Miscelánea • Abril 2009

"Te tengo que coger, me están pagando"

Un encuentro con Pedro Lemebel

Por Eduardo Varas

Fotografía cortesía de Juan Montelpare

Pedro Lemebel entra como un jedi, o como si fuese el Emperador Palpatine/Darth Sidious. La capucha verde cubre su cabeza, lleva su bandana, de verde sigue el resto de su atuendo. Parece guardar el lightsaber en algún lugar de la vestimenta, no dice nada, ha llegado tarde, veinte minutos de retraso según el cronograma de la Feria. En su primera intervención debía presentar un video sobre su trabajo perfomático, pero se decidió algo más por un asunto técnico, que ahora no tiene importancia. Lo estamos esperando, curiosos y estudiantes de diversas facultades de comunicación. Algunos se duermen, recuestan la cabeza en sus amigas que, estoicas, soportan el peso de estar en una charla que probablemente no reconozcan como importante todavía.

Lemebel es ajeno a todo esto. Se sienta, escucha la presentación de Juan Carlos Cucalón, narrador y cronista ecuatoriano, quien le regala una planta. Saca una menta de su maletita y se la lleva a la boca. La historia que rondaba los pasillos del Centro de Convenciones Eugenio Espejo era que se bebió todo el whisky que pudo en el avión y ni bien arribó a Quito, se desplomó en algún lugar. El rumor se hizo realidad en boca del propio Lemebel cuando afirmó que bebió en el avión y no supo cómo llegó al hotel. Y todo fue risas.

Uno tiene una idea del autor por lo que escribe, por su trabajo (”Escribo por plata, como las putas”, confiesa), por esas entrevistas, por esa boca que dice de todo, probablemente sin detenerse a meditar en la conciencia que lo interlocuta. Lemebel va al extremo porque lo vive y da la impresión de que si quieres seguirlo un poco debes estar dispuesto a aceptar esa posibilidad. Él, desde eso, se ha construido para crear una visión o un mundo que se adhiere a lo que pueda ser llamado ‘border’ o ‘freak’ (en esa necesidad de etiquetar todo). Chileno, Lemebel nació a mediados de los 50, en un hogar pobre, tanto que la casa de su madre parecía simplemente la fachada de un escenario hollywoodense (de esos que hacen referencia a Sudamérica, a través de la Mirada de Hollywood): solo una pared con pared y agujeros de ventana y nada más. Ligado siempre con las minorías y sus problemáticas (”Mi corazón está donde me duele”, dijo al referirse a su trabajo con ciertas organizaciones ligadas a la defensa de los derechos humanos y más que nada al ejercicio de la memoria), homosexual, ser de la resistencia, gran cronista, capaz de sorprender a políticos en un acto de respaldo a Patricio Aylwin, vistiéndose de vedette y saliendo al escenario ante un público impávido, junto a Francisco Casas, con quien creó el colectivo “Las Yeguas del Apocalipsis”, desenfadado y quizás desenfrenado… al menos ese es el personaje que aparece frente a quienes nos sentamos a escucharlo.

Si bien lo de marica no es gratuito, dejarlo en ese estado es simplemente quedarse con la figura que polemiza y no con la persona que tiene algo por desencadenar. Habla de sexo y de drogas sin prejuicios. Los verbos son coger y jalar. Usa el Lemebel, apellido de su madre, y no el Mardones, el apellido que cada vez que escucha lo hace “regresar a la próstata de su padre”. Cucalón le pregunta sobre su necesidad de ‘retornar al útero materno’. Él responde con una historia, cuando bebió, todavía sin saber caminar, aguas servidas (llevándose los dedos a la boca para demostralo: “Todavía lo hago” dice y el auditorio lanza la carcajada) y luego de dos días, la barriga le parecía un globo completamente lleno de helio, travestido como un niño famelico del África. Toma viada y respira. Una mujer a mi lado dice que le duele el trasero por estar sentada tanto tiempo… creo que esto vendría bien en una crónica sobre una visita de Lemebel. Unas estudiantes detrás están dormidas. Hay escritores por algún lugar del salón, el Viceministro de Cultura está a menos de un metro de nosotros. Solo queda observar y dejar que el punchline dibuje la sonrisa o desencaje el rostro de los que estamos aquí. Lemebel sabe lo que quiere y sus palabras van en crescendo. La idea es que la resaca deba curarse de alguna manera y poco a poco ella se difumina en el diálogo, va adquiriendo vuelo, campo para hablar.

Lo llevan al médico y le mandan purgantes. Al rato juega a la excresión y puede ver a un pequeño sapo que sale de él. Sí, había ingerido huevos de sapo que se habían desarrollado dentro de él. Debe tener la imagen bien grabada para traerla en la conversación. Todos ríen, acompañnado el sonido con un “¡iuuuuuck!”. “Las locas son chistosas”, dice alguien. Gabriela Alemán, la gran narradora ecuatoriana, está en el salón también. Ella es de las que prefiere decir que “los cronistas que conoce son todos graciosos”. Le creo, los escritores tienden a ser muy serios.

No es un ser de ficciones. Estuvo alguna vez en un taller de literatura en el que dice escribió cuentos junto a viejas aburridas. Puede afirmar que se ganó la beca Guggenheim en 1999 y se gastó todo el dinero del premio, sin hacer nada (algo sobre una investigación que retrataba desde el pasado judicial chileno la historia de los homosexuales). Cuando le pidieron el texto terminado, envió el índice. Sobrevivió a eso, como a otras cosas, el golpe de la muerte de su madre “hace 5, 6 ó 7 años”, todavía lo marca, pero consigue sortearlo. Su única novela fue “Tengo miedo torero”, del 2001. De ahí ha preferido trotar por los caminos de una realidad que se vuelve en sentencia y en memoria. Pedro Lemebel recuerda muy bien muchas cosas y las cuenta con lujo de detalles, aunque a veces olvida los términos precisos para algunos objetos. “La esquina es mi corazón” es un gran libro de crónicas, y “Serenata Cafiola” es su última publicación, siempre tratando de dejar para sí y para sus lectores algo de lo que cuenta, pero no como un deseo de ‘llegada’, de ‘finalidad’ sino como incitación.

Lemebel llega sin vestido y sin zapatos de taco. Todo de verde, de verde marcial, casi, y de esa paradoja nadie es consciente. Hombre de izquierda, ¿loca de izquierda? No se puede estar más al margen que eso. En Chile, ayudó al Frente Patriótico Mauel Rodríguez a derrocar a Pinochet, a través del diseño de la portada de la novela “La montaña es algo más que una inmensa estepa verde”, de Omar Cabezas, libro casi insignia de la revolución sandinista en Nicaragua, para distribuirla en Santiago. ¿El resultado? Una imagen de Sandino, con la cordillera detrás: como si fuese un afiche de un western. Lemebel ríe cuando cuenta esto.

Entonces cierra el acto con un deseo en forma de historia. Habla de que hace poco estuvo en Argentina. Que lo invitaron al Malba y entre las cosas que pidió, pues había un “taxiboy”: puto, gigoló, prostituto, como se le quiera decir. Gastón se llamaba y era de Tucumán. Lo vio, pero lo dejó de lado por jalar y beber. Se le fue la mano, habló de él cuando le tocó estar en el acto por el que debió asistir. Gastón lo escuchó y casi salta de la emoción cuando pronunciaron su nombre. Pedro le volvió a perder la vista y ya, pasado de copas y de todo, acostado en el cuarto, en la cama, siente un codazo y se levanta. Era Gastón: “Pedro… te tengo que coger, me están pagando”, le dijo. Y Lemebel lo repite frente a todos, cuenta ese acto de honestidad en el sexo y nadie sabe si reirse o sentirse ofendido. Yo me río. Pedro da un walk in the wild side y para algunos fue simplemente demasiado.

Dos días después regresaría con su performance, algo enojado, distante, pero siempre él mismo. La gente llegaría tarde (el lugar estaría lleno) y él les diría que siguieran y buscaran su puesto. Estaría en la puerta de entrada, recibiría a todos, hablaría del muchacho que fue su alumno cuando hizo de maestro de artes plásticas, en quien inoculó el vicio de la rebeldía o el rechazo a los milicos en el poder, de quien supo su muerte mucho tiempo después, en manos militares. Hablaría del primer muchacho al que quiso, al son de la lucha en contra del Régimen que lo oprimía. Enumeraría los distintos apodos que funcionan para las locas con Sida: “La Siempre en Domingo”, “La Tacones Lejanos”, “La Yuyito”, “La Karate Kid”, “La Fácil de Amar”, “La Suisida”, “La Ilusión Marina”, “La Abeja Maya” y otros. Aparecería en la pantalla, recorriendo un camino que, a su paso, se transformaría en sangre, en alusión a las vidas perdidas y escondidas en su Chile natal. Diría ‘gracias’ y todos lo aplaudiríamos con fuerza, durante un par de minutos. Él, con algo del enojo trastocado en reciprocidad, se tomaría fotografías con el que quisiera, respondería preguntas y firmaría libros. Saldría una vez que lo dejaran escapar, con la frente en alto y la corte por detrás… Lemebel juega con el enfrentamiento, no se guarda nada, no recula ni deja las cosas a medias tintas y ese juego es lo que lo trasluce e importa para quienes lo escuchamos y leemos.

Fotografía cortesía de Juan Montelpare

Eduardo Varas (Guayaquil, 1979). Escritor, blogger y periodista residente en Quito. Es el autor del libro de cuentos Conjeturas para una tarde (2007) y de la novela Los descosidos. Mantiene el blog Más allá de los libros.

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