Crítica • Abril 2009

Un universo de a pie

Los incompletos y Mis dos mundos, de Sergio Chejfec

Por Antonio Jiménez Morato

Rodolfo Enrique Fogwill no es muy dado al halago, por eso tienen especial importancia las palabras que dijo sobre Los incompletos de Sergio Chejfec: “Es una novela única y oportuna. Cuestiona las convenciones de la literatura argentina que nos estaban volviendo previsibles y light”. No sé si se debería decirse algo más, pero lo haré de todos modos.

Los incompletos es una novela que obedece a su título tanto en su concepción argumental como en el dibujo de caracteres de un modo preciso y sorprendente. Incompletas son las historias que se van enlazando e incompleto es el retrato de los protagonistas del libro y de los escenarios en los que se mueve. En una entrevista aparecida en el número de la revista Quimera correspondiente al mes de enero de 2009, Juan Trejo destaca que, pese a la unidad temática y formal de sus últimas novelas -se presentan como un capítulo único, un solo enunciado que discurre de manera libérrima siguiendo el discurrir del pensamiento, y de la construcción del mismo, hay que fijarse mucho en la sintaxis de Chejfec- y su brevedad, resulta casi imposible leerlas de una sentada. Y en buena medida eso obedece al ambicioso juego de la construcción de la realidad de sus narraciones. Las personas y los paisajes aparecen siempre indefinidos, abocetados, no, para ser más acertados: difuminados, es como si en sus bordes se hubiera realizado una labor de borrado de contornos, se mezclasen entre sí y en los territorios frontera de su físico o su pensamiento se fundieran con su entorno. Esa falta de concreción, ese aire levemente vaporoso que envuelve al lector hasta hacerle sentir en un mundo de nieblas, supondría una sentencia de muerte para cualquier otro autor. Y, sin embargo, en el caso de la narrativa de Chejfec opera como una virtud más, porque ha sabido destilar un estilo narrativo que hace palpable esa confusión y complicación. Beatriz Sarlo lo explicó de un modo brillante usando unas frases de Cinco:

Con frecuencia, Chejfec expone un drama en miniatura, donde los sentimientos cambian en el transcurrir de una sola frase: “No los amaba [a los amigos] especialmente, aunque al estar solo pensaba en ellos, creía extrañarlos, una débil angustia indicaba que le hacían falta; pero en los reencuentros se tornaba hermético, nada de ellos lo atraía, incluso más, hacía esfuerzos por contener la repulsión.” Algunas frases muestran las alternativas posibles, como rastros que no se descartan porque lo que se busca es un equilibrio de movimientos contrapuestos. Por ejemplo: “Pese a ser un niño, lo miraban como a un adulto; pero no lo miraban, advertía, porque en realidad no había persona que repara en él.” La frase nos hace sentir el peso de la sintaxis, y exige atenerse a su orden. La lectura trabaja dentro de ese orden recorriéndolo varias veces hasta reconocer la contraposición que no se resuelve.

La narrativa de Chejfec se contradice, se difumina y se torna etérea, y pese a ello, uno siente como va marcándose a fuego en la memoria del lector. Todo el que lea Los incompletos recordará por siempre ese Moscú desdibujado, lleno de eriales que pueblan los límites de una ciudad borrosa, y el hotel de habitaciones intercambiables, de pasillos que desaparecen, regentado por una mujer huidiza e indeterminada. Todo un universo aéreo, gaseoso, en el que se sumerge el lector. No es una narrativa de historias, sino de atmósferas, de sugerencias. Y en ellas tarde el lector en sumergirse pero, una vez lo ha hecho, no puede escapar de ellas.

Sin duda, uno de los grandes aciertos de la novela es su estructura. Frente a la narrativa tradicional, arquitectónica, que construye un sólido espacio por el que puede transitar el lector, y donde todos los elementos deben tener una función determinada para sostener el edificio sin sobrecargar la estructura -un modelo narrativo que el cine de Hollywood se ha encargado de convertir en prácticamente el único modelo narrativo existente-, la narrativa de Chejfec -como la de Aira, la de Tabarovsky- es líquida. Cuando se leen, sus novelas parecen dúctiles, terminan donde lo estima conveniente el autor, no responden a una serie de necesidades argumentales, y su objetivo no es tanto el de crear esos espacios por donde discurrir como el de presentar una realidad en la que sumergirse. No transmite ideas -aunque esté repleta de ellas- sino experiencias. No busca una comunicación empática entre el protagonista y el lector, sino la experiencia en sí que se obtiene durante la lectura. ¿Cuál es el mensaje que subyace en Los incompletos? Ninguno. Los incompletos se presenta como una vivencia en sí, no como un mensaje que debe ser entendido o codificado. No persigue, en ningún momento, construirse como una novela convencional, sino que ejemplifica un nuevo modo de narrar cargado de futuro: el discurso es, en sí mismo, el objetivo de la novela, porque es el discurso lo que el lector va a vivir, lo que pasará a formar parte de su experiencia no ya lectora, sino vital. Por eso contemplamos como lo único que permanece inalterables a lo largo del texto es la voz del narrador, un narrador externo, en tercera persona, que va imaginando de modo totalmente libre lo que narra. Parte, apenas, de una postal recibida, que le manda un amigo en perpetuo viaje, pero con esa simple excusa construye una narración que va saltando de protagonista con libertad total, en la que no hay voluntad alguna ni de ser fiel a la realidad ni de cumplir con la verosimilitud que hemos asumido que debe tener todo relato. No, lo importante es decir, construir, elaborar una voz en la que sumergirse, con la que convivir. Y nada más. Pero, por supuesto, nada menos. Porque la historia de Los incompletos es tan etérea que resulta, finalmente, prescindible, pero no su voz, que es de una solidez tal que se queda ya para siempre fijada en la mente del lector.

Resulta casi imposible reducir las novelas de Sergio Chejfec a su trama. Posiblemente sea una de las demostraciones más palmarias de que lo menos importante en la buena literatura sea el argumento de la historia. Reducir un libro como Mis dos mundos a una sinopsis es, cuanto menos cómico: Un escritor aprovecha el último día de su estancia en una ciudad del sur de Brasil para pasear por sus calles en busca de un enorme parque que ha encontrado en el mapa turístico que le han entregado en la recepción de su hotel. ¿Qué interés puede despertar dicho punto de partida? Desde luego poco o ninguno, porque la narrativa más exigente no busca despertar el interés, sino crearlo. Ahora, que nos vemos rodeados de mil escribidores que gastan papel y saliva en hablar de que quieren contar historias, resulta doblemente interesante, y por eso necesaria, la figura de autores como Chejfec, que no busca transmitir historias, sino recrearlas en el papel para que el lector las viva. Se podría, por qué no, añadir una segunda oración para esa hipotética sinopsis que aparecería sobre Mis dos mundos en una revista de tendencias: El fluir de la ciudad y las imágenes que va encontrando durante su paseo le sirven como excusa para reflexionar en torno a su vida cuando faltan unos días para que cumpla cincuenta años. Quizás así le daríamos el “profundo calado” que debe comparecer aunque sea de refilón en toda novedad literaria que no quiera ser despreciada como literatura de consumo. Porque el mercado literario, y por extensión el público consumidor que ha generado, quieren irse a la cama convencidos de que la lectura les ha instruido, que bajo una sencilla y vulgar historia de amores familiares contrariados y de lucha por la supervivencia, se está, en realidad, realizando una aproximación al horroroso conflicto que enfrentó a unos hermanos con otros durante tres años del siglo pasado, por ejemplo. La otra opción, la de una aproximación intensa y lograda a la fascinante presencia del mal en la Segunda Guerra Mundial, es otra de las excusas que pueden darte el pasaporte para la portada de un suplemento cultural. Y, sin embargo, cualquiera que haya leído un poco sabe que no son más que bagatelas, gangas, que poco o nada dicen sobre el ser humano y nada aportan al devenir de la literatura.

Es imposible no pensar en El paseo de Robert Walser cuando uno comienza a leer esta novela de Chejfec. Parecen casi lo mismo y, sin embargo, son casi opuestos. Mientras Walser aprovecha un paseo lleno de visitas, de personajes con los que se relaciona el protagonista -que todos entendemos como un trasunto del autor- para retratarle social y psicológicamente, el protagonista de Mis dos mundos no habla con nadie, tan sólo deambula, y no terminamos de hacernos una idea clara de su posición social, y casi tampoco de su psicología. Tan sólo de su modo de percibir la realidad, de su posición respecto al mundo y cómo dicha perspectiva retrata la tensión que se supone que debería sentir entre la esfera de lo privado y la de lo público, entre su yo y la sociedad, que en su caso se resuelve de una manera muy sencilla: sin conflicto alguno. Lo que nos va contando el narrador de esta novela es que su yo se diluye en el del resto, que es casi inexistente o transparente, que no es más que la voz que se eleva para contar su historia a todo aquel que la quiera escuchar/leer. Y nada más. Supone, por eso, un giro dentro de la obsesión temática de la obra de Chejfec. Si uno lee sus diferentes novelas -como estoy haciendo yo ahora- verá que le obsesiona la idea del ser completo, del ser que aparece en diversas partes, del ser escindido, de las distintas esferas que completan eso que se ha dado en llamar el ser. En el caso de Mis dos mundos hay una interesante evolución, ya que por primera vez el narrador cuenta desde una primera persona y no desde una tercera, como venía siendo costumbre, y, por otro lado, obvia toda referencia a su nombre, lo que facilita de modo casi automático la identificación entre el autor, Chejfec y el narrador de la novela. Ahí podría, sin duda, estar una de las piedras de toque de la interpretación de este libro, el leerlo como una confesión personal. Es algo a considerar, por supuesto, pero tan sólo como una posibilidad más, ante una obra tan escurridiza como la de Chejfec conviene no dar los hechos por obvios.

Lo verdaderamente seductor de Mis dos mundos es su manera de representar el mundo. Desde el principio establece una serie de dualidades que gobernarán toda la narración: por un lado la relación entre el mapa y la ciudad. El mapa es una representación de la ciudad, sí, pero no es la ciudad en sí, sino tan sólo una guía, más o menos imperfecta, que el protagonista debe usar como herramienta para lograr su objetivo: llegar al parque. Por otro lado, la ciudad se manifiesta como una realidad multiforme, llena de habitantes que se enfrentan a la soledad e indefinición del viajero/turista que representa el narrador de la historia. Esa oposición se resuelve, finalmente, como inexistente o, cuanto menos irrelevante, de creer la confesión final del narrador con la que cierra el libro, que no ve, como ya se ha comentado, tensión alguna entre su yo y el nosotros que lo rodea. De hecho la inmersión del paseante es relajada, libre, y en ese sumergirse sin orden ni concierto hay mucho de una percepción de la realidad marcada de manera drástica por la existencia de Internet. Una de las cosas más llamativas del discurse del narrador es que afirma que su modo de aprehender la realidad está marcado por la red anterior a Google, y que concibe lo que va percibiendo como una serie de hipervínculos en los que penetrar a la búsqueda de información, convirtiendo el viaje así en una serie de cajas chinas que van entregando información, experiencias y, por lo tanto, una imagen del mundo distinta. Y, en este caso, hay que señalar que sí pero no, porque el situarse en el plano pre-Google, por así decirlo, se puede comprender al oponerse a los índices perfectamente elaborados del buscador, pero no a lo que es la navegación de libres asociaciones que puede llevarse a cabo hoy en día. De hecho ahí radica, en buena medida, la fascinación que sobre cualquier lector medianamente atento ejerce esta novela: es una novela con una estructura líquida, que consigue trasladar al papel la secuencia que cualquier sesión en la red despliega. El narrador, el internauta, sabe a donde quiere ir, pero sin importarle demasiado ni el trayecto ni lo que encuentre, y cada una de las informaciones y hechos que de modo libérrimo va encontrando, no hacen sino añadir información en su trayecto, que se, por lo tanto, profundamente modificado. Salvando las distancias es la misma secuencia de hechos que se produce en una investigación científica, donde uno sabe a dónde quiere llegar, pero no qué se encontrará por el camino y en qué medida dichos encuentros modificarán los resultados del viaje.

Chejfec ha cuajado algo más que una estupenda novela o una perfecta metáfora del conocimiento en el siglo XXI, pone a disposición del lector un universo en el que sumergirse y que modificará de modo irreversible su acercamiento a la lectura en el futuro.

Antonio Jiménez Morato es licenciado en filología hispánica. Escribe sobre literatura en diarios españoles y dirige el programa de radio Vivir del Cuento en la emisora Radio Círculo. También edita el blog Vivir del Cuento.

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