Miscelánea • Enero 2009
Una nota rechazada
Hace algunos días leí una entrevista a Daniel Sada aparecida en Reforma y firmada por Jorge Ricardo. La primera declaración del escritor, o bien, la declaración que el reportero eligió para abrir su moderadamente tendencioso reportaje era, de entrada, provocadora, aun insólita: “Yo quisiera ser como Dan Brown”. Ya luego, claro, la explicación, la resolución del misterio: el deseo de Sada no era el de escribir su propio Código Da Vinci, sino el de gozar de los beneficios de ser un escritor de best sellers, todo esto sin dejar de escribir como ahora escribe (es decir, con la voluntad y el ánimo de un clásico redivivo). Nada más genuino y nada más cierto: cualquiera que escribe quisiera, sin más, vivir de su oficio sin mayores distracciones ni malabarismos laborales —una utopía, pues—, más allá de los designios de la veleidosa posteridad.
Pero no.
Las quejas de los escritores son proverbiales y, no me queda la menor duda, datan del comienzo de la literatura y el nacimiento de Job y de Odiseo, entre el cruel silencio de Dios y el seductor canto de las sirenas. Hoy, claro, las letras se han mediatizado ad nauseam y el mercado, siempre pedestre y secular, ha tratado de confundirlo todo, ya se sabe, en aras de vender más por menos. En la entrevista mentada, Sada se quejaba, también, de dicho mercado, de la literatura que no trasciende y se vende sin mayores atributos, etcétera. Sin embargo, la elocuente rabieta de nuestro escritor es más válida que cualquier discusión sobre si tal o cual generación de escritores de tal o cual país subdesarrollado tiene peso o es pura carne de mercachifle.
Hace varias entradas, en este blog [es decir, el "Blog de la redacción" de Letras Libres] discutían Antonio Ortuño y Rafael Lemus sobre el estado de la crítica en México, asunto que derivó, como ya había sucedido antes y, entonces, con la excusa de la aparición de la antología Grandes Hits de Tryno Maldonado (publicada este año por Almadía), en la hasta ahora inocua diatriba sobre la poca calidad literaria, libresca o lo que sea de las obras publicadas por narradores mexicanos nacidos en la década de los setenta. Los comentaristas —críticos, escritores, polemistas natos, moralistas, árbitros de buena fe o meros espectadores aburridos y con ánimo de trifulca— no tardamos en llegar al blog a vertir nuestras propias quejas, a lanzar pedradas y/o a dar puñaladas traperas, atraídos por el hedor de la novedad resobada (y no, claro, por el derrotero de la aún nonata teoría crítica mexicana del nuevo milenio), así como por la mera necesidad de desfogue decembrino.
Al final de una serie de días, por supuesto, la discusión Ortuño versus Lemus versus anexas no llegó a parte alguna y, pronto, más notas y comentarios novedosos fueron apareciendo en el blog, fechando el súbito pasado del inacabado diálogo entre la crítica y la narrativa actuales de nuestro país, dejando una estela de nombres nunca grabados en piedra. ¿No será que todo es prematuro, aún? Seguramente. Pero la discusión me animó a escribir esta nota, detonada por las sabias, dolorosas palabras de Daniel Sada, inconforme con su estatus de gran autor marginal de culto, esa contradicción fruto de la imponderable, confusa dialéctica entre el mercado y la crítica.
Gustos aparte, la literatura más reciente que se nos ofrece emperifollada y lista para usarse —desde la novela de folletín hasta el Boom y sus secuelas, por decir algo— es más fruto de las triquiñuelas del mercado y el canto de sus sirenas lelas que de la canonización de la crítica y las lecciones de los que nos leen. ¿Se le acusa al escritor de querer convertir su opus magnum en un producto vendible por millares y, acaso, millones? ¿Es condenable el deseo de acceder no a un nicho letrado, culto y pordiosero sino a una gran masa lectora y anónima, mediatizada y con poder adquisitivo? Grandes preguntas, grandes misterios.

