Cuento • Enero 2009

Reconocí sus calzones

Manzana

Por Viviana Moya Cañoles

Crecí en la última ciudad del país. Así le decíamos con mi hermana: la última ciudad. Mi papá trabajaba en servicios aduaneros y cuando mi hermana nació, lo nombraron jefe de las oficinas del sur del país. Se trasladaron. A los seis años, una bacteria asesina contaminó el ganado de la región y la mujer de mi padre fue una de las víctimas. A los tres meses de enviudar, se casó con mi madre, hija del alcalde la ciudad, y, al año, nací yo. En la última ciudad.

Mi hermana decía que yo era la era reencarnación de su madre. Yo no entendía qué era reencarnarse. Me imaginaba que era como tener dos carnes, y, cuando en el colegio las monjas nos decían que las personas estábamos formadas de cuerpo y alma, yo pensaba que tenía dos cuerpos. Cuerpo y Cuerpo. Uno de niña y otro de mujer, de la primera mujer de mi padre, que circulaba en algún lugar del mundo. Ese pensamiento hizo que siempre obedeciera sumisamente a mis progenitores porque, por un lado, sentía que debía una lealtad doble a mi padre y, por otro, que con solo nacer había traicionado a mi madre.

Nos educaron en un colegio católico para mujeres. No éramos religiosos pero la iglesia, en la última ciudad del país, era dueña de la mejor educación. Así que la fe fue algo que aprendí como las fechas de historia y geografía: de memoria y sin cuestionar.

Siempre me esforcé mucho en mis estudios. Me sentaba en el primer puesto de la sala, al lado de una niña rubia, cuyos padres eran alemanes de segunda generación, que era la mejor alumna del curso. No hablaba mucho, pero a mí me agradaba. Era amable. Durante las clases nos concentrábamos en los mensajes de los profesores y en los recreos nos sentábamos en el patio a comer manzanas. Ella siempre llevaba dos: una verde y una roja. Me regalaba todas las rojas. Siempre las preferí. No hablábamos casi nada. Todas las mañanas, en el segundo recreo, sacaba las frutas de su bolsa de tela celeste, y me pasaba una manzana roja. Yo le daba las gracias. Y guardábamos silencio. Ese era el momento del día que más disfrutaba porque, mientras mascaba y masticaba, me abandonaba a mis pensamientos que la mayoría de las veces trataban sobre dónde estaría mi otro cuerpo, sobre qué estaría haciendo. A veces también me preguntaba por qué yo no tenía alma. Esa idea me entristecía mucho. El recreo duraba quince minutos. Mi amiga me enseñó a hacer durar una manzana once minutos exactos. Al minuto doce, nos parábamos y botábamos las corontas a la basura e íbamos al baño. Para cuando sonaba la campana, nosotras ya estábamos sentadas en nuestros puestos. Siempre los primeros puestos.

En las tardes hacía mis tareas, jugaba con mi perro, y a las siete de la noche veía la teleserie con mi madre y mi hermana. Ellas siempre conversaban mucho. Me gustaba escucharlas. Mi hermana era muy inteligente, eso decían todos. Yo también lo creía. Era la mejor de su curso pero no estudiaba tanto como yo. Era presidenta del centro de alumnos del colegio, capitana del equipo de voleibol y tenía un novio muy guapo que sólo una vez fue a la casa. Él iba al colegio de hombres de la ciudad. El de los curas. Era rubio, como mi compañera de puesto. Mi padre llegaba a las nueve de la noche después de su trabajo, y no le gustaba la presencia de hombres en su ausencia. Yo a esa hora ya estaba acostada. Me gustaba escuchar el sonido de sus pasos subiendo las escaleras. Me imaginaba el regreso de mi otro cuerpo. Primero, entraba al dormitorio de mi hermana y se quedaba con ella unos quince minutos. Después, entraba al mío -yo sentía como me miraba mientras me hacía la dormida-, apagaba la luz del pasillo y bajaba a cenar. Nunca pude escuchar lo que hablaba con mi hermana. Una vez me paré al lado de la puerta para tratar de oír, pero mi perro entró corriendo e hizo que cayera contra la pared. Me pegué tan fuerte en la cabeza que lancé un grito. Cuando me preguntaron qué había pasado, respondí que iba al baño y justo el Negro, mi perro, entró y me botó. Fue la primera vez que mentí. Nunca lo había hecho, me daba miedo. Todos siempre decían que mentir era malo. Yo no me sentí mal ni nada. La noche siguiente, mi padre no subió las escaleras.

Mi hermana era de esas personas nacen con la estrella de la suerte. Eso, al menos, era lo que decía siempre mi madre, porque -aparte de la muerte de la suya- nunca había sufrido ningún traspié. Era la primera en todo y la más bonita. Yo, sin ser fea, no alcanzaba ni la mitad de su belleza. Pero lo que más resaltaba era su amabilidad. Saludaba a todo el mundo y siempre estaba dispuesta a ayudar. Era como esas mujeres de los comerciales de supermercado que pasaban por televisión. Perfecta. Mi padre siempre lo decía. Yo, por mi parte, consideraba que qué se muera tú mamá no era nada bueno. Pero jamás le decía a nadie lo que pensaba.

Al salir del colegio mi hermana quedó en la mejor escuela de medicina del país. Partiría en marzo a la universidad y dejaría la última ciudad. Esa noticia me entristeció mucho. Me quedaría sola con mi amiga rubia que no hablaba. Como cumplía los dieciocho años la semana anterior a su partida, mi papá organizó una gran fiesta de cumpleaños-despedida. Mis padres eran -lo que puede llamarse- personas importantes (para lo que se entendía por importante en la última ciudad del país) y conocían a mucha gente. La casa estaba llena, recuerdo. Me dijeron que podía invitar a quién quisiese, y como no tenía más amigas que mi compañera de puesto, la invité. Fue con sus padres quienes eran más rubios que ella. Y con su hermano quien, para mi sorpresa, era el novio de mi hermana. Nunca más conocí gente más rubia que ellos.

Mi amiga cargaba su bolsa de tela en la muñeca. Me mostró las manzanas en su interior. Habían cuatro pero solo verdes.

-No quedaban rojas en mi casa.

Le dije que no importaba, que, de todas formas, en las noches nunca comía manzanas.

-Pero mi mamá me dijo que te las regalara.

Jamás la había escuchado hablar una frase tan larga. Sólo en las disertaciones de Ciencias Naturales, así que acepte su regalo.

-Pero las comeré mañana -le dije.

Nos sentamos a mirar a la gente que bailaba en el patio. Todavía era verano así que aún no hacía frío en la última ciudad. Recuerdo ver como mis padres se emborrachaban. Estaban felices y yo me contagié de su alegría. Ellos se reían, y yo tiraba una carcajada más fuerte. Bailaban salsa girando alrededor de la mesa de la terraza, y yo movía mis pies imitando sus pasos. Incluso mi amiga rubia empezó a seguir el ritmo de la música. Todos parecían estar pasándola fenomenal.

-Comamos una manzana a medias -me dijo.

Acepté.

Fui a la cocina a buscar un cuchillo para dividir la fruta. Mientras buscaba en los cajones, escuché unas voces en el comedor. Abrí la puerta, y vi a mi hermana besándose con su novio tras la galería. Me quedé mirando hipnotizada. Jamás había visto algo así. Sólo en las teleseries de las tardes, pero esos besos no eran de verdad. La galería era una reliquia de la familia de mi hermana; había sido de su madre y, antes, de su abuela. Los cuerpos de ambos se reflejaban en los vidrios que conformaban las puertas del mueble. Estaba oscuro pero el pelo amarillo de él brillaba intenso. Me hubiese gustado que mi pelo, en vez de castaño, hubiese sido como el de él. Quizás el de mi otro cuerpo era dorado. Quizás era colorín. Mi hermana empezó a gemir suavemente mientras él la besaba. Me asusté, nunca había escuchado un sonido como ese (años más tarde descubriría que no era miedo lo que esa noche sentí). La mano de él subió su vestido. Reconocí sus calzones. Eran blancos con encajes en los bordes y una flor roja bordada en el medio. Yo tenía los mismos, los había bordado mi madre. Mientras me maldecía por no haber usado esa noche mis calzones con flor roja bordada, mi hermana perdía los suyos. Mi corazón latió más rápido, como cuando corría pero a la vez distinto.

Viviana Moya Cañoles nació el 20 de enero de 1982 y vive en Santiago de Chile.

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