Cuento • Enero 2009
Puerco
Puerco, por María Lucía Rivera
(Tinta)
Primera parte
1.
Puerco es un hombre aunque todos consideren que es un cerdo, excepto los cerdos, que le tienen por demasiado humano. Eso lo descubriría trabajando para Control que apoyó las manos en el respaldo de la silla cuando la grabación comenzó.
Al principio fue un crujido de estática, como el de las medias de Control. Hay líneas cruzando la pantalla hasta que la imagen se ajusta. Puerco aparece.
La inmensidad de su presencia empequeñece la habitación. Lleva el cuerpo envuelto en un impermeable negro abrochado hasta el cuello y ceñido por un cinturón en la rotunda enormidad de su cintura. Los pantalones parecen anchos bajo el impermeable, pero están firmemente ajustados bajo sus rodillas y enterrados en unas botas que dejan adivinar la deformidad de sus pies. Entra en una habitación donde dos agentes le aguardan. Uno de ellos, una mujer, apenas puede reprimir una mueca de asco ante el rostro escoriado que se desborda en torno a la ausencia de nariz, un muñón que apenas sobresale de su cara horadado por dos inmensas oquedades en las que la mirada se abisma. El pelo corto y recio. Sus orejas carentes de lóbulos se afilan en las puntas. Lleva los ojos ocultos bajo unas gafas de cristales negros y redondos. Sonríe.
El agente coge un papel y lee.
Le esta informando sobre las diligencias a las que procederán, así como de sus derechos y los motivos por los que se considera preciso someterle a un registro exhaustivo de su cuerpo y sus pertenencias, dice Control acercando su cabeza. Tan cerca que siento su aliento mentolado. Dejo que su perfume me enloquezca.
¿Ella lo sabe? Ella lo sabe. Me revuelvo inquieto en la silla.
En la grabación la agente saca de sus bolsillos unos guantes de goma y los deja sobre el mostrador. Imagino el sonido, pero Puerco sonríe despectivamente y empieza a sacarse sus botas.
Ahora, fíjate, dice Control. Pega sus pechos a mi espalda.
Puerco se quita las botas arrojándolas lejos. Con un gesto seco, desabrocha el cinturón y tirando de las solapas se suelta el impermeable. Debajo sólo lleva unos tirantes que aparta rápidamente. El pantalón cae al suelo y queda completamente desnudo sin dejar de sonreír. Los dos agentes retroceden un paso. Estigmas purulentos en el pecho, en la espalda, en las nalgas. Volcanes escupiendo sin descanso sanguinolenta pus, cráteres corroídos y quitinosas cicatrices dibujando abruptos mapas por su piel, pulsantes esferas amenazando erupción. Estas son mis marcas y por ellas me reconoceréis, dice su sonrisa. Por ellas y por el colosal miembro que cuelga entre sus piernas.
El agente no puede esconder la repulsión que le causa aquel cuerpo. La agente está inmovilizada con las rodillas pegadas y los pies separados. Se puede notar la presión de sus muslos por el temblor de sus piernas. El agente trastabilla y se desploma inconsciente. La mujer parece luchar contra un impulso irracional. Sus manos no pueden estar quietas. Echan su pelo sobre las orejas, pasan nerviosamente sobre los botones del uniforme y lentamente, sin darse cuenta, los va desabrochando. Avanza una pierna con dificultad, como si sujetase algo entre ellas. Desabrocha totalmente su camisa y la empuja sobre sus hombros. Sus movimientos intentan ser seductores y al mismo tiempo su voluntad parece querer impedírselo. Avanza otro paso, y otro, directamente hacia Puerco, fijando su mirada en el vacío de sus gafas oscuras. Llega junto a él. Sus dedos acarician levemente el miembro de Puerco, pasando sólo las puntas de sus uñas sobre él. Acerca sus caderas a la inmensidad sebácea e insinúa un movimiento ascendente elevando sus talones del suelo. Su boca busca la oreja de Puerco como si quisiera murmurarle alguna cosa y parece adivinarse la rosada punta de su lengua asomando de sus labios susurrantes.
La imagen vuelve a crepitar. Eso es todo, dice Control apagando el monitor.
2.
Eso es todo? Pregunto ¿Qué ocurre después? Seguro que puedes imaginar el resto, dice Control musitando, manteniendo el contacto con mi cuerpo. Noto la blanda tibieza de sus pechos. Quizás algún día te lo muestre, y oigo chascar su lengua en el borde de mi lóbulo mientras arrastra las consonantes, húmedas, insinuantes.
De todas formas, dice irguiéndose y separándose de mí, en ese campo todo está visto. La vieja historia de siempre. Estoy pensando en ceder el resto de la grabación a algún estudiante de anatomía para que pueda comprobar la versatilidad del cuerpo humano, la capacidad de dilatación de algunos músculos. Adaptabilidad, elasticidad, resistencia, lubricación. Esas cosas. Nada nuevo. Te he ahorrado lo que no nos interesa y he pasado directamente al final. Observa, dice, y vuelve a aproximar su cuerpo, poniendo en marcha la grabación.
Puerco seguía sonriendo mientras acababa de ajustarse el impermeable. A sus pies, la agente de aduanas estaba tirada en el suelo en una postura tan obscena que parecía como si Puerco la hubiese arrojado al suelo después de dejarla inconsciente. Luego da un vistazo alrededor y se acerca a la cámara hasta que su rostro llena completamente la pantalla. Entonces, bruscamente, se quita las gafas.
Doy un respingo y echo el cuerpo hacia atrás. Control, que ha previsto mi reacción, no se ha movido, esperando el contacto, pero no puedo quitar la vista de la pantalla, hipnotizado por esos ojos negros sin distinción. Un abismo sin cristalino ni iris, una acuosa negritud iridiscente rezumando maldad.
Puerco vuelve a ponerse las gafas. Coge la chaqueta del uniforme y envuelve con ella a la mujer. La levanta como si no pesara y la carga sobre su hombro. Se va por la otra puerta. No puedo evitar fijar la mirada, ¿con tristeza?, ¿con una punzada de deseo apenas contenida?, en las nalgas desnudas que se alejan cabalgando sobre el hombro de la bestia.
Me separo lentamente de Control.
Por eso estoy aquí, digo intentando parecer imperturbable.
Por eso, dice Control. Queremos la cabeza de ese cerdo. ¿Sólo su cabeza?, digo girándome, ¿y la mujer? La mujer es el pretexto para que tu actúes, dice Control, fría y distante. Lo que ocurra con ella nos es indiferente. Además, pensamos que después de lo ocurrido ya no podrá volver a ejercer su trabajo con eficiencia, en el caso de que alguna otra vez vuelva a ser eficiente en algo. Olvida a la mujer. Céntrate en el cerdo.
Necesito más datos. Tengo que saber que ocurrió en esa sala. Control coge una silla y se acerca. Mucho. En un Contrato normal se suele mantener las distancias. Al principio podría haber esperado un trato tan frío y distante como su traje permite intuir. La falda un dedo sobre las rodillas, la chaqueta pulcramente ceñida alrededor de su cintura. Sin embargo se sienta a mi lado, emitiendo descargas estáticas, dejando que su falda suba por sus piernas, acercándose más de lo necesario. ¿Quieres un café? pregunta y antes de que pueda responder la secretaria de Control entra en el despacho con dos tazas que deposita frente a nosotros. Gracias, Irene, dice Control. No puedo evitar fijarme en la mujer que se aleja. Lleva una falda negra tres dedos más corta que la de su jefa, bajo la cual unas medias que oscurecen su piel acaban en unos zapatos negros de tacón discreto. En contraposición, en la parte superior todo es blanco: Una curiosa blusa blanca que cruza sobre su pecho anudándose en la cintura dejando un ligero escote del que asoma un collar de perlas. Lo más llamativo era el total silencio que acompañó a su entrada, como si el tiempo se hubiese suspendido ante la fragancia voluptuosa que se mezclaba con la del café, irrumpiendo sin ser reclamada, acudiendo sumisa a la llamada no realizada de su jefa. A pesar de tantos estímulos acumulados la breve aparición de Irene turba algo en mi interior. Control rompe el hechizo. No sin cierta sorna, como si adivinara mi desconcierto. Dice.
3.
Hay otra filmación. En una discoteca. Parece la escenificación de un cuadro de Brueghel. A los hombres les mandan llevar unas estrambóticas máscaras que simulan el rostro antropomórfico de distintos animales. Cuervos, felinos, roedores, pájaros, ciervos con toda su cornamenta. Las aberturas de los ojos recubiertas de cristales cóncavos y el cuero que las formaba oscurecido por el tacto de cientos de manos, como si hubiesen sido bañadas en los más dispares líquidos y untados con los más escabrosos ungüentos. Cuero antiguo y ajado. Las luces estroboscópicas dejan ver a las mujeres que casi desnudas bailan en la pista, en pedestales, dentro de jaulas. Entonces aparece Puerco. No hay ninguna duda de que lo usó. Sí. No me mires así. Es lo que piensas. No hay más que ver sus efectos. En cuanto Puerco queda desnudo en medio de la pista las mujeres empiezan a tocarse, a acariciarse, cada vez con mayor lubricidad. ¿Necesitas que lo escenifique?, dice Control sonriendo. Los hombres que rehusaron ponerse máscara caen desmayados. Los que las llevan pueden ver a las mujeres arrastrándose hacia Puerco. Los hombres enmascarados empiezan a entender y se acercan al círculo de mujeres en torno a ese animal. La barbarie se inicia. Una chica encerrada en la jaula se frota contra los barrotes desesperadamente. Puerco se abre paso, rompe la jaula, folla con la mujer una y otra vez mientras en la pista la orgía llega a su paroxismo. Las penetraciones salvajes de Puerco hacen que la mujer pierda el sentido. Entonces se la lleva al hombro como hizo con la aduanera.
4.
Espero que te baste con mi explicación. El vídeo no vale la pena, la iluminación es pésima. Además, ya puedes imaginarte el cuadro, me dice. Yo: No puede ser eso. Eso no existe.
El AMS existe, dice Control.
Dejamos la mesa y nos dirigimos a un rincón del despacho en donde, en torno a una mesilla se encuentran un sofá de dos plazas y un sillón enfrentados. Me hace sentar en el sofá mientras ella permanece en pie.
¿Y Puerco?
Puerco es Puerco. Aprovecha su presencia demoledora para introducir el producto. Todo es posible con él. ¿Quieres una demostración?
Las pupilas se me dilatan involuntariamente. Me pongo rígido en el sofá.
No conmigo, dice ella francamente divertida.
La puerta se abre de nuevo y en completo silencio entra la secretaria.
Adelante, Irene, acérquese, por favor, dice Control. Siéntese. Usted es una empleada modélica y sé que puedo confiar plenamente en usted. Por muy extraño que le parezca lo que va a ocurrir en esta habitación, le ruego que permanezca sentada en el sillón y no se mueva. Si lo prefiere, empleando un lenguaje que no es habitual entre nosotras, le ordeno que no se levante del sillón bajo ningún concepto.
La mujer asiente con la cabeza y se sienta alisando su falda, en el borde del sillón, con la espalda recta y las rodillas juntas. Tengo un ligero atisbo del final de sus medias y me fuerzo a mirarle al rostro. Sonrío amistosamente pero me encuentro ante el muro de su indiferencia, de su mayestático silencio. Control pone en la mesilla una especie de incensario. Me da una mascarilla simple que se adapta con un par de elásticos tras la cabeza y una varilla metálica que debe presionarse sobre la nariz. Con eso bastará, dice mientras se pone una mascarilla idéntica. Vierte una sustancia oleaginosa en el incensario y prende una pequeña vela que calentará la sustancia. Control se sienta ladeada en el sofá, una pierna cruzada sobre los cojines y la otra estirada hasta el suelo, de forma que le basta inclinarse hacia mí y decirme al oído que debemos esperar.
Esperamos. Me siento como un estúpido contemplando la hierática inmovilidad de la secretaria. Del incensario brota un tenue hilillo de humo, pero no ocurre nada. La mujer permanece imperturbable hasta que un ligero espasmo sacude sus brazos. Sus manos se aferran a los brazos del sillón y su cuerpo se inclina ligeramente hacia atrás. Junta las rodillas con fuerza y sus hombros empiezan a temblar a causa de la tensión. Deja caer su espalda sobre el respaldo del sillón al mismo tiempo que sus piernas se abren. Se desliza hacia abajo haciendo que su falda suba por encima de sus muslos. Ahora puedo ver sus medias, el liguero que las sujeta, la tenue tela de sus bragas que emiten un brillo orgánico. Desanuda su blusa y deja que sus manos acaricien todo su cuerpo, de sus senos hasta sus piernas. Su cabeza se inclina hacia atrás. Una mano se introduce bajo la braga mientras la otra amasa febril uno de sus pechos. De pronto incorpora su cabeza y sus ojos se fijan en los míos, un brillo de una lubricidad casi animal domina su mirada mientras sin apartar la vista se arroja de rodillas al suelo y avanza hacia el sofá. Se acerca felina y lentamente mientras yo me echo hacia atrás. Su cabeza se acerca a mi entrepierna dominada por una irreprimible erección.
Es suficiente, dice Control, y con un gesto rápido coloca en el rostro de la secretaria otra mascarilla. Por un momento la mujer parece seguir en su empeño, pero Control intenta tranquilizarla. Ya está, Irene, no se preocupe, ya pasó, murmura con la cabeza de la mujer en su regazo. La ayuda poco a poco a recomponer su vestimenta. La secretaria parece serenarse poco a poco hasta que recupera su flemática indiferencia. Muchas gracias, Irene, puede retirarse. Desaparece en silencio mientras arregla su ropa sin dirigirme ni una sola mirada. Control, me mira. ¿Convencido? No puedo responder. Control se acerca a mí. Vaya, ¿qué te ocurre? ¿No te ha gustado? Pues pareces bastante predispuesto Torpemente respondo: en cuestiones sexuales prefiero que sea de mutuo acuerdo. Bien, dice Control mientras se levanta y empieza a rebobinar la cinta, entonces voy a explicarte lo que falta de la grabación. Estirando de mis manos me levanta del sofá. Pega su cuerpo al mío, mete la lengua en mi oreja. Luego se separa un poco y explica.
5.
Así los dejamos recuerdas, me murmura en la oreja. Puerco estaba completamente desnudo y la agente empezaba a desabrocharse la blusa. Me ordena desnudarme con los ojos brillantes, desabrochándose la camisa tras arrojar la chaqueta al suelo. Cuando termino empieza a restregarse contra mi pierna de forma que poco a poco su falda va subiendo. Pasea la punta de sus uñas por mi glande enrojecido. Rojo sobre rojo, fuego sobre carne. Se aparta un momento de mi lado y pone en marcha el video. Las imágenes parecen mostrar nuestra anterior posición que Control no tarda en reproducir. Vuelve a restregarse sinuosamente sobre sus altos tacones contra mi cuerpo, dejando que la falda se arrolle en su cintura. Debía haber programado este momento pues no lleva ningún tipo de ropa interior. Empieza a hablar mientras nos sincronizamos con la grabación como si la conociera de memoria:
Así, la agente se frota contra Puerco y su lengua busca su oreja, ¿lo ves? (Coge mi mano) Yo te indicaré. Espera, deja que chupe tu dedo primero. Puerco busca las nalgas de la agente, así, y su dedo, (…) así, más dentro, y la levanta hasta que sus pies no tocan el suelo, (…), la mujer estira su mano y coge fuertemente el miembro de Puerco, vaya, no es lo mismo, pero tampoco desmerece,… para un ser humano quiero decir, lo estira como si quisiera arrancarlo, quiere morderlo, pero Puerco la tiene inmovilizada en el aire, levántame más, más, ahora introduce otro dedo, otro, (…), la mujer está desquiciada, ¿ves?, (…), Puerco amasa violentamente el pecho de la mujer con su mano libre haciendo que esta se arquee en el aire, (…) ella debe soltar el miembro de Puerco, no puede alcanzar con su mano aquella promesa que debe explotar en sus entrañas. Entonces Puerco extrae sus dedos liberando su presa, (…), y sin dejar que toque el suelo, la sujeta por las nalgas con ambas manos la voltea en el aire e introduce su asqueroso hocico en el sexo de la mujer, (…), y… eso… permite… que la agente… pueda coger… aquella monstruosidad que golpea su rostro, (…), vale, vale, espera, ahora Puerco deja a la mujer en el suelo y la inclina hacia delante levantando sus nalgas, recuerda que ese cerdo es cualquier cosa excepto un caballero, (…) veo… que… has… entendido… (…), la mujer, llora, ¿ves? aquello es monstruoso pero se retuerce de placer (…) siente el dolor incrementando su placer (…) sigue, no duele (…) duele (…) basta, basta, grita mientras su cuerpo niega sus lamentos (…) ahora dame la vuelta como hizo Puerco (…) así (…) sigue hasta que pierda el conocimiento, y sigue más, y sigue hasta que caiga exhausta, desmayada, desmadejada (…)
Me senté en el sofá mientras Control imitaba la última postura de la agente en el suelo, expuesta, vulnerable y al mismo tiempo retadora, exhibiendo su triunfo. Luego giró la cabeza y me miró inexpresiva. Nos vestimos en silencio. Dicen que el hombre es un animal triste después del coito. No sé que aspecto tenía en aquel momento, ni si parecía triste, lo único que puedo decir es que mi cabeza funcionaba mucho más deprisa de lo normal, como si librándome de la tensión sexual hubiese alcanzado un instante de total comprensión. Toda aquella situación no cuadraba en absoluto. Había muchas cosas que no se me habían dicho, información que habían decidido que yo no necesitaba conocer. Todo lo ocurrido en aquel despacho formaba parte de una actuación organizada encaminada a desviar mi atención de aspectos fundamentales del caso. Y si Control parecía haberse entregado gratamente a aquella representación no era tan sólo por intereses personales. Tenía la sensación de que estaban jugando conmigo, de que no era más que una marioneta dirigida por unas manos invisibles.
Encuentra a Puerco y mátalo.
6.
Desde hacía quince días, al caer la noche, entraba en el edificio de la Corporación, recorría los pasillos casi desiertos hasta llegar al despacho de Control, donde le informaba de los avances de la investigación. Una rutina que seguía con entusiasmo. Pero aquella noche me detuve frente al edificio contemplando los últimos rayos de sol reflejándose en la brillante superficie de los pisos más altos.
Habían sido unos días de trabajo aburrido gratificados con una recompensa inusual. Contactos, confidencias, sobornos, rumores que no conducían a ningún sitio, reunir datos y luego cotejarlos, comprobarlos, descartarlos. Caminando por la ciudad toda la noche de local en local hasta el amanecer, buscando infructuosamente un indicio sobre las actividades de Puerco y acabar derrumbándome exhausto para caer en manos de un sueño intranquilo. Luego me despertaba a media tarde, tomaba un café bien cargado, intentaba dar un sentido a lo poco que había logrado averiguar y, con la lección aprendida, al atardecer, me dirigía a las oficinas a presentar el informe diario a Control. Atravesaba la antesala ocupada por la secretaria, sentía su indiferente frialdad que me producía un cosquilleo de inquietud. Con gesto impasible, sin mirarme, me daba acceso al despacho de su jefa. Control musitaba un sensual “Héctor” cada vez que atravesaba el dintel y la puerta se cerraba a mi espalda, y el roce de las medias de la mujer mientras avanzaba seductoramente hacía que se me erizase el vello de la nuca. Todo desaparecía entre los brazos de Control, y mientras la mujer me desnudaba y se desnudaba, me exigía que fuera explicándole los detalles de la investigación. Resultaba chocante hablar mientras su cuerpo me buscaba salvajemente. Yo intentaba enmascarar el cansancio y el tedio de la investigación relatando con fingido entusiasmo lo poco que había averiguado. Informar mientras follábamos era como si dos instantes distintos de tiempo se mezclasen caótica pero ordenadamente, como si, para ella, el placer formase parte de la tarea de recopilar información. Yo disfrutaba con aquello, sería hipócrita negarlo. La perversa sensualidad de Control me subyugaba y la obligación a la que me sometía me excitaba a pesar de cierto remordimiento. Tal vez tienen razón aquellos que dicen que hasta los perros se ponen tristes después de eyacular. Y yo eyaculaba, ya lo creo. Mientras la boca de Control me engullía literalmente, le relataba las últimas acciones de Puerco, le explicaba cómo éste repetía noche tras noche, en lugares distintos, el espectáculo del AMS. Sin duda, le intentaba explicar, pretende, cerré los ojos mientras mi miembro se abismaba ente sus labios, abrirse un mercado para vender la droga, y ella se detenía y me miraba a los ojos, musitaba sigue y se incorporaba para sentarse sobre mi, acoplándose, cabalgándome, poniéndome los pechos oferentes a la altura de la boca, y yo intentaba continuar la narración indiferente al deseo, con profesionalidad. Eran encuentros brutales en los que los informes se dilataban hasta saciar la última gota de placer. Acabábamos con el corazón acelerado, brillantes de sudor, jadeantes, frustrados por la futilidad de la investigación.
Con ligeras variaciones cada día se repetía la misma rutina placentera. Hasta ayer. Ayer, por casualidad quizás, o premeditadamente, no lo sé, el ordenador de Control permanecía encendido mostrando las imágenes que captaban las cámaras de vigilancia. En una me vi a mí mismo ejecutando una danza convulsa y frenética con Control. Creo que estoy cerca, decía a cada embestida, estoy tras la pista de las máscaras de gas. Otra de las cámaras mostraba la antesala del despacho de Control, la mesa de la secretaria y con su ordenador mostrando, como una grotesca repetición infinita, nuestros cuerpos desnudos en salvaje copulación. Irene contemplaba las imágenes mientras se masturbaba.
Aproveché el paroxismo para girar a Control e impedirle ver las imágenes del ordenador. La acometí por detrás con una violencia desaforada. Control gemía olvidándose del informe, mientras yo buscaba con la mirada la cámara que me estaba grabando, para que Irene supiera que la estaba viendo, buscando la complicidad de la mirada de los mirados. Iba mirando alternativamente de la cámara a la pantalla mientras atacaba brutalmente las nalgas de Control, pero la secretaria continuaba masturbándose con los ojos cerrados, la cabeza hacia atrás. Desesperadamente intenté llamar su atención llevando mis movimientos al límite, haciendo gritar a Control. La secretaria miró por un momento la pantalla y vio como la estaba mirando.
Entonces, como un destello que atravesase mi cabeza tuve una fugaz visión. Estaba sentado en el sofá mientras Control, de espaldas a mi, ascendía y descendía lentamente sobre mi miembro, mientras, arrodillada en el suelo, la secretaria lamía alternativamente mi pene y el sexo de Control.
Después todo cesó. Un momento de olvido total, una nada oscura y viscosa me envolvió. Abrí los ojos y vi a Control vistiéndose que me decía ¿qué te pasa, Héctor, cariño? ¿Cariño?, ¿desde cuándo esta mujer es tan cariñosa?, pensé mientras mi cabeza atravesaba las brumas de una premonición y las realistas imágenes de la visión permanecían demasiado reales en el recuerdo. Tienes trabajo, ¿recuerdas?, dijo mientras se vestía. Así, tan fríamente, acababan siempre nuestros escarceos. Luego abandoné el despacho, atravesé el vestíbulo mirando a la secretaria que, aparentemente absorta en su trabajo, me ignoró glacialmente.
Cuando llegué a la calle me di cuenta que el rastro de un rubor en las mejillas de Irene no eran fruto de mi imaginación.
7.
Hubiese deseado que las cosas cambiasen. Tenía el deseo secreto de convertirme en Puerco, en fusionarme con su mente y descubrir sus pensamientos inconfesables. Estaba cansado de buscar, deseando comprender todo lo que me estaba sucediendo. Me detuve frente al edificio recordando lo ocurrido la noche anterior y el asalto de la imagen perturbadora. Nada podía ser igual después de aquello. Lo terrible es que no podía librarme de aquella visión, aquella promesa de un futuro más real que lo que podría ser la misma realidad. Pero para que eso sucediese debía cruzar la acera y subir hasta el despacho de Control. Tenía el poder de materializar el futuro. Luego pensaba que era esclavo de él, que estaba forzado a subir para que todo ocurriese. Pero al mismo tiempo ya había ocurrido. Ocurría a cada momento en mi cabeza.
Forcé al futuro. Impedí que ocurriese. Parecía que la visión me había dotado de una clarividencia que me sobrepasaba. No entré en el edificio de la Corporación. Ya sabía exactamente que iba a ocurrir en su interior. Pasaría ante la mirada fría e indiferente de Irene y, al acercarme al despacho de Control sentiría los ojos de la secretaria clavados en mi nuca. Me giraría buscando esa mirada inexistente y Control captaría el gesto. Ella me atraería hacia sí, murmurando sensualmente, desnudándome, desnudándose, acariciándome. Luego me fijaría en la pantalla del ordenador apagada. Control sonreiría maliciosamente y haría entrar a la secretaria. Le susurraría unas palabras al oído. La secretaria desaparecería un instante para volver después vestida tan solo con unos zapatos de tacón alto y un collar de cuero ajustado al cuello del que pendería una larga cadena plateada. Entregaría el extremo a Control. Ella tiraría suavemente pero con firmeza de la cadena atrayendo a Irene hacia su cuerpo, quien empezaría a besarla el cuello, los hombros, los pechos, el vientre, el sexo, mientras yo contemplaría la escena sentado en el sofá, molesto por aquella muestra de sumisión, pero tremendamente excitado. La larga cadena iría desde la mano de Control hasta el cuello de Irene pasando por la espalda, entre las nalgas, rozaría el sexo de la secretaria a cada pequeño tirón de Control. La obligaría a gatear hacia mi erección, y después la imagen que me asaltó ayer se haría realidad.
Siempre estuve dispuesto a atrapar el placer donde se me ofreciese, sin detenerme en consideraciones morales. Pero esa clarividencia me hace ver más allá del placer carnal, más allá de toda sutil perversión, más allá de lo que significa penetrar a Control con la lengua de Irene recorriéndoles a ambos. Siento que no debo estar allí. Que ya estuve. Que todo ocurre y no ocurre. Siento toda la escena con una intensidad tan fuerte que altera mis percepciones. Lo siento como si ya hubiese ocurrido, como si estuviese ocurriendo ahora, como si estuviese ocurriendo continuamente. Y como si jamás debiese haber ocurrido.
Di media vuelta y me aleje del edificio. Decidí no informar a Control. Tenía un soplo, una tenue pista oída al azar en el fondo de un bar. Sospechaba que no era una casualidad que hubiese podido escuchar entrecortadamente aquella conversación. Nada ocurría por azar. Todo ocurría aunque no estuviese ocurriendo, aunque no ocurriese nunca. Decidí acudir a la cita solo, dispuesto a atrapar a Puerco. Quería acabar con esta historia de una vez. Entonces descubrí que no tenía tiempo. Había estado más tiempo del que me había parecido frente al edificio. Tal vez el tiempo se ha consumido en lo que no ha ocurrido, pensé. Tenía una fecha, una hora y un lugar de un nuevo espectáculo de Puerco. Debía apresurarme. Cuando empecé a correr sentí una molesta humedad en la entrepierna.
Segunda parte
8.
Apenas tiene tiempo para llegar a la hora de la entrega en la sala de fiestas donde Puerco realizará su número esta noche. Corre. Sabe donde está el local, pero no conoce muy a fondo esa zona de la ciudad. Corre, girando intuitivamente a derecha o izquierda, esperando llegar lo más rápidamente posible. Se desorienta al atajar por callejones, pero no deja de correr, rectificando sobre la marcha, sin volver jamás atrás. Corre por otro callejón, dobla otra esquina, otro callejón, otra esquina, corre. Corre hasta topar con el reflejo opaco de unas gafas de sol. Puerco sonríe. Héctor se detiene a seis metros de él. A espaldas de Puerco unos hombres acaban de descargar una furgoneta negra. Héctor contempla la escena. La sonrisa de Puerco demuestra que estaba esperándole. Héctor busca bajo la chaqueta y estira el brazo empuñando un revólver. Puerco sonríe, estira su brazo y con el dedo índice le hace un gesto negativo. Ni lo intentes. Héctor quita el seguro. El chasquido de un látigo eléctrico rasga el espacio entre los dos hombres. Héctor grita mientras siente una descarga extendiéndose desde su codo por todo el cuerpo, un dolor que avanza sináptico hasta colapsar toda terminación nerviosa. Se derrumba. Puerco permanece inmóvil observando los efectos de su arma. Sonríe satisfecho mientras contempla el cuerpo desmoronado junto a la pared. Héctor gime en el suelo observando a su rival mientras se recupera lentamente, como despertando de una atroz pesadilla. Su brazo derecho está paralizado hasta el hombro, insensible, inservible. Mira su revólver caído a pocos metros de él. Mira a Puerco. Mira de nuevo el revólver iniciando un débil movimiento. Mira a Puerco que sigue sonriendo. Héctor se apoya contra la pared mirando a Puerco. Éste hace restallar el látigo en el aire del callejón. Héctor cierra los ojos pero nada le ocurre. Oye como las puertas de la furgoneta se abren. Vuelve a mirar y puede contemplar a dos mujeres que descienden lentamente del vehículo, la morena es la agente de aduanas secuestrada por Puerco, la rubia supone acertadamente que es la bailarina. Las dos mujeres están comprimidas en brillantes trajes de látex desde el cuello hasta los pies calzados con zapatos de tacón desmesurado. El traje de la morena es rojo, el de la rubia negro. Las dos mujeres avanzan acercándose a Héctor, rodeándole, la bailarina acercándose a su brazo paralizado, la agente, pasando frente a él, se colocará al lado izquierdo. Héctor contempla las sinuosas formas del cuerpo de la morena hasta que el destello aterrador de las uñas de la mujer le paralizan. Mira enloquecidamente a un lado y a otro comprobando que las manos de las mujeres terminan en afiladas prótesis metálicas. La rubia deja que sus cuchillas chirríen contra la pared mientras avanza. Héctor quiere huir pero su cuerpo está embotado de dolor. En su espanto juraría que las mujeres ronronean mientras cierran el cerco.
El primer zarpazo arranca un botón de su chaqueta. Héctor se acurruca intentando protegerse, pero no sirve de nada. Pronto su ropa está completamente deshilachada y su cuerpo cubierto de leves arañazos. Las mujeres son cuidadosas. No pretenden herirle. Desgarran con precisión la ropa del hombre hasta dejarle completamente desnudo. Héctor intenta protegerse como puede, pero siente una de las cuchillas bajo su barbilla obligándole a estirarse en el suelo. La morena se arrodilla sobre sus hombros. Héctor intenta morderle el sexo, pero sus dientes resbalan en el traje bruñido. La mujer desliza una de las cuchillas por la mejilla de Héctor, una acerada caricia que se dirige hacia su ojo. Héctor no intenta luchar. Siente las cuchillas de la rubia resbalando por su pecho, deteniéndose en los pezones, rodeándolos con el frío metal de sus uñas mortíferas. Descienden por su vientre dejando ligeros rastros de sangre. El hombre sabe cuál será el final de aquel recorrido y se estremece aterrorizado. Las uñas llegan a su pene, rodean su base y rozan sus testículos, sopesando la presión necesaria para rasgarlos. Héctor siente una de las cuchillas recorriendo su perineo, llegando hasta su ano, circunvalarlo suavemente, una, dos, tres veces. De pronto siente con absoluta convicción que aquellas mujeres no van a dañarle, que su temor es infundado. Y junto a la certeza irracional una oleada de placer le recorre. Su miembro empieza a erguirse. La rubia ronronea, la morena se gira contemplando su naciente erección y se abalanza sobre su pene, la rubia la empuja, la morena le enseña las uñas, la rubia se pone a la defensiva y el látigo vuelve a rasgar el silencio de la noche. Las mujeres se retiran. Puerco sin dejar de sonreír se acerca a Héctor y habla.
Habla de las cosas extrañas que suceden alrededor del Ejecutor, de la flaqueza de su voluntad, de sensaciones curiosas y visiones casi reales. De cosas que no ocurren y no dejan de ocurrir. Habla de mentiras y de la sumisión total de sus “dos colaboradoras” Y también habla de lo teatral. De su debilidad por la puesta en escena, del chasquido del látigo, de las máscaras.
También como Control quiere hacer una demostración.
Coge el revólver y lo deja sobre el pecho de Héctor.
-Vamos, dispárame. Es la orden que tienes implantada. ¿Qué te ocurre? Usa tu otra mano, hombre. Desde tan cerca es imposible fallar. ¿Sufres? ¿No puedes hacerlo? Espera, yo te coloco bien la pistola. Vamos, inténtalo. Dispara. ¿Te das cuenta? Tu voluntad no sirve de nada. ¿Cómo es posible te preguntarás? Tal vez quieras acercarte un poco a la verdad. Busca a Sonja. Si consigues superar la prueba a la que te someterá empezarás a entender. Tengo que dejarte. Parece que tus buenas amigas vienen a buscarte. Mejor suerte la próxima vez.
9.
Despierto aturdido por la acumulación de sensaciones: La fría tapicería del sofá en la espalda; el escozor de la miríada de heridas sobre la piel; la luz de la mañana inundando el despacho transformándolo en un lugar irreconocible; la lengua de Control lamiendo con morosa deleitación cada uno de los arañazos; la hierática presencia de la secretaria, de pie, tras el sillón.
Cierro los ojos buscando aclarar las ideas. Recuerdo lo que sucedió en el callejón y también lo que no ocurrió mientras esperaba frente al edificio de la Corporación. No recuerdo cómo he llegado hasta el despacho de Control, ni porqué ahora lame las heridas. Pasa la lengua por brazos, pecho, vientre. Aprieto los párpados con fuerza cuando se entrega a las heridas de mi escroto provocándome una erección. Su lengua asciende y luego, con lentitud premeditada, su boca se abre para atrapar todo el miembro, y desciende, y vuelve a ascender y se separa lentamente, dejando un hilo de saliva entre sus labios y el glande.
¿Qué ocurrió anoche, Héctor?
La plateada hebra se quebró en el aire.
Busco una respuesta mientras el miembro se me endurece aún más por la salvaje presión de la mano de Control. Intento dominarme mientras recuerdo las palabras de Puerco, sus veladas insinuaciones.
Me encontré con Puerco, le digo esperando que no haya más preguntas. Ella guarda silencio y a continuación se abalanza sobre mí. Penetrarla es un alivio. Evita el interrogatorio y que deba inventar mentiras. Ella empieza a agitarse con un frenesí violento, sin importarle la presencia de la secretaria.
Es cierto que había determinado aprovechar cada segundo de placer que aquella investigación pudiese proporcionarme. También es cierto que dudé. Pero ahora, el placer me servía para ocultarle a Control mi confusión. Ya no me importaba si estaba siendo manejado ni las consecuencias de aquellos encuentros. Iba a aprovechar cada instante de placer. Mi determinación del día anterior había quedado diluida. Si debía ocurrir era mejor que lo hiciera. En el fondo sentía que algo no era coherente, que yo no debía, pero no podía evitarlo. En vengativo silencio termine antes que ella. Control me miró enfurecida y se separó. Intenté sonreír con desprecio. La secretaria avanzó airada, pero Control la detuvo con un gesto.
No importa, Irene. Estas cosas ocurren. Nuestro hombre está agotado. Ven, acércate.
Contemplé por un momento los escarceos de las dos mujeres y luego cerré los ojos. Antes de quedarme dormido, arrullado por los gemidos de las mujeres, decidí que iría a buscar a Sonja.
10.
De todas las formas de prostitución, la que practicaba Sonja era quizás la más terrible. Incapacitada físicamente para sentir ningún tipo de placer, los clientes encontraban en aquella mujer la imagen de una fría guerrera hiperbórea. Acostándose con ella tenían la esperanza de ser los primeros en rescatarla de su helado cautiverio. Eran ardorosos caballeros andantes que creían rescatar a la doncella cautiva cuando en realidad se entregaban a las fauces de la bestia que les devoraba, en este caso exigiéndoles el pago de un placer decepcionante.
El Ejecutor quedó deslumbrado por el pelo rojo de la mujer, por su extrema palidez y, luego, por la contradictoria calidez de su piel. Por la resignada tristeza que emanaba y por su voz llena de matices del frío norte. Confío ciegamente en Puerco, dice Sonja preparándose, y acepto las condiciones del reto que te impuso. Si me complaces te diré todo lo que quieras saber. Te advierto que jamás nadie…
Se interrumpe, dejando en el aire un silencio cargado de pesadumbre y, a la vez, de irremediable resignación.
Héctor asiente dispuesto a llevar hasta el límite su decisión de aprovechar todo momento de placer, intentando eludir la empatía que siente hacia la mujer que permanece desnuda sentada en el borde de la cama, con las rodillas juntas y las manos sobre las piernas. Por un momento duda que la decisión de estar con Sonja sea enteramente suya, pero abandona la idea. Estira sus manos y toca con la punta de sus dedos el rostro de la mujer. Suavemente recorre la insólitamente cálida piel, la frente, detrás de las orejas, el cuello, los hombros. No hay rincón del cuerpo de Sonja que los dedos de Héctor no alcancen con inusual ternura, ni remotos confines que labios y lengua no recorran. En sus manos el cuerpo de Sonja tiene la textura de la cera tibia. Héctor la moldea lentamente a la búsqueda de una brecha por donde lanzar su ataque. Todo es en vano. Sobre la cama la mujer es un cadáver insensible. Héctor siente una excitación irracional, voltea una y otra vez el cuerpo de la mujer y la embiste desde cien posiciones sin obtener ninguna respuesta. Hay mucho en juego, se dice para continuar. Piensa en la investigación pero lo que verdaderamente se debate es la hombría de Héctor. La muñeca de cera resiste todos los embates sin mostrar ninguna emoción.
El sudor corre por el rostro del hombre empeñado en una lucha inútil cuando cree oír un ligero roce tras la puerta como si alguien… De repente la mujer se arquea entre sus brazos dejando escapar un leve gemido. Héctor se sorprende, pero arremete con violencia. Sonja se acopla a su movimiento entreabriendo sus labios de los que escapan leves gritos de placer. Un instante después todo ha concluido. La mujer cae sobre la cama desecha completamente exangüe. Héctor se viste rápidamente y corre hacia la puerta, la abre, oye ruido de pasos que se alejan, Héctor persigue el furtivo taconeo hasta la calle donde puede ver, fugazmente la pierna de una mujer entrando en un coche.
¡Irene!, dice.
11.
Escondido en las sombras del callejón, Héctor acechaba mientras volvían a su memoria las palabras de Sonja. La mujer le había contado mucho más de lo que él necesitaba saber. Ahora sabía donde encontrar a Puerco y suponía que éste no entendería su retraso, no entendería porqué tardaba tanto en llegar. O quizás sí. Sonja dijo que Puerco había previsto que, a través del Ejecutor, ella llegaría a conocer un placer que le estaba físicamente vedado. Héctor suponía que, lo mismo que con Sonja, Puerco sabría que antes de enfrentarse a él, debería hacer lo que iba a hacer. O tal vez no, se decía manoseando nerviosamente la empuñadura de su arma en la funda. La calle seguía en silencio. Dijo Sonja que el placer la envolvía como una nube etérea, algo que, pese a sentirlo, no era enteramente suyo. Un placer ajeno, inducido. Pero un regalo de un buen amigo, de alguien que no la había olvidado en todos esos años, desde que fueron niños. La piel de aquella mujer seguía obsesionando al Ejecutor, y su voz, que parecía salir de un pozo de tristeza insondable, le mostró al verdadero Puerco.
Ahora creía saber.
Héctor oyó como los pasos resonaban en la calle vacía y se pego más a la pared fundiéndose con las sombras. Un taconeo vivaz se aproximaba mientras extraía la pistola de su funda. Irene. Se abalanzó sobre ella tapándole la boca y arrastrándola hacia las sombras del callejón. Le puso la pistola ante los ojos. No grites, quiero hablar contigo. La espalda de la mujer contra su pecho. La pistola apoyada en la sien de la mujer. El otro brazo inmovilizando su cuerpo. Tengo que saber muchas cosas aún, ¿sabes? ¿Por qué me necesitáis? ¿Por qué no utilizáis vuestros putrefactos métodos para obtener la información? ¿Qué pinto yo en toda esta historia? Y ¿por qué tu, esta tarde, en casa de Sonja?
Te necesitamos, dice ella. Puerco instala cierto tipo de bloqueos mentales que Control no puede saltarse. Fue ella quien estuvo en casa de esa mujer esta tarde. La acompañé, siempre me lleva a todas partes. Está indignada por no poder anticiparse a los movimientos de ese animal. Por eso te necesitamos, para saltarnos esos bloqueos, para saber qué se propone Puerco, para anular ese poder que pertenece a la Corporación.
Luego cambia su tono. Me haces daño, susurra, y empieza a restregarse lentamente contra el cuerpo de Héctor. No necesitas esa pistola, le dice. Sus nalgas trazan círculos contra el miembro del Ejecutor. El brazo del hombre afloja la presión y asciende por el vientre de la mujer hasta acariciar uno de sus pechos. La otra mano aún sujeta la pistola.
¿Me estas controlando?
Control es quien utiliza a las personas. No hagas nada que no quieras hacer, no dejes de hacerme cualquier cosa que quieras.
El hombre siente su pene como algo desmesuradamente irreal a punto de explotar bajo sus pantalones. Acaricia con furia el pecho de la mujer mientras frota con el cañón de su pistola el sexo de la mujer. Ella continúa frotando sus glúteos contra el miembro del hombre, cada vez con mayor fuerza, buscando al mismo tiempo el contacto con el arma. El hombre le levanta la falda e introduce la pistola bajo la braga. La mujer se estremece ascendiendo y descendiendo sobre el metal. Luego se gira y desabrocha los pantalones del hombre. Héctor observa incrédulo aquella palpitante masa de venas azuladas que surca su irreconocible pene, hiperdimensionado, desbordante, abriéndose paso al frío aire del callejón. La mujer apenas puede rodear con su mano el tronco inflamado sobre el que se arroja ávida. Su boca no puede abarcarlo.
En el callejón, al amparo de las sombras, un baile enloquecido se ejecuta en silencio. La mujer aloja en su interior la pujante carnosidad. El hombre cree dominar el universo en el cuerpo de la mujer. En el suelo, una pistola.
12.
Aferrado a la pistola, Héctor empujó con el pie la desvencijada puerta que daba acceso al ruinoso y aparentemente abandonado cine Luxor. Puerco debía estar en su interior si Sonja no había mentido. Demasiados condicionantes… si Sonja no había mentido, si Irene le había dicho la verdad. Caminaba en la cuerda floja y era consciente. Puerco también querría contarle su versión de la verdad. Y Control… Control le había utilizado, le había engañado y mentido, pero no podía dejar de estremecerse cada vez que pensaba en ella. ¿Hasta que punto Control, Puerco e Irene le estaban utilizando? ¿Qué querían exactamente de él? Control quería encontrar a Puerco y éste que Control le encontrase. ¿Qué quería Irene? ¿Sentía algo por él, algo así como una afinidad entre mentes subyugadas, o tenía un objetivo inconfesable?
Empujó la puerta y se introdujo en las oscuras ruinas del antiguo cine. Lo único que tenía verdaderamente claro era que toda esta situación debía termina. Poco le importaban ni el final de Puerco ni los motivos de Control. Lo encontraría, le detendría y le entregaría a la mujer. Luego desaparecería con la paga. Creyó ver luz al fondo de un pasillo filtrándose por debajo de unas cortinas sucias. Avanzó tanteando el suelo, intentando no hacer ruido. Su mente trabajaba sin descanso.
Esquivó prudentemente las inmundicias del suelo. Puerco y Control, pensó. ¿Y si…? Fue un pensamiento fugaz que olvidó enseguida. Una duda descartada velozmente. Puerco y Control. Llegó hasta la cortina y la apartó lentamente con la mano que sujetaba el arma. Asomó la cabeza lentamente y contempló el interior de la sala. La parte central del patio de butacas estaba despejada. A los lados se amontonaban los grupos de sillas. El escenario estaba iluminado por la luz blanca del proyector. A un extremo de éste, Puerco estaba sentado en una butaca que semejaba un trono, vestido únicamente con el impermeable negro que, desabrochado, caía a los lados de su cuerpo sobre los brazos del sillón dejando ver su purulento cuerpo desnudo. Su pene era una serpiente opulenta aletargada sobre su pierna. Las dos mujeres de Puerco estaban en el otro extremo del escenario completamente desnudas. Tenían en su tobillo derecho una argolla enlazada a una larga cadena atada al otro extremo del escenario de forma que solamente posadas sobre sus rodillas y estirando el brazo completamente, podían rozar el miembro dormido del hombre. Cuando una de ellas lo conseguía la otra trataba de impedirlo e iniciaban un simulacro de lucha sobre el escenario hasta que de nuevo una de ellas intentaba alcanzar el preciado trofeo. Puerco, tras las gafas oscuras sonreía. Héctor, semioculto tras la cortina no se movía, hipnotizado por la extraña escena, pensando cómo llegar hasta Puerco sin ser visto.
-Vas a estarte todo el día ahí, Ejecutor. Vamos, entra de una vez.
La voz de Puerco detuvo a las mujeres que se quedaron mirando a la entrada donde Héctor estaba oculto. Entró lentamente, sosteniendo ante él la pistola, sin dejar de apuntar a Puerco.
-Eso no será necesario, ¿verdad, chicas? ¿Para qué quieres un arma, Ejecutor, si no vas a poder usarla? Olvida el arma, es el momento de hablar. Acércate, vamos.
Héctor sube la escalera que lleva al escenario sin apartar la vista de las mujeres que le miran con deseo. Obedeciendo a una orden sin palabras se alejan a su rincón del escenario y se acurrucan una junto a otra, sin dejar de mirar al ejecutor y acariciándose con suavidad.
-Puedo asegurarte, Ejecutor, que no era mi intención convertir a estas mujeres en lo que son ahora, pero tampoco puedo dejar de someterlas a mi control. Para ellas sería como despertar de un tiempo vacío y no les quedaría más que la locura como asidero. Sabes de lo que hablo, ¿verdad? Yo no sabía que eran agentes de la Corporación y ahora es demasiado tarde. Dame la pistola, por favor.
Héctor guarda la pistola en su funda y se queda frente a Puerco.
-Demasiados bloqueos mentales. Veremos como sales de esta Ejecutor. Están jugando contigo, detecto barreras que me impiden acceder a tu voluntad. Hay alguien con mucho poder detrás de todo esto. Y voy a acabar con ese poder. Te voy a decir lo que quiero y no vas a poder negarte. Y no será porque yo te obligue, sino porque en estos momentos tú y yo deseamos la misma cosa.
Las mujeres han avanzado sigilosamente hasta situarse detrás de Héctor y se enlazan a él. Piernas, brazos, manos, labios por todos los rincones de su cuerpo, introduciéndose bajo su ropa, buscando su piel.
-Esto no es una paga, Ejecutor. Es el futuro. Tú y yo queremos lo mismo… en muchos sentidos. Cuando termines ya sabes lo que quiero.
-¿Y qué harás con Control?- dice Héctor.
-Lo que hay que hacer, amigo.
y 13.
Los acontecimientos se precipitan. Ya estamos cerca del fin. ¿Es necesario pormenorizar todos los pequeños detalles que conducirían al enfrentamiento final entre Puerco y Control en las ruinas del Luxor? Avanzamos, siempre avanzamos en la maldita línea del tiempo dispuestos a precipitarnos al abrupto final. ¿Pero tendrá final en esta historia? Sospecho que concluirá de forma tan vaga que el futuro de nuestros personajes quedará a merced de nuestra imaginación. Pensad que supondría para Control, por ejemplo, pasar el resto de su vida esclavizada a la voluntad de Puerco. Ella, acostumbrada a las delicias que proporciona el poder, sometida a los lascivos deseos de un ser ávido de venganza. ¿Sería desgraciada? ¿Es posible sentir algo distinto a lo que la voluntad de quien nos domina nos obliga a creer, a sentir? Control, a quien Puerco cambiaría de nombre, sentiría cada día en sus carnes el placer indescriptible de la sumisión, despertaría cada mañana anhelando la dimensión inabarcable de la voluntad de su amo, la sima de sus ojos negros ocultos tras las gafas a los que le permitiría abismarse, sublimando así su paroxismo de obediencia, después de abordarla por detrás un día tras otro. ¿Sería Control feliz? ¿Y quién es feliz? ¿Héctor? ¿Héctor e Irene viviendo su historia de amor empañada por las dudas que le asaltan a él de vez en cuando? ¿Y si Irene…? No es posible, se dirá, ella estaba controlada por su jefa. Pero ¿y si todo hubiese sido una farsa? ¿Y si Irene…? pero jamás conseguiría concretar la duda, ni siquiera era capaz de planteársela si Irene estaba cerca. ¿Serían felices Irene y Héctor? A quién le importa. Gozarían de los placeres carnales, se adentrarían en escabrosos territorios de los que volverían incólumes gracias a su amor, o lo que él pensaba que era amor, beberían de sus cuerpos hasta quedar saciados, para volver a empezar, un día tras otro.
¿Y Puerco? Puerco es el vencedor de esta fábula misógina, por supuesto. Representa la culminación del poder masculino vertebrado desde un falo dominante. ¿Debemos consentir que esto ocurra así? ¿Podemos consentir que una venganza se consume de forma tan atroz? ¿Que el objeto de todo esto no conduzca más que al placer de Puerco en brazos de su sumiso harén?
La verdad es que el plan estaba diseñado para alcanzar este apoteósico final: Puerco y Control frente a frente, mirándose fijamente a los ojos, cada uno intentando doblegar al otro. ¿Y qué veríamos? Al principio la escena parecería eternizarse en el tiempo (Puerco con su impermeable abierto, desnudo bajo él; Control pulcra pero atractivamente vestida, elevada sobre sus tacones) Una inmovilidad desazonadora para los espectadores (Irene, Héctor, las dos mujeres encadenadas) sostenida hasta más allá de lo soportable. Después, casi imperceptiblemente, las piernas de la mujer parecerían titubear, un ligero temblor acompañado por un gesto de estupor en el rostro de Control. El temblor se haría más intenso, hasta que ella caería arrodillada frente a la bestia y acercaría su boca al tumefacto ariete.
Y así fue, señoras y señores. Así fue. Mi triunfo fue perfecto, total, incontestable. Control succionaba ávidamente mi miembro, su mente totalmente subyugada a mi poder. Todo tal y como había planeado.
Entonces sonó un disparo.
¿No les parece tremendamente injusto, señoras y señores?
Epílogo
Qué has hecho?, dice el hombre. Nada que te importe, dice la mujer, apuntándole con el arma. ¿Vas a dispararme? Depende de ti, Héctor. Las tres mujeres han dejado de vagar desconcertadas por el escenario y se aproximan a Irene, situándose, sumisas y tranquilas tras ella. ¿Qué vas a hacer, convertirme en una de ellas, eso es lo que quieres Irene, un muñeco que te satisfaga? Aunque lo quisiera no podría, Héctor, ya lo sabes, hemos implantado suficientes barreras en tu cabeza como para que ahora sea inaccesible. Eres un hombre libre, ¿puedes creerlo? Un hombre liberado sometido a su libre albedrío…a causa de excesiva manipulación mental… paradójico, ¿no? ¿Y ahora qué haremos, Irene? Yo volveré a dirigir la Corporación, tu… no sé por qué no te mato. Ríe sin dejar de apuntarle. Me gustas, Héctor. Tu y tus posibilidades físicas. Pero ahora, hagas lo que hagas, jamás sabrás si verdaderamente es tu decisión la que guía tus pasos. Y ahora que sabes la verdad, o crees saberla, mucho menos. Mirarás por encima de tu hombro preguntándote si alguien te está controlando, incluso cuando la elección sea tan intrascendente como cuánto azúcar echar en el café o si encender un nuevo cigarrillo o no. Escoge Héctor, placer y poder sin límites o un remedo de libertad. Pero no, ya has decidido. Renunciarás como un idiota al poder y la gloria, ¿verdad? Vámonos, chicas, regresemos. Y al pasar murmura en el oido del hombre, Héctor, la próxima vez que nos veamos, ¿sabrás lo que quieres?
Héctor solo, pensativo y destrozado entre las ruinas del Luxor. Piensa en todos los placeres perdidos y en la integridad vacía que ha motivado sus actos y su decisión, aunque ya no sabe qué o quién le motiva e impulsa. Una voz interrumpe sus pensamientos.
Amigo, dice Puerco, ayúdame a levantarme. Tenemos que planear una venganza.
