Crónica • Abril 2009
Apuntes para una Habana en extinción II

Como le prometí al cubano que conocía de New York, fui hasta al viejo barrio de Centro Habana para llevar su correo, pero lamentablemente, como señalé en la primera parte de esta crónica, no conseguí entregar el reproductor de DVD para su familia. Así es que fui a visitar a su abuela con un simple pero necesario sobre. Pero antes de llegar a Centro Habana en la bici que usé para recorrer la ciudad, pasé por uno de los lugares de postal de la ciudad. Un lugar de tarjeta postal desde la Revolución. Pedaleé hasta la Plaza de la Revolución como loco, para llegar bajo un sol sin sombra, en un mediodía en el que el calor no daba tregua, y casi completamente empapado llegué al gran playón donde una fila de turistas de Canadá u Alemania intentaban ingresar al monumento a Martí, una gran torre de concreto de dudoso gusto, pero sin dudas impresionante. De cualquier manera impresionaban aún más una especie de buitres que sobrevolaban la cima, casi resguardando la memoria de vaya a saber qué José Martí. En el otro extremo del gran playón se encontraba la otra imagen postal: el Ministerio, un gran edificio de aspecto soviético, donde está la mítica imagen del Che. Pero no duré mucho por allí, ya que reparé que mi bicicleta se había pinchado, por segunda vez. Abandoné caminando el lugar, en medio de un calor revolucionario, y seguí mi camino, a pie, hasta Centro Habana.
Ni bien llegué a la dirección que me había dado mi amigo cubano, ingresé a otra Habana, golpeada por el reciente huracán, que aunque leve, había dejado sus marcas. Las calles inundadas, y algunos postes caídos reflejaban el castigo natural del huracán Denis, así como el descuido del barrio. Ya en la puerta de la casa a la que me dirigía, toqué el timbre, y una vieja negra me atendió, diciendo que me esperaba. Así es que entré y mandé saludos de su nieto, e hice entrega del sobre. La mujer se alegró mucho, y me convidó un vasito de ron para que pudiera seguir mis paseos. Antes de dejarla, sin parar de agradecerme, la señora me dio el lugar de un taller donde rápidamente, y por poco dinero, repararon la goma de mi bicicleta. Con ella resistí un par de días, hasta que el calor hizo estallar una vez más, en otros recorridos, las gomas de la bicicleta.
Pero mi excursión habanera tuvo también algo de seriedad, ya que mis motivos eran académicos, y sobre todo, tuvo una seriedad cubana, una forma de acceder a lo que buscaba que me permitió aprender más de lo que el cine cubano podía mostrarme. Lo que buscaba eran films de la época de oro del cine revolucionario, de los años sesenta y setenta, para lo que tenía que ir al ICAIC, el mítico instituto de cine que produjo los films de Gutiérrez Alea y Santiago Álvarez, entre otros tantos. Mi única entrada para aquel lugar era mi carta de investigador de una imperialista universidad, algo que no parecía muy promisorio. De hecho, cuando ingresé al edificio, el encargado de la mesa de entradas me preguntó a quién buscaba, y ahí nomás le dije que era un investigador argentino, sin faltar a la verdad. Me enviaron entonces con la encargada de las relaciones latinoamericanas del Instituto, y me recibió una mujer muy simpática, que cuando vio mi carta de intenciones, la descartó. “Ese permiso puede tomar meses, y tu sólo estarás aquí por dos semanas”. Así es que me propuso una solución inmejorable, sin contraprestación alguna. Llamó enseguida a su asistente, una joven cubana preciosa, de mi edad, que desde ese día en adelante, hasta el final de mi viaje, me proporcionaba dos o tres copias VHS de lo que le pidiera. Lo único que yo debía hacer era asegurarme que nadie en la puerta de entrada viera esas copias cuando las devolviera al siguiente día. El sistema era simple, me daban entonces dos o tres films por día, yo los veía en la casa de Vedado donde alquilaba el cuarto, y en cuanto las devolvía, me daban más material. Y así en esas dos semanas, a veces combatiendo el deseo de seguir aventurándome por La Habana, y otras tantas entregándome a sus placeres, pude ver algunos films de difícil acceso.
Tengo que decir además que acaso quien mejores informaciones me dio de aquel cine no fue el ICAIC, sino un gran director de fotografía, que había trabajado con Titón Gutiérrez Alea, y con el vanguardista Nicolasito Guillén Landrián, sobrino del gran poetastro. Con él había trabajado en unos cortos experimentales, de principios de los sesenta, que pude ver gracias a su generosidad, y la de la familia con la que viví esas dos semanas, ya que eran familiares del director de fotografía. Él me contó en parte algunas de las historias de aquel otro Guillén, que murió en Miami muchos años después de haber sido perseguido por el régimen por anticomunista, y por tener una visión del cine demasiado radical para la dogmática línea documental que bajaba desde el Partido. Aquellas historias, cenando en un buen restaurante del Vedado, le dieron al viaje otra perspectiva, la posibilidad de hablar con un participante de aquella historia, pero que no estaba tan atado al cassette que repiten muchos viejos dirigentes del partido. Sin dudas algo muy diferente de lo que sucedió precisamente unas noches después, en un espacio cargado de otras historias, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, fundada por el gran Nicolás Guillén.
Yo estaba ya cerca del final de mi corto viaje. Si uno no es turista con muchos dólares, pero incluso así, la vida nocturna en La Habana no es gran cosa, acaso sea más bien algo a puertas cerradas, uno debe saber dónde ir, juntarse con amigos, y de hecho pude ir una o dos veces a algunas reuniones de jóvenes artistas. Pero las fiestas en espacios públicos, o la oferta de bares, al menos en aquél 2005, no era muy amplia. Por otro lado, todo estaba muy controlado en La Habana, mucha policía y seguramente, muchos informantes. De hecho, hasta esta revolucionaria noche que espero describir, sólo tuve una ocasión de ver al pueblo cubano de fiesta. Había sido para el concierto al aire libro de una banda muy actual: Air Supply. Probablemente este grupo australiano o inglés -claramente los había olvidado hasta esa noche- sólo mantenía tal nivel de popularidad. Tocaron para más de 100.000 personas, en el espacio del protestódromo, un gran playón frente a la oficina de intereses norteamericanos. Pero esa emocionante experiencia musical fue superada por la velada casi romántica que pasé en la Unión de escritores. Yo me encontraba, sin saberlo, vagando por las calles de La Habana, un viernes por la noche, intentando sin éxito buscar algo abierto. Fernando, quien me alquilaba el cuarto, me había dicho que allí darían un concierto de boleros, o algo así. Más que el interés real, quería ver qué organizaban allí los intelectuales cubanos, y entonces, sin más que hacer, me acerqué al caserón donde se encuentra esa histórica institución. En la puerta había un pequeño anuncio del concierto de boleros, y ya se dejaban oír los acordes, pero no me animaba a entrar allí solo. Cuando estaba a punto de irme a dormir, se apareció un viejo de casi setenta años, un proverbial conversador cubano, que viéndome aspecto de turista quiso acercarse acaso para venderme aquella experiencia. Una vez más, como me sucedía cada vez que conversaba con algún cubano, todo cambiaba al decir que era argentino, y el discurso que tenía preparado comenzó a cambiar. Siempre me preguntaban por la crisis económica. Pero al inicio parecía estar allí para convencerme que le comprara unos rones mientras sonaban los boleros. Sin embargo enseguida me di cuenta que no se trataba de ningún ventajista, ni tampoco de un viejo intentando alguna aventura con un joven despistado. Nos sentamos a una mesa y me contó su historia revolucionaria, y tras tomar unos rones y escuchar unos boleros, me acercó a la mesa de sus amigos. Entre ellos, y para mi sorpresa, se encontraba un negro enorme, uno de los pocos sobrevivientes del Granma, el barco en el que Fidel y el Che llegaron de México.
Con ese grupo de nuevos amigos y enérgicos defensores del régimen, seguí bebiendo rones, ya invitados por la camaradería de la burocracia artística, al punto de alcanzar un elevado estado de ebriedad. Por suerte los boleros habían llegado a su fin, pero el acto todavía tenía para mí reservados otros momentos para el recuerdo. Tras la música pude asistir a la entrega de premios a unos libros de poemas de reciente publicación. Un acartonado maestro de ceremonias fue llamando a diversos poetas a leer sus obras en aquel palco. Fue entonces que comencé a extrañar los boleros, que pese a mi desinterés por el género, estaban muy bien interpretados. El oído de los músicos sin embargo no era compartido por los poetas, que acaso por razones ajenas a la esfera de la poesía, revelaban un nivel bastante destacado de las posibles cursilerías poéticas. Un poco cansado y golpeado por tanto ron y por cierta emoción -no dejaba de impresionarme el modo en que llegué allí-, el maestro de ceremonias sorprendió una vez más. Mientras apuraba mi última copa, ya dispuesto a ganar la puerta, escucho que la banda musical quería dedicar una canción a un invitado especial de aquella noche. Así es que el presentador, siguiendo con su tono acartonado pero grandilocuente, dice: “Queremos dedicar ahora este tango, Mi Buenos Aires querido, para el compañero Edgardo, que nos visita desde Argentina”. Entonces pasamos del bolero al tango, y la noche tuvo un buen cierre. Eso permitió además que me invitaran unos rones más, y entre ellos, uno fue abonado por un hombre que decía ser el sobrino del ajedrecista Capablanca, quien me pidió que le llevara una carta a unos familiares de él en Argentina. Una vez más, entre otras cosas, serví de correo a otros cubanos.
Con todo, el viaje a La Habana fue un descubrimiento no sólo de la isla y su gente, y del poder discursivo del régimen, pero además, de las relaciones que la isla mantiene con los demás países. El Estado hace negocios con España, que invierte en sus hoteles en una sociedad mixta, y por otra parte, explota el turismo sobre todo europeo y canadiense, que ve allí una sociedad experimental, algo diferente, latinoamericano y de izquierdas, pero donde nadie se quedaría más que un par de semanas. Sin embargo hay que decir que los habaneros consiguen vivirla bien, pasarla bien, entre tanta restricción. Mi última noche me dio otra forma de ver esto, en particular entre gente de mi edad, estudiantes de la universidad, músicos, y otras cosas, que intentaban divertirse un sábado por la noche.
Según me enteré por ahí, los sábados por la noche muchos jóvenes se juntan en un parque, en el barrio de Vedado, si mal no recuerdo en la calle Parque, aunque la memoria ya me falla. Allí varios grupos se amontonan a tocar música y beber ron, y ahí se van acercando además las jóvenes europeas, que caen rendidas ante los cubanos, que parecen encarnan para ellas la belleza y la revolución, algo de lo que huyen, al menos por unas vacaciones, de Europa. Así es que mientras me acercaba a ese parque, a ver qué pasaba, me crucé con un grupo de seis o siete cubanos, de veintipico, que mientras caminaban al parque se pasaban una botella bastante combativa de ron nacional. Me acerqué a hablar con ellos y me invitaron a acompañarlos al parque. Allí nos fuimos, y mientras me contaban sus dudas con el régimen, pero de todas maneras su apoyo, nos acercamos a un grupo de españolas que recibían con emoción cualquier cosa que mis nuevos amigos dijeran. Era un espectáculo algo patético, pero bueno, supongo que todos hacemos un poco eso cuando visitamos un lugar exótico. Y Cuba también era un poco exótica para mi. Sin chances con ninguna española, me quedé escuchando y conversando, y todo iba muy bien. Pero las chicas decidieron irse a dormir, así que las acompañamos a la casa donde paraban, cerca de allí. Mientras caminábamos, el ron seguía circulando, y yo, para qué negarlo, quería ver también algunas chicas, pero cubanas. Se negaban a aparecer, al menos por allí. Así es que tras dejar al contingente de españolas, volvimos con los cubanos hacia el centro, y me invitaron a que me uniera, para ir caminando hasta el Malecón, que ahí era donde seguía la joda.
El camino fue uno de los trayectos más divertidos. El ron había seguido corriendo, y entonces empezamos a cantar esas canciones de fogón, esas de Silvio y Fito que cantaba cuando tenía quince años, y que todos parecíamos compartir. Éramos un grupo de siete u ocho, todos cubanos y yo, todos abrazados por el alcohol y por música de dudosa calidad. Supongo que para eso están esas canciones, y funcionaron. Servían para unirnos un poco en la borrachera, hasta que llegó la policía. Y aquí el accionar fue una vez más sorprendente. El oficial pidió los documentos de todos, y yo le entregué mi cédula argentina. Inmediatamente un oficial se quedó solo conmigo y me retuvo, mientras que a los cubanos los cruzaron de calle, donde se encontraba un patrullero. Allí los molestaron durante media hora, y estuvieron a punto de llevárselos por disturbios públicos, hasta que los largaron, según me dijeron ellos, para evitar que el turista perciba un excesivo control policial. Así es que tras ese pequeño altercado seguimos hasta el Malecón.
Ni bien llegamos allí otros músicos tocaban frente al mar, ya cerca del amanecer, y cerca de las chicas también. Por fin me acercaba, en mi última noche, a algunas chicas cubanas, que parecían salir a divertirse, como los nuevos amigos. Lamentablemente, muchas de ellas también estaban trabajando, y se hizo difícil cualquier acercamiento. Mi aspecto, a pesar de parecer claramente europeo, no era tampoco muy apetecible. Me paseaba todo el día en ojotas y en pantalones cortos, con algunos agujeros. Parecía, hay que decirlo, un hippie algo sucio y sin dinero. Pero algo tenía, y mis últimos pesos cubanos, en mi última noche, se fueron en rones. Cerca de las seis de la mañana ya iba regresando a la casa en la que paraba, pero antes intercambié algunos datos con los nuevos amigos. Me invitaron al día siguiente a su casa, donde harían un almuerzo con las chicas españolas que habían conocido por allí. Me dijeron que no llevara nada, que ellas invitaban, y ellos estaban felices de hacer esa invitación.
Lo cierto es que me quedé sin ir. Al día siguiente la resaca me despertó bien entrada la tarde, y sólo me quedó tiempo para hacer mis valijas y despedirme de la familia que me hospedó. Me llevaron al aeropuerto en su Lada verde, ya cerca de la noche, y allí apareció la última sorpresa, entre tantas que tuve que dejar de lado para esta crónica. Se había cortado la energía en el aeropuerto, y tuve que esperar más de tres horas para salir. Una contingencia más, que además dificultó algo importante. Todavía tenía que pasar por la aduana a recuperar el reproductor de DVD que inútilmente llevé a la isla. Sin luz, me decían los agentes, era imposible recuperar el equipo. Parecía que el depósito estaba a oscuras, y por tanto, el equipo se quedaría allí. Las sospechas volvieron, pensé que simplemente algún agente había visto la oportunidad de ver películas en su casa. Así es que insistí un poco, no mucho, y al rato lo tuve de vuelta. Salí entonces de La Habana como había entrado, o casi. Un poco más bronceado, con algunas cartas encima, y un poco “más latinoamericano”. Y no paré de sonreír cuando me di cuenta que era imposible saber qué quería decir con eso.

