Cuento • Abril 2009

"No joda más, vieja bruja"

El conjuro

Por Walter Duer

Son difíciles las finales de la liga regional. Por eso, cuando Dorita llegó hasta el vestuario local y les dijo a los muchachos que iba a pararse justo atrás del arco rival para hacer un conjuro que perjudique al arquero de ellos, todos se pusieron contentos, menos Juanca, el racional del pueblo, que se le plantó a la anciana a veinte centímetros de los ojos (algo que ningún otro se animaba a hacer) y le dijo: “no joda más, vieja bruja”.

Menos para Juanca, para todos los demás Dorita tenía poderes sanadores y de los otros. Sin ir más lejos, siempre saltaba el caso del Lauchita, que se hubiera ido para el otro lado si la Dorita no lo curaba a tiempo. O el de Adela, que se murió con una sonrisa en los labios después de que la visitara la curandera. Y eso que había tenido un cáncer carcomiéndola durante meses, meses en los que lo único que podía hacer era gritar de dolor.

Más o menos a los veinte minutos del primer tiempo, hasta Juanca miraba atrás del otro arco para ver por qué Dorita se atrasaba tanto. Es que el hijo de puta de Pereira estaba como nunca: no sólo le había parado un penal a César (igual, César no lo tenía que haber pateado, ya se había comido uno el domingo pasado en el amistoso de preparación contra los empleados del supermercado), sino que además de dos saques suyos salieron sendos contragolpes que dejaron el partido 0-2.

“Che, la vieja de mierda de acá atrás me está molestando”. Pereira no tardó ni un segundo en salir corriendo hacia el centro del campo para gritarle su verdad al árbitro, pero fue interceptado justo a la salida del área grande por Benicio. “¿Qué sos, botón, vos?”. Y Benicio recibió un llamado en el hombro primero y un puñetazo en el ojo después, justo cuando decidió atender ese llamado. El agresor, un dos recio que no sabía hacer otra cosa que reventar la pelota hasta el cielo cada vez que le pasaba cerca, sintió de inmediato los tapones del Pinocho Gostizola (un problema de falta de creatividad en el pueblo: a Gostizola le decían Pinocho por lo narigón y a Bedel le decían Pinocho por lo madera, la cuestión es que aún teniendo apodos, a los dos había que dirigirse también por su apellido) que se le incrustaban en el pecho.

Ese taponazo fue la señal para que todos los espectadores (calculamos unos 400) decidieran que era hora de actuar. En la cancha volaban piñas, patadas, botellazos y algún que otro relampagazo de sangre. Diez minutos después, se oyeron sirenas y ese eco sordo típico del gas lacrimógeno cuando está viajando hacia uno. Ni el humo ni los llantos pudieron parar la batahola. Pero sí la detuvo el cuarto “pum”, el balinazo de goma fatal, el que se le incrustó en el pecho a Pereira y lo mandó para siempre al cementerio que quedaba a ocho cuadras de la canchita.

“Todo esto es culpa suya”, le dijo Juanca a Dorita, “no joda más, vieja bruja”. Pero esta vez guardó, por lo menos, tres metros de distancia.

Walter Duer (Buenos Aires, 1974). Periodista freelance, colabora entre otros con La Nación (Buenos Aires), The Clinic (Santiago), In (revista de a bordo de LAN Chile) y C (revista dominical del diario Crítica de Argentina). Autor de Manual del buen judío (Sudamericana, 2007) y Boca, el libro del Xentenario (Planeta, 2004). Lleva el blog El viajar es un placer.

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