lo que no debe hacer ningún doctor ni periodista deportivo, dejarse llevar.
En fin, todo comenzó el sábado 24 de enero. Después de las aburridas preliminares las 20 mil personas que abarrotaban el Staples Center de Los Angeles veían en las pantallas gigantes las entrevistas y escenas previas que pretendían calentar el ambiente antes de que Michael Bufer subiera al ring. Aunque no quiero admitirlo la verdad es que miraba más de lo permitido hacia el lugar donde conversaban Arnold Schwarzenegger y Silvestre Stallone. En vivo sus arrugas humectadas tenían la misma flacidez de los senos caídos de una guapa millonaria. Y había muchas por ahí, se los aseguro. Enfrente de mí había dos muchachas rubias metidas en vestidos caros; a cada lado había asientos vacíos por lo que supuse que esperaban a sus guapos y multimillonarios maridos. Resultaron millonarios pero no guapos y más bien octogenarios. Así que no las culpen si se emocionaron en exceso cuando las pantallas mostraron un close up al torso de Mosley y a los abdominales de Margarito. Las luces del Staples Center enloquecieron. Con sendas comitivas ambos boxeadores emergieron de los vestidores y saludaron al público. Eran el boxeador y el peleador. Y la mayoría, yo incluido, estábamos seguros de lo que íbamos a ver. Pero nunca nada, damas y caballeros, está escrito dentro del ring.
Ya no recuerdo cuándo vi pelear por primera vez a Antonio Margarito. La vida de los boxeadores es tan intensa que sus años son más bien como los años de los gatos. Un año es para una persona normal lo que cinco o seis para los boxeadores y los gatos. Así que tras varios años de pelear como profesional, de hecho tras ser un boxeador casi de segunda fila, Margo pasó a ser considerado el boxeador más temido del planeta, y alcanzó la fama total tras destruir -es la mejor palabra- al boricua Miguel Cotto. Antes había destruido, también con singular alegría, a boxeadores que jamás en su carrera habían recibido una paliza como la que tuvieron a manos de Margo. Golden Jhonson fue pulverizado en menos de un round, y el argentino Sebastián Luján casi se quedó sin oreja al llegar al décimo round. ¿Y por qué no alegrarse? De la noche a la mañana la suerte de Margarito cambió. Su humildad, el amor por su esposa y por su gente y su disciplina lo habían convertido, casi de pronto, en un terrible noqueador. Ahora todos hablaban de Margo, de el Tornado. La página de fans de Facebook pasó de unos cuantos admiradores a varios miles. Fueron muchos los meses durante los que Margo fue la estrella. Y luego, tras pelear con Mosley, su vida dio un giro de 180 grados y su fama se esfumó al grado que mencionar su nombre comenzó a ser bochornoso.
Margarito y yo nacimos el mismo día y el mismo año. Y mientras yo emergía de las oscuras redacciones de deportes (la última, la malograda Golpes y Patadas) Margarito ascendía a toda la gloria que parecía posible. Después de Cotto y Mosley no habría mucho más para él sino la sempiterna buenaventura y un montón de millones de dólares. Y a los 35 años se retiraría a algún rincón a disfrutar de su dinero y su fama mientras yo, tengan toda la seguridad, estaría buscando un nuevo empleo en viejas redacciones de deportes.
El hado quiso que fuera de otra manera. Aun antes de subir al ring Margarito había sido derrotado. Fue el entrenador de Mosley quien revisando los vendajes de el Tornado encontró que estos se sentían más duros de lo normal. Pidió al inspector de la comisión, llamado Che Guevara, que obligara a Margarito a desvendarse; entre capa y capa encontraron una ligera plasta muy parecida, dijo el doctor de Mosley, a la que usan los doctores para realizar enyesamientos. La idea, dicen, es que el sudor de Margarito humedecería la plasta endureciéndola cada vez más. El entrenador de Margarito, Javier Capetillo, fue obligado a desvendar la otra mano, donde hallaron una plasta parecida. Se recogieron ambas pruebas para su posterior análisis y las manos de Margarito fueron vendadas una vez más. Cuando subió al ring ya no era el mismo, ya no tenía (y perdón a todos los poetas que encontrarán esto de mal gusto) corazón.
No pienso describirles la pelea round por round porque ustedes pueden verla. En el noveno, después de recibir una masacre en el anterior, el réferi detuvo la pelea. Los analistas han dicho que el perdedor fue el estilo de Margarito que tan bien se adaptó al estilo rápido de Mosley. Yo digo que en cualquier otra situación Margarito habría presionado lo suficiente para pelearle la victoria a Mosley, tal y como hizo con Cotto, pero esa noche del 24 de enero de 2009 el Tornado había sido vencido aun antes de subir al ring. Sabía que aun ganando, su carrera y su reputación estarían en duda.
El escándalo comenzó una vez que se ventiló que a Margarito le habían encontrado “algo” entre los vendajes. La comisión de boxeo de California revocó temporalmente su licencia y la de su entrenador y lo citó para una audiencia en la que decidiría su culpabilidad o su inocencia. El grupo de fans de Facebook sufrió las bajas. En foros, sitios web y revistas los aficionados y los comentaristas recordaron aquella trágica noche en la que Panama Lewis sacó el relleno de los guantes de Luis Resto que no dudó en masacrar al invicto Billy Collins. Esa pelea dejó a Collins con daños irreparables en la vista, obligándolo a dejar el box y, eventualmente, conduciéndolo al suicidio. Es doloroso ver el momento en que el entrenador y padre de Collins felicita a Resto y al mismo tiempo advierte que todo el relleno de los guantes había sido vaciado. Resto, criminalmente, había golpeado a Collins durante 12 rounds con el puño limpio. Y aun así no pudo con él.
En la audiencia se declaró culpables a Margarito y Capetillo y se les revocó la licencia durante un año. Margarito alegó que no sabía nada. Y Capetillo dijo que por error había tomado de la maleta las vendas ya usadas de otro peleador. Si Margarito sabía o no sabía es algo que nunca se sabrá. Pero el “error” de Capetillo ha costado a Margo su carrera. Se prevé que regrese pero su encanto, su fama y su inmortalidad no regresarán más. Los aficionados lo han acusado tanto como a Resto, y piensan que él debía por fuerza haber sabido lo que llevaba en los guantes. ¿Habrá usado algo en otras peleas? Nunca se sabrá. Como los gatos, en sólo unos meses Margarito ha vivido en la máxima gloria y en la máxima abyección.
Finalmente, el 27 de marzo los análisis de laboratorio dieron positivo en las pruebas revelando que el pad entre el vendaje de Margarito contenía los ingredientes necesarios para obtener yeso.
¿Y Mosley? Bueno, Mosley es el nuevo superdog. La prueba de que cuando los pesos pesados se eclipsan son los welters quienes deslumbran. Y hoy en día, y aún sin Margarito, vivimos en una edad dorada para los welter. Después de haber estado involucrado en el escándalo BALCO por uso de esteroides, el affaire Margarito ha limpiado su nombre y lo ha encumbrado, otra vez, a la lista de los mejores libra por libra.

PD. Agradezco a mi maestro Javier G. Cozzolino por darme una nueva oportunidad. Agradecería también que se me pagara.
