Cuento • Abril 2009
Veneno
Sin Título, por 9000
1
Sandra tenía un plan: envenenarme. El problema con el plan es que la muy malnacida pensó que me iba a hacer tomar el veneno sin que yo me diera cuenta. Sí que se equivocó. El plan parecía fácil: ella sirve el chocolate de siempre, a la hora de siempre, y, como todas las noches, su esposo se lo toma. Con una diferencia: el chocolate está envenenado, así que el esposo, o sea yo, se derrumba mugiendo y tosiendo, la garganta hecha un nudo. Y al caer me llevo mantel y todo al suelo, dando vueltas furiosas sobre el piso de cerámica mientras el cuello se me pone hinchado y rojo como el pecho de un pájaro. Y ella, segura de verme en las últimas, se escapa de la cocina, como si nunca hubiera estado ahí. A la mierda todo lo que he hecho por ella, todo lo que le he perdonado. Pero a la traidora esta se le olvidó lo que en mi mundo significan el miedo y la lealtad. Ella fue la que se metió aquí. Y ni crea que se va a salir así nomás, con un chocolate. La traición se paga caro. Que esta sea una lección para todas las que vengan después.
En realidad fue un placer frustrarle el plan. Ella se acercó a la puerta, preguntó alguna estupidez, se rió, y fue soltando el plato fuerte: el chocolate. Pone la taza sobre la mesa, como quien no quiere la cosa. Serena. Confiada. Y eso que dicen que la gente ve las cosas con claridad antes de morir.
—Este chocolatico es para matar y comer del muerto —le dije, sin acercarme a la taza ni mucho menos—. Y es que se ve más rico que nunca. Mejor dicho. Está de muerte.
Escogí cada palabra a propósito. Quería ver el terror en sus ojos. Y la duda. ¿Habrá sospechado lo que le esperaba? ¿Será que el amor le despertó ganas de arrepentirse? Muy tarde, en todo caso.
En ese momento entró Tomás. El confiable de Tomás. El que me confesó los detalles del plan: que doña Sandra le había pedido que comprara este veneno, que después hasta le contó cuándo me lo iba a servir y en qué. Cómo le cambió la cara a Sandra cuando lo vio llegar. Tomás se apareció con un rollo de cinta plateada en una mano, y una jeringa en la otra. Ella conocía ese método, mi método, pero llevaba años haciéndose la loca con lo que pasaba en el apartamento, con el tipo de cosas que mantenían llenas sus tarjetas de crédito.
Mi método empieza por una invitación. A hablar. Como el día que vino el niñito este, Lloreda, a negociar. Al principio se las dan como si siguiéramos siendo dizque amigos, aunque ellos la caguen, aunque se tomen libertades. Pues no. Sentado el orgullosito de Lloreda en uno de los sofás de la sala, me pregunta algo y me quedo callado. El silencio se vuelve bulloso. El hielo del whiskey retumba contra el vaso.
En ese momento lanzo mi propia pregunta: ¿Y la plata, Luis? Ah, que claro, que le dé un tiempito, que ha estado hablando con Ramiro, que él va a solucionar el problema, que el contrato dice esto y lo otro. Sigue con su trago, como si nada. Cuando se ha quedado sin palabras, permito otro silencio. Vuelvo a preguntar: ¿Y la plata, Luis? En ese momento se van dando cuenta de que esto no se trata de leyes y jueces y abogados. El papel siempre estuvo ahí para mantener las apariencias, y el papel es la realidad mientras nadie se equivoque. Pero Lloreda, como tantos otros, sí que la cagó.
Después de que eso pasa ya no me importa el que tenga al frente. Yo puedo hablar el discurso ese de las cláusulas contractuales, y desde luego que sacar P y G’s y el balance que quiera, rojo o negro. Por eso estoy donde estoy. Hay que ser muy bueno con las fachadas. Eso hace que a uno no lo jodan los más caros de sobornar. Pero cuando el papel ya no aguanta la ambición del otro, o la estupidez, entonces hay que meterle incentivos al asunto. La gente sabe que yo no soy de avisos y amenazas. Ni de grandes escándalos: que el cadáver en la puerta de la casa, nada de eso. Yo cumplo. El que se mete conmigo desaparece. Como está pasando con Sandra. Y como le pasó al culicagado de Lloreda.
Aquí es que entra mi colaborador, uno cualquiera. Esa tarde fue Vargas. Llegó con un rollo de cinta plateada en una mano y con una jeringa en la otra. Lloreda tembló. Hasta se le regó el vaso de whiskey y dejó un charco en el sofá, como si fuera su propio orín. No es para menos: Vargas es un tipo grande. Todos los colaboradores son así, enormes; no me sirven los paturritos. Vargas lo cogió contra el sofá, con su rodilla sobre el pecho. El otro se fue quedando sin aire. Un niño rico, este Lloreda: seguramente hasta asma tenía.
Antes los asfixiábamos. O los obligábamos a oler cloroformo, o les inyectábamos algo que también fuera callado y decente, para luego picarlos con discreción. O les dábamos veneno, pero había que obligarlos a que se lo tomaran, y eso no siempre era muy limpio. A veces alcanzaban a escupirlo. A veces vomitaban. Por eso diseñé mi método.
Vargas puso la jeringa a un lado, lejos del pataleo y del berrinche de Lloreda. Sacó la cinta. Es plateada, de vinilo. Muy fuerte. Los gringos le dicen duct tape. Una maravilla lo que se inventan esos gringos. Entonces cogió a Lloreda por el pelo, y le pegó cinta alrededor de la boca. Pero no sólo la boca. Hay que darle toda la vuelta a la cabeza. La primera es la más difícil. Después no es sino girar, dando vueltas y más vueltas. Normalmente les dan unas cuatro o cinco. Tal vez más. Hay que tener cuidado para no taparles la nariz, porque se pueden asfixiar, y no se trata de eso.
Lloreda ya estaba bajo control. Quería gritar de la angustia, pero le salían unos suspiros todos débiles. Daba hasta risa. Y aquí viene el toque final. Sin quitar la rodilla del pecho de Lloreda, Vargas estiró un brazo y cogió la jeringa. Luego empujó la cabeza de Lloreda contra el espaldar del sofá. Lo hizo con una mano, y con la jeringa en la otra atravesó el cachete de Lloreda. De esta forma no pueden negarse a tragar. No tienen por dónde negarse. Es perfecto. La jeringa está llena de ácido sulfúrico.
El ácido se les va comiendo la boca, la garganta, el estómago. Sube un olorcito a carne quemada, es cierto, pero para eso está el ambientador.
En ese momento ya no es sino cuestión de pararse a mirar. Lloreda se deshizo, los ojos blancos y perdidos, los brazos blanditos a los lados. Y así, con el ácido, de una vez se les borran los dientes, para que no los reconozcan al pescarlos del abismo en las montañas. Bueno, al pescar lo que dejan los buitres.
En fin. El hecho es que la cara de Sandra cuando vio entrar a Tomás fue para enmarcar. El horror, la angustia. La gente no la oculta. Ni los más machitos. Sandra se cayó al piso. Tomás le hizo lo que sabemos: dejó la jeringa sobre la mesa, cogió a Sandra del cuello con una mano y con la otra agarró la cinta. Empezó a enroscar el duct tape sobre la cara de Sandra, y sobre el pelo, la boca. Un enredo de hilos plateados y sudor y lágrimas y mechones de pelo. En esas terminó Sandra. Y pensó que se iba a quedar con mi plata y mi casa. Hasta con mi cama, para traerse a otros a comérselos sobre mi cadáver. Pues no.
Esta vez cambié el método: la jeringa no venía cargada de ácido. Fue un toque poético que se me ocurrió a mí. Bueno, y a Tomás. El chocolate envenenado. El mismo chocolate con el que me iba a matar la muy malagradecida, con ése acabó muriendo. Cuando ya estaba Sandra amarrada con la cinta, Tomás fue por la jeringa. La llenó de chocolate. Estaba caliente todavía. Echaba humo. Sosteniendo a Sandra por ese pelo enredado, Tomás le clavó la aguja en la mejilla. Un golpe limpio, que suelta un silbido cuando lo hacen bien. Y Tomás vació el chocolate en la boca de Sandra. Y ella, sin más opciones, tragó. Y empezó a convulsionar. Y los ojos se le fueron para todos lados. Y luego, suavecito, se apagó. Su propia medicina.
En el piso, Tomás le dio varias cachetadas. Suaves, con el desgano que se merece el cadáver de un traidor. Nada. Apretó dos dedos alrededor de la muñeca de Sandra, buscando un pulso. Nada. La levantó como a un año viejo y se la echó encima del hombro. Se la llevó para el ascensor interno, el que sale derecho al parqueadero privado. De algo le sirve a uno construir sus propios edificios. Y listo. Esa es la rutina. Luego los llevan a Dapa, y los sueltan por un barranco bien metido entre las montañas. El olor es lo único que los delata, pero hasta del olor los muertos se curan. Y para allá va Sandra. Pues sí, la quise, es verdad, pero las cosas pasan, y después de esta vendrán más. Y las que vengan sabrán que no pueden dárselas de garosas.
Ahora no me queda sino esperar a que Tomás llegue de su viaje, y me dé la buena noticia.
2
La puerta automática del garaje se estaba terminando de abrir, las luces del carro ya estaban prendidas y las plumillas en movimiento cuando apareció Güicho en el camino. Tocó dos veces en la ventana del lado del pasajero. Tomás no respondió. Güicho tocó de nuevo, esta vez con la punta de una llave. El aire acondicionado dentro del carro retumbó con notas metálicas. Tomás se volteó hacia Güicho, y bajó la ventana.
—No es la ventana, imbécil, es la puerta. Abrime.
—No me demoro, Güicho. Dejo a esta en las montañas y vuelvo.
—Abrí y dejá la pendejada que aquí no hay nada qué hacer. Ya está Maravilla arriba haciendo las rondas, y me dijo por el Avantel que el patrón me mandó para que fuera con vos. Además, si me quedo un minuto más acá me quedo foquiado. Vení te acompaño. Abrí la puerta pues.
—Ya vengo. En serio. Mirá que está lloviendo y todo.
—Ve, no seas tan marica. Abrí la puerta, huevón, que me estoy mamando de esta vaina. —Güicho se agachó para mirar a Tomás a los ojos. Tomás nunca se había acostumbrado a esa quemadura que tenía Güicho: la oreja, la mejilla, el ojo incluso. Güicho se asomó hacia la silla de atrás—. Uy, hermano, es la doña. No jodás, esta me la tenés que contar. —Él mismo metió la mano por la ventana, levantó el seguro, abrió la puerta, se sentó—. Dale pues que no tenemos todo el día.
Pitaron para despedirse del portero, y arrancaron rápidamente hacia el norte. Unas cuadras después pasaron una patrulla de la policía, y el cabo los saludó subiendo y bajando las luces. Güicho no se dio por enterado: estaba buscando una emisora en la radio. Paró cuando escuchó el ruido de acordeones. Subió el volumen hasta que terminó la canción, y luego lo bajó para que hablaran.
—Contá pues. ¿Qué fue lo que pasó con la doña? Oíste, y espero que tengás buena plata en la billetera, por si nos llega a parar la tomba y vos con semejante muñeco en la silla de atrás.
—Es que cómo iba a tirar a la esposa del patrón en la bodega —dijo Tomás—. De todos modos no te preocupés por eso que está bajo control.
—Ay no pues, tan seria la güevoncita. Contá, que me estás poniendo cacorro con tanto misterio.
—No, pues, que doña Sandra lo quería matar.
—¿Al patrón?
—Sí.
—Uy, se le estaba corriendo la teja entonces a la gomelita. ¿Cómo se le ocurre tratar de matar al patrón? Mucha loca.
Pasaron tres semáforos en rojo seguidos en la sexta. Por poco atropellaron a un vendedor de dulces. Más al norte se empezaron a mezclar los edificios con destellos de lotes vacíos.
—Pues sí —dijo Tomás.
—¿Y cómo?
—Con veneno.
—No jodás. ¿Dónde putas va a conseguir veneno esa señora?
—Pues me pidió a mí.
—Ay jueputa. Entonces vos le contaste al patrón.
—Pues se lo conseguí para saber si era en serio. Y luego le conté al patrón.
—De la que te salvaste, Tomacho. ¿Vos sabés lo que te hubiera pasado si el patrón se entera antes de que vos le contaras? Estaría yo llevándote a vos en la bodega. No sigás mariquiando así que se te va honda.
—Yo sé, pero es que ¿quién iba a creer que la doña iba en serio?
—Pues sí, ¿no? Quien la viera, el trofeíto fino del patrón. Y hablando de fino. Yo como que quiero ver qué tal está de tetas y de culo y de todo eso.
—Dejala quieta, Güicho, que ya vamos a llegar.
—No seás tan acelerado, hombre, que apenas estamos empezando la subida. Estás manejando con un afán el hijueputa, y de todos modos vamos a llegar en un ratico. Yo quiero verla por dentro antes de que se la coman los buitres. Quiero pillar si se afeita.
—Hombre, Güicho, es la esposa del patrón. Respetico por ese lado por lo menos.
—Era la esposa del patrón. Aunque sigue blandita, oís; las tetas por lo menos no se le han puesto duras todavía.
—Dejala quieta, Güicho. En serio.
—Ay, te me vas a poner digno ahora, pues. ¿Así es que estamos jugando? Como si yo no me acordara de…
—Callate, Güicho.
—… esta señora a la que le dimos mate el otro día. Pues yo le di mate con el fierro, y vos con el otro fierro. Vos sí sos mucho depravado, ¿no?
—Callate, en serio.
—¿Y ahora te me pusiste de curita o qué? Si ese día te viniste como en diez segundos, huevón. Y esa sí se andaba poniendo tiesa. Pero a lo bien sí estaba buenísima. Tiesa y todo. Se mandaba unas tetas. Quién iba a creer que ese señor con tanta plata no iba a pagar por ella. Al menos vos le hiciste la vueltica de despedida.
—¡Que te callés! —Tomás rugió dentro del carro. Por un minuto sólo se escuchó la voz intermitente de un locutor de radio: en una curva se caía la transmisión y en la siguiente revivía, distante y tímida. Güicho arqueó la cabeza, y miró a Tomás de reojo.
—¿Vos me acabás de gritar a mí? ¿A mí, malparido?
La mano derecha de Güicho estaba empezando a buscar el arma, pero un timbre sacudió el carro. La mano izquierda de Güicho se dirigió hacia el celular.
—Patrón, ¿cómo me le va?… Pues bien, aquí. Sí, todo bien. El pirobito este de Tomás anda como alborotado, patrón, yo no sé qué bicho le picó, pero ya casi llegamos a Medio Dapa… Sí, ya vi, ya vi. Luego me cuenta, patrón… ¿Ah sí? Ve, Tomás, que dejaste el celular en el apartamento, imbécil.
—No me había dado cuenta —dijo Tomás, buscando en sus bolsillos—. Que gracias. Más tarde lo recojo.
—Listo, patrón —continuó Güicho, hablando por teléfono—. No nos demoramos. —Colgó—. Vos te vas a tener que calmar, mariquita.
—Sí, tenés razón, Güicho. Perdoná. Pero mirá: Medio Dapa. Vení apago las luces y…
—Yo sé para dónde vamos. Y ni se te ocurra volverme a gritar, ¿oís?
—Listo, listo. Bueno, aquí es. Vení, ayudame.
Ambos se bajaron del carro, y la lluvia los hizo correr. Güicho abrió la puerta de atrás, y se encontró con los pies de Sandra.
—¿Por qué no la jalás desde allá? —preguntó Tomás—. Cuando tengás todo el cuerpo afuera la cuadramos.
—Dale —respondió Güicho.
Tomás le dio la vuelta al carro, y se paró detrás de Güicho. Güicho le dio un tirón fuerte al cuerpo, que cayó desparramado sobre las piedras, el pasto y el barro.
—Sigue caliente la doña —dijo Güicho. Y riéndose—: Como cuando estaba viva.
Tomás sacó el arma que guardaba dentro de la correa, dio dos pasos atrás, apuntó hacia la espalda de Güicho, y disparó. Güicho giró, sorprendido y cada vez más inclinado. Tomás ahora clavó el cañón contra el pectoral izquierdo de Güicho. Presionó el gatillo. Los disparos bramaron entre las montañas: cuatro veces en total, multiplicados largo rato por los ecos. El cuerpo de Güicho cayó al piso, la camisa florecida en sangre, la boca burbujeante, la lluvia difuminándolo todo. Tomás lo arrastró hasta el punto desde el cual lanzaban los cadáveres. Los restos de Güicho se deslizaron por un río de barro y se perdieron entre los peñascos y la noche. Los ecos fueron reemplazados por el murmullo de las gotas. Tomás escuchó un ruido a sus espaldas, y se dirigió hacia él. Cuando llegó al carro, Sandra estaba sentada en la silla del pasajero, arreglándose el pelo y arrancándose la cinta plateada en medio de llanto e insultos.
—Casi que no —le dijo ella, molesta.
3
Y vos qué trago es que te estás tomando, bizcocho?
El momento terrible había llegado. Sandra tenía ganas de vomitar. Se imaginaba la escena en el baño, descargando bilis y trago y agrieras y sangre, y la imagen la enfermaba más. Ahora estos dos idiotas, que desde hace rato venían acercándose como si ella no se diera cuenta, como si todo el pequeño acto que montaron fuera una maravilla de prudencia y astucia, dejaron de hablar entre ellos y pasaron a la fase dos, en la que le ponían tema a ella también. Sandra se concentró en los hielos que se derretían rápidamente en el vaso y que pronto serían pocos e irreconocibles. El vodka los absorbía sin cambiar su fachada. Sandra se tocó la cara, pero el trago ya le había quitado tanto el dolor de la perforación en la mejilla como el ardor de la cinta.
—Ay, perdón, no se me ponga tan brava, mi amor.
—No estoy brava —Habló sin desviar la mirada del vaso—. Pero sí estoy sola, y es porque quiero estar sola.
—Mirá, es que tenemos una discusión aquí con Raúl sobre el trago que estás tomando. Yo digo que…
Era el mismo: el pequeño, el charlador. A Sandra le parecía insoportable que le hablaran en ese momento; peor aún, que le charlaran. No podía aguantar más voces en su cabeza. Recordó todas las conversaciones que tuvo con Tomás planeando la noche, paso a paso, para que todo saliera perfecto. Había riesgos, claro, pero nada falló por los lados que habían considerado peligrosos. Los males habían brotado de adentro. Y del azar.
—¿Entonces cuál es al fin?
—¿Qué?
—Pues el trago, belleza, de lo que te he estado hablando. ¿Quién las entiende? —dijo, tirando las manos al aire y riéndose.
—Mirá, podés ser hermosa, y lo sos, pero eso tampoco te da derecho a ser mala gente.
Esta vez fue el otro. Le hablaba directamente a Sandra. Indignado. Sandra todavía sentía el ruido de las explosiones en lo más hondo de su tímpano, así que estos rituales de hombría y cortejo le parecían insignificantes. No podía dejar de pensar en tantas cosas. Cosas como el momento en el que cogió mal la glorieta en el camino a Palmira y en vez de alejarse de Cali terminó regresando derechito por donde había tomado carretera. Ella siempre había detestado esa parte del camino al aeropuerto, por lo fácil que era confundirse y devolverse, pero en lugar de retomar la vía de salida continuó hacia las vísceras de Cali y parqueó en el primer paradero que se encontró, a tomarse algo que la calmara. Era una cantina de mala muerte, un asadero y estanco que los domingos duplicaba su lánguida clientela organizando una viejoteca. Sandra había pasado por ahí cientos de veces sin notarlo.
Sandra también pensaba en la picazón que le había dejado la cinta en toda la cara; sus mejillas debían estar rojas, porque además estaban hirviendo. Pensó en su billetera, llena de tarjetas inagotables pero ahora inservibles. Eran las tarjetas de un cadáver. Había escapado con dos billetes en el bolsillo, y ya se había gastado uno comprándose tres vasos de vodka. Con eso no llegaría a ningún lado. Ni siquiera le alcanzaría para alquilar una miserable pieza mientras se organizaba mentalmente. ¿Volver a la casa paterna? ¿Implorarle a su hermana que la proteja? Ninguno de ellos le dirigía la palabra. Quien los viera, ahora tan dignos. Un par de generaciones después de haber asesinado indios para quedarse con esas fincas, ahora pontificaban. No era el delito lo que les molestaba; era el hecho de que Sandra se había convertido en una tránsfuga social, escapándose con uno que no era nadie. El delito era la manera en la que justificaban su desaprobación.
Pero la verdad es que lo quiso, a Juvencio. Bueno, a Lagarto, como le dicen en la prensa. Y en esto a Sandra la gente no le cree. Las que se graduaron del colegio con ella, que ahora se la encuentran en restaurantes y se van. Su papá, con quien lleva siete, ocho años sin hablar. No le creen. Piensan que fue por la plata. Claro, la plata es buena. Pero la plata era una herramienta para alcanzar ambiciones. Y además era una forma en la que Juvencio se hacía sentir. Si hubiera sido cuidacarros, habría terminado cuidando todos los carros de Cali. Si hubiera sido médico, habría sido el Director de la Fundación. Eso era lo que a Sandra le gustaba de él: ambicioso, confiado, brioso. Se hacía dueño de las cosas, y no un pendejo inquilino como lo es todo el mundo. Él iba en serio. Eso le encantaba a Sandra. La hacía sentir deseada. Tenía sus momentos malucos, pero ¿quién no? Hasta sus noviecitos de bien en el colegio. Uno hasta quiso… En fin. Con todos hay momentos malucos.
Sandra se tomó lo que le quedaba de vodka, sacó el último billete, y pidió otro.
—Ah, ¿entonces es vodka, pues? A mí también me gusta el vodka, bizcocho.
—Qué bueno —dijo ella, sin siquiera fingir interés.
Podría vender el carro. Eso le daría para pagar hotel un buen rato. ¿Pero venderlo dónde? Lo podría llevar a La Olla. ¿No es allá donde venden las piezas robadas? Sí, podría. Pero quién sabe cuántos de ellos trabajan para Juvencio. Le contarían en tres o cuatro minutos: patrón, por aquí están tratando de vender su BM blanco; él la cortaría en pedacitos. Y además, lo más seguro es que la bajen del carro en el primer semáforo y se quede sin nada. No era fácil, esto de volverse mala. Había que tener contactos por lo menos, con gente de allá. ¿Y qué tal irse a vivir a un barrio del oriente, bien al oriente? Podría conseguirse un trabajo que le pagara el alquiler y la comida: mesera o algo por el estilo. ¿A quién estaba engañando? Incluso si pudiera desarrollar la disciplina y la paciencia para un trabajo así de horrible, ella alumbraría como un faro en cualquiera de esos barrios. En Cali la clase social está escrita en la piel, en la cara, en la voz. Nadie le creería que está ahí por azar. Sabrían que está escapando. Y tarde o temprano el cuento le llegaría a Juvencio. Y él la cortaría en pedacitos.
Sandra recibió el trago, y se tomó la mitad de una bocanada.
—Marica, ¿viste? Esta hembra toma más que vos, Raúl.
Sandra los miró. Vos, pequeño imbécil, sos el gancho. Sos el querido pero el feo, el que se acerca porque no tiene nada qué perder. Pone tema. Toda la vida has puesto tema porque ninguna vieja te da la hora. Siempre que abordás a una pelada pensás que tal vez esta va a ser tu oportunidad. Esta vez sí. Te llevará a un baño por allá atrás. Te comerá, y vos cagado del susto porque no sabés qué hacer. Pero mientras no te salgan las cosas, mientras no te encontrés a esa vieja loca, le servís al tal Raúl. Él se mantiene sereno y callado, como el man al que las viejas sí se toman en serio, por lo menos una noche. Él te agradece invitándote a que lo acompañés. A que te sintás importante un rato. Que sintás que tal vez en esta noche tendrás la suerte que nunca has tenido. Ya lo debés odiar, o lo odiarás dentro de poco. La vida por qué es así con el talento, te preguntás. Te gustaría matarlo, incluso. Ambos son unos idiotas.
—Quiero que sepás algo sobre Raúl —dijo el pequeño, el que no se callaba. Se tenía una fe bárbara—. Nuestro Raúl tiene…
—No sigás con eso, Jose.
—… tiene… ¿Pero qué pasa, Raúl, si es verdad? No te vas a poner a ocultarlos ahora. Tiene once hijos. Once. Y pregúntele con cuántas viejas ha culiado.
Sandra lo observó.
—¿Eso es todo? —preguntó—. ¿Con once?
El pequeño casi se cae para atrás de la risa en el butaco. Le pegaba palmadas a Raúl en la espalda y aullaba en tono de burla. Raúl sostuvo en silencio una copa de aguardiente entre el pulgar y el índice. Conservó la seriedad, acompañada de una sonrisa sin dientes.
Sandra agachó la mirada, y sonrió. Le agradó saber que a pesar de todo no había perdido la crueldad. Sandra revolvía ideas en su cabeza al mismo ritmo indolente al que revolvía los restos del trago en la copa. Por fin, sedienta y cansada, con temblores en su mano derecha incluso, se le ocurrió algo.
Se tomó lo que quedaba del vodka, se secó los labios con el antebrazo, y caminó hacia Raúl. Le ajustó una mano en la nuca, y lo apretó contra su propia boca. Fue un beso que llamó la atención del estanco entero. Nadie intentó guardar disimulo al observarlos: las cabezas de los dos giraban sobre sí, voraces. Sandra abrió las piernas de Raúl y ubicó ahí las suyas para poder, con la mano libre, recorrer el pecho de Raúl, luego su espalda, luego sus pantalones. Después de unos minutos se agachó, abrió el cierre, y desapareció en su boca todo lo que había salido a flote desde el encierro de unos calzoncillos azules. Raúl la detuvo.
—Pará, pará.
A los hombres del asadero les provocó matarlo.
—Vamos a otro lado más bien.
Sandra lo miró con sospechas. Yo no soy de moteles, le dijo sin hablar, y él entendió.
—A mi casa —explicó él.
Sandrá empezó a caminar hacia la salida, llevando de la mano a Raúl. Con afán, Raúl le dejó un billete de veinte al del bar. Jose los siguió.
—Esperá que ahí viene Jose —le dijo Raúl a Sandra—. Lo dejamos en el camino.
—Dejalo tirado —respondió Sandra—. Que coja un taxi. —Y ante la duda de Raúl—: ¿Acaso es tu puyón, o qué?
Raúl miró hacia atrás y le hizo señas a Jose para que se quedara, para que no le fuera a arruinar el polvo. Lo último se lo dijo vocalizando en silencio cada palabra.
—Bueno, ¿y vos cómo es que te llamás? —preguntó Raúl una vez estaban montados en su Swift dos puertas.
—Tamar —dijo Sandra, sin pensarlo y sin saber por qué—. ¿Y vos dónde es que vivís? —preguntó ella, y se juró que, por seguridad, si nunca había oído el nombre del barrio se iba a bajar del carro en el acto.
—En El Limonar.
—Bien. Dale pues que esta ropa ya me talla.
Raúl se escapó de reventar el tacómetro en el camino serpenteante y reverberante hasta su casa. Las llantas chillaban sobre el pavimento húmedo y gruñían al azotarse el carro en hueco tras hueco, todos ellos viejos conocidos de Raúl. Las uñas de Sandra recorrían el interior de la pierna de Raúl, y él le comunicaba sus sobresaltos al timón.
Finalmente llegaron. Él parqueó peor que nunca. La llevó de la mano hasta la puerta, insertó una llave tiritante en la cerradura, y luego le indicó a Sandra que guardara silencio mientras subían por unas escaleras de baldosa de colores. A Sandra se le había olvidado que había gente que vivía con sus papás, y le pareció tan aburridora la idea que cuando llegaron al cuarto fue lo primero que le preguntó a Raúl.
—No es eso, Tamar —respondió él—. Te lo dije fue por mi hermana. Mis papás viven en Cartago. Mi hermana es la que no quiero que se despierte.
Dijo esto cuando ya tenía los bluyines a media rodilla y la camisa descuartizada en el piso. Sandra se burló de la protuberancia en los calzoncillos, pero ni esto fue capaz de privarlo de su entusiasmo. Entonces Sandra se desvistió con dos movimientos bien entrenados, y arrastró a Raúl a la cama, sus bluyines todavía anudados en los tobillos. Él alcanzó a lanzarse a la mesa de noche por un condón. Así empezaron. Eran las doce. La primera vez él se estremeció y se vino en dos o tres minutos. Para Sandra fue un alivio porque sentía que Raúl le iba a arrancar las tetas. Luego procedieron con más calma. Las siguientes seis veces usaron los condones que Raúl venía guardando desde hacía largas semanas. De ahí en adelante, y hasta bien entrado el sol del mediodía, continuaron a la buena de Dios. Ya en ese momento el sudor no se distinguía de los demás fluidos. Las sábanas estaban pesadas. Les entró el hambre. A regañadientes, accedieron. Raúl bajó gateando las escaleras, llegó cojeando a la pizzería de la esquina, y compró seis pizzas extragrandes de queso. Luego se regresó a la casa, llave temblorosa contra la cerradura, y subió por las escaleras. Antes de entrar al cuarto llamó a un compañero de la oficina y le pidió que le dijera a su jefe que no iba a poder ir en toda la semana; motivo malaria. Que lo echaran si querían. Esto último lo dijo después de colgar. Se repatrió en el cuarto, abrió una caja de pizza, y la devoraron en cuatro minutos y medio. Regresaron a la cama a hacer la digestión acostados en equis, sudando. El ventilador de techo era tan inútil que parecía una ilusión óptica más que un ventilador. Quince minutos después, Sandra levantó su mano derecha y la dejó caer sobre el vértice de Raúl, que inmediatamente se vino a más, y las actividades reanudaron. Fueron tres días seguidos de sexo y pizza. La cama entera pulsaba, aun cuando estaban en reposo. Sus cuerpos estaban moreteados y las cajas de pizza vacías se hallaban dispersas por el piso y hechas campo de batalla entre distintas facciones de hormigas. Y fue bueno.
Al cuarto día sintieron una obligación casi moral de bañarse. Lo hicieron. Mientras Sandra se sometía a los rigores del agua difícilmente tibia, Raúl bajó las sábanas a la cocina con el proyecto de meterlas a la lavadora. A último minuto optó por botarlas a la basura. Sacó sábanas nuevas de un clóset, y le dejó una nota fraterna a su hermana: Ni se te ocurra joderme. Regresó a la pieza. Sandra cerró la llave de la ducha pero no alcanzó a darse la primera vuelta con la toalla cuando ya estaba ensartada por Raúl. Ella hizo algo semejante con sus uñas en la espalda de Raúl. Continuaron, primero sobre el lavamanos, después en el camino hacia la cama, luego en la cama, más tarde entre las cajas de pizza y por último parcialmente bajo la cama y parcialmente bajo la mesa de noche. No durmieron: soñaban con el sexo, y tenían sexo mientras soñaban. La luz del sol se introdujo a través de la ventana, y ellos estaban buscando el ángulo para poder seguir en lo suyo sin broncearse cuando oyeron un timbre insaciable en la puerta. Raúl se tornó leonino ante el ruido, pero Sandra no lo dejó ir hasta que terminara: rugió de la dicha, y luego bajó con la firme intención de estrenar el bate si eran testigos de Jehová. Abrió la puerta con el pelo sansónico, y vestido únicamente con unos retazos adánicos de calzoncillos azules oscuros. Se encontró con una comitiva de gente de la oficina, que había venido a rescatarlo de la malaria. Jose estaba con ellos, pero por puro morbo. Cuando los de la oficina vieron a Raúl, pensaron que le quedaban, si mucho, dos días de vida. Uno sacó el celular y pidió desesperado el número del centro regional de enfermedades tropicales. Raúl, recuperando el habla, los calmó: que nada, que tranquilos, que lo tenían así los remedios pero que era una cosa rarísima dizque al día siguiente de estar así súper acabado se curaba del todo entonces se veían mañana en la oficina, que sí muy raro todo porque le había dado la malaria aquí mismo en Cali Colombia ni que se hubiera puesto de macho a irse para Juanchaco o algo así, que gracias por haberlo visitado, que les agradecía mucho por el detalle, que mañana se veían en el trabajo, chao chao. Le tuvo que cerrar la puerta en la cara a Jose, que dijo querer entrar con el pretexto de abrazar a su amigo.
Raúl regresó a la habitación, no sin antes añadirle una línea a la nota para su hermana: Ni vos ni nadie carajo. Raúl cerró la puerta del cuarto con seguro; Sandra no pidió explicaciones, y él no las dio. Asumieron quizás la posición más incómoda de toda la semana, y siguieron hasta deshacerse, sin despegarse, sobre la baldosa. Ambos sintieron una advertencia prudente de que sus cuerpos pronto florecerían en ampollas, pero hicieron caso omiso de ella, y se lubricaron unas horas con el agua tibia y fría y tibia y fría de la ducha. Cuando el sol se anunció al día siguiente, estaban saliendo de la ducha y secándose entre las sábanas. Tenían hambre de nuevo. Cientos de copulaciones atrás él había pedido dos cajas rebosantes de arroz chino con todo, pero ya las habían agotado, y las hormigas habían retirado las sobras. Raúl recordó la comitiva del día anterior. Propuso sin ánimo la idea de que él fuera a trabajar ese día. La decisión sobre esta propuesta se postergó dos horas, en las cuales recorrió con Sandra el piso, las paredes y, si no fuera por el ventilador, el techo. Se desplomaron sobre la cama. Ella tenía la lengua palpitante. Él sentía que buena parte de su cuerpo se había quedado sin sangre durante días. Sandra le despejó la mente con ambas manos. Él le retribuyó en especie. Sin aire, Raúl se arrastró por el piso hasta un par de pantalones y una camisa. Los miró con extrañeza unos minutos, hasta que recordó cómo utilizarlos. Lo hizo. Se regresó para despedirse, y pronto, sin saber cómo, estaban otra vez desnudos y febriles. Luego él se reinsertó en la ropa arrugada, se despidió con un beso al aire, y salió. Dejó una estela de olor a mamífero en celo que su hermana combatió con ambientadores durante la siguiente media hora.
Sandra se fijó en las aspas del ventilador, y en las sombras desafortunadas que se tejían sobre las paredes. Oyó el escándalo de los ambientadores afuera. Con sus manos tapó el eje del ventilador, y cerró un ojo. Todos los diez dedos estaban temblando. No era por el sexo salvaje de los últimos días. En realidad no habían parado de temblar desde el sábado en la noche. Ella respiró profundo. No quiso hacerlo, pero en su mente lo volvió a ver. A Tomás. Regresando al carro. Estaba lloviendo, y Sandra estaba mojada y sucia en el puesto del pasajero.
—Ese sí es mucho malparido —dijo Sandra, con ira.
—Lo siento. Viste que lo traté de frenar, para que no se montara al carro, pero…
Tomás se acercó para un abrazo. Sandra lo empujó.
—Para vos es fácil venir ahora a disculparte —dijo ella—, pero no hacías nada mientras ese imbécil me manoseaba.
Tomás intentó otro abrazo, pero fracasó por segunda vez. Nunca la había visto así de brava.
—Si te descuidás me mata ese gorila, ¿sí me entendés? Me tira por el puto barranco.
Tomás seguía parado en la lluvia. Notó que la guantera estaba abierta. Sandra cambió el volumen de su voz. Dejó de gritar, pero le habló a Tomás con veneno.
—Y seguro que así te hubiera gustado más, ¿cierto?
—¿Cómo? —Tomás rápidamente entendió por qué Sandra tenía tanta rabia.
—Pues muerta, depravado. No puedo creer que confié en vos. No puedo creer que iba a dejar todo tirado por estar con vos. Y vos comiéndote a viejas muertas. ¿Vos sabés el asco que me produce eso? ¿Vos sabés que ya no voy a poder verte con los mismos ojos, y menos volver a culiar con vos? Porque eso es lo que pasa entre nosotros: culiar. No me vengás ahora con el cuento de hacer el amor, morboso de mierda.
Tomás sintió que el mundo se le escapaba entre los dedos. Se quedó sin palabras. Le provocaba sacar a Güicho de las montañas para matarlo otra vez. Tenía que venir a hablar de eso justo aquella noche. Preciso cuando él ya iba a dejar todo eso atrás.
—Yo sabía que hacías cosas malas, Tomás. Si no, no tendrías el puesto que tenés. Pero esto otro… No, eso no va conmigo.
Tomás quería decirle que ese era el pasado, que no volvería a suceder. Pero quería decírselo lejos de ahí. En alguna cama con aire acondicionado. Luego de verter esta rabia en dos o tres horas del sexo agresivo que les gustaba. Después de ver televisión un rato. Podían convertirse en otros. Esos eran sus planes desde el principio. Escapar de tanta cosa. Vivir en otro lado, juntos. Gozar del placer de reinventarse. Tomás quería que Sandra lo mirara a los ojos y recordara todo lo que habían hablado. Él seguía ahí, esperándola para empezar de nuevo, desde cero. Se agachó. La miró. Ella volteó la cara. Él le tocó la mejilla. Quiso abrazarla.
Otra explosión sacudió Medio Dapa, seguida de las réplicas ahogadas en lluvia. Tomás se sintió expulsado hacia atrás. Cayó sobre el barro, sentado. Cuando agachó la mirada vio que la sangre estaba brotando de su hombro derecho. Unos segundos después sintió como si le hubieran inyectado aceite caliente.
—Yo no puedo hacer esto, Tomás —dijo Sandra, llorando. De la guantera había sacado el arma. La sostenía entre ambas manos, y temblaba. Tomás hizo el esfuerzo de pararse.
—Fue un accidente, yo sé —le dijo Tomás—. Tranquila. Ya…
Una segunda explosión. Esta vez la bala impactó el suelo. No había sido un accidente entonces. Tercera. Ahora el estómago de Tomás era el que expulsaba sangre. Cuarta. El piso de nuevo. El eco se tornaba ensordecedor. Quinta. El cuello. Sexta. El pecho.
Sandra se sentó en el piso encharcado y puso una mano sobre el estómago de Tomás. Él se agitaba bajo la lluvia, y descargaba sus sangres sobre el barro. Respiraba con dificultad. Quiso decir algo. Era un suspiro tenue. Sandra tenía que acercarse para escucharlo. Pero ella miró hacia la luna, y esperó a que la mano apoyada sobre el estómago de Tomás dejara de subir y bajar. Entonces se quitó los zapatos, se puso de pie, y arrastró con un esfuerzo descomunal el cuerpo de Tomás. Llegó hasta un borde de la montaña, y empujó. Con rabia. Pisó mal una piedra, y por poco sigue el recorrido del cadáver. Sandra se asomó y vio que la montaña había desaparecido lo que quedaba de Tomás. Regresó al carro por el arma, y la tiró también. Luego se metió dentro del vehículo, cerró las puertas, y prendió la calefacción hasta alcanzar temperaturas veraniegas. Sandra tiritó contra el timón, abrazándose a sí misma, durante quince o veinte minutos, hasta que la calefacción le secó la ropa. Se miró al espejo. Nunca se había visto tan fea. Se sacudió las hojuelas de barro seco sobre su ropa y sobre su piel, y buscó un lápiz de labios en alguno de los cajones del carro. Se arregló un poco, y decidió que iba a escapar de Cali para nunca, jamás volver.
Sandra retornó a las aspas del ventilador. Miró su cuerpo desnudo, y lo vio suficientemente estropeado. Las cosas iban bien. La hermana del pelado este les había dado tregua a los ambientadores, así que ya tenía luz verde para salir. Sandra buscó ropa de hombre por el piso; quería ropa bien fea y ordinaria, como la que le gustaba vestir al pelado. Encontró una camiseta azul clara con un estampado ilegible. Y unos bluyines anchos, llenos de bolsillos mal cosidos. Se vistió así. Ubicó también la ropa con la que había llegado. Esto le costó más trabajo: los calzones estaban en una caja de arroz chino, la blusa en la ducha y los pantalones bajo la mesa de noche. Reunió todo. Se arregló el pelo un poco, se arrastró hasta la puerta y la abrió a medias para inspeccionar el mundo exterior. Nadie. Bajó por las escaleras con los zapatos en la mano, la ropa del pelado puesta y los harapos suyos bajo el brazo. Salió de la casa sin hacer ruido. Se detuvo en la primera tienda que encontró y pidió el baño. Allí botó la ropa y los zapatos. Luego regresó a la calle, y paró un taxi.
—A Santa Teresita —le dijo.
Sí, lloraría un día entero. Y daría explicaciones imposibles de negar: que Tomás la intentó violar, que le había echado un anestésico al chocolate para desmayarla frente a Juvencio y llevársela al monte, que por eso había dejado Tomás el celular en el apartamento, para que no lo pudieran rastrear. Que ella se había salvado a última hora, porque el carro se fue por un abismo. Que era Dios, Dios mismo quien había provocado el accidente. A ella la había rescatado un campesino. Le salvó la vida. Se llamaba Rubén. Le faltaban los dientes del frente. Un hombre bueno, que la trató como un padre y le dio de comer. No pidió nada a cambio. Un ángel. La depositó en silencio en el templo cristiano que queda en el camino hacia Dapa. Sí, con la verdad de su lado Juvencio la aceptará. La adora. No se aguanta las ganas por ella. Y ella se sanará del golpe emocional en tres o cuatro días, y luego se sentarán a comer tranquilamente, como antes. Y ella recuperará su mundo, el único al que tiene acceso después de haberse emancipado violentamente de su familia y de su estrato. Y cuando todo esté normal, perfectamente normal, le echará el frasco entero que le consiguió Tomás al whiskey que Juvencio se toma por la noche, y lo verá inflarse y asfixiarse, a la porquería esa. Y con semejante fortuna no le importará que no la reciban en la ciudad entera. Ese era su plan.
