Crónica • Abril 2009
En las calles de Tokio
Un día de verano, recibo una llamada de un amigo argentino:
- Necesito que me ayudes para mi proyecto doctoral. Tengo que medir el nivel de alumbramiento de los ocupantes de una oficina, cuando el sol entra directo por una ventana… Vos sólo tenés que sentarte en un cuarto.
Sin pensarlo mucho, confirmo mi participación y me dirijo al punto de encuentro: la esquina A3 de la estación del metro Toranomon. Saco mi mapa y checo dónde está. Es una estación antes de Kasumigaseki, lugar donde se encuentran la mayoría de las oficinas del gobierno central y en donde el 20 de marzo de 1995 fue perpetuado un ataque terrorista por una secta religiosa. Aún no sanan las heridas de este incidente en Japón.
Dejo un poco los recuerdos tristes y acudo puntual a la cita, pero mi amigo todavía no llega. De lejos veo a otro camarada. Un chileno. Nos saludamos. De súbito, enfrente de nosotros, pasa una manifestación. Es un grupo sindical pequeño. No percibimos lo que dicen, pero todo indica que es una marcha tranquila. No hay granaderos custodiándolos. Suena mi teléfono celular. Mi amigo llama para decir que hoy se cancela el experimento: no hay suficiente luz. Miro de reojo el gigantesco termómetro de una tienda departamental. 40 grados. Suspiro.
Regreso al día siguiente a la misma esquina. Al parecer, mi cuate chileno no viene hoy. En su lugar se encuentra un amigo alemán (esto ya parece chiste mexicano). Extendemos la cortesía pertinente. En ese momento, una nueva marcha pasa frente a nosotros. Son los miembros de la ultraderecha. En esta ocasión hay numerosos policías, aunque no se compara, en nada, al contingente que se usa para controlar las marchas en el DF. De inmediato, numerosos carros negros con vidrios polarizados empiezan a desfilar frente a nosotros. Ponen a todo volumen cánticos bélicos de la Guerra del Pacífico y gritan:
- ¡Rusos regrésennos nuestras islas!
Se refieren a las cuatro islas Buriles, que el ejército soviético les arrebató a los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. Si revisamos la historia, los reclamos de la ultraderecha tienen un poco de razón, pero gritando de esa manera no creo que el problema se solucione. Ante tal anacronismo, los dos volteamos incrédulos, pero la gente que está a nuestro alrededor no se inmuta. Todo indica que es una imagen cotidiana. Empero, no deja de ser algo tenebroso y más para nosotros que somos extranjeros. Para quitarnos el sabor amargo, le pregunto a mi amigo alemán si existe un fenómeno parecido en su país. Me dice simplemente:
-Hay algo similar, pero es diferente.
En lo que trato de descifrar esta frase, nuestro anfitrión bonaerense aparece para decirnos que se llevará a cabo el experimento. Así, subimos al cuarto piso de un edificio y nos sentamos frente a una ventana. Afuera siguen los cánticos bélicos. Son desagradables. Saco un cómic de mi mochila y prendo mi reproductor de música digital. Acto seguido, suena Karma Police de Radiohead. Sonrío, la letra de esta canción describe a la perfección la situación en que me encuentro ahora… Pasa una hora. Parece que el experimento resultó todo un éxito.
Semanas después me encuentro caminando en las calles de Shibuya, el calor sigue siendo desagradable. Para mi “buena” fortuna, hoy tengo que pasear por esta zona a un mexicano que visita “nuestras” tierras. Como suelo hacer siempre. Cito a mi paisano frente a la estatua del perro Hachiko: punto de reunión común.
-¿Qué es este perro? Pregunta mi amigo.
Cuenta la leyenda que a principios de siglo XX este canino tenía la costumbre de buscar a su amo cuando éste regresaba del trabajo. Un día, su señor, un profesor universitario, fallece atropellado, pero nadie le avisa nada al perro (algo lógico). Al ver que no regresa su amo, Hachiko espera días y días a que venga su dueño hasta que muere. Este acto de lealtad conmueve a los vecinos de la localidad y en su honor se construye su estatua. Cuando termino de explicarle este conmovedor cuento, decidimos
movernos.
Mi compañero de paseo queda anonadado por la enorme cantidad de personas. No sé cuánta población flotante haya a diario en Shibuya, pero podemos hacer una proyección viendo cuántas personas viven en Tokio. Se calcula que hay 12 millones de habitantes aquí. Es la misma cantidad de gente que vive en el Estado de México, según el censo de 2000. Ahora, si consideramos que la población de la zona metropolitana de Tokio oscila más o menos entre 30 millones y estas personas vienen diariamente también a Shibuya, tenemos que… Para qué quiero engañarme, hay demasiada gente aquí.
Seguimos caminando y llegamos al Tower Records de Shibuya, el más grande del mundo, según esta empresa. Pensaba que la megalomanía era un síndrome de México, pero hasta en este diminuto país existen aires de grandeza.
Después de un tour por el monstruoso edificio, salimos a tomar algo. Justo en la otra esquina está un gigantesco stand de Häagen-Dazs. Caminamos y, en ese momento, nos topamos con una manifestación. Es un diminuto grupo del Partido Comunista Japonés (PCJ) con unas pancartas que dicen:
-Estamos a favor de la paz plasmada en nuestra constitución. ¡Koizumi, regresa la tropas que despachaste a Irak!
Ante semejante show, mi amigo queda totalmente perplejo y me dice:
-”¡Comunistas aquí! Caminando libres, sin policías custodiándolos; en México eso es impensable.
Al escuchar su comentario, le pregunto sarcásticamente qué es lo que le sorprende:
-¿Que sean comunistas? ¿Que no haya represión?
-Las dos cosas- me contesta.
Puede ser. ¿Qué esperar de dos individuos que no vieron en su plenitud lo que fue el Partido Comunista Mexicano? Incluso éramos demasiado pequeños cuando se formaron el PSUM y el PMS. Y, cuando nos dimos cuenta, todos los camaradas comunistas estaban metidos en el PRD: un partido amorfo y caudillista más mexicano que el mole.
El PCJ resulta de lo más exótico. De hecho, es interesante. Mientras sus contrapartes europeas se desintegraban, este partido sobrevivió la caída del Muro de Berlín. Aceptémoslo: el comunismo fue una corriente internacional, pero la forma en que se desarrolló en cada país fue diferente. Eso pasó en México y Japón. Ahora bien, en el caso del PCJ, la clave para que sobreviviera fue la forma en que se legalizó el partido. Veamos un poco cómo sucedió.
En 1922 se forma clandestinamente el PCJ y, al igual que muchas fuerzas, es víctima de la represión del gobierno imperial. Después de la guerra, las fuerzas de ocupación estadounidenses permiten a los socialistas y comunistas participar, ya que pensaban que eso permitiría hacer funcionar mejor la nueva democracia. Así, la presencia de los comunistas legitimó el nuevo orden, impidiendo su destrucción, aunque no implicó su expansión. En términos ideológicos, el partido mantuvo sus contactos con Moscú, pero izó una bandera muy peculiar. Junto con los socialistas, el PCJ defendió la cláusula pacifista de la Constitución de 1947, impuesta por Estados Unidos, que proscribe el derecho a la guerra. El partido luchó siempre para evitar que los conservadores reformaran la constitución. Eso los mantendría en el espectro político. En los años ochenta, influenciados por el eurocomunismo italiano, cambian sus posturas y empiezan a tener una agenda menos arcaica, pero poco llamativa para los electores.
En la actualidad, el PCJ es un partido minoritario, pero con un número de militantes fijo, gracias a una red de organización nacional, una fuente de financiamiento propio, así como vínculos con revistas de izquierda y grupos estudiantiles de las universidades públicas. Por ahora, no se ve por dónde el partido pueda ganarle a los conservadores. Tampoco creo que hagan una coalición con la oposición de centro. Pero mientras exista la cláusula pacifista, este partido seguirá en la arena política.
En lo que pienso darle todo esta información a mi compañero de paseo, me doy cuenta que no es el lugar adecuado. Comemos un helado y caminamos por las luminosas calles de Shibuya. Numerosos karaokes, bibliotecas de cómics y aparadores llenos de ropa, así como iraníes vendiendo no se qué cosas y jóvenes con el pelo color violeta decoran este extraño paraje.
Después de una larga noche, me despido de mi paisano y me dirijo a casa. Las altas temperaturas del verano son insoportables. El hedor de alcohol que traspira la gente en los trenes también es desagradable. Al llegar a la esquina de mi casa, como siempre, está la misma máquina de refrescos esperándome, sola, sin que nadie se la robe. ¿Por qué tanta seguridad? Es tarde para pensar en trivialidades, pero me convenzo de nuevo: en las esquinas de esta enorme ciudad siempre hay algo de qué hablar.

