Crónica • Enero 2009

Parece que va a llover, preparen los paraguas.

Prohibidas las conglomeraciones

Por Liliana Lara

I

Con todo lo que pasa, y porque no me gusta hablar de política ni guerras en mi blog, me iba a abrir otro destinado a tal fin. Le tenía un nombre: “Prohibidas las conglomeraciones”, que fue lo que más me chocó de las instrucciones recibidas por lo que vendría a ser la “Guardia Nacional” de este lado del mundo. Pero en qué tiempo puedo ponerme a escribir casi nada si me la paso disimulando la “depre” ante mis niños, inventándoles algo que hacer en este encierro, viendo las noticias muy de vez en cuando, cuando ellos no miran. Escucho la radio mientras cocino, pero de la radio es fácil desconectarse e irse (desviarse) por los recovecos de la mente con el zumbido de las voces como música de fondo, ronroneo mal sintonizado. A veces pongo las noticias mientras lavo los platos, pero me pierdo entre los geranios de mi ventana, viendo la soledad de la calle y la belleza del campo que nos rodea. Cipreses a lo lejos, cultivos, cielo gris y rosado, luz blanca de invierno. Increíble el infierno a 10 kilómetros de esta soledad. Cuando regreso, la radio emite los pronósticos del tiempo, se esperan días muy fríos y yo nuevamente me perdí las noticias.

De todos modos las noticias se pueden leer en las explosiones lejanas. De ésas, difícil abstraerse, se cuelan por las rendijas de las ventanas y estremecen los cristales. Si alguno de mis hijos las percibe, a veces están en sus juegos y no las oyen, pero cuando las perciben digo “parece que va a llover, preparen los paraguas”.

Hoy en la mañana, otra vez lavando platos frente a mi ventana, escuché a un locutor en la radio hablar de una biografía de Arik Einstein que acaban de publicar. Arik Einstein, dijo el locutor, un cantante legendario que representa ese Israel que perdimos, ese país lleno de buenos hombres, con no menos buenas intenciones, que querían construir una nación, ese Israel de nuestros padres, hoy tan lejano. Dijo más, pero esto es lo que recuerdo, entonces puso una canción que desde que la escuché por primera vez me ha llenado de una oscura tristeza.

“Tú y yo cambiaremos el mundo / tú y yo y después vendrán todos los demás / Ya han dicho eso antes que yo / no importa, tú y yo cambiaremos el mundo / Tú y yo comenzaremos desde el principio/ Será difícil pero qué importa, no es grave / Ya han dicho esto antes que yo / no importa, tú y yo cambiaremos el mundo”

II

Todos los miércoles solía llevar a mi hija a la clase de ballet en un pueblo cercano. Digo “solía” porque con el asunto de que uno no se puede conglomerar, congregar, juntar con otros, este miércoles no fuimos, no hubo clases. Llevaba yo a mi hija a la clase de ballet, decía, en mi carrito viejo y sin licencia para conducir. Atravesábamos los campos por una carretera que sube y baja colinas y lechos secos de ríos. Todo olía a repollo, a lechuga, a campos sembrados, a la sección de vegetales de los supermercados, a mercado lleno de perejil y cilantro. Mi hijo iba viendo trenes fantasmas y mi hija contaba todo tipo de historias que yo escuchaba a medias porque el carro suena como un helicóptero y porque siempre llevo sintonizado en la radio un programa que estoy segura que nadie de mi edad en este país oye: uno de canciones de los 50 o 60. Las canciones de esa época hablan de un país que se estaba haciendo con las uñas, con esfuerzo y guerras. También había guerras entonces, pero eran de otro tipo porque  …. no sé que escribir…  No escribo nada. Las canciones, decía, pensaba mientras subía y bajaba con mi carrito en medio de las voces de mis hijos, dejaban ver entre líneas una necesidad de tierra, de país, de nación, de algo que conglomerara a gente que andaba sin rumbo por el mundo, del timbo al tambo, perseguidos, atormentados, maltratados. Humillados y ofendidos, llegaron aquí y cantaron canciones de patria, de tierra, de manos agarradas en orgullosa congregación. A mí esas canciones me gustan porque me recuerdan al Israel que me simpatiza: ese que era un sueño de perseguidos y sobrevivientes del gas y los pogroms. Y cuando atravieso esa carretera en medio de un urgente olor a cilantro o a repollo, me siento en esos años en que se armaron los kibutz, ese sueño socialista. En esos días en que llegaban los barcos llenos de manos para sembrar. Los años de la escasez y del bloqueo, que Amos Oz cuenta con lujo de detalles en algunos de sus libros, cuando la gente comía pan con ajo, mucho ajo para que les quedara en la boca la sensación de haber comido carne.

A veces pienso que Israel fue un país que duró 20 o 30 años y que este espacio en el que vivimos ahora es un limbo signado por la necedad. Un reino de necios. Una máquina de producir odios. Ese Israel que armó esa gente duró tan poco, por eso esas canciones y ese paisaje me afligen profundamente.

No sé de qué fecha es la canción de Arik Einstein, debe ser de los últimos años en que ese sueño existió.

Tú y yo cambiaremos el mundo y luego vendrán los demás, dice. Hoy, sin embargo, están prohibidas las conglomeraciones.

III

Siempre me creí una outsider, marginal hasta la médula. Siempre me vanaglorié de ello. Puedo vivir -me dije- sin los otros. Puedo llevar la contraria a todo, rehuir a la norma, encerrarme en mi torre hasta nuevo aviso. Pero ya saben: baste que una voz por encima nuestro prohíba salir o reunirse con los demás, para que uno quiera ser nombrado presidente de la junta vecinal y organizador de la fiesta de carnaval.

En los últimos días, tal vez una semana, mi vida ha transcurrido entre las paredes de mi casa, lavando platos o preparándolos, corriendo en dos ocasiones al refugio tras escuchar la sirena, inventado juegos con mis niños. Las noticias nos llegan de refilón, las marcas en el cielo que dejan los aviones que van o vienen de Gaza, las explosiones de allá o de acá, el hermano de alguna amiga que está en “el frente”, la sirena, etcétera. Llevamos nuestro encierro dignamente: comemos más que de costumbre, inventamos más que de costumbre, jugamos. En líneas generales estamos bien en esta reclusión, pero hoy me di cuenta que de outsider no tengo tanto, que me hace falta hablar tonterías con otros, incluso desconocidos, que las conglomeraciones son necesarias para vivir. Hoy fuimos a jugar con otros niños en un refugio público, de esos que hay por todas partes en este kibbutz y que yo pensaba que nunca tendría necesidad de visitar. Qué gusto estar con otros, qué maravilla escuchar a las otras madres hablando tonterías. Mis hijos no paraban de correr, no sabían ya con qué jugar, qué comer, qué gritar. Y yo en medio de todas las madres en una conversación a gritos y a ecos, fragmentada y entrecruzada, llena de cosas tontas y cosas graves por igual. Como corolario, en otro refugio se presentaba un grupo de músicos que andan por la zona animando a la gente y que, para mi mayor alegría, cantaba esas canciones que me gustan y sobre todo ésa, la de Arik Einsten.

Ya sé, soy tontísima, caigo en el pan y circo con una facilidad pasmosa, pero que alegría cantar con todas esas madres, esos viejos, esos niños, esos perros (porque hasta eso había) las canciones de utopía que me gustan (y otras) Aunque se trate de una falsa alegría y aunque un refugio sea lo que nos congregue.

Geranios en la ventana

Liliana Lara nació en Caracas en 1971 y vive en el Kibbutz Bror Hail, en Israel. Es profesora de español y literatura. Ha publicado el libro de cuentos Los jardines de Salomón y lleva el blog Memorias y Avatares de una Madre Intelectual.

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