Crítica • Abril 2009

Que le cueste al maldito

Casi nunca, de Daniel Sada

Por René López Villamar

La narrativa de Daniel Sada es una de las más singulares de la literatura contemporánea. La calidad sonora de su prosa es inconfundible. El trabajo metódico, minucioso, que pone en cada una de sus frases, le ha ganado una reputación como un autor extraño y difícil. La lectura de una novela de Daniel Sada no ha sido nunca un asunto sencillo, pero tampoco sin recompensas. Abrirse camino a través de su estilo siempre había requerido una concentración especial, un esfuerzo extra que se vería bien recompensado a lo largo de la lectura.

Digo que Daniel Sada siempre había requerido una concentración especial porque Casi nunca, su última novela, ganadora de la XXVI edición del Premio Herralde de Novela, es la más sencilla de leer y al mismo tiempo la más aburrida. Si esto es bueno o malo es el asunto de la presente reseña.

Estamos lejos de la gimnasia verbal de las novelas más complicadas de Sada, como Porque parece mentira la verdad nunca se sabe o Ritmo Delta:

Es difícil saber si en los miles de millones de movimientos de rotación y traslación de la tierra, ésta se hubiera desviado un poco de su órbita o hubiese sufrido un ladeo. Tal conjetura viene a cuento porque para octubre de 1946, al menos en la región central de Coahuila, hacía un calor de los mil demonios.

El anterior fragmento es una buena muestra del estilo de la novela. Una prosa muy bien cuidada pero de fácil lectura, que apenas hace notar la extrañeza de su forma y va siempre acompañada de un dejo de ingenuidad. Mientras que en Porque parece mentira… -que todavía es la obra maestra de Sada- nos encontrábamos con una prosa desbordante, medida y rimada, en Casi Nunca nos presenta no un espectáculo verbal sino un ejercicio de contención, de control sobre el estilo. Nos encontramos ante un autor en madurez, que ha conseguido un total control sobre su manejo del idioma y por lo mismo no teme incluir en su novela cosas como ésta: “Demetrio, tenme paciencia. Así somos las mujeres de este pueblo. Recuerda que sería incapaz de cambiarte por nadie. Si te pierdo ya no podré querer a ningún hombre”.

La materia de la novela es fácilmente olvidable. Demetrio Sordo, agrónomo afincado en Oaxaca, se enamora de una prostituta de nombre Mireya. Por otro lado, su madre lo insta a que la acompañe a una boda a Cohauila, donde conoce Renata, con la cual se compromete. Ahí comienzan las tribulaciones del personaje (y no es, como quiere dar a entender la contraportada, el conflicto principal de la novela). La primera mitad transcurre en los esfuerzos de Demetrio por deshacerse de Mireya y la segunda en los de conseguir a Renata.

En la alternancia entre la pasión puramente carnal que representa Mireya y el amor casto que representa Renta, Daniel Sada escribe un desierto. Los personajes son acartonados y previsibles, sus anécdotas nimias y zafias. La dilación, la espera, la lentitud con que se desarrollan los acontecimientos, el tedio de la vida (de la lectura) y la tenacidad con que se enfrenta, son el motivo central de Casi nunca. “¿Por qué pusiste un plazo de un año para la boda?”, pregunta Renata a su madre, ya cerca del final de la novela. “Porque quiero que Demetrio sufra. Lo que deseo es que te quiera más, que sepa que una mujer como tú vale lo que cien mujeres de cualquier tipo. Que le cueste al maldito”. En esta respuesta podría leerse una tesis sobre la experiencia de la lectura.

En su crítica a Ritmo Delta, Rafael Lemus hacía notar que la narrativa de Sada había perdido fuerza al mudar su acción del desierto a la ciudad. Casi nunca es una vuelta al desierto: el desierto verbal, el desierto temporal, el agónico tedio de la vida de un olvidable personaje principal encuadrado por dos momentos. La vida de Demetrio Sordo -un desierto- encuadrada por dos encuentros sexuales o “ensartes” como diría el narrador: su primer encuentro con Mireya, que da inicio a la novela, y la noche de bodas con Renata, que la cierra. La única manera de abrirse paso entre esos dos instantes de “el sexo-motor, el sexo-ansiedad”, es mediante la tenacidad. Cómo le dice Demetrio a su madre, “Créeme, por favor. Yo casi nunca me doy por vencido”.

Justo en medio del desierto textual, como un oasis, se encuentra la historia de la tía Zulema, el único personaje interesante de la novela. Zulema, se revela, ha estado enamorada toda la vida de su primo Abelardo, al grado de esperarlo soltera toda la vida. Cuando finalmente Abelardo va a buscarla, los dos viejos viven una breve historia pasional, tan sólo tres días, hasta que la tía Zulema lo encuentra muerto en la cama. “¡Qué amor tan desgraciado! ¡Qué historia tan de a tiro!”. La felicidad que dura tan sólo tres días entre una vida de tedio, de polvo, de espera. Justo en medio de la obra, en esta pequeña anécdota se refleja el tema central de la novela.

El total dominio de la prosa mantiene al lector a buen ritmo aunque en realidad la tensión es un hilo prácticamente inexistente y no hay en la trama nada que nos fuerze o interese a seguir leyendo. Todo depende, pues, de la habilidad del estilo y el humor para mantener la atención de lector. El humor de Sada en Casi nunca es un humor ingénuo, cándido, como lo son los personajes, que parecen empeñados en creer que viven en el mejor de los mundos posibles o determinados a creer que ese tedio en el que se desarrolla su existencia es la mejor existencia posible, como si fuesen personajes de Voltaire. Habría que recordar aquí que a Daniel Sada se le ha acusado en varias ocasiones de ser constumbrista (decir que alguien es costumbrista es acusarlo). Los personajes de la novela parecen ridículos porque son reales. Nos parecen patéticos porque son reales. El único personaje que escapa de esa suerte y se acerca más a lo literario es, justamente, la tía Zulema.

En el primer viaje de Demetrio de Oaxaca a Coahuila, coincide en el avión con una mujer preocupada por las implicaciones de la bomba atómica, que acaba de caer. Harto de sus palabras, Demetrio le dice “Mire, señora, si el mundo está por acabarse, que se acabe ya”, y en muchas ocasiones quise pedirle lo mismo a la novela, que se acabara ya. Llegado el final (que agradecí) no puedo dejar de decir que la novela te obliga a reflexionar sobre el sentido de su lectura. La novela de más sencilla lectura y la más aburrida de Daniel Sada, ¿será?

René López Villamar nació en la Ciudad de México en 1979. Es editor de HermanoCerdo.

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