Cuento • Abril 2009

Amigos y rivales

A veces nunca se gana

Por Luisa Reyes Retana

Mi despertador es el clamor de la urbanización rampante. Una mañana de miércoles, el infalible despertador urbano hacía su esfuerzo diario por sacarme de la cama. Las ondas sonoras escalaban mi ventana y reptaban entre mi sueños deformándose en imágenes oníricas monstruosas, como perros cuyo ladridos suenan como claxon de microbús. El calor se condensaba en sudor corporal y me abrazaba las piernas como aguamala. La alcantarilla de la calle regurgitaba su verde serenata tradicional de olores fétidos y en mitad de este ritual matutino se produjo en la planta baja de la casa un golpe sólido y seco que se impuso sobre unos alaridos infantiles remotos. Como Chucky el muñeco diabólico, abrí los ojos a su máxima capacidad y corrí a la puerta deseando con furia haber atinado en adivinar que lo que golpeó la puerta con tanto temperamento fuera el correo y que el correo incluyera un cierto paquete que esperaba con ansia desde hacía semanas.

Escaleras abajo me di cuenta que estaba en calzones. Mis compañeros de casa lo apreciaron inmensamente. Julián Solano, un estudiante atorrante de la Escuela Nacional de Antropología que se había mudado a la casa hacía pocos meses, gritó desde la cocina: ¡Bendito cartero, que dios te lo pague! Miguel mi hermano le aventó una pantufla, y Juan y Gallo, los fundadores fosilizados de “La Sorda”, nombre con el que bautizaron nuestro lúgubre hogar por haber pertenecido a una mujer sorda que insistía en que no había rincón más silencioso de la ciudad de México, empezaban a especular sobre las virtudes amatorias de nuestro cartero.

Llevaba mucho tiempo esperando oír noticias de un concurso literario al que suscribí una serie de cuentos. El Gallo y yo invertimos meses y meses en esto. Escribiendo, hablando, corrigiendo, leyendo, releyendo, discutiendo, insultándonos a veces en la segunda persona del singular, a veces a través de nuestras madres, fumando faros, jugando cartas, etcétera. El dramatismo era esencial para la preservación de nuestro estilo de vida. No obstante algún encuentro sexual, seguimos funcionando para efectos prácticos en los términos antes descritos, es decir; bajo la fórmula “amigos y rivales”.

Con mi sino fatal, el Gallo recibió respuesta del concurso pasados apenas seis días después del envío. A partir de ese momento nuestra relación se cargó hacia el segundo término de la fórmula. Tres semanas después, yo seguía asociando cualquier ruidillo remoto con el crujido del buzón. En mi cabeza esto no era otra cosa que un episodio más de la batalla entre los sexos. No había una duda en mi mente de que los muy cabrones editores me hacían esperar porque los llenaba de placer sentir que estaba en su poder bloquear la proliferación del talento femenino, y que tratarían de evitar desde su nicho microscópico el inminente imperio de las hembras sobre la especie humana.

En el buzón esta vez descansaba un sobre amarillo junto con otros panfletillos y correspondencia en general irrelevante, tales como el enésimo citatorio que amablemente la oficina de recaudación fiscal me hacía llegar puntualmente todos los meses o propaganda de la Escuela Nacional de Acupuntura. Saqué todo del buzón y dejé caer al piso en un gesto teatral lo que no me interesaba. Mis compañeros de crujía me miraban circunspectos desde sus tazas de café y sus periódicos de hacía tres días. Había una creciente tensión en la casa por esta situación. Todos los compañeros sabían que el Gallo había pasado a la siguiente fase y que yo seguía a la espera. Se hizo un silencio solemne y Miguel me condujo delicadamente hacia la cocina, donde me esperaba un café y cinco cuerpos humanos repartidos por los rincones. Las otras dos personas en la escena eran Serena y la Coni o “las inquilinas del ala perdida”, dada la extraña ubicación geográfica de sus cuarteles respecto a la casa.

El sobre amarillo debidamente sellado con cinta canela leía en el remitente una dirección en la Avenida General Anaya, lo cual era doblemente indicativo de que esta era la correspondencia anhelada. Por un lado la cinta canela es digna de un conocedor del servicio de correo postal mexicano, como lo sería seguramente una casa editorial, y segundo, los cuentos eran mi único asunto en la Avenida General Anaya. Analicé el paquete antes de abrirlo. Había sellos postales aquí y allá, una etiqueta adhesiva con mi nombre y dirección (naturalmente hecha por mí y despachada en el envío original) y una rúbrica misteriosa en mitad de nada. Como era de esperarse, dentro del sobre había exactamente lo mismo que envié semanas antes: “el material”.

Saqué el paquete de cuentos del sobre. En las páginas no había el menor rastro de lectura. No había una anotación en lápiz, un doblez, una arruga, un mancha… nada. Juan y Solano empezaron a intercambiar comentarios para romper la tensión. Me empezaba a hervir la sangre. Metí la mano al sobre en la misma manera en que lo haría con el calcetín navideño. En el fondo había una nota en formato de cita médica en media carta que leía:

Fase II.

Cita No: 16

Fecha: 10 de enero de 2007

Hora: 10:30 a.m.

Persona a quien visita: Editor Matías Terán

Asunto: Crítica técnica del material.

El sonoro y oloroso acompañamiento permanente de mi vida de pronto se disolvió por completo y entré en un impasse intelectual emocional ante la perspectiva. Pasar a la “Fase II” mediante una entrevista con el editor no quería decir mucho en términos generales, pero para alguien tan sensible y subjetivo como yo ante la “crítica técnica” de sus ideas, enfrentarse a un editor suele ser una pesadilla. Haberse inscrito al concurso en mi caso fue, en primer lugar, un acto de masoquismo perverso y un capricho de mi vanidad. Estaba convencida de que escribir historias de ficción cuando uno esta lejos de ser un escritor y pretender que tenga sentido para alguien más leerlas responde a una necesidad muy primitiva de exponer ante el lector una versión manicurada de uno mismo.

-¿Qué pues? -preguntó el Gallo-. ¿Te reciben o no?

Hice un ademán con las cejas, inflé las narices y respiré profundo.

-Sí. Me reciben para la “crítica técnica” -contesté.

Se rompieron filas y se brindó con tazas de café y vasos de jugo.

Unos segundos después mi cerebro regresó al contenido de la nota y caí en cuenta que el 10 de enero era ese mismo día. 10 de enero, 10:30. Me preparé con la velocidad de un asteroide y emprendí el viaje, que consistió en andar todo el trayecto navegando el día calendario entre posibles tramas, entre victorias y derrotas hacia General Anaya en la intimidad paradójica de mi vehículo.

Después de estacionarme me dirigí a la editorial sintiendo que había que hacerlo con aire ceremonioso, como seguramente lo hacían las señoras en la Nueva España, tomadas del brazo de sus hermanas, camino a la Catedral. Perdida en imágenes históricas, me topé con el lugar justo a la hora de la cita y entré despacito y con tiento. Me recibió lo que parecía directamente la antesala del editor. Ahí esperaban otras personas entre las cuáles se hacía notar un hombrecito que, según yo, colmaba generosamente el estereotipo de escritor de revista literaria. Un tipo menudo de pierna cruzada y maletín de cuero viejo con una de esas miradas que dicen “estoy en plena apoteosis”, barbudo y fachoso, saco de pana café y otros símbolos indiscutibles del ajuar de bohemio ilustrado.

Mientras esperaba, pensaba en cuánto me gustan los estereotipos. El chef francés por ejemplo, la niña bien. Pensaba también en lo absurdo del sistema de correspondencia. Como ustedes saben, el sobre que abrazaba como a un hijo muerto había llegado a mi casa esa misma mañana por correo postal desde esa oficina. Me hubieran ahorrado semanas de sufrimientos agudos, especulaciones fantásticas y una variedad exquisita de psicosis con un telefonazo. Si me hubieran hablado se hubiera evitado mi maquinación feminista, mi repentina aversión por el Gallo, docenas de cigarros, malos tratos, e incluso tal vez una borrachera atroz y un encuentro sexual corolario. Mi tesis más acusada seguía siendo la del macho alfa y aunque aceptaba que el formato de una convocatoria de este tipo siempre se beneficia de su rigidez en el protocolo, me parecía sospechoso el afán por procrastinar mi caso y no el del Gallo. Si bien el protocolo es un mecanismo que añade elegancia y prestigio a bajo costo, se paga un precio inadvertido por concepto de salud mental de los participantes, que puede fácilmente conducir a obsesiones tales como la que yo nutría en ese momento por los estereotipos, y luego esto puede permear en el proceso creativo y uno acaba confundiéndose.

El señor del registro llamó mi nombre y al identificarme me indicó una puerta que lucía una placa: Editor Matías Terán (Literatura). Me asomé al pasillo contiguo y pude ver a una chica detrás de un escritorio hablando por teléfono. Confabulaciones basadas en temas de género volvían a abrirse paso en mi cabeza cuando se abrió la puerta.

Unos cuantos buenos días, un escaneo discreto y Matías Terán avanzó.

-Leí tus cuentos -dijo buscando mi nombre ágilmente con la mirada en el sobre amarillo que le entregué al entrar…-. Inés Alcázar.

Mi corazón batía como el tambor del himno nacional. Pude adivinar que Terán tenía unos 40 años. Era alto y delgado con rasgos fuertes. Su pelo medio larguillo probablemente había sido muy negro y me pareció que las canas le sentaban bien. En el atuendo predominaba la mezclilla medio vieja y medio sucia. Camisa color tabaco tipo Cuba comunista. De momento no pude formarme una impresión muy clara de él. Muchas distintas señales se cruzaban por todas partes. Me gustó su cara franca y despejada. Tenía manos grandes y toscas que no solo no guardaban armonía con el resto de su físico, sino que no correspondían en lo absoluto a la imagen del escritor culto y educado que usa las manos para hablar y fumar y nada más, lo cual resultaba muy atractivo.

La lacónica conversación introductoria avanzó hacia el discurso que Terán tenía preparado para mí.

-A tus cuentos les falta brillo. Hay uno que otro lugar común, Inés -dijo lentamente-. No tienes conectores entre los argumentos, tus personajes son un poco simplones, a la trama le faltan contrastes, robustez en los desarrollos, tus descripciones me parecieron planas, no me quedan claros los momentos climáticos; en fin, creo que tienes que escribir y leer mucho más para rescatar tus historias.

Una nube negra cubrió mi universo.

-No le quedan claros los momentos climáticos -dije en voz alta, buscando entender la oración, y seguí-: Oiga, y dígame una cosa, será que no los sabe identificar. Este momento, por ejemplo, para mí es un espécimen perfecto de un momento anticlimático. ¿Coincide conmigo?

-No es personal, Inés, te lo digo para que sepas cuáles son tus anemias -contestó Terán con esa voz seca que parecía salir de entre dos pacas de paja.

-Que no le gusten mis cuentos, señor, aunque creía que ni siquiera los había leído, con todo respeto, no quiere decir que mis personajes sean simplones y mis descripciones planas. Más bien refleja que usted de tanto desear acomodar sus adjetivos favoritos se inventa lugares comunes y aplana mis descripciones.

El ambiente se tensó y Terán soltó una risita ahogada. Supongo que no me veía venir. Se acomodó en su silla y levantó las cejas.

-Francamente, Inés, no creo que estés en posición de explicarme cómo hacer mi trabajo porque, de ser así, si me permites opinar, no escribirías estas, qué son, ¿metáforas? O, ¿cómo quieres que les llamemos a tus retruécanos posmodernos con pretensiones históricas?

-Llámeme Sombrita, señor editor, por la confianza que hemos forjado en esta charla.

-No hay nada de esta personalidad fierecilla en tu trabajo. Tal vez deberías consultarla para escribir -dijo Terán un poco alterado-. Reescribe Inés. Hazlo bien. Trámelos otra vez en una semana y ya veremos qué adjetivos me provocan en tu próxima visita.

Sentí ganas de besarlo.

-¿Entonces me sugiere esquizofrenia literaria? Muy bien Doctor Terán. ¿O puedo llamarlo Matías? -dije sin pensarlo en absoluto. Hablaba desde mi rabia.

-No, claro que no -contestó Terán-. No soy tu editor todavía. Tampoco tu siquiatra. Resuelve tus frustraciones en otro contexto. Te sugiero que no te esfuerces tanto en hacernos pensar que eres inteligente. Tus historias me dan la sensación de una megalomanía incoherente con los relatos. Qué más puedo decirte. Reescribe y ya veremos.

Me imaginé de espaldas contra el librero besándonos furiosamente. Me paré y me acomodé un poco el saco y el pelo, recogí mis enseres como prostituta y le extendí la mano para despedirme.

-Una pregunta -dijo Terán-. Si no es indiscreción, ¿por qué te dicen Sombrita?

Sonreí con todos los dientes e hice un gesto con las manos y los ojos indicando la parte alta de mi pecho. Terán se sonrió y me pidió perdón por la imprudencia. Le dije que me sorprendía que con su sensibilidad y experiencia no le hubiese parecido obvio. La tensión se metamorfoseó en vibras sexuales. Salí de la oficina y en el umbral de la puerta señalé mi sombra. Una gran montaña se alargaba. Terán se tiró en su silla y juntó las manos en un ademán que no entendí. Me di la media vuelta complacida y cerré la puerta detrás de mí.

“Eso salió muy bien”, pensé para mis adentros. La batalla de los sexos se declara. En el pasillo, mientras meditaba sobre el diagnóstico, observé al bohemio ilustrado con total repugnancia. Pensé que probablemente era un eslabón del eje de los machos alfa. Terán seguro se fuma feliz sus “noches de perla” y sus “crónicas bolivarianas”. La justificación para publicarlo sería algo así como la “energía viril” de su trabajo.

Otra vez con el corazón como el tambor del himno nacional salí a la calle y caminé sin ceremonia hasta el estacionamiento. De un modo diarreico me venían imágenes de Terán riendo a carcajadas, llorando de la risa, dando golpes de risa en el escritorio, soltando aullidos de risa, convulsionándose en su silla reclinable de tanta risa.

-Qué carajos es eso de que me faltan conectores entre las ideas y qué tipo ordinario ese Terán que no ve la sutileza de mis transiciones. ¿Qué creerá, que son cuentos para idiotas? -le dije al chofer del estacionamiento-. Ándele, apúrese con mi coche.

-Pues no me entretenga, seño -protestó el chofer y desapareció en el caos del estacionamiento.

En el trayecto a mi casa hablé a la notaría en la que trabajo y me reporté enferma. No me pareció que mentía. No estaba sólo enferma, estaba agonizante y a punto de morir.

Llegué a mi casa y me recibió Serena.

-¿A qué se debe la sonrisa, Sombra, te encontraste al cartero?

-Sí, Sere. Me llevó al callejón y me dio el “tratamiento postal” -le contesté para salir del paso.

¿De verdad estaría sonriendo?

El día pasó con la densidad de la sopa de lentejas. Releí un par de cuentos. Cada línea, cada palabra me incomodaba. Las “observaciones” de Terán volaban como anuncios luminosos. La noche se me construyó adentro con ladrillos y piedras. Me sorprendí una y otra vez escribiéndole a él, reduciendo la masa crítica de lectores a uno. Matías Terán y su pelo de pimienta y su camisa cubana. Invadida por el terror y la agonía me quedé dormida y tuve pesadillas.

La mañana del jueves me recibió sonora y aceitosa. Sumado a los perros, los gritos infantiles, el canto de las inquilinas que ahora tomaban clases de requinto bajo mi ventana, la licuadora y el teléfono, Miguel tocó la puerta de mi cuarto y gritó: ¡Teléfono para la Sombra! Salí a contestar y después de lanzarme una mirada de reprobación me dijo:

-¿Te importaría dejar de salir en calzones al pasillo? Por más que Solano lo aprecie, me resulta displicente convivir con mi hermana en ropa interior, especialmente cuando hay cinco personas más en la casa de las cuales tres son potenciales violadores.

-Porque eres macho y moralista -contesté de malas-. Dame el teléfono.

Me metí a mi cuarto y contesté.

-¿Quién habla?

-Es Sara -dijo el auricular-. Hablo de la oficina del Doctor Matías Terán. Me dice que si por favorcito puede hacer una cita con él para la semana que entra.

No pude evitar reírme. Sara debe haber enroscado los ojos y descompuesto el gesto del asco. Cuántas veces la pobre Sara habría tenido que telefonear a “jóvenes escritoras” para acordar citas con Terán bajo las pretensiones de “crítica técnica del material”. Ni quiero saber. Acordamos una cita para el miércoles 17 de enero a las 6:30 de la tarde. Colgué el teléfono y me tapé la cara con las manos. Angustiada hasta los huesos por la situación, desee no haber hecho esa cita, no haber hablado con él sobre mi apodo, no haber notado su lindo trasero envuelto en mezclilla setentera, no haber querido oler sus libros y sobre todo, no haber escrito esos cuentos.

Los días pasaron entre la notaría y la casa. Como Penélope, escribía de noche y borraba de día. Los compañeros de crujía me abordaban con preguntas. La Coni insistía en que mi estado de ánimo sólo podía deberse a un amante. Surgieron hipótesis que se discutían en los desayunos. Mi dulce y virginal hermano sostenía que era mi arte lo que me inspiraba y los demás insistían con el cartero.

La mañana del domingo disfrutábamos de nuestro tradicional almuerzo amorosamente confeccionado por la Coni. Gallo estaba ensimismado, fumando y tomando café en su bata china de la Merced. Yo batía huevos y los demás estorbaban y reían. De pronto el Gallo salió de su letargo con arco y flecha y dijo:

-A mí que se me hace que a la Sombrita le gusta el editor. El tal Terán.

Supongo que me puse roja como pimiento, porque todos empezaron a hacer mofa y a reírse de mi expresión facial.

-No digas tonterías, Gallito -contesté fingiendo total naturalidad-. Si acaso yo a él. Todos son iguales. Cerdos todos.

Miguel se paró de su silla y me preguntó:

-¿Te gusta el editor Inés?

-No Miguel, no jodas. Es el editor del concurso, tal vez sea el editor de mi futuro. ¡Cómo crees que me voy a enredar con los altos mandos de mi futuro! Además, es una reliquia, seguro duerme en formol -contesté mientras mis claras se alzaban como espuma de mar.

La Coni me quitó el recipiente como si fuera un revólver.

-Uy, uy, uy. Qué se me hace que a la Sombra le gusta el editor -empezó la Sere-. Que a la Sombra le gusta el editor, que a la Sombra le gusta el editor. ¡Esos tambores! Y Juan volteó la cubeta para acompañar el son.

-Que a la Sombra le gusta el editor -se pararon todos y bailaron al son de mi nueva tortura.

Hasta entonces mis pensamientos habían sido espantosos, pero a partir de ese momento empezaron a ser intolerables. Medité cancelar la cita e irme a vivir a Francia. Consulté mi horóscopo esperando un: “En el amor no tendrás suerte este mes. Con Saturno retrógrado los astros te alejan de tus deseos”. En vez había: “Un hombre nuevo en tu vida te hará perder la cabeza. Ten cuidado con él porque puede poner en riesgo tu estabilidad emocional”. ¡Mi estabilidad emocional! Eso sí fue gracioso si consideramos que el término estabilidad junto a mi nombre es un oxímoron, que daría lugar a una oposición tipo “el camino del pez”.

Martes por la noche lustré los últimos detalles de los cuentos. Tras un análisis riguroso a la luz de cada chorrada de Terán, quedé, si no satisfecha, modestamente tranquila con el resultado facial. La verdad profunda era que mi apetito por enamorarlo con mis letras rebasaba por mucho mi rigor literario y que cada replanteamiento estaba teledirigido a su inconciente.

El miércoles llegó y he de reconocer mi encomiable esfuerzo por no usar un escote letal. Me puse una falda verde de pana que envolvía muy bien mi trasero pero sin dar señales de emergencia. Un tacón discreto como de niña buena pervertida, camiseta blanca que indicaba “me vale madres tu cita” y un collarcito de piedras marinas. A media mañana me estaba cagando de frío. ¡Era invierno! Tuve que ir a la vuelta de la notaría a comprarme un chal que recordaba un sarape de Saltillo. En vez de feminista libertaria parecía adelita.

Llegué a General Anaya y el lóbrego estacionamiento me esperaba solitario. Al llegar a la editorial me encuentro con que en la antesala no estaba el hombrecillo de los versos de perla. En vez de él estaba el Gallo. Ahí sentado como si nada el muy cabrón.

-Te caché, mijita, con las manos en la masa -dijo desde el rincón de su cigarro.

-¿Qué haces aquí, Gallo? ¿Me estás siguiendo? -pregunté sin gesto.

-No, amiga mía y sombra de mi alma. No te emociones. Si te esfuerzas un poco, tal vez te acuerdes que estamos en esto juntos. Mis cuentos están en la segunda ronda, aunque yo no pienso cenarme a Terán para acceder a la fase final.

Mi cuerpo entero exhaló veneno. Gallo siguió.

-No hagas esto Inés, no te enredes con Terán. Si lo seduces después no sabrás cómo ni cuándo ni por qué te publicaron o no. Tu discurso feminista se volvería mi papel de baño.

-No lo estoy seduciendo, idiota. Yo soy la víctima. ¿Qué no ves que soy yo la que tiene que tolerar la calentura de editor?

Estaba por extenderle una retahíla de groserías cuando de pronto Sara me llamó.

-¿Inés Alcázar? El Doctor la espera.

Gallo se paró perezoso, se me acercó a la cara y en voz bajita susurró: “Adiós mujer, que te aproveche”. Y se fue.

Sentí la cólera de Aquiles. Respiré varias veces y repetí mis mantras yóguicos a ver si mi corazón se calmaba. Con mis ojitos cerrados y tratando de recoger mi dignidad de la basura, oí mi nombre salir de entre pacas de paja.

-Inés, pasa por favor.

En la oficina habían cajas y cajas con sobres amarillos y sobres de paquetería rebosantes de cinta canela.

-Qué listos suscriptores, Doctor Terán. Creí que esto era más romántico, que la tradición del correo postal seguía viva, pero ya veo que muchos de mis colegas conocen el mundo mejor que yo -dije a manera de chiste para romper el hielo. Terán no dijo nada y se dejó caer en su silla. Estaba despeinado y sin rasurar. Su camisa tenía rastros del día y en la mirada había un dejo de hartazgo, un gesto de frustración en el entrecejo.

-A ver mujer. ¿Qué me traes esta vez? -dijo en lo que estiraba las piernas sobre su escritorio y poniéndose las manos detrás de la cabeza; bostezó como mamut.

Le di el sobre y me quedé parada tratando de entender la naturaleza de nuestra reunión. Sacó los cuentos y hojeó un poco chupándose el dedo índice como burócrata. Tomó uno y lo separó del paquete.

-A ver Inés. Siéntate en ese sillón. Vamos a leer un poco.

Muy obediente me dirigí al sillón. La oficina tenía proporciones distintas de las que yo recordaba. En el momento en que posé mi trasero en la felpa azul me sudaban las piernas, me pesaba la cabeza, me dio hambre, me dio sueño, me mareó el olor a libros viejos y me fui hundiendo.

Terán Leyó:

El comentario Usher

A Lucas nadie lo ve. Su situación de invisibilidad seguido le provoca momentos de desmoralización profunda, pero muy de vez en cuando le concede íntimas victorias que hacen que todo valga la pena. Revisa uno a uno los detalles del protocolo. En eso estaba cuando le guiña el ojo un pedazo de papel posado entre las patas del trono de Victoria Vilchis. Oscuro Dilema. Levantar la nota y tirarla a la basura, levantarla y dejarla sobre el trono, dejarla donde está o levantarla, leerla y dejarla donde está. Evidentemente hizo lo último.

En 6-4, a menos que me dejes sola y me obligues a cobrarme a lo chino.”

Más tarde escoltaba a su Majestad Vilchis al trono. Como esperábamos ella no lo notó, pero esta vez le hubiera convenido contestar los buenos días. Se instaura la sesión y el invisible Lucas opta por el método científico. De la observación obtiene que la intimidación es en contra de su Alteza 6, el sicario del voto unánime. Vilchis lo hostiga con intimidaciones disfrazadas de argumentos y Su Alteza 6 no se da por enterado. Lucas observa más de cerca a Vilchis y se da cuenta que está nerviosa y que busca con discreción dentro de su toga. Pasa saliva. Lucas sabe que Vilchis sabe que el sicario no tiene la nota. ¿Dónde está? El reloj camina. El sicario argumenta en contra de Vilchis. El asunto es delicado y el sicario quiere ver sangre. En el filo de la navaja está la cabeza de Vilchis.

Empecé a disfrutar la función. Me acosté un poco y posé los ojos en el techo. La lectura de Terán llenaba todo. No sabía si era mi cuento, mi cuerpo, la voz del tipo, la felpa sucia, mis fantasías inflamadas por la escena o todo al mismo tiempo.

La hipótesis se complica respecto a la expresión “cobrarse a lo chino”. Lucas no sabe qué le debe el sicario a la Gran Dama, pero duda que rebase el monto de lo que ella está por pagar.

Hubo un silencio largo. Volví la mirada hacia Terán y me encontré con la suya. Me reí un poco y me estiré como gato sin ningún pudor.

-No se entiende un carajo, Inés -dijo Terán.

Era cierto, no se entendía un carajo. Empecé a balbucear. Que no sabía en qué estaba pensando cuando lo escribí, que entonces parecía más interesante, pero de pronto me callé a la mitad de mi réplica porque vi que Terán sudaba como cargador de la central. Tal vez mi cuento era basura pero el tipo estaba nervioso y me aproveché.

-¿Haces esto con todas? Pregunté.

Negó con la cabeza y pasó saliva. No dije nada para no complacerlo más. El ambiente estaba espeso. En mi cabeza mis múltiples personalidades lidiaban una batalla feroz. Los cuentos, el concurso, el feminismo, la revolución y todo lo demás se fue a la mierda. En cosa de segundos ganó la hembra en celo. Con el propósito de hacer realidad mi fantasía, me acerqué calculando cada movimiento. En el trayecto Terán fue configurando un gesto de pánico y sus ojos crecían al ritmo de mis pasos. A juzgar por su cara uno hubiera creído que yo estaba por apuñalarlo.

Se paró de su silla y mi fantasía contra el librero empezó a cobrar vida. Nos dábamos de besos cuando me di cuenta que su exudación corporal no se debía tanto al erotismo sino al temor básico que estaba experimentando. ¡Era un amateur! Sus besos eran como de adolescente deforme. Cambié mi posición de tal forma que yo quedé contra el librero para darle otra oportunidad al enredo que empezaba a caerse a pedazos. Pasaron unos minutos y su cuerpo contra el mío se sentía como si esto fuera la fila del banco. Mis piernas alrededor de las suyas, mi cara en un falso gesto de placer y mi resistencia al desengaño fueron insuficientes. Atónita ante la desgracia colosal, mientras le besaba el cuello caí en cuenta que durante el periodo en que engendré mi obsesión por él nunca tuve un solo pensamiento objetivo al respecto. Lo diseñé todo a la medida de mis deseos forzando el significado de las señales en favor de mi plan. Tal vez Terán siempre estuvo asustado, inconcientemente reticente a mi juego, tratando con el ceño fruncido de decirme que me detuviera, de mandar una señal de alerta. Pero ni eso justificaba el desencanto.

Mientras yo pensaba todo esto, Terán de ojo cerrado me propinaba unas caricias cortas y neuróticas como cuando uno está limpiando con un trapo una mancha en la alfombra. De ese calibre era la desgracia. Nada más por curiosidad técnica acerqué mi mano a su entrepierna. El hallazgo redefinió mi concepto de anticlímax. Como El David de Miguel Ángel, no sólo no tenía una erección, prácticamente no tenía con qué causarla. Mi pobre víctima agacho la cabeza en señal de vergüenza y se separó de mi cuerpo dando pasos hacia atrás. Me bajé la falda y recogí mis enseres del piso, esta vez mucho más parecidos a los de una prostituta.

Con unos metros de distancia, lo vi tan indefenso y frágil que sentí el impulso de consolarlo. Lo abracé y le dije al oído que no pasaba nada. Se quedó ensimismado y taciturno. No se dijo una palabra más y me fui como ladrón.

Me tomó un buen rato salir del shock. ¿Qué le hice al editor? Pensándolo un poco, el idilio al que evidentemente lo conduje no era otra cosa que mi anhelo por conseguir la consagración del estereotipo de mi existencia inmediata. Si las cosas hubieran tomado el curso que yo predispuse La escritora feminista y el editor sexy se lían en un romance apasionado, leería el subtítulo de Románticamente Julia, publicación semanal de venta en tiendas de autoservicio. Así de triste era la cosa, así de básica.

Manejé como ambulancia sin poderme concentrar. Llamé a la casa para asegurarme que el mundo seguía siendo el mismo. Me contestó Serena y me dijo que el Gallo estaba borracho y que urgía que yo llegara.

-La caja de Pandora, mujer, no lo creerías -dijo Sere-. Gallo está diciendo que quiere madrearse a tu editor. Te sugiero que vengas a casa y aclares las cosas. Miguel quiere salir a buscarte y la Coni lo tiene encerrado en la cocina. Solano está lidiando con el Gallo pero no creo que pueda con él mucho tiempo más.

Estaba clarísimo que no soy muy buena juez de carácter, pero me costó trabajo creer que se hubiera armado tanto alboroto. Me detuve en la Avenida Revolución a comprar pan y café para mi Gallo, quien en ese momento me pareció el mejor amante que jamás he tenido.

En lo que esperaba el café y repasaba los hechos me di cuenta de que en todo este asunto del concurso tuve el privilegio inadvertido de ser mi propio experimento. Víctima y victimario en el mismo momento y por las mismas razones. ¿Gané la guerra de guerras? Una derrota intelectual vestida de victoria feminista. Sabía que me iba a tomar tiempo asimilarlo. En el entramado infinito de las relaciones humanas, como quedó demostrado, es difícil identificar al enemigo.

Luisa Reyes Retana nació en la ciudad de México en 1979. Es abogada, escritora y analista en temas de derecho constitucional. Ha publicado en la revista Opción. Lleva el blog FicciónDiversión.

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