Columnas • Enero 2009

De mudanza

Tribulaciones de un joven indolente

Por Raúl Aníbal Sánchez

Uno

El año pasado, cercano a estas fechas, a raíz de encontrarme sin departamento y mientras mi ánimo descendía exponencialmente con el índice de luz solar recibida en el hemisferio norte, escribía en esta misma columna: tal vez, dentro de un año, me encuentre de nuevo en las mismas, con una absurda caja de libros como única pertenencia, sumergido en esa especie de limbo fantástico y escapista, preocupado por algún sin importancia problema emocional.

El tiempo ha pasado y he descubierto que la maldición de los profetas no está en las pedradas del pueblo, sino en no poder prevenirse a uno mismo. Sin embargo mis pertenencias han aumentado significativamente. Aunque he intentado con todas mis fuerzas vivir como un monje, la verdad es que soy un facilito para las chucherías: sombreros de colores, estatuillas de cera y bronce, perros de cerámica en tamaño natural. Tan sólo dos de estos últimos, porque he intentado que no se vuelva un vicio. Si ahora mismo fuera arrojado a la calle por un par de furiosos caseros el pie de mi edificio departamental parecería la venta de garage de una actriz de los años 40 caída en desgracia. Y es que suelen hacer esas cosas. Buscando departamento en un edificio cercano encontré a una familia con todas sus pertenencias regadas en plena calle de Donceles, una arteria céntrica muy transitada de esta ciudad.

Pero mi ánimo no ha disminuido en esta ocasión. Aunque en 2007 no podía dejar de pensar que todo me salía mal, y aunque las cosas no vayan mucho mejor por ahora, creo que la manera de acercarme a los problemas ha cambiado. Pero no se preocupen, esta columna nunca ha tratado de superación personal, no vamos a comenzar ahora.

Dos

El columnista piensa que la literatura es un filtro por el cual se puede comprender el mundo. No desea que venga Roland Barthes a corregir lo que acaba de escribir, así que ahí prefiere terminar la explicación, que por otro lado, es lo más decimonónico que ha escrito en su vida. La cuestión es que, esperando ahí en el frió de su habitación, en un quinto piso de paredes blancas y altos techos ideales para el florecimiento de mosquitos invernales (una de esas rarezas exquisitas del Distrito Federal), esperando una señal divina que le diga que hacer con su futuro, con tal de que la señal no sea: “deja el mundo y únete a los frailes capuchinos”; así que ha decidido que seguir adelante vale la pena. El pequeño libro de Chejov con más cuentos de los que pudieras leer en toda tu vida y los diarios de Jhon Cheever, la mejor lectura de excusado que existe en el mundo, le dicen que está bien dudar, pasarlo mal, estudiar algo que no tiene objeto, y sobre todo, pensar en la virtud y en la felicidad que no siempre van muy de la mano. Y bueno, los Diarios también le hablan de que hay que ser sincero, no todo son los relatos de Chejov, también las novelas veloces de Stepehen King y los comics de Astérix y Obélix, y otros objetos de consumo más graves que luego le da por leer cuando está borracho. Y cuando no también.

Tres

A mediados de este año la gata se defenestró por la ventana. Era un animalito muy inquieto y curioso, y nunca dejó de ser un cachorro. Así que también era bastante molesta y pesada y todo lo llenaba de pelos. Pero se le lloró mucho y algo ahí en el orden establecido en aquella casa se trastocó después de aquel accidente. Es difícil cuando luego a uno le da por pensar que no hay lugar en el mundo donde se pueda estar bien. Pero no porque el mundo sea un ojete, sino que uno hace las cosas condenadamente mal y eso no tiene remedio. Pero hay cosas que siguen ahí, que nos siguen ha todos lados. ¿Por qué carajos una persona en su sano juicio se anima a cargar una caja llena de libros que pesa cerca de veinte kilos? ¿Qué fuerza absurda nos mueve a llevar esta basura por todos lados? Y si la caja la multiplicamos por diez, por quince, definitivamente hay que estar muy chalado para tan siquiera animarse a creer que se pueda realizar tal mudanza. Pero el caso es que, apenas leído un libro (y eso que todos intentamos tirar los más posibles) se crea un vinculo emocional con el objeto. ¿Cuándo vamos a volver a leer, díganme ustedes, la Historia de los reyes de Britania de Monmouth? A menos que uno estudie con seriedad ciertas cosas, generalmente sólo tenemos los libros ahí para saber que ya los hemos leídos, mirar de reojo sobre el escritorio mientras se intenta pensar en cualquier cosa y decir “ah, si, ya lo leí” o “lo leeré algún día” y sentirnos bien e importantes al respecto aunque no recordemos ni una coma ni sepamos de que va el asunto. Pero mi alegato no va contra ellos, sino todo lo contrario. Está bien juntar basura, llenarnos las manos de polvo, batallar todos los años con la cantidad absurda de cosas que no hemos leído, que no recordamos, que nunca volveremos a abrir. Existe el puritanismo aquel de sólo tener los libros esenciales, retirados en cabañas sembrando papas y cebollas. Pues yo les digo que hay más perfección moral en cargar pesadas cajas de cartón por las oscuras calles de una ciudad fría. Revistas que hacen estornudar, libros que se deshacen en las manos, sobrevivientes del holocausto, los que por una razón que desconocemos en el momento de la purga nos negamos a tirar. Quien puede hablar mal de esas chucherias, si durante un segundo o dos, nos hicieron sentir bien y confortados y nos regalaron un instante de estabilidad emocional y fe en un futuro, donde podríamos ser mejores de lo que somos.

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