Crítica • Enero 2009

"Lo peor del libro es el título, el subtítulo y el prólogo."

Matadoras: nuevas narradoras peruanas, editado por EstruenoMudo

Por Violeta Entrerríos

Una pena que a veces lo que aniquila el resultado final de un proyecto sea el propio objetivo. Lo cual no significa que el camino al resultado sea inútil o fracase. En este caso, de hecho, bien puede merecer la pena el camino a Matadoras, el camino que lo ha compuesto como libro, esto es: los propios relatos. Saltando por encima de la solapa, sin mirar fijamente -cuidado, es peligroso- el prólogo. Directa al relato, por favor.

Dice José Miguel Herbozo, autor del prólogo, que estamos ante una narrativa «posmoderna». Y yo vuelvo a las palabras de Antonio Cornejo Polar: «nada es tan desdichado como el propósito de encajar -y a veces encajarnos nosotros mismos [como en este caso]- en los parámetros post mediante algo así como la estetización de un mundo de injusticias y miserias atroces. También es desdichado el esfuerzo por leer toda nuestra literatura, y siempre, bajo el paradójico canon crítico de una crítica que no cree en los cánones». El absurdo empeño de Herbozo por clasificar a un conjunto tan disparejo de autoras bajo una narrativa «posmoderna» no deja de hacerme sonreír; sobre todo cuando añade que la narrativa del volumen es «más que urbana, limeña, viajera o cosmopolita»; decir sin decir nada; hablar sin comprender, sin dejar comprender al otro.

Pero a pesar de este prólogo, las mujeres, las narradoras, sí intentan decir cosas: algunas lo consiguen, otras apenas lo perfilan, otras caen gustosa y conscientemente en un sentimentalismo nada nuevo, pero vendible.

Queda dicho entonces que lo peor del libro es el título, el subtítulo y el prólogo. Se trata del ya característico empeño por crear una «narrativa femenina» sin entender lo que eso significaría, sin atender a las consecuencias que una narrativa así (si fuese posible crearla) tendría en la narrativa a secas, o sea y por defecto, en la narrativa de hombres. Sin tener en cuenta, además, que ninguna de ellas parece haber compuesto sus relatos desde la perspectiva del género. Es cierto que casi siempre la protagonista, la voz narradora o los personajes son mujeres, muchas veces extrañadas de serlo, o ajenas a su feminidad; pero no en todos los relatos se esfuerzan por demostrarlo, resultando estos los mejores de la colección. Y por otra parte: ¿el único requisito de reunir a estas narradoras es que son mujeres peruanas? No me convence el argumento: vuelvo otra vez a lo mismo, no basta con que una mujer escriba para que nazca una narrativa femenina: incluso muchas de estas mujeres colaboran con la causa de la narrativa «normal», o sea y por defecto, la masculina. Lo cual no es negativo. Pero no se empeñen en etiquetar, si al fin y al cabo estamos ante literatura, la literatura que todos conocemos y que de nuevo por defecto parece haber nacido conforme al «molde originario masculino»; gracias a quienes «la crearon y desarrollaron», o por lo menos quienes tuvieron históricamente el poder editorial o el tiempo y la educación para ello: los hombres. Salgamos del empeño por dividir en géneros, por buscar una paradójica igualdad a base de extremar las diferencias.

Matadoras son trece mujeres que, según la extraña presentación del libro, están librando un partido de voleyball; una de ellas actúa de árbitro. Seis contra seis. Según Carlo Trivelli, en su reseña a Matadoras para El Comercio, este deporte constituye el parangón femenino frente al fútbol masculino, en el Perú. Y es que hace tres años el mismo Estruendomudo publicó el equivalente de narradores masculinos, y entonces la metáfora se hizo con el fútbol. No profundizaré en la arbitraria división por equipos entre las autoras «más vivenciales» y las «más literarias», como se ha dicho por ahí, porque no me resulta útil. Pasemos a los cuentos.

En “Corte a Sofía”, Alicia Bisso narra en segunda persona la visión de una observadora desapercibida y escondida pero omnisciente en la vida de Sofía. Con un estilo seco y vibrante, Bisso abre el volumen con gran expectativa. Llega después Nataly Villena Vega con “Al frente” y una extraña espera frente al Mediterráneo, con intención de embarcarse a Tánger; se trata de una escena de apenas dos páginas cargada de alusiones y misterio. La tercera, Claudia Ulloa Donoso, nos regala “Líneas”, que convierte en ajena una situación tan cotidiana como llegar a casa y encontrar a la persona que vive en ella, o que no vive; porque quien narra llega a su propia casa: “Lo primero que encontré hoy al llegar a casa fue la mirada de un extraño que estaba en mi comedor de diario”; y se ve dando explicaciones al desconocido. Tres páginas excelentes.

La intensidad lograda hasta aquí decae con los siguientes cuentos: Rossana Díaz Costa, con un estilo claro y fuerte, presenta una escena quizá demasiado cotidiana en “La lucha contra el estornino”; mientras que “Mate de coca”, de Susanne Noltenius Aurich, narra la reflexión interior de una adúltera -limeña blanca- en viaje al Cusco, con un estilo clásico y sentimental que rompió mis expectativas del viaje a la ciudad sagrada de los incas y con ello la situación en otra ciudad peruana.

Pero de repente aparece Karina Pacheco Medrano y la brutal potencia de “El aliento”: una mujer sale de un bar y otra mujer que salía de un hotel se derrumba muerta encima de ella. De nuevo: tres páginas exultantes: en esta antología siempre lo más breve parece lo mejor.

Ahora vienen dos casas, muy diferentes entre sí: la “Casa de estrafalario”, de Katya Adaui Sicheri, busca en estilo oscuro y misterioso la poética de una vida circense; le sigue “La casa muerta”, de Alina Gadea Valdez, un cuento demasiado largo, aburrido y predecible. De nuevo caemos en un sentimentalismo tradicional y vendible.

Llega entonces Montserrat Álvarez con la reflexión metaliteraria y enredada, apenas narrativa, de “Este cuento se autodestruirá en X minutos”; pero se agradece lo experimental: lo raro es mejor que lo de siempre. A continuación, el paso de la adolescencia a la madurez queda plasmado en “Una pena de amor”, de Grecia Cáceres, con buen estilo pero de nuevo: demasiado obvio, demasiado igual. Exactamente lo mismo ocurre con Giselle Klatic Salem y “Las dos orillas”, cuento predecible donde los haya.

Ya casi en el final, cerramos satisfechas: María Luisa del Río Labarthe por fin nos habla del Perú como de un país real, por fin Perú está incluido en el cuento -los cuentos, porque se trata de una antología de micro relatos compuesta por: “Ayahuasquitar”, “Te explico cómo llegar”, “Yo tenía diez gallinas”, “Callejón oscuro”, “No mires atrás” y “Hoy vi a mi abuela”-, con su realidad, su belleza, su miseria aplastante. Es la única autora que habla de su país como si lo conociera, como si en verdad quisiera transmitirlo al mundo. Y por fin, un poco sin venir a cuento: Mónica Belevan, única en la antología que no ofrece su cara junto a su breve biografía, cuenta en estilo original y potente los últimos días de Rimbaud en Adén, con la pierna gangrenada y sus últimos estertores de desprecio, lujuria y muerte. “Trouvez Hortense”: un cuento impecable. Y el único narrador-protagonista hombre de la colección. Bravo.

Violeta Entrerríos nació en Madrid, es doctora en literatura, coedita frecuEncia uRbe y forma parte del equipo editorial de HermanoCerdo.

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