Cuento • Abril 2009
Yo soy aquel
I Used To Love Her, por 9000
Sustraído de mi cuaderno de notas:
Renuncio a los excesos de la carne y también a los del rigor. Seré la tortuga en el mar que busca el anillo por donde asomará su cuello. Travestiré mi karma en el de un hombre, y mi noción fatua de condenado será reemplazada por la de privilegio y gracia santificante. Luego, la disciplina me conducirá hacia la desintegración, hasta disolverme, ella, entre los granos del Ganges y entre todos los Ganges que conforme cada grano de arena. Debo transitar el sinuoso sendero y las ocho bifurcaciones. Llamado a ser un Buda estoy, ahí en el Nirvana, en el Satori. En la Verídica Nada que vio Cobain.
A ver, esto comienza así:
El sábado por la mañana todos duermen. Mamá no se levanta como en la semana. Durante la semana mamá ya está despierta a las tres de la mañana fumando chesterfield. Los fines de semana viene Osvaldo Lamarqué. Duerme con mamá. Y mi hermano despierta a las seis y los viernes también viene la novia y duerme con mi hermano. El sábado que cuento, año noventa y cuatro, pocos meses después de la muerte de Kurt Cobain, hace una semana que no se me para el pito.
-No se me para, ahora lo sabés -le digo a Lucrecio.
Lucrecio se muestra sorprendido.
-¡Joder! -dice.
Y yo:
-Voy a hacerlo como Cobain. De un tiro, loco.
Es la segunda vez que lo llamo. Diez y media de la noche del sábado. Él está en su piso de Santa Fe y Callao ultimando detalles para poner en funcionamiento su tintorería ecológica. Eso me dice.
-Estoy reunido, loco. Esperá que te llamo en una hora.
-¿No te importa lo que te digo?
-¡Claro que sí! Quedate tranquilo, yo te llamo.
Pero no debería comenzar así, sino con una cronología inmediatamente posterior.
Domingo:
Nos encontramos Lucre y yo. Él no me dice nada de la tintorería ecológica. Es obvio: no va a haber ninguna tintorería ecológica, estuvo de joda la noche del sábado escuchando Jamiroquai, fumado, importándole un cuerno mi existencia. Mejor, me digo. Nada le pregunto. Eso implica que Lucrecio sigue sin hacer un carajo, que podrá funcionarme de terapeuta. Me hace muy bien estar con él. Siempre me ha hecho muy bien estar con él. Pero en esta situación todavía mucho más. Conversamos.
-¿Pero floja floja?
-Y no sé, ahora es como si la tuviera un poquito dura, pero nada, te lo estoy diciendo y se me va.
-¡Joder!
Conversamos y él me dice que tengo que irme de putas. Una buena puta es el remedio que me quiere dar a probar.
Semana intermedia entre el domingo y Chascomús:
(¿Por qué escribo esto?)
Semana intermedia entre el domingo y Chascomús:
Barbudos está en etapa de ensayos. Lunes, miércoles y jueves (en principio iba a ser el viernes, pero los convenzo) tocamos en la sala, dos horas cada uno de los tres días. El jueves pedimos al dueño de la sala que nos grabe. La banda tiene sus inconvenientes. Todavía no acoplamos bien el sonido grounge que nos cabe en los últimos temas. Uno de los chicos de Barbudos tiene charlado con el dueño de un pub la posibilidad de que toquemos en tres semanas. Hay que trabajar duro, entonces.
Y Chascomús:
Lucrecio me invita el miércoles. Le digo que sí el mismo miércoles. Así que el viernes, llegada su mañana, salimos temprano en su chevy sin que mi hermano nos vea. Tomamos cervezas, escuchamos Morphine, me como cerca de diez amagues de erección y la familia de Lucrecio es envidiable. El padre, médico, y de los buenos, “pero ni ahí se te pase contarle mi drama, te mato si lo hacés”. Y la madre es psicóloga sistémica, cultiva bonsáis; lo mismo lo atajo de la madre. Además hay tres hermanos de Lucrecio, más grandes, que siguen en Chascomús, pero en sus respectivas casas, con sus familias. Y sobrinos. Siete sobrinos varones, rubiecitos, simpáticos.
Lucrecio me lleva de aquí para allá. Su familia como es usual me recibe con afecto. Vamos a un campo del padre. Me niego a montar un caballo pardo. Lucre me cubre. “No lo embromen -dice-. ¿No ven que le tiene miedo? -palmea el hocico del animal-. Bicho de ciudad”, dice mirándome y comemos asado, nos calzamos bombachas de gaucho para confundirnos con la peonada; compartimos el mate; pescamos.
Lucrecio se volvió fanático por la pesca. Yo hago lo que puedo. Antes no sucedía. Antes, cuando me invitaba a Chascomús, en realidad ni hablábamos entre nosotros; me presentaba chicas. Íbamos al centro, tomábamos cerveza, compartíamos pizza. Después me dejaba con la amiga de la noviecita de pueblo. Yo acompañaba a la chica hasta la casa por lo general sin decir mayor cosa. En fin. Pero ya no es así. “Estoy grande para esas cosas -me dice-. Y me conocen todos, acá.”
Me llama igual la atención, y me relaja. Una chica, una amiga de una amiga de Lucrecio no haría más que depararme oscuros pensamientos sobre mi hombría. Eso pienso y hago de cuenta que pesco.
Me aburro. Descubro que se pueden pasar horas con la cañita en la mano. Es un supremo embole y el relajo como viene se me pierde. Por ahí sale de nuevo mi problema de esos días. No lo saco yo. Es él el que lo saca. No se percata de que así no me construye un dique. No me escuchó, no le interesaron mis súplicas, mi necesidad de olvido.
Ya es noche. Navegamos una media hora por la laguna en la lanchita del papá de Lucrecio. Hace como dos horas que sostenemos nuestras cañas. Lucrecio poco y nada hace. Lamenta lo que me ocurre una, dos, tres veces. Mira la luna que se nubla por una llovizna rala, mira el agua. Y me dice que necesito chicas mirando el agua: un cigarrillo en su boca, camisa de pescador color caqui, bermudas al tono, zapatillas náuticas y gorrito verde militar. “Te cogés una mina y chau problema.”
Lo miro. Él ahora levantó la mirada y la dirige hacia babor; tiene la pera cuadrada Lucrecio, tiene la nariz alargada y recta, los pómulos salientes, los ojos azules; podría ser un Schwartz como yo. Yo digamos que aquí me llamo Leonard Schwartz, pero soy un poco más bajo y macizo. Ando del lado contrario al de mi amigo y ni sostengo la caña como se debe. La punta de la caña se me hunde en el agua. Deseo con fanatismo un temporal, la muerte le imploro al cielo, una catástrofe que termine con este temita recurrente. Dejo que mi espalda se apoye en la de Lucrecio. Para una fotografía estamos, con la luna nublándose en lo alto y ondulando en el agua. Él. Y yo: el pantalón corto, de fútbol, la remera gris con las mangas recortadas. Para una película de esas raras estamos.
Lucrecio me cuenta de sus chicas, de sus innumerables chicas. Descubro que me molesta su discurso. Que me hable así tan sin gracia, tan sin dedicación. Ansío pensar que se debe al pesar que por mí siente. Lo puteo por lo bajo por su falta de tacto, porque él está ahí como si acá no pasó nada. Me describe a ésta, a la otra, a la de más allá. A la otra y a la de más allá las conocí, las conozco. Les prestaba mi pecho para que lloraran los desplantes de Lucrecio, los abandonos. Dice que comenzó con una prostituta. Que después la siguió viendo. Ahí mismo en Chascomús. Dice que ahora esa puta tendrá cerca de cincuenta años, que era muy linda.
Me abandono en el fastidio que me generan las palabras de Lucrecio. Su voz continúa monótona, lenta como una película de David Lynch que vi hace bastante poco. Y termino aflojándome y permito que mi cabeza repose sobre el revés de sus hombros, el principio de su espalda. Estoy llorando y él lo sabe. Lloro y él añade, insiste, busca convencerme de los beneficios que otorga una prostituta. Pero no le voy con ninguna reconvención moral. Siento ese extraño regocijo y a la vez una rabia loca y también envidia, una envidia vieja, referida a sus chicas. Lucrecio no llega a comprenderme pero es mi amigo, me digo, aún lo considero mi amigo ahí arriba de la lancha, y su amistad ya es venturosa para mis desnutridas posibilidades de ser feliz. Lucrecio: como el marido de una hembra idiota es, me digo, lo a puteo sin que me escuche.
Cuando sus historias sobre mujeres acaban me reincorporo. Él también lo hace. Se pone de pie y me pide que le haga el favor de sostenerle la caña. Su larga chorga venosa mea fuera de la lancha. Lejos, insolente, engreída. El grueso chorro de su larga chorga forma espuma en el agua dulce de la laguna. Después él sostiene mi caña.
Por un momento que es uno, dos, tres, cuatro, cinco mi pito asoma hinchado. Estoy a un tris de gritarle a Lucrecio ¡MIRÁ!, pero es una alucinación, tiene que ser eso, me digo, porque vuelvo a ver mi pito chiquitito, surcado por anillos, pliegues oscuros y diametrales, que lo rodean y humillan. El pis que larga es copioso como el de Lucrecio, pero de poco alcance.
“Necesito volver el tiempo atrás -le digo-. No sé para qué, pero estoy tocando fondo.” Lucrecio entonces no recuerdo qué me cita, qué libro me cita. Y luego me abraza y prende el motor.
Y volvemos.
Ni a la noche, en medio de un ambiente corrompido por la marihuana y el pecado, con los dientes más blancos que de costumbre por efecto de las luces azules y rojas que se había traído el dj, Lucrecio tuvo la delicadeza de contenerme con otra cosa que no fueran sus sugerencias prostibularias. Decí que compensó su indiferencia con el gancho que enseguida me metió con Pepi.
Exultante estaba él. En casa. Bien vestido así todo de negro y más lindo que yo prendido a él cuando tenía la oportunidad de dejar la bandeja del champán y los sangüichitos, con el propósito de que las amigas de la novia de mi hermano y sobre todo Pepi asociasen mi rostro enteco y pálido a las bonitas facciones de mi mejor amigo en la reunión que mi hermano y la novia habían organizado en casa la noche, qué digo la noche, siete días después de mi triste descubrimiento.
Mamá hacía el amor con Osvaldo Lamarqué en la habitación y yo debajo de mamá, en la planta baja, ahí en la sala principal de la mansión, me juntaba con Lucrecio en los descansos, un Lucrecio decía exultante, sin ninguna referencia a otra cosa que no fuera la prostitución o la tintorería ecológica. Silencioso como él, yo, bebiendo vino. Lucrecio muy cerca de Pepi. (Hola, Pepi, qué tal. Bien, Lu.) Bebiendo vino, él, y guiñándome un ojo como si me dijera Dale, loco, seguime que nos ponemos a charlar con Pepi y después vos te la llevás al piso de arriba y le tocás la guitarra y le das de beber hasta que quede bien borracha.
-Es un fenómeno -le decía Lucrecio a Pepi.
-Sí -decía Pepi.
Yo los miraba por necesidad, por no mostrarme tan fuera de diálogo. Alternaba mis ojos entre él y ella. Eludía siempre los cruces de mirada con Pepi. Lucrecio de vez en cuando me apoyaba una mano sobre el hombro dándome paciencia, valor. En un momento incluso trató de ponerme al tanto. Confirmó lo que hasta ese momento eran mis sospechas. Dijo que Píter era diseñador de ropa. No especificó de qué tipo de ropa, pero me señaló que de él hablaban y de la inauguración de su local y de los planes que tenían juntos para instalar la tintorería ecológica junto al local. Pepi también aportó lo suyo. Reiteró Es un divino y agregó Un genio.
-Ya lo vas a conocer -me anunció Lucrecio en el parate para ubicarme en la situación.
Lo escuché. Sonreí. No sabía qué hacer con mi cara. Me desagradaba algo tan poco interesante como un diseñador de ropa.
-Ah -dije-. Mirá vos, loco, me muero de ganas.
Hablaron un poco más de Píter. Al rato Lucrecio creyó oportuno comenzar a bajarme línea con Pepi, e increíblemente Pepi accedió.
Pepi me preguntó que cómo andaba yo, respondí que bien, que mañana ensayábamos con Barbudos. Ella escuchó más detalles que me vi forzado a dar sobre Barbudos y mis composiciones. Aprobó mis palabras.
-Y tocamos uno de estos fines de semana con Barbudos -me atreví a decir sin saber ya qué decir, en busca de llenar el vacío de mi cerebro con palabras que la sedujeran; custodiado yo por la presencia casi paterna de Lucrecio en aquel instante.
-¿En serio? -preguntó Pepi.
-Sí.
-Reservame un lugar que quiero ir -me dijo, ya Lucrecio casi de testigo, admirado por mi capacidad para sostener el diálogo, un diálogo que yo jamás me había siquiera propuesto, tal vez por mera comodidad, por cobardía; apenas preguntó como si nada que por qué no me tocaba algún tema arriba.
-OK Lucre -le contesté serio-. Pero te esperamos -le dije, y en verdad le rogaba que se viniera.
Le dejé a Pepi la delantera para subir a mi pieza. Le vi el culito, las sandalias. Arriba le abrí la puerta.
-Esta es mi habitación veraniega.
-Conozco tu casa -dijo Pepi.
Claro que la conocía. Sentada sobre mi cama, señalando la fender dentro de su funda, murmuró Bueno, ¿y?
-No. Mucho ruido -dije.
Agarré la criolla que me regaló papá. Comencé a hablarle de papá tocando los acordes en Mi mayor de “Norwegian wood”. Le conté cómo había muerto papá. Ella conocía la historia, yo también lo había olvidado. Quien no sabía un carajo era yo. Ignoraba cómo tratarla.
Reincidí porque no tenía otra cosa a mi alcance con el avión rumbo a Hawaii y la canción de los Beatles. En el fondo buscaba que Pepi lamentase mi dolor, un dolor veraz, que me salía disparado cada vez que narraba la muerte de papá. Llegué a cantar I once had a girl y ella me censuró el resto.
-Mejor tu canción, ¿sí?
-¿Y no lo esperamos?
-No va a venir -se rió Pepi.
Sin embargo me parecía imposible que Pepi gustase de mí. Dijo eso y acabó su copa de vino, fumando alternativamente su cigarro de marihuana.
Le canté una canción de amor que hasta esa noche me había impresionado lo mejorcito de mi repertorio. “Nena no me pegues.” No desafiné ni nada, no pasó por ahí. Pepi se mostró apática. Eso pasó. Tímidamente le pregunté si le había gustado. Ella dijo que sí mirando hacia la ventana y el jardín que se dibuja desde mi pieza. Probé otra vez con “Norwegian wood”, pero ahí quedó ella, los ojos fijos en la ventana, callada.
Nos cruzamos con Osvaldo Lamarqué que había salido de la suite en busca no sé de qué. Abajo mi hermano andaba sentado encima de la novia. Las amigas de la novia de mi hermano y las otras chicas charlaban con otros tipos, algunos acababan de llegar, amigotes de mi hermano, la mayoría con ganas de hacer cosas horribles.
En un rincón encontré a Lucrecio sirviendo champán. No estaba solo: me presentó a Píter.
Me quedé con ellos cinco, diez minutos. Hablamos de música. A Píter le cabía la onda Cobain. Conocía varios temas. Igual no me cayó simpático.
-Es un pelotudo, un aparato -le susurré a Lucrecio.
No era creíble que un diseñador de modas gustara de Kurt Cobain.
En eso se me acercó Pepi. La había perdido de vista. Preguntó si alguno de los tres la podía llevar a la casa. Estaba mareada por el vino y resultaba casi obvio, ahora caigo, que la pregunta iba a mí dirigida.
Busqué las llaves de la cuatro por cuatro de mamá, saludé a los custodias de Osvaldo Lamarqué y manejé por las calles del noreste bonaerense hasta lo de Pepi.
En el camino no nos dijimos nada. Ella sólo me preguntó si estaba enojado, triste. A todo respondí que no. Al llegar nos dimos un beso de mejillas.
-Disculpame, mi amor -dijo Pepi-. Estuve un poco tonta -agregó abriendo la puerta.
-Está bien. Todo bien. En serio.
-No. No. No quiero que te pongas triste -dijo y volvió a besarme la mejilla.
Esperé a que entrara a su casa y después aceleré a fondo.
Como dos horas anduve dando vueltas por la ciudad, en la chevrolet todoterreno que mamá cambió por la toyota. Odiando a mi poronga; odiándome. Y la bronca la canalicé contra Lucrecio. Me enojé mucho esa noche con él. Antes de irme a dormir, antes de que terminara la fiesta, le dije:
-Mirá, loco, andate a la mierda.
Todavía me molesta la expresión entre irónica y severa de Píter mientras me alejaba de ellos.
La fiesta que organizaron mi hermano y la novia de mi hermano mejoró en relación a la otra que antes narré. Con el apoyo logístico de Lucrecio me mostré mucho más suelto. Además el dj se trajo el primer disco de los Radiohead y creo que otro de los Blind Melon, que no eran Cobain pero bueno.
Dejé las leñadoras para aquella fiesta y creo que eso fue muy positivo, significaba cambiar la montura del caballo y probar con otra para ver qué onda. Me puse una remera blanca con la inscripción a letras negras que reza toda la letra de “Rape me”, humilde homenaje a Kurt. Y la letra de Kurt inhibió a más de un estúpido de los que me conocían. Era magnífico. Leían la letra, sobre todo esa parte que dice hate me, do it and do it again, me miraban la cara, decían Qué hacés varón palmeándome fuertemente la espalda y no bien bajaban los ojos hacia la remera chau, daban media vuelta; la letra de Cobain quedaba al descubierto, formaba sobre mi pecho una cáscara de nuez.
Se lo comenté a Lucrecio en un parate; él ya me relevaba en las tareas de servir sangüichitos y champán, ya me había construido el dique para que yo dialogara más o menos bien con Pepi sobre mi penúltima letra, “Campo libre”, eludiendo decir que a ella se dirigía.
Poco después tomé whisky y la llevé a mi pieza y le canté “Campo libre” mientras mi hermano, la novia, los otros tipos con las demás chicas y Lucrecio y el forro de Píter charlaban abajo.
Pepi si bien no mostró medio centímetro de admiración, me propuso que tocara Barbudos en su casa el fin de semana siguiente. Dijo que celebraría su cumpleaños en su casa.
-¿En serio me decís?
-Obvio.
-Es un honor, nena, va a ser un honor -cacareé.
Como retribución (ella había encendido un cigarrito medio desprolijo, armado a solas) de mi mesa de luz saqué una foto donde estoy en la sala de ensayo con musculosa amarilla y pantalones blancos -es una foto que aprecio muchísimo, fue tomada cuando Barbudos se llamaba Zen, durante uno de los primeros ensayos: el fotógrafo es el dueño de la sala donde ensayábamos-, y se la regalé tras escribir en el reverso Para la linda Pepi, de Leo Schwartz, sintiéndome feliz y desinhibido más allá de mi hombría devaluada, y a la vez extrañamente sugestionado, fiándome de que poquísimo tiempo me faltaría para darle un beso y abrirme y contarle que no se paraba.
Bajamos. Ahí me separé de Pepi que fue al baño, y sin tener en cuenta a Píter, el diseñador, le canté las novedades a Lucrecio, que servía canapés hechos por la novia de mi hermano. Pero él me echó fli diciéndome “No no, loco, por favor, ahora no, después hablamos”.
-¿Pero qué te pasa?
-Nada, nada. Después te digo.
Sentado sobre un almohadón me quedé mirando un poco triste la alfombra. Un ratito después asistí a la bellísima reaparición de Pepi, que bebió vino con otras chicas. Vi también a mamá y a Osvaldo Lamarqué que se pusieron a bailar dos canciones de los Melon y hablándole a mi pito le pedí que tuviera piedad de mí; él sin embargo siguió haciéndose el muerto y ni las imágenes de mi hermano y la novia a eso de las cinco de la mañana lograron despertarlo.
Me acuerdo igual de una imagen de aquella noche, una imagen que se superpuso a muchas otras: la remera con la letra de Cobain colgada de una silla, yo mirándome de a momentos la poronga con la cabeza llena Pepis en bolas, los ruidos provenientes de la suite de mamá rascándoselo a Osvaldo Lamarqué y la luna en el jardín, a través de la ventana, dándole un clima enrarecido a todo. Me acuerdo sobre todo de la luna y de mi deseo de estar con Pepi, si pobre, clase media o rico no importaba, con Pepi y mi criolla, lleno de barba y pelos y fumando pipa.
Las cosas luego son muy muy rápidas:
-Lucre, estoy solo: me quiero morir, loco. -Lacrimógeno, yo.
Y Lucrecio con su venite a casa.
-Salí a la calle, venite a casa que charlamos tranquilos.
-No, hoy ensayo con Barbudos.
-Voy a la sala, entonces. Te busco.
-OK.
Y del dicho al hecho mi otrora mejor amigo y yo, junto a Equis, Igriega y Zeta. Equis, egoísta de mierda, compartiendo su cerveza con todos menos con Lucrecio. Entonces yo Che, loco, denle también a él, y Equis que le pasa la botella casi vacía a Lucrecio, mientras yo, furioso con ellos, a los gritos. Furioso mientras canto o les grito que Pepi hace una fiesta y pidió que toquemos.
-Y tengo un tema nuevo -grito- que se lo dediqué a ella, así que lo quiero ensayar para que lo toquemos en la fiesta, el tema “Campo libre” -cuento que se llama la canción.
-”Campo libre” -también le digo a Lucrecio después, en el café-: ¿Qué te pareció: “Tengo el campo, el campo libre. Lo tengo yo”. ¿Y? ¿Sonó bien?
-Bárbaro.
-No sabés lo que te quiero -le digo.
Pero él se me pone a llorar. Nunca lo vi llorar hasta ese día. Es la primera vez que le pasa. Verlo llorar a Lucrecio es como ver esos documentales donde de pronto te muestran un león lastimado.
-¿Qué te pasa?
-Nada, nada.
-Vamos, Lucre, algo te anda pasando, somos amigos -le digo.
-Nada, loco, quedate tranquilo. No me entenderías.
-Dale.
-No.
-Bueno, está bien, cuando quieras contarme, sabés que soy tu amigo -insisto.
Lucre formó un círculo con sus brazos y en ellos apoyó su cabeza. Los hombros de Lucre se mueven con los espasmos de su llanto y yo le acaricio los hombros, la tela suave que los viste, un traje príncipe de gales que se puso y que recién me doy cuenta que se puso. Si no lo conozco y me pregunta ¿Dónde está la boda? le creo.
-¿De dónde venís? -le pregunto.
-No me preguntés, Leo. Si querés estar conmigo callate la boca -me dice y levanta la cabeza, cosa que me obliga a quitar mi mano de sus hombros.
Él primero me sostiene la mirada. Sus ojos azules así con lágrimas parecen los ojos de un conejo o los de un albino. Después clava esos ojos en la mesa y vuelve a pucherear y yo lo tomo de la pera y le levanto la cara.
-Lucre… -murmuro.
-Qué.
-Quedate tranquilo.
-Sí -me dice y pucherea.
-Acá estoy -le digo sintiendo otro arrebato tan inusitado como imperceptible, una irrigación sanguínea más fugaz que el cometa Halley, más veloz que toda la luz, muy parecida a la de Chascomús pero acaso más intensa-. Acá, loco, acá -le digo.
-Sí, está bien.
-Al lado tuyo.
-Sí, gracias.
-¿Y sabés qué? -le sonrío.
-¿Qué?
-Casi se me para recién. ¿Será que soy puto? -lo embromo.
-No digas -dice Lucre con los ojos igual de rojos.
-Pero nada, loco, nada -le digo.
-Estamos meados por elefantes, che -me dice Lucre.
-No me vas a decir qué te pasa, ¿no?
-Si me dejás de tener el mentón…
Nos reímos. Después Lucre:
-Sos insistente, ¿eh?
-Y sí -le digo y ahora parece que sí, que uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho… ¡OCHO segundos dura!-. ¡Lucre, ocho segundos dura!
-¿Recién?
-¡Sí!
-¿Viste?
-¡Sí!
-Y ni hablar cuando te agarre Pepi -me dice y enseguida hunde otra vez la cabeza entre sus brazos.
-No me digás que es por ella, loco… -le digo. Pero él no me contesta.
Se hace de noche y la noche nos encuentra así. Él muy caído; y yo híper ilusionado, con la poronga como un epiléptico queriendo salir de su ausencia. Al final, como el mozo del café comienza a poner las sillas patas para arriba sobre las mesas, accedo a la invitación de Lucre.
-Te invito a dormir -me dice.
-Bueno -le respondo. Y embalado le pregunto si tiene alguna porno-: Porque viste, parece que hoy es el día -le sonrío.
-No, no tengo -se ríe Lucre, una risa cansada -pero hay cable, ahí tenés canales, si querés -me responde.
Y después, no sé, cuando ya en el piso de Santa Fe y Callao Lucrecio me deja tranquilo para que pruebe frente al televisor, el destino me depara más felicidad en medio de mi desgracia, la increíble noticia de no ser tan cruel como lo pensaba, de por lo menos permitir o tolerar que me ilusione cuando ella se levanta y cae ¡medio minuto!, superando marcas, récords, estadísticas inimaginables de los últimos días, motivos suficientes por los que llamo a Lucrecio mientras cuento mentalmente y emocionado diecinueve, veinte, veintiuno, y Lucrecio que acude a mi llamado y abre grande los ojos al notar durante esos segundos que restan que la tengo parada y dura, veintiocho, veintinueve y me abraza y yo pretendo cubrirme sin éxito pero ya sin tampoco necesidad porque llega treinta, y tal vez hasta un treinta y uno y treinta y dos, pero nada más porque yo mismo me separo de Lucre y le digo disculpame y me la trato de frotar con fuerza, cosa que obliga a Lucre a dejarme solo otra vez, pero ya, ahora sí, es inútil.
-¡Ay, boludo! -me largo a llorar entonces-. ¡Ay!
Lucre sale de su habitación, me abraza.
-Bueno, bueno, tranquilo -trata de consolarme-. Vamos a dormir, mañana te comprás un viagra -me dice. Y mientras me lo dice, cartón lleno, el teléfono.
-Hola -atiende Lucre-. Estoy con Leo. Quiere hablar con vos -me susurra Lucre tapando el micrófono del teléfono.
-¿Conmigo?
-Sí, con vos -repite Lucre y me tira el teléfono.
Pepi me dice que supuso que estaría en lo de Lucre. Me dice que quería hablar conmigo. Me dice que estaba pensando en mí.
-¿En serio?
-Sí, en serio -me dice ella-. ¿Por qué te cuesta tanto creerme?
-Y -intento contestarle manoseándome sin éxito.
Ya en la cama con Lucre me quedo mirando el techo. A veces me la toco y me viene una paradita de veinte, treinta segundos. Se va.
-Está volviendo a nacer, che -bromeo.
Lucre se ríe cansado, sigue triste. Y yo me muero de los nervios. Me aconsejo a mí mismo: “No te acelerés, dejala que sola se va a recuperar del todo”. Me digo: “Tranquilo, tranquilo, todo está saliendo mejor de lo que te imaginabas”. Pero igual los nervios no los puedo manejar, ya, y así voy a estar el día del cumpleaños de Pepi. Voy a romper el micrófono, nadie va a escuchar mis voz y todos van a aplaudir de compromiso, de lástima, de vergüenza ajena. Y sin embargo y pese a todo más tarde Pepi me mostrará su cuarto, su ositos de peluche, su cama. Sus ositos de peluche, su cama, sus tetas.
-Sonó la campana, ratoncito, se acabó el tiempo.
Los botones de su blusa desabrochados.
Salí corriendo del cuarto de Pepi. Miedo podría haber pensado que fue. Insultando a mi pito, salí. Pepi me atajó en el pasillo otra vez vestida.
-Pensé que te iba a gustar.
-No, nena, soy yo. Disculpame. Tengo problemas.
Ella igual, generosa, valiente, me regaló un beso en la boca.
-¿Somos novios, entonces? -pregunté.
-Mirá si serás bobo. ¡Claro!
Y yo: No, no, no puede ser, es un sueño, es una apuesta que Pepi perdió. En el pasillo que da a su pieza, en el descanso de la escalera, soplando las velitas de la torta junto a ella en la planta baja de la casa; Pepi no soltándome la mano, no importándole que los demás miren con asombro a su nuevo novio, a excepción de Lucrecio, debo decirlo, que siempre confió en mí.
O después:
-¿Pero vos con ella? -preguntando a coro Equis, Igriega y Zeta o alguno de los tres, que es lo mismo, recién pasado el cumpleaños, en la calle, tras haber presenciado mis besos con Pepi en casa de Pepi, mientras los demás comían sus porciones de torta-. ¿Y te la garchaste? -Pajeros.- ¡La mina está rebuena! -Ellos, llenos de envidia, perplejidad, admiración. Ellos.
Y yo:
-Todavía es demasiado pronto. Todo en su debido momento y lugar.
-En su debido lugar y momento -también le comenté más tarde a Lucrecio en su piso de Santa Fe y Callao-. Porque no se me paró. Nada, loco. Ya sabés. Viene un amague como el de recién y chau, otra vez muerta. -Tirados los dos en la cama de plaza y media, en calzones-. Nada de nada. -Cada uno con sus dolores, dándonos coraje, valor.
Ella me buscó y yo intenté de todas las maneras posibles escaparle. Hasta que una tarde no muy distante me tocó el timbre, atendió uno de los custodias de Osvaldo Lamarqué y no quiso mentirle.
-Mi amor, ratoncito mío -me dijo Pepi-, vení, vení que te saco a pasear -me dijo.
Me llevó por las calles de la ciudad, con una dedicación inaudita me enseñó a besarla y confesó que conmigo se sentía cómoda, que yo le inspiraba la confianza que nunca jamás ningún otro tipo. Se emocionaba al decirlo, la reboluda. Así anduvimos largo rato. Yo no sabía cómo llenar mis silencios. Le contaba boludeces, anécdotas al pedo. Ella hizo lo mismo, y entre sus anécdotas sacó una de Lucrecio y Píter, la que yo me había negado a imaginar. No bien terminé de escucharla, no bien ella se dio cuenta de que había metido la pata, me quise arrancar las pelotas, y no es una manera de decir, me las agarré en serio y tiré en serio de ellas.
-¡Ratoncito! -me llamó al orden Pepi.
-¡Ratoncito las pelotas! -le contesté.
Cuando llegué a casa mamá no estaba. Había un papelito que decía “me fui al shopping con Osva”. Por lo tanto tampoco andaban por ahí los hombres de Osvaldo Lamarqué y en consecuencia no podía disfrazarme de chorro para que ellos, confundidos, me bajaran de un cuetazo. Mi hermano, por la parte que le toca, creo que dormía con su novia en el cuarto. Caminé entonces hasta el baño de mamá, tomé ahí, del botiquín del baño, un conjunto de pastillitas fatales y desperté cien años después en el sanatorio Otamendi: mi hermano y la novia de mi hermano junto a mí.
-Estuvo Barbudos. Todos, loco.
Yo había soñado con la laguna de Chascomús, cosas espantosas había soñado. Todavía me creía arriba de la lancha del papá de Lucrecio.
Ellos me acariciaban o me decían loco loco, o mi amor mi amor, o pibe pibe. Que ya estaba todo bien, repetían. No acierto al relacionar esas palabras con las caras de mi hermano y la novia de mi hermano, con las de Pepi, Osvaldo Lamarqué, mamá, los custodias. Tampoco cuando el que me habló fue Lucrecio. Esto en la otra clínica, enterado él de mi decisión y mi bronca y tratando de que yo lo recordara antes en el Otamendi, diciéndome que me había visto en el Otamendi; triste por lo que le había dicho Pepi de mí.
-No te enojes, loco. No te enojes conmigo. Yo soy así -decía.
Pero cómo no engranarme:
-¡Si es por tu culpa, chabón! ¡Por tu putísima culpa!
Lucre se contenía el llanto, dolido. Así se marchó.
-Como lo que es -le dije a Pepi.
Ella algo extraño, estoy seguro, les había dicho a los médicos, y ahora todos me daban por enfermito o por loco cuando no por otra cosa disfrazada de loco. Todos menos mamá y Osvaldo Lamarqué, que es un buen tipo, lástima que no viva todos los días en casa y que aparezca a cuentagotas en esta caca.
-Y mirá, esperá que me recupere, que le voy a romper yo la cabeza -decía-. Si anda con suerte no lo mato -decía-. Pero ya va a ver quién mierda soy -decía-. Todos ya van a ver. Menos vos, que sé lo que me querés, nena. Y mamá y Osvaldo Lamarqué, que son prudentes.
Hasta que uno de estos días, año noventa y cuatro todavía, lo veo. Entra. Los custodias andan de farra en el asador. Entra con un libro bajo el brazo, no sé ni de qué.
-Tomá -me dice-. Es una novela.
-Metétela en el culo que lo debés tener bien grande -le respondo.
-Nazi -me retruca él-, te voy a romper la cara -me dice.
Y entonces yo ya no puedo y lo abrazo, y uno, dos, tres, cuatro, cinco y la reputa madre que lo parió. Así hasta noventa y tres.
Mi hermano nos mira desde el jardín. Lucrecio sigue diciéndome nazi; llora, me cuenta que tiene el número de un psiquiatra conocido de la madre.
-Te rompería la cara de un beso -le digo-. Pero no soy como vos -le digo.
-No me jodás -me dice.
Y días después insiste con el médico que consiguió para mí, y en una de esas charlas me habla de nuestra amistad, de la necesidad de remendarla, de hacerla de nuevo. Pero yo le digo que no quiero ya ser su amigo, que no va a ser posible.
-Porque me gustás, chabón -le explico-. Porque me gustás mucho.
-Basta.
-Es que te hablo en serio -le digo y él no me hace caso. Se va.
Frente a Pepi en bolas, más o menos así termina esto, acostumbro meditar en la Verdad Absoluta que todo lo explique, o bien en la Nada que tal vez sea lo mismo. Ella no se resigna, hablo de Pepi, enamorada está de mí y yo debería estar orgulloso por ello.
La veo trabajarme los países bajos. La veo dormirse sobre mi pecho y salir en pelotas del baño mientras yo escribo en mi cuaderno de notas. Me muerdo y me trago preguntas acerca de la vida Lucrecio, que cómo está, que qué está haciendo, que con quién sale. Y escribo, mientras la veo, escribo el nombre de mi ex amigo en papelitos que luego rompo.
Lucrecio Lucrecio Lucrecio.
Lucrecio Lucrecio Lucrecio.
-No te gusta -me dice Pepi-. Yo te lo voy a mostrar -me dice bajándome la bragueta.
¿Será posible alguna vez en este mundo la pureza?, también escribo esas veces del horrible año noventa y cuatro.
¿Podré alcanzar la profundidad moral de los hombres justos?
Misterio…
Sin Título, por 9000

