Editorial • Enero 2009
Un salto a la realidad
Para empezar una confesión: Aunque intentamos e intentamos que HermanoCerdo se convierta en una revista seria, de esas puntuales en las que los editores conocen los contenidos de los dos o tres números siguientes, hasta ahora hemos sido incapaces de lograrlo. La falta de planeación va en nuestra contra y es sólo cuando volcamos el material del nuevo número en línea que tenemos la oportunidad de apreciarlo completo y, de paso, entenderlo. No por nada nuestras editoriales evaden con frecuencia cualquier intento de visión global. El hecho de que este número veintidós de su revista de literatura y artes marciales favorita gire en torno a la realidad es por ende un accidente y debe ser acreditado, si a alguien, a nuestro sorprendente inconsciente colectivo que siempre ha sido mejor editor que todos nosotros.
Pero entonces empiezan las preguntas: ¿Por qué nos preocupa la realidad? ¿De veras nos preocupa?
Sospechamos de la información. Sospechamos de los medios. Sospechamos de las opiniones de los otros porque estas son igualmente manipulables si no manipuladas por entidades interesadas en difundir sus verdades. Sospechamos de las guerras lejanas y a medida que nos sumimos en un nuevo trance de zapping bandeamos de una posición a otra cual títeres o ahorcados. Al final no sabemos por qué creemos lo que creemos. Hay pocas certezas y las dudas cunden.
No podemos negarlo: lecturas como el ensayo de Philip K. Dick que republicamos en esta edición no hacen sino aumentar la paranoia. Dick nos advierte que vivimos en una realidad falsa. Ballard nos habla, en un prólogo a Crash, de la responsabilidad del escritor de inventar la realidad. «Pero hay otra cosa,» grita nuestro querido Cozzolino desde su reseña a la novela tecnopornográfica de Ballard: «No todo el mundo exterior es ficticio. Afirmar ello es caer en la miopía (a veces intencional) de los burgueses descreídos de principios de siglo (y de fines del XX también). He dicho levantando el dedo. Es utilizar el lenguaje según fines puritanos, capitalistas. Es hablar de “crédito” y no de “endeudamiento”. De “democracia” y no de “estafa”. Es darnos un manto de piedad para no sentirnos santos y demonios. Porque está la verdad de la muerte y de la vida, eso quiero decir y antes no me salía, disculpen. Están las morgues hospitalarias con sus muertos sin maquillaje y están las salas de parto de esos mismos hospitales proyectando en ambos casos el misterio y el absurdo, las dos cosas a la vez.»
Y entonces, a los golpes, los telones caen y pese a ver y no creer sabemos que esos hombres están muertos y ese humo en la distancia, al fondo de la pantalla, huele a carne. Los cohetes revientan un muro de una pequeña universidad al sur de Israel y un estudiante muere sin que nadie se entere. Solo ocurre lo retransmitido en directo vía satélite pero Liliana Lara nos escribe desde su realidad del humo en la distancia y el miedo de las alarmas y los refugios, e improvisa una realidad paralela para sus niños donde las explosiones son amenazas de lluvia. La violencia es real. La vida es real. Y también es real el dolor contenido del hombre que carga a su bebé muerto, seco y gris mientras cuenta que es un campesino, que no entiende, que los otros dos también murieron. Una tenía tres, otra siete, esta dieciocho meses. Eso pasó. No se puede negar. No podemos seguir escapando.
La Hermandad Cerda quiere agradecer a Antonio Ungar, Lola Copacabana, Enrique Vila-Matas, Violeta Entrerríos, David Miklos, Juan Sebastián Cárdenas, Sergio Chejfec, Andrés Arias, Javier Avilés, Jordi Carriòn, Juan Dicent, Cecilia Boullosa, Javier G. Cozzolino, Daniela Franco, Andrés Burgos, Guillermo Núñez, Frank Báez, Camilo Jiménez, Juan, Junot Díaz, Alberto Chimal, Juan Gabriel Vásquez, Giselle Rodríguez Cid, Nicolás Cassese, Pablo Muñoz, René López Villamar, Claudia Apablaza, Bernardo Munuera Montero, Juan Murillo, Daniela Martín Hidalgo, Javier Moreno, Magda Díaz y Morales, Daniel Alarcón, Matías H. Raia, Miquel Adam, Andrea Paula Garfunkel, Ricardo Silva Romero, Mauricio Salvador, José Luis Justes Amador, Raúl Gay, Juan Ignacio Calcagno Quijano, Germán Sierra, Luis Fernando Afanador, Cristina Núñez Pereira, Vicente Luis Mora, Antonio Ortuño, Vega, Cristina Rivera Garza, Edgardo Dieleke, Salvador Luis, Pablo Chul, Pilar Quintana, Mariana Torres Ruiz, Giovanni Rodríguez, Javier Moreno, Rafael Gumucio, Mariana Orantes, Andrés Villaveces, Mauricio Montiel Figueiras, Martín Gómez, Margarita Valencia, Damián González Bertolino, Christian Supiot Pérez, Tom Lutz, Raúl Anibal Sánchez, Absence, Luis Panini, Marcos Biasi, y Antonio Jiménez Morato por participar en Las lecturas de 2008. Fue un gran especial de fin de año.


Enero 10, 2009 a las 9:14 am
La editorial inconsciente tiene una fuerza dispersa en lo colectivo. No es la primera vez que leo la editorial, pero esta tiene un olor breve de (desencanto como suele ser)oposicion que me agrada.
Enero 12, 2009 a las 6:17 pm
Pues tengo una corta experiencia en el área de edición. Así que si gustan, les puedo echar la mano. No me interesa la paga, pero sí estar más cerca de la revista de los campeones. Jeje. Saludos.
PD:La proupesta va en serio. Digamos que haré mi servicio social con uds.
Marzo 19, 2009 a las 10:42 pm
Epa ungulados, ¿cómo va la vaina? Este número 22 está más bueno que la putamadre y no veo ninguna razón para el velado escepticismo de Mauricio Salvador, así como Saramago no encuentra ninguna razón para dejar de ser comunista, lo cual afirmó, valga el aclare, cuando parecía que los rojimios habían desaparecido per secula seculorum de la escena internacional, cuando no se vislumbraban en el horizonte ni Chávez ni sus sucedáneos marxianos en Cretinoamérica. Recuerden que con paciencia y saliva, un elefante se fornicó una hormiga y que todo es posible en nuestras latitudes no subvencionadas. El 22 es un gran número, es el doble del quinto número primo, poseedor de una gran personalidad pitagorista que se manifiesta en el campo finito de característica 11 y en todas sus infinitas extensiones algebraicas. El 11, con sus canillas de famélico, que le dan una apariencia debilona, es en verdad un héroe epónimo que no se arredra ante nadie, ni siquiera ante su megalítico congénere, el primo más grande que actualmente se conoce, 225964951 – 1, que posee una kilométrica longitud en su escritura, constituida por siete millones ochocientos dieciséis mil doscientos treinta cifras. Oink, oink, qué riquísimo que está este cieno intelectual y sin dios, por la puta que me parió. Oink….
RUMESILDO BARTHES
Marzo 19, 2009 a las 10:56 pm
El primo dado, es 2 elevado a la potencia 25964951 pero el exponente, escrito bien por mí, salió alterado por la compu de ustedes (esta máquina del coño, si uno escribe con cifras 2 al cuadrado, ella escribe 22).
R. B.
Marzo 20, 2009 a las 10:59 am
La numerología barata de Barthes es deprimente.