Crítica • Abril 2009
El viento agitando las cortinas, de Juan Carlos Rodríguez

Este libro de cuentos tiene muchas virtudes. Una de ellas es el tamaño de la tipografía. Supongo que la extensión del libro se presta pero no por eso sobra agradecer al editor esa letra grande y redonda que permite que cegatos como yo podamos zamparnos las ciento sesenta páginas que dura en apenas dos horitas sin alcanzar a aburrirnos ni cansarnos. Así se lee de fácil. Perfecto para un domingo de pereza.
Otra virtud es su prosa. Me refiero específicamente al uso cuidadoso de comas y puntos que en estos días de degradación postmoderna es cada vez más despreciado. Da gusto leer un libro escrito con evidente tranquilidad, limpio, bien editado, gramático, con la dosis apenas justa de adjetivos y metáforas, que se toma en serio eso de que va a ser leído por alguien más alguna vez.
Otra virtud más: La reflexión -presente en los tres relatos que lo componen- alrededor de la nostalgia y el recuerdo. Me gustan -entre otras porque me parecen dificilísimos de escribir- los relatos extensos donde el tiempo pasa y ese paso del tiempo se siente aunque las personas en esencia no cambien gran cosa. Todo reviene en ciclos lentos: los mismos errores, las mismas circunstancias y desengaños, la ansiedad de redescubrir el deseo o sentirse deseado. Cosas de esas siempre vienen bien.
O casi siempre.
Los cuentos de largo aliento son un territorio lleno de peligros. Esquizofrénicos narrativos, se debaten entre la concreción del cuento y la rebosante libertad de las novelas. Cualquier descuido puede convertirlos en un adefesio que quiere ser más pero no puede -por codicia- ser menos. El alcance es importante. Y es fácil perderlo cuando se quiere abarcar mucho manteniendo la ilusión de brevedad. El segundo relato de este libro se cae por eso, le pesa el tamaño. Los otros dos también salen perjudicados pero no al nivel de este. ¿Quién se acuerda del capitán Scott? (qué buenos títulos, otra virtud) se inicia con la infancia de un niño en Quito. El niño viaja a Bogotá y ocurre un juego de dos nostalgias superpuestas muy simpático: Por un lado está la nostalgia del niño, añorando sus tías y su abuela, y por otro lado la nostalgia del narrador, ese niño ya adulto, que recuerda el viaje y los primeros años en el nuevo ambiente donde nunca dejó de ser un poco raro. Esto empalma con una historia de amor platónico, o no tanto, con una compañera de salón. Pero entonces Rodríguez se deja llevar. ¿Y si ya conté todo esto -parece que dijera- por qué no contar todo lo demás? Y todo lo demás es un viaje a Santa Marta en tren que se extiende por cuatro páginas y que incluye conmoción afónica y lágrimas en los ojos al ver el mar. Pero no es sólo eso. Como el tiempo no se termina hasta que la vida se termina entonces pasan veinte años, tal vez más, y hay reencuentros escolares y el consabido romance tanto tiempo postergado con el amor infantil. Y pienso ahora que el problema es de extensión más que de alcance, porque hay un cuento similar oculto entre todo eso que es mucho mejor que este donde Rodríguez no pierde el control, uno quiere más al “ecuatoriano sensible” (un poco reiterativo en esta versión) y todo pasa -sin tanto detalle innecesario- en diez, quince páginas menos.
Mi cuento favorito del libro es el tercero: Mil veces el mal camino. Lástima que deteste con fervor religioso al narrador (profesor de literatura, jazz lover, dice “mariqui” amistosamente sin que sea en chiste…), porque por lo demás la estructura y el ritmo de este drama epistolar unidireccional me divirtieron mucho. Agradezco a Dios que Rodríguez, sabio y juguetón, nos ahorró las respuestas de la destinataria. Sospecho que con esos dos intercalándose no habría podido.
¿Y por qué no me gustó ese narrador? Tal vez por lo mismo que no me gustó particularmente ninguno de los tres: Por mojigatos. Incluso el voyeur fetichista del primer cuento, Contra el nudismo, es incapaz de adoptar un tono medianamente natural a la hora de hablar de sexo. Pese a iniciar su diatriba con una declaración de guerra a los eufemismos para hablar de calzones, tres páginas más tarde lo tenemos hablando de los senos de esta y el trasero de la otra y el sostén -¡por Dios!- como si alguien usara esa palabra en Colombia, y cuando quiere mostrarse transgresor cae en un sensacionalismo barato (típica estrategia mojigata) que bien podría ser nominado para el premio de mal sexo de The Guardian:
Cuanto los veo [los hoyuelos que tienen las personas entre culo y espalda] sueño venirme en ellos sin que una gota de semen los desborde. Quisiera convertirlos en pequeñas piscinitas de engrudo. Una de mis principales fantasías sexuales es llenarle así los hoyuelos a una jovencita y que luego otra (en calzones, por supuesto) se agache sobre ellos y los lama.
Si el propósito es escandalizar, mejor un enlace a Two girls, one cup.
De todas maneras, pese a dos o tres defectos más o menos aislables, El viento agitando las cortinas es en suma un buen libro. Un libro entretenido, con humor, correcto (más para bien que para mal) y bien escrito. Un libro de historias de amor hechas y derechas que no son tontas ni superficiales ni burlescas. Un libro de cuentos, además, lo que siempre es novedad y buena noticia en este triste medio literario colombiano tomado por novelitas primerizas desesperadas y testimonios amarillistas de asesinos y políticos.
