Cuento • Abril 2009

Qualiter S. Bertrandus liberavit hominem quem diabolus diu volebat strangulare

El álbum de recortes del Canónigo Alberic

Por Montagne Rhodes James
Contemporáneo (y frecuentemente comparado) a Lovecraft, M.R. James es el representante inglés más excelso de la nueva ola terrorífica que se desató a finales del siglo XIX en el mundo anglosajón. Mientras el bueno de Howard Philips creaba su mitología de entes cósmicos indescriptibles y perversos cultos arcanos ocultos en la aislada Nueva Inglaterra, el profesor James tomaba la Inglaterra rural y la transformaba en un escondrijo costumbrista de espectros malvados a la espera de una llamada para desatar su furia sobre los mortales insolentes. “El álbum de recortes del Canónigo Alberic” (aquí el original en inglés) hace parte de su libro clásico de relatos “Ghost Stories of an Antiquary” (1894).

Saint Bertrand de Comminges es un pueblo en plena decadencia situado en una estribación de los Pirineos, no muy lejos de Toulouse, y todavía más cerca de Bagnères-de-Luchon. Fue sede de un obispado hasta la Revolución y tiene una catedral que es visitada por un apreciable número de turistas. En la primavera de 1883, un inglés llegó a este vetusto lugar (a duras penas puedo otorgarle la categoría de ciudad, puesto que los habitantes no alcanzan el millar). Se trataba de un graduado de Cambridge, que había viajado desde Toulouse expresamente para visitar la iglesia de San Beltrán, y que había dejado a dos amigos, arqueólogos menos entusiastas que él, en el hotel de Toulouse, tras haberle prometido que se reunirían con él a la mañana siguiente. A ellos les bastaría con media hora en la iglesia, y luego los tres podrían continuar su viaje hacia Auch. El día en cuestión, nuestro inglés había llegado temprano, con el propósito de llenar un cuaderno y de utilizar varias docenas de placas para describir y fotografiar hasta el último rincón de la maravillosa iglesia que domina el pequeño cerro de Comminges. Para poder llevar a cabo dicho plan de manera satisfactoria, necesitaba monopolizar al sacristán de la iglesia durante ese día. Así que envío a buscar al capillero o sacristán (prefiero esta última denominación, por inexacta que pueda ser) a la un tanto brusca mujer que está al frente de la posada del Sombrero Rojo; y, cuando aquel llegó, resultó ser un inesperado e interesante objeto de estudio para el inglés. El interés no radicaba en el aspecto personal del seco y arrugado viejecito, puesto que en Francia hay docenas de sacristanes exactamente así, sino en que tenía un curioso aire furtivo, o, mejor dicho, de agobio o acosamiento. No dejaba de lanzar miradas de reojo a su espalda; y parecía tener los músculos de los hombros y la espalda encogidos en una contracción nerviosa perpetua, como si temiera que en cualquier momento fuera a verse atrapado en las garras de algún enemigo. El inglés no fue capaz de decidir si se trataba de un hombre atormentado por algún persistente delirio, de alguien a quien le agobiaban los remordimientos de conciencia o de un marido con una mujer insoportablemente dominante. Las probabilidades, una vez calculadas, apuntaban inequívocamente hacia esta última posibilidad; sin embargo, daba la sensación de que su acosador era alguien incluso más temible que una esposa gruñona.

Sin embargo, el inglés (al que llamaremos Dennistoun) enseguida estuvo demasiado concentrado en su cuaderno y ocupado con su cámara como para dedicarle más de una mirada ocasional al sacristán. Siempre que lo miraba se lo encontraba no muy lejos, ya fuera o bien agazapado con la espalda contra la pared o bien encogido en uno de los bellísimos sitiales. Transcurrido un tiempo, Dennistoun empezó a ponerse bastante nervioso. La sospecha de que le estaba impidiendo al viejo irse a tomar su déjeuner, combinada con la de que lo consideraban alguien capaz de escaparse con el báculo de marfil de San Beltrán o con el polvoriento cocodrilo disecado situado encima de la pila bautismal, empezó a atormentarlo.

-¿Por qué no se va a casa? -le dijo por fin-. Puedo terminar perfectamente con mis notas yo solo; si lo desea, puede dejarme encerrado. Todavía necesito como poco una par de horas más, y seguro que tiene frío, ¿verdad?

-¡Por el amor de Dios! -dijo el hombrecillo, a quien la sugerencia pareció empujar a un estado de terror inexplicable-, ni por asomo podemos plantearnos tal posibilidad. ¿Dejar a monsieur solo en la iglesia? No, no; dos horas, tres horas… lo mismo me da. He almorzado, y no tengo nada de frío; se lo agradezco enormemente, monsieur.

-Muy bien, amiguito -dijo Dennistoun para sí mismo-, te lo he advertido, así que tendrás que asumir las consecuencias.

Antes de que hubieran transcurridos las dos horas, la sillería, el enorme y decrépito órgano y la celosía del coro del obispo Jean de Mauléon, los restos de la cristalería y tapicería, y los objetos de la cámara del tesoro ya habían sido examinados bien a fondo; el sacristán continuaba pisándole los talones y, de vez en cuando, al oír alguno de esos ruidos extraños que perturban los edificios grandes cuando están vacíos, se giraba bruscamente como si algo le hubiera picado. Ruidos que en ocasiones eran bastante curiosos.

-Hubo un momento en que hubiera jurado que había oído una vocecilla metálica riéndose en lo alto de la torre -me contó Dennistoun-. Lancé una mirada inquisitiva al sacristán. Estaba pálido como un lienzo. “Es él… bueno… no es nada; la puerta está cerrada con llave”, fue todo lo que dijo, y luego nos miramos durante todo un minuto.

Ocurrió otro pequeño incidente que también desconcertó enormemente a Dennistoun. Estaba examinando un cuadro grande y siniestro que está colgado detrás del altar y que pertenece a una serie que ilustra los milagros de San Beltrán. La composición del cuadro es casi indescifrable, pero debajo tiene una leyenda en latín que dice así:

Qualiter S. Bertrandus liberavit hominem quem diabolus diu volebat strangulare. [Cómo San Beltrán liberó a un hombre al que el Demonio llevaba largo tiempo queriendo estrangular.]

Cuando Dennistoun se estaba volviendo hacia el sacristán con una sonrisa y una observación jocosa en los labios, se sorprendió al encontrarse al anciano de rodillas, mirando el cuadro con los ojos de un suplicante en plena agonía, con las manos fuertemente entrelazadas y un torrente de lágrimas en las mejillas. Lógicamente, fingió no haberse percatado de nada, pero no pudo evitar preguntarse por qué una pintura tan chapucera como esa podía afectar a alguien tan profundamente. Le pareció que había dado con una pista sobre la causa de la extraña mirada que lo había intrigado durante todo el día: el hombre debía de ser un monomaníaco; pero ¿cuál era su monomanía?

Ya eran casi las cinco; el corto día estaba declinando, y la iglesia empezó a llenarse de sombras, aunque los extraños ruidos (las pisadas amortiguadas y las lejanas voces, que se habían oído durante todo el día), seguramente debido a la luz mortecina que agudizaba el sentido del oído, parecieron volverse más frecuentes e insistentes.

Por primera vez, el sacristán empezó a dar muestras de impaciencia y de tener prisa. Suspiró con alivio cuando la cámara y el cuaderno fueron por fin recogidos y guardados, y apresuradamente le indicó a Dennistoun que se dirigiera a la puerta occidental de la iglesia, situada debajo de la torre. Era la hora del toque del Ángelus. Unos cuantos tirones a la recalcitrante cuerda y la gran campana, Bertrande, en lo alto de la torre, empezó a hablar, y lanzó su voz a las alturas, por entre los pinos, y hacia abajo, por los valles llenos del fragor de los arroyos de las montañas, llamando a los moradores de esas solitarias colinas, para que tuvieran presente y repitieran el saludo del ángel a aquella a la que llamó bendita entre las mujeres. Con ello, una profunda tranquilidad pareció descender por primera vez en el día sobre el pueblo, y Dennistoun y el sacristán abandonaron la iglesia.

Entablaron conversación en el umbral.

-Monsieur parecía estar interesado en los antiguos libros de coro que había en la sacristía.

-Sin duda alguna. Iba a preguntarle si en el pueblo hay alguna biblioteca.

-No, monsieur; es posible que en el pasado hubiera una perteneciente al cabildo, pero ahora es un lugar tan pequeño… -En ese momento hizo una extraña pausa, aparentemente producto de la indecisión; luego pareció tomar repentinamente impulso y continuó-: Pero si monsieur es amateur des vieux livres, yo tengo algo que podría interesarle en mi casa. No está ni a cien yardas.

El gran sueño que Dennistoun abrigaba de encontrar algún valiosísimo manuscrito en algún rincón inexplorado de Francia se avivó de inmediato, para volver a apagarse un instante después. Lo más probable era que se tratara de algún vulgar misal de la imprenta de Plantin, de allá por 1580. ¿Qué probabilidades había de que los coleccionistas no hubieran saqueado mucho tiempo atrás un lugar tan cercano a Toulouse? Sin embargo, hubiera sido una estupidez no ir; si declinaba la invitación se lo iba a reprochar toda la vida. Así que echaron a andar. Durante el camino, Dennistoun no pudo dejar de pensar en la extraña indecisión y la repentina determinación del sacristán, y se preguntó abochornado si no le habría tomado por un inglés rico y lo estaría engañando para conducirlo a algún lugar apartado donde robarle. Así que se las compuso para empezar a hablar con su guía y para, de manera bastante torpe, mencionar el hecho de que esperaba que dos amigos suyos se reunieran con él a primera hora de la siguiente mañana. Para su sorpresa, la noticia pareció aliviar de inmediato la ansiedad que abrumaba al sacristán.

-Eso es estupendo… eso es estupendo -dijo con satisfacción-. Monsieur viajará en compañía de sus amigos, que siempre estarán cerca de él. Es bueno viajar así de acompañado… en ocasiones.

Dio la impresión de que las dos últimas palabras se le habían ocurrido en el último momento, y parecieron ser la causa de una nueva crisis de melancolía del hombrecillo.

Enseguida llegaron a la casa, que era bastante más grande que las casa vecinas, construida en piedra y con un escudo esculpido encima de la puerta: el escudo de Alberic de Mauléon, un descendiente indirecto del obispo Jean de Mauléon, me explicó Dennistoun. El tal Alberic fue canónigo de Comminges de 1680 a 1701. Las ventanas del piso superior de la mansión estaban tapadas con listones de madera, y el aspecto de toda la casa, al igual que el del resto de Comminges, era de decrepitud y deterioro.

Cuando llegaron al umbral, el sacristán se detuvo un instante.

-Es posible -dijo-, es posible que después de todo monsieur no tenga tiempo…

-En absoluto… tengo mucho tiempo… sin nada que hacer hasta mañana. Veamos qué es lo que tiene.

La puerta se abrió en ese momento y un rostro se asomó por ella; un rostro más joven que el del sacristán, pero que también mostraba una mirada de inquietud similar a la de este; solo que en este caso parecía ser producto, no tanto del miedo por la propia seguridad, como de una intensa preocupación por otra persona. Era evidente que ese rostro pertenecía a la hija del sacristán, y, salvo por esa expresión que acabo de describir, se trataba de una muchacha bastante guapa. La joven se alegró al ver que su padre venía acompañado por un robusto extraño. Padre e hija intercambiaron unas cuantas frases, aunque Dennistoun tan solo alcanzó a oír las siguientes palabras, dichas por el sacristán: “Se estaba riendo en la iglesia”; palabras que tuvieron como única respuesta una mirada de terror de la muchacha.

Pasaron de inmediato al salón de la casa, una pequeña habitación de altos techos con el suelo de piedra, llena de sombras movedizas creadas por el fuego de leña que fluctuaba en un hogar de gran tamaño. El cuarto tenía un cierto aire a oratorio, conferido por un alto crucifijo que tenía un extremo que llegaba casi hasta el techo; la figura estaba pintada de colores naturales, la cruz era negra. Debajo del crucifijo había un arcón bastante viejo y sólido, y, una vez colocadas las sillas y ya con una lámpara en la sala, el sacristán fue hasta el arcón, del cual sacó, con creciente nerviosismo y excitación, le pareció a Dennistoun, un libro grande, envuelto en un paño blanco con una cruz bordada con hilo rojo. El tamaño y forma del volumen despertó el interés de Dennistoun incluso antes de que le hubieran quitado el envoltorio. “Demasiado grande para ser un misal”, pensó, “y la forma no es la de un antifonario; después de todo, a lo mejor es algo bueno”. El libro fue abierto de inmediato y Dennistoun sintió que por fin había dado con algo extraordinario. Ante él tenía un infolio, encuadernado, tal vez, hacia finales del sigo XVII, con las armas del canónigo Alberic de Mauléon impresas en oro en las cubiertas. El libro debía de tener unas ciento cincuenta páginas, y, en prácticamente todas ellas, había pegadas hojas de manuscritos iluminados. Ni en sus sueños más descabellados había imaginado que pudiera encontrar una colección así. Allí tenía diez páginas de una copia del Génesis, ilustradas con dibujos, que no podían ser posteriores al 700 d. C. Más adelante había un juego completo de ilustraciones de un salterio, de ejecución inglesa, de esa calidad tan extraordinaria característica del siglo XIII; y, y quizás lo mejor de todo: había veinte páginas de escritura uncial en latín, y, por las pocas palabras que vio aquí y allá, supo de inmediato que debían pertenecer a algún desconocido tratado patrístico de una época muy temprana. ¿Podría tratarse de un fragmento del manuscrito de Papías “Sobre las palabras de nuestro Señor”, que se sabía que en el siglo XII todavía se encontraba en Nimes?1 En cualquier caso, ya lo había decidido: ese libro tenía que regresar a Cambridge con él, incluso si tenía que sacar todos sus ahorros del banco y quedarse en Saint Bertrand hasta que llegara el dinero. Levantó la mirada hacia el sacristán para ver si había algo en su rostro que permitiera inferir que el libro estaba a la venta. El sacristán estaba pálido, y sus labios se estaban moviendo.

-Si monsieur hiciera el favor de avanzar hasta el final -dijo.

Así que monsieur avanzó, sin dejar de descubrir nuevos tesoros cada vez que pasaba una página; al final del libro se encontró con dos hojas de papel que databan de un periodo mucho más reciente que todo lo que había visto hasta ese momento, lo que le resultó bastante sorprendente. Decidió que tenían que ser de la época del poco escrupuloso canónigo Alberic, el cual, sin duda alguna, había saqueado la biblioteca del cabildo de San Beltrán para componer ese valiosísimo álbum de recortes. En la primera de las hojas había un plano, dibujado con gran cuidado, en el que cualquiera que conociera la iglesia de inmediato reconocería los claustros y el pasillo sur de San Beltrán. En las esquinas había varios curiosos signos que parecían símbolos planetarios, y unas pocas palabras en hebreo; y, en el ángulo noroeste del claustro había una cruz dibujada con pintura dorada. Debajo del plano había varias líneas escritas en latín, que decían lo siguiente:

Responsa 12mi Dec. 1694. Interrogatum est: Inveniamne? Responsum est: Invenies. Fiamne dives? Fies. Vivamne invidendus? Vives. Moriarne in lecto meo? Ita. [Respuestas del 12 diciembre de 1694. Se preguntó: ¿Lo encontraré? Respuesta: Lo encontrarás. ¿Llegaré a ser rico? Llegarás. ¿Me convertiré en objeto de envidia? Te convertirás. ¿Moriré en mi cama? Morirás.]

-Un buen espécimen de mapa de buscador de tesoros… recuerda bastante a los del canónigo menor Quatremain de Old St Paul’s -comentó Dennistoun mientras pasaba la página.

Lo que vio entonces le impresionó más de lo que nunca había imaginado que pudiera llegar a impresionarle ningún dibujo o pintura, según me ha contado en repetidas ocasiones. Y aunque el dibujo que vio ya no se conserva, sí que existe una fotografía del mismo (que me pertenece) que apoya plenamente su afirmación. Se trataba de un dibujo en sepia de finales del siglo XVII, el cual representaba, o eso parecía a primera vista, una escena bíblica, puesto que la arquitectura (el dibujo representaba un interior) y las figuras tenían ese sabor semiclásico que a los artistas de doscientos años atrás les parecía apropiado para las ilustraciones de la Biblia. A la derecha había un rey en su trono, el trono situado en lo alto de doce peldaños, con un dosel encima y leones a ambos lados: era evidente que se trataba del rey Salomón. Estaba inclinado hacia delante, con el brazo del cetro extendido, en actitud de mando; su rostro expresaba horror y asco, pero también reflejaba una voluntad imperiosa y la confianza plena en su propio poder. No obstante, la más extraña era la mitad izquierda del dibujo, que era donde residía todo el interés del mismo. Delante del trono, en el suelo, había un grupo de cuatro soldados, alrededor de una figura agachada que describiré dentro de un momento. Un quinto soldado yacía muerto en el suelo, con el cuello retorcido y los ojos fuera de las órbitas. Los cuatro guardias estaban mirando al rey. Sus rostros reflejaban un intenso sentimiento de terror; de hecho, daba la impresión de que lo único que evitaba que salieran huyendo era su plena confianza en su señor. La causa evidente de ese terror era la criatura que estaba encogida en medio de ellos. Ya he desistido por completo de expresar con palabras la impresión que dicha figura provoca en todos aquellos que la miran. Recuerdo que en una ocasión le enseñé la fotografía del dibujo a un profesor de morfología; una persona, diría yo, con una mente anormalmente cuerda y falta de imaginación. Este hombre se negó en redondo a quedarse solo durante el resto de la velada, y más adelante me contó que durante muchas noches no se había atrevido a apagar la luz cuando se iba a dormir. No obstante, sí que al menos puedo señalar los principales rasgos de la figura. En el primer momento tan solo se ve una masa de pelo negro, enmarañado y áspero; enseguida uno se percata de que cubre un cuerpo de una escualidez espantosa, casi un esqueleto, pero con músculos que se marcan como si fueran alambres. Las manos, de una palidez sombría, están cubiertas, al igual que el cuerpo, de un vello largo y áspero, y terminan en unas espantosas uñas, corvas y afiladas. Los ojos, con un toque de un amarillo abrasador, tenían las pupilas de un negro intenso, y estaban clavados en el rey del trono con una mirada llena de odio bestial. Imaginen una de esas horribles arañas de América del Sur que cazan pájaros transmutada en un ser con forma humana y dotado de una inteligencia rozando la humana, y tendrán una ligera idea del terror que inspiraba esta sobrecogedora imagen. Todos aquellos a los que les he mostrado el dibujo siempre han hecho el mismo comentario: “Fue dibujado del natural”.

En cuanto se hubo repuesto de esa primera impresión de abrumador terror, Dennistoun miró de soslayo a sus anfitriones. El sacristán se estaba tapando los ojos con las manos; su hija, con la mirada puesta en la cruz de la pared, rezaba el rosario febrilmente.

Y la pregunta se planteó por fin:

-¿Está a la venta este libro?

De nuevo la misma indecisión, y la misma repentina resolución que había notado anteriormente, y entonces llegó la deseada respuesta:

-Si monsieur así lo desea.

-¿Cuánto pide por él?

-Aceptaré doscientos cincuenta francos.

La respuesta lo desconcertó. Incluso a un coleccionista le remuerde en ocasiones la conciencia, y la conciencia de Dennistoun era mucho más impresionable que la de un coleccionista.

-¡Pero, buen hombre!, su libro vale mucho más que doscientos cincuenta francos; se lo aseguro… mucho más -repitió una y otra vez.

Sin embargo, la respuesta se mantuvo invariable:

-Aceptaré doscientos cincuenta francos, no más.

Era totalmente imposible no aprovechar una oportunidad así. Se pagó el dinero, se firmó un recibo, y bebieron un vaso de vino para celebrar la transacción; y entonces el sacristán pareció convertirse en un hombre nuevo. Su figura se irguió, y el hombrecillo dejó de lanzar esas miradas suspicaces a su espalda, e incluso se rió o intentó reír. Dennistoun se levantó para marcharse.

-¿Me permite el honor de acompañar a monsieur a su hotel? -le preguntó el sacristán.

-¡Oh, no, gracias!, no son ni cien yardas. Conozco el camino perfectamente, y hay luna.

El sacristán insistió tres o cuatro veces, pero su ofrecimiento fue rechazado en otras tantas ocasiones.

-En tal caso, monsieur me mandará llamar si… si tiene ocasión; e irá por el centro de la calle: en los laterales el piso es más irregular.

-Por supuesto, por supuesto -dijo Dennistoun, que estaba impaciente por examinar su trofeo a solas, y salió al pasillo con el libro bajo el brazo.

Allí le estaba esperando la hija; al parecer, ella estaba ansiosa por hacer otro negocio por su cuenta; a lo mejor, como Giezi, quería “tomar algo” del forastero con el que tan generoso se había mostrado su padre.

-Un crucifijo de plata y una cadenita para el cuello; ¿sería monsieur tan amable de aceptarlos?

Cierto es que Dennistoun no iba a sacar demasiado partido a esos objetos.

-¿Qué es lo que mademoiselle quiere por ellos?

-Nada… nada de nada. Son un regalo para monsieur.

El tono en que dijo esto y mucho más era inequívocamente sincero, así que Dennistoun no pudo más que deshacerse en agradecimientos y dejarse colocar la cadenita alrededor del cuello. Realmente daba la impresión de que había hecho un favor al padre y a la hija al que a duras penas sabían cómo corresponder. Cuando echó a andar con el libro, ellos se quedaron en la puerta mirándolo, y seguían mirando cuando por última vez les deseó buenas noches desde el umbral del Sombrero Rojo.

Después de la cena, Dennistoun se encontraba en su cuarto, encerrado a solas con su adquisición. La patrona había demostrado un considerable interés por él desde el momento en que le había contado que había ido a ver al sacristán y le había comprado un libro antiguo. También le parecía haber oído un apresurado diálogo entre la mujer y el susodicho sacristán en el pasillo aledaño a la salle à manger; la conversación había finalizado con algo como “Pierre y Bertrand dormirán en la casa”.

Durante todo este tiempo, en su interior había estado creciendo una progresiva sensación de incomodidad: posiblemente una reacción nerviosa tras la alegría de su descubrimiento. Fuera lo que fuera, se tradujo en la convicción de que había alguien detrás de él, e hizo que se sintiera mucho más a gusto con la espalda contra la pared. Por supuesto, todo esto era despreciable frente al incuestionable valor de la colección que había adquirido. Y en esos momentos, tal como acabo de decir, se encontraba a solas en su habitación, evaluando los tesoros del canónigo Alberic, entre los que continuamente aparecían nuevas y mayores maravillas.

-¡Bendito sea el canónigo Alberic! -dijo Dennistoun, que tenía la arraigada costumbre de hablar solo-. Me pregunto dónde estará ahora… ¡Por Dios!, ¡ya podía la patrona aprender a reír con más alegría!, te hace sentir como si hubiera un muerto en la casa. ¿Dices que media pipa más? Tal vez lleves razón. Me pregunto qué será ese crucifijo que la joven ha insistido en darme… Del siglo pasado, supongo. Sí, probablemente. Resulta muy molesto llevarlo en el cuello… demasiado pesado. Lo más probable es que su padre lo haya llevado durante años. Creo que lo voy a limpiar y luego lo guardaré.

Cuando ya se había quitado el crucifijo y lo había dejado sobre la mesa, le llamó la atención un objeto que había encima de la tela roja situada junto a su codo izquierdo. ¿Qué podía ser?; a toda velocidad le pasaron por la cabeza dos o tres posibilidades.

-¿Un limpiaplumas? No, en esta casa no hay tales cosas. ¿Una rata? No, demasiado negro. ¿Una araña grande? Dios quiera que no… no. ¡Dios mío!, ¡es una mano como la de ese dibujo!

Solo tardó un instante infinitesimal en asimilarlo. Piel pálida y sombría, que recubría únicamente huesos y tendones de fuerza pavorosa; vello negro y áspero, más largo que el de cualquier mano humana; uñas que brotaban de la punta de los dedos y se curvaban abruptamente hacia abajo y hacia delante, grises, duras y rugosas.

Huyó de la silla con el corazón preso de un terror mortal e inconcebible. La figura, cuya mano izquierda reposaba sobre la mesa, se estaba irguiendo detrás del asiento, con la mano derecha doblada por encima del cuero cabelludo. Llevaba unos andrajosos ropajes negros; el áspero pelo cubría su cuerpo, como en el dibujo. El maxilar inferior era estrecho… ¿cómo lo diría?… plano, como el de una bestia; los dientes asomaban por detrás de los negros labios; no había nariz; los ojos, de un amarillo ardiente sobre el que las pupilas destacaban negras e intensas, y el fulgor del odio exultante y de la sed de aniquilar vida que brillaba en ellos eran los rasgos más aterradores de la visión. En esos ojos se percibía algo parecido a la inteligencia… una inteligencia superior a la de una bestia, inferior a la de un hombre.

Este monstruo provocó en Dennistoun un sentimiento de intenso miedo físico y de aversión extrema. ¿Y qué es lo que hizo? ¿Qué es lo que podía hacer? Nunca ha estado totalmente seguro de qué es lo que dijo; pero lo que sí que sabe es que habló, aferró a tientas el crucifijo de plata, se percató de que el demonio se estaba moviendo hacia él y gritó con la voz de un animal preso de terribles dolores.

Pierre y Bertrand, los dos pequeños y fornidos criados que entraron a toda prisa, no vieron nada, pero sintieron cómo algo que pasaba entre ellos los apartaba de un empujón, y encontraron a Dennistoun desvanecido. Esa noche se quedaron a su lado. Los dos amigos de Dennistoun llegaron a Saint Bertrand antes de las nueve de la siguiente mañana. Para entonces, Dennistoun, aunque todavía impresionado y nervioso, ya casi se había recuperado, y sus amigos dieron crédito a su historia, aunque no hasta después de haber visto el dibujo y hablado con el sacristán.

Cuando ya casi estaba amaneciendo, el hombrecillo había entrado en la posada con algún pretexto, y había escuchado la historia que le había narrado la patrona con profundo interés. No mostró sorpresa alguna.

“Es él… ¡es él…! Yo lo he visto con mis propios ojos”, fue su único comentario; y ante las preguntas solo se dignó dar una respuesta: “Deux fois je l’ai vu; mille fois je l’ai senti. Se negó a contarles nada sobre el origen del libro y a darles detalles sobre sus experiencias.

-Pronto dormiré, y mi descanso será dulce. ¿Qué ganan con importunarme? -les dijo.2

Nunca sabremos lo que sufrieron él y el canónigo Alberic de Mauléon. En la parte posterior de ese infausto dibujo había escritas varias líneas que es de esperar tal vez puedan arrojar algo de luz a la historia:

Contradictio Salomonis cum demonio nocturno.

Albericus de Mauleone delineavit.

V. Deus in adiutorium. Ps. Qui habitat.

Sancte Bertrande, demoniorum effugator, intercede pro me miserrimo.

Primum uidi nocte 12mi Dec. 1694: uidebo mox ultimum.

Peccaui et passus sum, plura adhuc passurus. Dec. 29, 1701.3

Nunca he llegado a saber con certeza qué es lo que pensaba Dennistoun en relación a los sucesos que he narrado. En una ocasión me citó un texto del Eclesiástico: “Existen espíritus que fueron creados para la venganza, y en su furor golpean con dureza”. En otra ocasión me dijo: “Isaías era un hombre muy sensato; ¿acaso no dice algo sobre bestias nocturnas que habitan en las ruinas de Babilonia? Estas cosas quedan por el momento bastante fuera de nuestro alcance”.

Otra de sus confidencias me impresionó bastante, y me resultó perfectamente comprensible. El año pasado fuimos a Comminges, para visitar la tumba del canónigo Alberic. Se trata de un monumento de mármol de gran tamaño con una efigie del canónigo con sotana y una voluminosa peluca, y con una elaborada loa a su saber en la parte inferior. Vi cómo Dennistoun hablaba durante un rato con el vicario de San Beltrán, y cuando nos marchábamos me dijo:

-Espero que no esté mal: ya sabe que soy presbiteriano…; pero… creo que se “dirá una misa y se entonarán himnos fúnebres” por el descanso de Alberic de Mauléon. -Y a continuación añadió, con un cierto deje del norte de Gran Bretaña-: No tenía ni idea de que fueran tan caras.

El libro se encuentra en la colección Wentworth, en Cambridge. Dennistoun fotografió el dibujo y luego lo quemó, el mismo día en que se marchó de Comminges en su primera visita.

Notas

1. Sabemos que efectivamente estos pliegos contenían una parte considerable de esa obra; eso si no trataba de una copia íntegra de la misma.

2. El vicario murió aquel verano; su hija se casó y se estableció en Saint Papoul. Ella nunca llegó a comprender las circunstancias de la “obsesión” de su padre.

3. i. e., Salomón enfrentándose a un demonio de la noche. Dibujado por Alberic de Mauléon. Versículo: ¡Oh, Señor!, apresúrate a socorrerme. Salmo: El que habita (91). San Beltrán, que ahuyentas a los demonios, intercede por este desventurado. Lo vi por vez primera la noche del 12 dic. 1694; pronto lo veré por última vez. He pecado y he sufrido, y todavía me queda por sufrir. 29 dic. 1701.

La Gallia Christiana data la muerte del canónigo el 31 de diciembre de 1701, “en la cama, de un repentino ataque”. Este tipo de detalles no son habituales en la gran obra de los de Sainte-Marthe.

Traducción de María Pilar San Román exclusiva para HermanoCerdo.
Montagne Rhodes James (1862-1936) fue un reputado medievalista inglés. Además de ser profesor en Cambridge y la universidad de Eton, es reconocido como el renovador de las historias de fantasmas.

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