Ensayo • Enero 2009

Los compromisos de la ciencia ficción

Cómo construir un universo que no se derrumbe en dos días

Por Philip Kinred Dick

Flying Machine, por Andrew Dillon
(Oleo en Lienzo)

Este texto fue publicado antes en HermanoCerdo 10. Lo recuperamos para esta edición en línea.

Primero, antes de empezar a aburrirlos con el tipo de cosas que los escritores de ciencia ficción dicen en discursos, permítanme ofrecerles saludos oficiales a nombre de Disneylandia. Yo me considero un representante de Disneylandia porque vivo a pocas millas de allí -y, como si fuera poco, una vez tuve el honor de ser entrevistado en ese lugar por Paris TV.

Por muchas semanas tras la entrevista estuve muy enfermo y confinado en cama. Creo que fueron las tazas giratorias. Elizabeth Antebi, que era la productora de la película, quería que yo girara dentro de una de esas tazas de té gigantes mientras discutía el auge del fascismo con Norman Spinrad… un viejo amigo que escribe excelente ciencia ficción. También discutimos Watergate, pero eso lo hicimos a bordo del Barco Pirata del Capitán Garfio. Pequeños niños luciendo gorritos de Mickey Mouse -esos gorros negros con las orejas- continuaron corriendo hacia nosotros y atropellándonos al tiempo que las cámaras se movían, y Elizabeth hacía preguntas inusitadas. Norman y yo, preocupados por deshacernos de los niños, dijimos cosas extraordinariamente estúpidas ese día. Hoy, sin embargo, tendré que aceptar toda la culpa por lo que les diga, pues ninguno de ustedes luce gorritos de Mickey Mouse ni trata de escalarme creyendo que soy parte del equipamiento de un barco pirata.

Los autores de ciencia ficción, lo siento, realmente no saben nada. No podemos hablar sobre ciencia, porque nuestro conocimiento de la misma es limitado y no-oficial, y usualmente nuestra ficción es lamentable. Hace pocos años, ningún college o universidad consideraría invitar alguno de nosotros a hablar. Éramos misericordiosamente confinados a espeluznantes magazines de historietas, no impresionábamos a nadie. En aquellos días, mis amigos me decían, “¿Pero estás escribiendo alguna cosa seria?” queriendo decir “¿Estás escribiendo alguna cosa distinta de ciencia ficción?”. Nosotros deseábamos ser aceptados. Ansiábamos ser tomados en cuenta. Y entonces, de pronto, el mundo académico nos tomó en cuenta, fuimos invitados a dar charlas y a formar parte de páneles -que permitieron evidenciar de inmediato nuestra idiotez. El problema es simple: ¿Qué es lo que sabe un escritor de ciencia ficción? ¿En qué temas es una autoridad?

Esto me recuerda un titular que apareció en un diario californiano justo antes de volar acá. CIENTÍFICOS AFIRMAN QUE LOS RATONES NO PUEDEN SER TRANSFORMADOS PARA LUCIR COMO SERES HUMANOS. Era un programa de investigación subvencionado federalmente, supongo. Ahora piensen: Alguien en este mundo es una autoridad en el tema de si es posible o no que los ratones usen zapatos de dos colores, sombreros derby, camisas de rayas, pantalones Decron, y pasen por humanos.

Pues bien, voy a contarles qué me interesa, qué considero importante. No puedo afirmar que soy una autoridad en ninguna cosa, pero puedo decir con honestidad que algunas cosas me fascinan por completo, y que escribo sobre ellas todo el tiempo. Los dos temas que me despiertan fascinación son “¿Qué es la realidad?” y “¿Qué constituye el auténtico ser humano?”. Durante los veintisiete años que llevo publicando novelas y relatos he investigado estos dos temas interrelacionados una y otra vez. Me parece que son asuntos importantes. ¿Qué somos? ¿Qué es eso que nos rodea y que llamamos el no-yo, o el mundo empírico o fenomenológico?

En 1951, cuando vendí mi primer relato, no tenía idea de que esos asuntos fundamentales se pudieran tratar desde el campo de la ciencia ficción. Empecé a acercarme a ellos inconscientemente. Mi primer relato trataba de un perro que imaginaba que los hombres de la basura, que venían cada viernes por la mañana, estaban robando comida valiosa que la familia cuidadosamente guardaba a salvo en un contenedor de metal. Cada día, miembros de la familia llevaban bolsas de papel con buena comida, las ponían en el contenedor de metal, cerraban la tapa firmemente – y cuando el contenedor se llenaba, esas horribles criaturas venían y robaban todo menos el contenedor.

Al final, en el relato, el perro empieza a imaginar que un día los hombres de la basura van a comerse a la gente de la casa, así como robar su comida. Por supuesto, el perro está equivocado. Todos sabemos que los hombres de la basura no comen gente. Pero la extrapolación del perro era en algún sentido lógica -dados los hechos a su disposición. El relato era sobre un perro de verdad, y yo me dedicaba a mirarlo y tratar de introducirme en su cabeza e imaginar cómo veía el mundo. Ciertamente, decidí, ese perro veía el mundo de una manera bastante distinta de la mía, o la de cualquier humano. Y luego comencé a pensar, Tal vez cada ser humano vive en un mundo único, un mundo privado, un mundo distinto de aquellos habitados y experimentados por los otros humanos. Y eso me llevó a preguntarme, ¿Si la realidad es distinta de persona a persona, podemos hablar de una única realidad, o deberíamos hablar de realidades plurales? ¿Y si hay realidades plurales, hay unas que sean más verídicas (más reales) que otras? ¿Qué hay del mundo de un esquizofrénico? Quizás es tan real como el nuestro. Quizás no podemos decir que estamos en contacto con la realidad y él no, sino decir, en cambio, Su realidad es diferente de la nuestra y él no está en capacidad de explicárnosla, así como nosotros no podemos explicarle la nuestra. El problema, entonces, es que si los mundos subjetivos son experimentados de maneras tan diversas, esto implica un rompimiento comunicativo… y ahí radica la verdadera enfermedad.
Una vez escribí una historia sobre un hombre que era herido y llevado a un hospital. Cuando empezaban a operarlo, descubrían que era un androide, no un humano, pero él no lo sabía. Ellos debían revelarle la verdad. Casi al tiempo, el señor Garson Poole descubrió que su realidad consistía de una cinta agujereada que viajaba de carrete a carrete en su pecho. Fascinado, empezó a llenar algunos de los agujeros y a añadir otros más. De inmediato, su mundo cambió. Una bandada de patos voló a través de la habitación cuando abrió un nuevo agujero en la cinta. Finalmente, cortó la cinta de pleno, y el mundo desapareció. Sin embargo, también desaparecieron los otros personajes de la historia… lo que no tiene sentido si piensan un poco. A menos que los otros personajes fueran fragmentos de su fantasía de la cinta agujereada. Eso eran, me imagino.

Siempre tuve la esperanza, cuando escribía novelas e historias donde surgía la pregunta “¿Qué es la realidad?”, que alguna vez obtendría una respuesta. Esta era la esperanza de muchos de mis lectores, también. Los años pasaron. Escribí más de treinta novelas y alrededor de cien historias, y seguía sin saber qué era real. Un día una estudiante universitaria en Canadá me pidió que le definiera la realidad, era para un artículo que escribía en su clase de filosofía. Ella quería una respuesta de una sola frase. Yo pensé al respecto y finalmente dije, “La realidad es lo que no se esfuma cuando dejas de creer en ello.” Esto fue todo lo que pude decir. Era 1972. Desde entonces no he sido capaz de definir la realidad de una manera más lúcida.

Pero el problema es real, no un mero juego intelectual. Porque hoy vivimos en una sociedad en la cual realidades espurias son creadas por los medios, por los gobiernos, por las grandes corporaciones, por los grupos religiosos, grupos políticos -y existe el hardware electrónico necesario para llevar estos pseudo-mundos directamente a las cabezas del lector, del espectador, del oyente. Algunas veces cuando observo a mi hija de once años ver televisión, me pregunto que le están enseñando. El problema es el desvío de la señal; piensen en eso. Un programa de televisión producido para adultos es visto por un niño pequeño. La mitad de lo dicho y hecho en un drama televisivo es probablemente malinterpretado por el niño. Quizás todo es malinterpretado. Y la cosa es, ¿Cuán autentica es la información de cualquier modo, aun si el niño la entiende correctamente? ¿Cúal es la relación entre el sitcom promedio y la realidad? ¿Qué hay de los programas de policías? Coches que continuamente se desbocan fuera de control, se estrellan e incendian. La policía siempre es buena y siempre gana. No ignoren ese punto: La policía siempre gana. ¿Cuál es la lección? Tú no debes confrontar la autoridad, y si lo haces, perderás. El mensaje ahí es, sé pasivo. Y coopera. Si el oficial Baretta te pide información, dásela, porque el oficial Baretta es un buen hombre y es de fiar. Él te ama, y tú debes amarlo.

Y entonces yo me pregunto, en mi escritura, ¿Qué es real? Porque incesantemente somos bombardeados con pseudo-realidades creadas por gente muy sofisticada usando mecanismos muy sofisticados. Yo no desconfío de sus razones; desconfío de su poder. Tienen mucho. Y es un poder inmenso: ese de crear universos enteros, universos de la mente. Yo lo tengo que saber, hago lo mismo. Mi trabajo es crear universos, una novela tras otra. Y debo construirlos de tal manera que no se derrumben a los dos días. O al menos eso es lo que mis editores esperan. Sin embargo, les voy a revelar un secreto: A mí me gusta construir universos que se derrumban. Me gusta verlos deshacerse, y me gusta ver cómo los personajes en las novelas lidian con ese problema. Tengo un amor secreto por el caos. Debería haber más. No crean -y lo digo en serio- no asuman que el orden y la estabilidad son siempre buenos, en una sociedad o en un universo. Lo viejo, lo caduco, siempre debe hacer espacio a nuevas vidas y el nacimiento de nuevas cosas. Antes de que las nuevas cosas nazcan, las viejas deben perecer. Reconocer esto es peligroso, porque nos dice que nosotros, tarde o temprano, partiremos con gran parte de lo que nos es familiar. Y eso duele. Pero eso hace parte del guión de la vida. A menos que seamos capaces de acomodarnos psicológicamente al cambio, empezamos a morir. Lo que quiero decir es que los objetos, las costumbres, los hábitos, y modos de vida deben perecer para que el autentico ser humano pueda vivir. Y es el ser humano auténtico quien más importa, el organismo viable y elástico que puede rebotar, absorber, y hacer frente a lo nuevo.

Por supuesto, yo digo esto porque vivo cerca a Disneylandia, y ellos siempre están añadiendo nuevas atracciones y destruyendo las viejas. Disneylandia es un organismo que evoluciona. Por años tuvieron el Simulacro de Lincoln, y, como Lincoln mismo, era sólo una forma temporal que la materia y la energía tomaron y luego perdieron. Lo mismo es cierto para cada uno de nosotros, nos guste o no.

El filósofo griego presocrático Parménides enseñó que las únicas cosas que eran reales eran aquellas que nunca cambiaban… y el filósofo griego presocrático Heraclito enseñó que todo cambia. Si superponemos sus dos puntos de vista, obtenemos lo siguiente: Nada es real. Hay una continuación fascinante en esta linea: Parménides no podía haber existido porque envejeció, murió y desapareció, luego, de acuerdo a su filosofía, no existió. Y Heráclito debía tener razón -no lo olvidemos; y si Heráclito estaba en lo correcto, entonces Parménides sí existió, y por tanto, de acuerdo a la filosofía de Heráclito, tal vez Parménides tenía razón, pues Parménides cumplía las condiciones, el criterio, por el cual Heráclito declaraba las cosas reales.

Les presento esto para sencillamente demostrarles que tan pronto como te preguntas qué es finalmente real, inmediatamente empiezas a decir sinsentidos. Zenón probó que el movimiento era imposible (de hecho, sólo imaginó que lo había probado; lo que le faltaba era eso que técnicamente es llamado la “teoría de los límites”). David Hume, el más grande escéptico, una vez comentó que luego de un encuentro de escépticos para proclamar la veracidad del escepticismo como filosofía, todos los presentes de todas maneras salieron por la puerta en lugar de por la ventana. Yo entiendo lo que quería decir Hume. Era sólo discurso. Los solemnes filósofos no tomaban en serio lo que decían.

Pero considero que el problema de definir qué es real es un tema serio, incluso un tema vital. Y allí dentro, en algún lugar, está el otro tema, la definición del humano auténtico. Porque el bombardeo de pseudo-realidades empieza a producir humanos que no son auténticos rápidamente, humanos espurios -tan falsos como la información que los acosa por todos los flancos. Mis dos temas son realmente uno solo; se unen en este punto. Las realidades falsas crearán humanos falsos. O, los humanos falsos generarán realidades falsas y luego las venderán a otros humanos, convirtiéndolos, tarde que temprano, en falsificaciones de sí mismos. Y así terminamos con humanos falsos inventando realidades falsas y luego arrojándolas a otros humanos falsos. Es sólo una versión a gran escala de Disneylandia. Puedes tener el viaje pirata o el simulacro de Lincoln o el viaje salvaje del señor sapo- puedes tenerlos todos, pero ninguno es verdadero.

En mis escritos me interesé tanto por las falsificaciones que al final se me ocurrió el concepto de las falsificaciones falsas. Por ejemplo, en Disneylandia hay pájaros falsos que funcionan con motores eléctricos que emiten graznidos y silbidos cuando pasas junto a ellas. Supongamos que una noche nos metemos en el parque con pájaros reales y los sustituimos por los artificiales. Imaginen el horror de los encargados de Disneylandia cuando descubran la broma cruel. ¡Pájaros reales! Y tal vez otro día incluso hipopótamos y leones reales. Consternación. El parque es astutamente transmutado de lo irreal a lo real, por fuerzas siniestras. Por ejemplo, suponga que el Matterhorn se convirtiera en una montaña nevada genuina. ¿Qué tal que el lugar entero, por un milagro producido por la sabiduría y el poder de Dios, fuera cambiado, en un momento, en un parpadeo, en algo incorruptible? Ellos deberían cerrar.

En el Timeo de Platón, Dios no crea el universo, como hace el dios cristiano; Él simplemente lo encuentra un día. Está en un estado de caos absoluto. Dios se pone manos a la obra en la transformación del caos en orden. Esa idea me atrae, y yo la he adaptado a mis necesidades intelectuales: ¿Qué sucedería si nuestro universo se iniciara como algo no del todo real, una especie de ilusión, como la religión Hinduista enseña, y Dios, debido a su amor y cariño por nosotros, lo estuviera transmutando lentamente, lentamente y secretamente, en algo real?

Nosotros no seríamos conscientes de esta transformación, ya que no seríamos capaces de notar que nuestro mundo es, para empezar, una ilusión. Esta es, técnicamente, una idea Gnóstica. El Gnosticismo es una religión que agrupó judíos, cristianos y paganos por varios siglos. Yo he sido acusado de sostener ideas gnósticas. Supongo que es así. En otro tiempo habría sido enviado a la hoguera. Pero algunas de sus ideas me intrigan. Una vez, cuando estaba investigando sobre Gnosticismo en la Britannica, encontré una mención de un codex gnóstico titulado El Dios irreal y los aspectos de su universo inexistente, una idea que me redujo a inaguantables carcajadas. ¿Qué tipo de persona podría escribir sobre algo que sabía que no existía, y cómo algo que no existía podría tener aspectos? Pero entonces me di cuenta que yo llevaba escribiendo sobre esos asuntos por venticinco años. Me imagino que puedes decir muchas cosas cuando escribes sobre algo que no existe. Un amigo una vez publicó un libro llamado Serpientes de Hawaii. Unas cuantas bibiotecas le escribieron solicitando copias. Y bueno, no hay serpientes en Hawaii. Todas las páginas de su libro estaban en blanco.

Por supuesto, en ciencia ficción no se pretende que los mundos descritos sean reales. Por eso lo llamamos ficción. Al lector le es advertido con anticipación que no crea lo que está por leer. De la misma manera, los visitantes de Disneylandia saben que el señor Sapo no existe y que los piratas son animados usando motores y mecanismos asistidos, transmisiones y circuitos electrónicos. No hay engaño.

Y lo raro es que, de alguna manera, de alguna manera concreta, mucho de lo que ocurre bajo el rótulo de “ciencia ficción” es real. Puede no ser literalmente real, supongo. Nosotros no hemos sido realmente invadidos por creaturas de otro sistema estelar, como muestra Encuentros cercanos de tercer tipo. Los productores no pretendían que lo creyéramos. ¿O sí?

Y, más importante, si ellos pretendían afirmar esto, ¿es verdad? Ese es el punto: No, El autor o el productor cree eso, pero, ¿y si es verdad? Porque, accidentalmente, en la búsqueda de un buen rollo, un autor de ciencia ficción o un productor o un guionista podría chocarse con la verdad… y sólo más tarde darse cuenta.

La herramienta básica de manipulación de la realidad es la manipulación de las palabras. Si puedes controlar el significado de las palabras, puedes controlar las personas que las usan. George Orwell lo hizo evidente en su novela 1984. Pero otra manera de controlar las mentes de la gente es controlar sus percepciones. Si logras que vean el mundo tal y como tú lo ves, van a pensar como tú piensas. La comprehensión sigue a la percepción. ¿Cómo logras que vean la misma realidad que tú? Después de todo, es sólo una realidad entre tantas otras. Las imágenes son un constituyente básico. Por eso es que el poder de la televisión para influenciar mentes jóvenes es tan vasto. Las palabras y las imágenes son sincronizadas. La posiblidad de controlar totalmente al espectador existe, especialmente si el espectador es joven. Ver televisión es una forma de aprendizaje hipnopédico. Un electroencefalograma de una persona que ve televisión muestra que luego de una media hora el cerebro decide que nada sucede, y pasa a un estado entre hipnótico y crepuscular, emitiendo ondas alfa. Esto sucede porque hay muy poco movimiento ocular. Adicionalmente, gran parte de la información es gráfica y por tanto es enviada al hemisferio derecho del cerebro, en lugar de ser procesada por el izquierdo, donde la personalidad consciente está localizada. Experimentos recientes indican que una buena parte de lo que vemos en la pantalla de televisión es recibido de manera subliminal. Sólo imaginamos que lo vemos conscientemente. Muchos de mensajes evaden nuestra atención; literalmente, luego de unas pocas horas de televisión, no sabemos qué hemos visto. Nuestros recuerdos son espurios, como el recuerdo de sueños; los vacios son llenados retrospectivamente. Y falsificados. Patricipamos sin saberlo en la creación de una realidad espuria, y luego nos la tragamos. Convivimos con nuestra propia perdición.

Y -y esto lo digo como un escritor de ficción profesional- los productores, guionistas, y directores que crean esos mundos de video y audio no saben cuanto de su contenido es verdadero. En otras palabras, son víctimas de su propio producto, junto con nosotros. En mi caso, yo no sé cuanto de lo que escribo es verdadero, o qué partes (si alguna) son verdaderas. Esta es una situación potencialmente letal. Tenemos a la ficción mimetizandose en realidad y la realidad mimetizandose en ficción. Tenemos un peligrosa sobreposición, una peligrosa zona borrosa. Y seguramente no es deliberado. De hecho, ese es parte del problema. Tú no puedes obligar a un autor a rotular correctamente su producto, como un envase de pudding cuyos ingredientes están listados en la etiqueta…. no puedes forzarlo a declarar qué partes son verdad y cuales no si él no lo sabe.

Es espeluznante escribir una novela, creyendo que es pura ficción, y descubrir luego -años más tarde- que era verdad. Quisiera darles un ejemplo. Es algo que no entiendo. Tal vez a ustedes se le ocurra alguna teoría. Yo no la he encontrado.

En 1970 escribí una novela llamada Fluyan mis lágrimas, dijo el policía. Uno de los personajes es una chica de diecinueve años llamada Kathy. Su esposo se llama Jack. Kathy supuestamente trabaja en el bajo mundo del crimen, pero más tarde, a medida que avanzamos en la novela, descubrimos que de hecho ella trabaja para la policía. Tiene una relación con un inspector de policía. El personaje es pura ficción. O al menos eso pensaba que era.

Como sea, en navidad de 1970 yo conocí a una chica llamada Kathy -esto fue luego de terminar mi novela, claro. Ella tenía diecinueve años. Su novio se llamaba Jack. Pronto descubrí que Kathy vendía drogas. Dediqué meses a intentar que ella dejara ese oficio; le dije una y otra vez que podría ser atrapada. Luego, una noche que fuimos a un restaurante, Kathy nos detuvo y dijo, “No puedo entrar.” Sentado en el restaurante estaba un inspector de policía que yo conocía. “Tengo que ser sincera con ustedes,” dijo Kathy. “Yo tengo una relación con él.”

Ciertamente, esas son coincidencias extrañas. Puede ser precognición. Pero el misterio sólo aumenta; lo siguiente que ocurrió me desconcierta totalmente. Llevo así cuatro años.

En 1974 la novela fue publicada por Doubleday. Una tarde que hablaba con mi pastor -Soy miembro de la iglesia episcopal- y le mencioné por alguna razón una escena importante cerca al final de mi novela en la que el personaje Felix Buckman se encuentra con un hombre negro desconocido en una estación de gasolina de jornada continua, y empiezan a hablar. A medida que describía la escena en más y más detalle, mi pastor se tornó progresivamente más nervioso, hasta que finalmente dijo, “Esa es una escena de Hechos de los Apóstoles, ¡de la Biblia! En Hechos, la persona que se encuentra con el negro en el camino es Philip -tu nombre.” El padre Rasch estaba tan sorprendido con el parecido que no fue capaz de encontrar la escena en su Biblia. “Lee Hechos,” me indicó. “Estarás de acuerdo. Es la misma escena hasta en el más mínimo detalle.”

En casa leí la escena en Hechos. Sí, el padre Rasch tenía razón; la escena de mi novela era un recuento obvio de la escena en Hechos… y yo nunca había leido Hechos, debo admitir. Pero, de nuevo, el acertijo se hace más profundo. En Hechos, el alto oficial romano que arresta e interroga a San Pablo se llama Felix -el mismo nombre de mi personaje. Y mi personaje Felix Buckman es un general de policía de alto rango; de hecho, en mi novela él tiene el mismo cargo que Felix en el Hechos de los Apóstoles: es la autoridad última. Hay una conversación en mi novela que se parece mucho a uno entre Felix y Pablo.

Y bueno, yo decidí buscar más similaridades. El personaje principal de mi novela se llama Jason. Busqué en el índice de la Biblia si alguien llamado Jason aparecía. No recordaba nadie con ese nombre. Resultó que un hombre llamado Jason aparece una y sólo una vez en la Biblia. Es en Hechos de los Apóstoles. Y, para llenarme aún más con coincidencias, en mi novela Jason escapa de las autoridades y se esconde en la casa de alguien, y en Hechos el hombre llamado Jason acoge a un fugitivo de la ley en su casa -una inversión exacta de la situación en mi novela, como si el misterioso Espíritu responsable de todo esto se estuviera burlando de lo que ocurría.

Felix, Jason, y el encuentro en el camino con el hombre negro que es un completo desconocido. En Hechos, El discípulo Philip bautiza al hombre negro, quien luego deja el lugar lleno de gozo. En mi novela, Felix Buckman se acerca al negro en búsqueda de apoyo emocional, porque la hermana de Felix Buckman recién ha muerto y él está destrozado psicológicamente. El negro anima el espíritu de Buckman y aunque Buckman no se va lleno de gozo, al menos deja de llorar. Él escapa de su casa, compungido por la muerte de su hermana, y tiene que acercarse a alguien, cualquiera, incluso un completo desconocido. Es un encuentro entre dos desconocidos en el camino que cambia la vida de uno de ellos -tanto en mi novela como en Hechos. Y un toque final del misterioso Espíritu: el nombre Felix significa “Feliz” en latín. Cosa que yo no sabía cuando escribí la novela.

Un estudio cuidadoso de mi novela muestra que por razones que yo no puedo explicar yo había logrado recontar varias de los incidentes básicos de un libro específico de la Biblia, e incluso había elegido los nombres correctos. ¿Cómo explicar esto? Eso fue hace cuatro años. Por cuatro años he intentado encontrar una teoría y no he podido. Dudo que algún día pueda.

Pero el misterio no termina allí, como imaginé. Hace dos meses caminaba, ya entrada la noche, hacia el buzón de correo para enviar una carta, y también para disfrutar la vista de la iglesia de San José, que está al frente de mi edificio. Vi un hombre vagando sospechosamente junto a un coche estacionado. Lucía como si intentara robar el coche, o tal vez algo de él. Cuando regresaba del buzón, el hombre se escondía tras un árbol. Impulsivamente caminé hacia él y le pregunté, “¿Ocurre algo?”

“Me quedé sin gasolina,” dijo el hombre. “Y no tengo dinero.”

Increiblemente, porque nunca había hecho esto antes, saqué mi billetera, tomé todo el dinero que tenía y se lo entregué. Él me dio la mano y luego me preguntó dónde vivía, para poder pagarme el dinero luego. Yo regresé a mi apartamento, y luego me di cuenta que el dinero no le serviría de nada, pues no había una estación de gasolina a la que pudiera llegar caminando. Así que regresé allí, en mi coche. El hombre tenía un recipiente de metal en el baul del suyo, y, juntos, fuimos en el mío hasta una estación de gasolina de jornada continua. Pronto estábamos ahí, dos desconocidos, mientras el encargado llenaba el recipiente de metal. De repente me di cuenta de que esta era la escena de mi novela -la novela que había escrito ocho años atrás. La estación de gasolina abierta toda la noche era exactamente como la había imaginado cuando escribía la escena -la destellante luz blanca, el encargado- y entonces vi algo que no había notado antes. El desconocido que estaba ayudando era negro.

Regresamos hasta su coche con la gasolina, nos dimos la mano, y luego yo regresé a mi edificio. Nunca lo volví a ver. Él no pudo pagarme porque yo no le dije cuál de los apartamentos era el mío o cuál era mi nombre. Fui terriblemente conmovido por esa escena. Había vivido, literalmente, una escena tal y como aparecía en mi novela. Es decir, había vivido una replica de la escena en Hechos donde Philip se encuentra con el hombre negro en el camino.

¿Cómo explicar todo esto?

La respuesta que se me ha ocurrido puede no ser correcta, pero es la única que tengo. Tiene que ver con el tiempo. Mi teoría es la siguiente: En algún sentido importante, el tiempo no es real. O tal vez sí es real, pero no tal como lo experimentamos o como lo imaginamos que es. Tuve una certidumbre aguda y abrumadora (y todavía la tengo) de que pese a todo el cambio que vemos, un paisaje específico yace bajo el mundo cambiante: y ese paisaje invisible es el de la Biblia; es, específicamente, el período inmediatamente subsiguiente a la muerte y resurrección de Cristo; es, en otras palabras, aquel cuando ocurren los Hechos de los Apóstoles.

Parménides estaría orgulloso de mí. He mirado fijamente el mundo en cambio constante y he declarado que bajo él yace lo eterno, lo inamovible, lo absolutamente real. ¿Pero qué ha ocurrido? ¿Si el momento real es cercano a 50 D.C., entonces por qué vemos 1978 D.C? ¿Y si realmente vivimos en el Imperio Romano, en algún lugar en Siria, por qué vemos los Estados Unidos?

Durante la edad media, una teoría curiosa vio la luz, se las voy a presentar tal y como es. Es la teoría de que el Maligno -Satán- es el “Simio de Dios”. Él crea imitaciones espurias de la creación, de la creación auténtica de Dios, y luego las intercambia por aquella creación auténtica. ¿Explica esta rara teoría mi experiencia? ¿Debemos creer que hemos sido cegados, que hemos sido engañados, que no es 1978 sino 50 D.C…. y que Satán ha creado una realidad falsificada para debilitar nuestra fé en el retorno de Cristo?

Me imagino siendo examinado por un psiquiatra. El psiquiatra dice, “¿En qué año estamos?”. Y yo respondo, “50 D.C.” El psiquiatra parpadea y luego pregunta, “¿Y dónde estás tú?” Yo respondo, “En Judea.” “¿Dónde diablos es eso?” pregunta el psiquiatra. “Es parte del imperio romano,” tendría que responder. “¿Tú sabes quién es el presidente?” me preguntaría el psiquiatra, y yo respondería, “El procurador Felix.” “¿Estás seguro?” preguntaría el psiquiatra, mientras envía una señal discreta a dos inmensos enfermeros. “Sip,” respondería. “A menos que Felix haya dimitido y haya sido reemplazado por el Procurador Festus. Lo que pasa es que San Pablo fue capturado por Felix debido -” “¿Quién te dijo todo esto?” preguntaría de imprevisto el psiquiatra, irritado, y yo respondería, “El Espíritu Santo.” Y después de eso yo terminaría en la habitación acolchada, mirando hacia afuera, y sabiendo exactamente cómo había llegado a ese lugar.

Todo lo dicho en esa conversación podría ser verdad, en algún sentido, aunque palpablemente falso en otro. Yo sé perfectamente bien que estamos en 1978 y que Jimmy Carter es el presidente y que yo vivo en Santa Ana, California, en los Estados Unidos. Yo incluso sé cómo llegar de mi apartamento a Disneylandia, algo que aparentemente soy incapaz de olviar. Y seguro que Disneylandia no existía en el tiempo de San Pablo.

Por eso, si me fuerzo a ser racional y razonable, y todas esas cosas buenas, debo admitir que la existencia de Disneylandia (que yo sé que es real) prueba que no vivimos en Judea en 50 D.C. La idea de San Pablo dando vueltas en unas tazas de té gigantes mientras escribe la primera carta a los Corintios al tiempo que Paris TV lo filma – eso no puede ser. San Pablo nunca iría a Disneylandia. Sólo niños, turistas, y altos oficiales Soviéticos van a Disneylandia. Los santos no.

Pero de alguna manera ese materíal bíblico se introdujo a mi inconsciente y se arrastró hasta mi novela, y también es verdad que, por alguna razón, en 1978 yo reviví una escena que había descrito en 1970. Lo que quiero decir es: Hay evidencia interna en al menos una de mis novelas de que otra realidad, una que inamovible, exactamente como Parménides y Platón sospecharon, yace bajo el mundo cambiante, y de alguna manera, en algún modo, tal vez con sorpresa, podemos entreverla. O mejor, un Espíritu misterioso puede ponernos en contacto con ella si quiere que veamos este otro paisaje permanente. El tiempo pasa, miles de años pasan, pero al mismo tiempo que vemos este mundo contemporaneo, el mundo antiguo, el mundo de la Biblia, se oculta bajo él, todavía ahí y todavía real. Eternamente.

¿Me voy con todo y les cuento el resto de esta historia peculiar? Dado que ya he llegado tan lejos, no tengo de otra. Mi novela, Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, fue lanzada por Doubleday en febrero de 1974. Una semana más tarde, me extrajeron dos muelas del jucio, bajo pentatol de sodio. Más tarde ese mismo día estaba terriblemente adolorido. Mi esposa telefoneó al otontólogo y él llamó a una farmacia. Media hora más tarde alguien tocó la puerta: la persona encargada de los domicilios de la farmacia, con mis analgésicos. Aunque sangraba y estaba enfermo y débil, sentí la necesidad de responder al llamado de la puerta. Cuando abrí, me encontré frente a una mujer joven -que lucía una cadena de oro en cuyo centro brillaba un pescadito dorado. Por alguna razón fui hipnotizado por el pescadito dorado; olvidé mi dolor, olvidé la medicina, olvidé que la chica estaba ahí. Concentré toda mi atención en el pez.

“¿Qué quiere decir?” Le pregunté.

La chica tocó el reluciente pez dorado con su mano y dijo, “Este es un símbolo usado por los cristianos primitivos.” Luego me dió el paquete de medicinas.

En ese instante, mientras yo miraba el brillante símbolo y escuchaba sus palabras, de imprevisto experimenté lo que luego aprendí que es llamado anamnesis -una palabra griega que significa, literalmente, “pérdida del olvido”. Recordé quién era y dónde estaba. En un instante, en un parpadeo, todo regresó. Y no sólo pude recordarlo sino que pude verlo. La chica era una cristiana secreta y también yo. Vivíamos con miedo de ser detectados por los romanos. Nos debíamos comunicábar con mensajes crípticos. Ella recién me lo había dicho, y era verdad.

Por un momento, no importa cuan dificil sea explicar o creer esto, vi difuminarse los contornos carcelarios de la odiosa Roma. Pero, y esto es más importante, recordé a Jesús, quien hace poco había estado con nosotros, y se había ido temporalmente, y pronto regresaría. El gozo me llenó. Nos preparábamos secretamente para darle la bienvenida a su retorno. No tomaría mucho tiempo. Y los romanos no lo sabían. Ellos pensaban que Él estaba muerto, muerto para siempre. Ese era nuestro secreto, nuestro gozoso saber. No importaba lo que pareciera, Cristo regresaría, y nuestro deleite al anticiparlo era ilimitado.

¿No es extraño que este incidente, recobrar la memoria perdida, ocurriera sólo una semana luego de que Fluyan mis lágrimas fuera lanzado? ¿Y es precisamente allí donde hay una replicación de las personas y eventos de Hechos de los Apóstoles, que tiene lugar precisamente en ese momento -luego de la muerte y resurrección de Jesús- que yo recordé, por medio del símbolo del pez dorado, como si acabara de ocurrir?

Si ustedes fueran yo, y les ocurriera esto, estoy seguro que no podrían pasarlo por alto. Buscarían una teoría que lo explicara. Por cuatro años he intentado una teoría tras otra: tiempo circular, tiempo congelado, tiempo atemporal, que es llamado “sagrado” en contraste al tiempo “mundano”… Yo no puedo enumerar las teorías que he intentado. Una constante prevalece, sin embargo, en todas ellas. Debe existir un Espírituo Santo misterioso que tiene una relación exacta e íntima con Cristo, que pues adentrarse en las mentes humanas, guiarlas e informarlas, e incluso expresarse a través de esos humanos, aun sin que ellos lo noten.

Cuando escribía Fluyan mis lágrimas, en 1970, ocurrió un evento inusual cuya rareza yo pude apreciar en su momento, no era parte del proceso de escritura normal. Tuve un sueño una noche, un sueño especialmente vívido. Y cuando desperté sentí la necesidad absoluta de incluir el sueño en la novela tal y como lo había soñado. Incluyendolo correctamente, tuve que escribir once borradores de la parte final del manuscrito hasta que quedé satisfecho.

Lo cito ahora de la novela, como apareció en su forma final, publicada. Miren si este sueño les recuerda alguna cosa.

El campo, marron y seco, en verano, donde había vivido cuando niño. Cabalgaba, y a su derecha se acercaba lentamente una cuadrilla de caballos. Eran cabalgados por hombres de túnicas brillantes, cada una de diferente color; cada uno portaba un casco que centelleaba bajo el sol. Los caballeros solemnemente, lentos, lo sobrepasaron y cuando estaban a su lado vislumbró el rostro de uno de ellos: un rostro de marmol antiguo, un hombre viejísimo con cascadas ondulantes de barbas blancas. Qué nariz tenía. Qué nobleza en sus rasgos. Cansado, serio, superior a cualquier hombre ordinario. Evidentemente era un rey.

Felix Buckman los dejó pasar; no les habló y ellos no le dijeron nada. Juntos, fueron hacia la casa de la que él venía. Un hombre se escondía dentro de la casa, un hombre solo, Jason Taverner, en el silencio y la oscuridad, sin ventanas, solitario hasta la eternidad. Sentado, existiendo apenas, inerte. Felix Buckman continuó su camino, fuera en el campo. Y entonces escuchó tras él un chillido espantoso. Habian matado a Taverner, y viéndolos entrar, sintiéndolos entre las sombras a su alrederor, sabiendo lo que pretendían hacerle, Taverner había chillado.

En el fondo de su ser Felix Buckman se vió invadido por una pena honda y absoluta. Pero en el sueño no dió la vuelta ni miró hacia atrás. No había nada que pudiera hacer. Nadie pudo haber detenido al grupo de hombres de túnicas multicolores; a ellos no se les puede decir no. No importaba, ya había pasado. Taverner estaba muerto.

Este pasaje probablemente no les sugiera nada en particular, excepto que una cuadrilla de hombres a caballo juzgaron a alguien o culpable o considerado culpable. No es claro si Taverner había cometido un crimen o sólo se creía que lo había cometido. Yo tengo la impresión de que era culpable, pero es trágico que tuviera que morir, es una tragedia terriblemente triste. En la novela, este sueño hace llorar a Felix Buckman, y es ahí cuando busca al hombre negro en la estación de gasolina.

Meses después de que mi novela había sido publicada, encontré la sección de la Biblia a la que este sueño se refiere. Es Daniel 7:9:

Mientras yo observaba esto, se colocaron unos tronos, y tomó asiento un venerable Anciano. Su ropa era blanca como la nieve, y su cabello, blanco como la lana. Su trono con sus ruedas centelleaban como el fuego. De su presencia brotaba un torrente de fuego. Miles y millares le servían, centenares de miles lo atendían. Al iniciarse el juicio, los libros fueron abiertos.

El hombre de la cabellera blanca aparece de nuevo en Apocalipsis, 1:13:

En medio de los candelabros estaba alguien semejante al Hijo del hombre, vestido con una túnica que le llegaba hasta los pies y ceñido con una banda de oro a la altura del pecho. Su cabellera lucía blanca como la lana, como la nieve; y sus ojos resplandecían como llama de fuego. Sus pies parecían bronce al rojo vivo en un horno, y su voz era tan fuerte como el estruendo de una catarata.

Y luego en 1:17:

Al verlo, caí a sus pies como muerto; pero él, poniendo su mano derecha sobre mí, me dijo: “No tengas miedo. Yo soy el Primero y el Último y el que vive. Estuve muerto, pero ahora vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del infierno. Escribe, pues, lo que has visto, lo que sucede ahora y lo que sucederá después.

Y como Juan de Patmos, yo escribí fielmente lo que vi y lo puse en mi novela. Y era verdad, aunque en ese momento yo no sabía de quién hablaba al decir:

…vislumbró el rostro de uno de ellos: un rostro de marmol antiguo, un hombre viejísimo con cascadas ondulantes de barba blanca. Qué nariz tenía. Qué nobleza en sus rasgos. Cansado, serio, superior a cualquier hombre ordinario. Evidentemente era un rey.

Ciertamente era un rey. Era el mismísimo Cristo de regreso para juzgarnos. Y esto es lo que hace en mi novela: juzga al hombre escondido en las tinieblas. El hombre escondido en las tinieblas debe ser el principe del Mal, la fuerza de la oscuridad. Llamenlo como deseen, su tiempo había llegado. Fue juzgado y condenado. Felix Buckman pudo gemir ante la tristeza de este evento, pero él sabía que el veredicto no podía ser contrariado. Y por eso cabalgó, sin dar vuelta ni mirar atrás, escuchando sólo el chillido de miedo y derrota: el llanto del mal al ser destruido.

Luego, mi novela contiene material de otras parted de la Biblia, así como las secciones de Hechos. Descifrada, cuenta una historia bastante distinta de aquella en su superficie (la cual no abordaremos acá). La historia real es sencillamente esta: el regreso de Cristo, ahora rey en lugar de sufrido sirviente. Juez en lugar de víctima de un juicio injusto. Todo es revertido. El mensaje central de mi novela, sin que yo lo supiera, era una advertencia a los poderosos: Pronto serán juzgados y condenados. ¿A quién, específicamente, se refería? Bueno, no puedo decirlo; o tal vez prefiero no decirlo. No tengo la absoluta seguridad, sólo una intuición. Y eso no es suficiente para proseguir, así que mejor no digo lo que pienso. Pero ustedes deberían preguntarse qué eventos políticos ocurrieron en este país entre Febrero de 1974 y Agosto de 1974. Pregúntense quien fue juzgado y condenado, y cayó como una estrella fugaz hacia la ruina y la desgracia. El hombre más poderoso del mundo. Y yo me sentí mal por él tal y como me sentí mal cuando soñé aquel sueño. “Ese pobre pobre hombre,” le dije a mi mujer, con lágrimas en los ojos. “Encerrado en la oscuridad, tocando el piano por las noches sólo para él mismo, solitario y temeroso, sabiendo lo que venía.” Por Dios, perdonémoslo. Pero lo que le hicieron a él y sus hombres -”todos los hombres del presidente”, como dicen- tenía que ser hecho. Y ya está, y él debería ver la luz del sol de nuevo; ninguna criatura, ninguna persona, debería ser encerrada en la oscuridad para siempre, en el miedo. No es humano. Justo cuando la Corte Suprema decidía que las cintas de Nixon debían ser entregadas al fiscal especial, yo estaba comiendo en un restaurante chino en Yorba Linda, el pueblo en California donde Nixon fue a la escuela -donde creció, trabajó en una tienda, donde hay un parque llamado en su honor, y por supuesto se encuentra la casa de Nixon, de madera sencilla y todo. En mi galleta de la suerte, recibí la siguiente fortuna:

LO HECHO EN SECRETO TIENE UNA

MANERA DE SER DESCUBIERTO.

Envié el pedazo de papel por correo a la Casa Blanca, mencionando que el restaurante Chino estaba ubicado a menos de una milla de la casa de Nixon, y dije “Yo creo que un error ha ocurrido; por accidente recibí la fortuna del señor Nixon. ¿Él tiene la mía?” La Casa Blanca nunca respondió.

Y bueno, como dije antes, un autor de una obra que se supone ficción puede haber escrito la verdad sin saberlo. Citando a Xenofanes, otro presocrático: “Aun si un hombre tiene la oportunidad de decir la absoluta verdad, él no la sabrá; todas las cosas están envueltas en apariencias” (Fragmento 34). Y Heraclito complementó: “La naturaleza de las cosas acostumbra ocultarse a sí misma.” (Fragmento 54). W.S. Gilbert, de Gibert y Sullivan, lo dijo así: “Las cosas pocas veces son lo que aparentan; la leche descremada se disfraza de crema.” Y el punto es que no podemos confiar en nuestros sentidos y problabmente ni siquiera en nuestro razonamiento a priori. Con respecto a nuestros sentidos, tengo entendido que personas que han nacido ciegas y luego han ganado la vista de repente se sorprenden al descubrir que los objetos lucen más y más pequeños a medida que nos alejamos. Logicamente, no hay una razón para que esto ocurra. Nosotros, por supuesto, lo aceptamos, porque estamos acostumbrados. Vemos los objetos hacerse pequeños, pero sabemos que realmente permanecen del mismo tamaño. Así, incluso la persona pragmática común desprecia sofisticadamente algo de lo que sus ojos y orejas le dicen.

Poco de lo que Heraclito escribió sobrevivió, y lo que nos quedó es oscuro, pero el Fragmento 54 es lúcido e importante: “La estructura latente controla la estructura obvia.” Esto significa que Heráclito creía que un velo yacía sobre el verdadero panorama. Tal vez pudo sospechar que el tiempo no era lo que parecía, porque en el Fragmento 52 dijo: “El tiempo es un niño jugando, jugando a que corre; de un niño es el reino.” Esto es ciertamente críptico. Pero él también dijo, en el Fragmento 18: “Si uno no lo espera, no podrá encontrar lo inesperado; no puede ser rastreado y ningun camino nos lleva hacia él.” Edward Hussey, en su libro académico Los pre-socráticos, dice:

Si Heráclito es tan insistente en evidenciar la falta de comprensión mostrada por la mayoría de los hombres, sería razonable que él ofreciera instrucciones para penetrar la verdad. Su juego de acertijos y conjeturas sugiere que una especie de revelación, inaccesible al control humano, es necesaria… La verdadera sabiduría, como ha sido visto, se asocia íntimamente con Dios, lo que implica que al contar con una sabiduría avanzada el hombre se convierte en algo como Dios, o en una parte de Él.

Esta cita no hace parte de un libro religioso o de un libro en teología; es un análisis de los filósofos tempranos por un profesor en filosofía antigua de la universidad de Oxford. Hussey deja claro que para estos filosofos tempranos no hay diferencia entre filosofía y religión. El primer gran salto cuántico en teología griega fue dado por Xenofanes de Colofón, nacido a mediados del siglo sexo antes de Cristo. Xenófanes, sin acudir a más autoridad que aquella de su propia mente, dice:

Hay un dios que no es similiar a ninguna criatura mortal ni en su forma corporea ni en los pensamientos de su mente. Todo él ve, Todo él piensa, todo él escucha. Se encuentra siempre, inamovible, en el mismo lugar; no está previsto que se mueva hacia allí o hacia allá.

Esta es una concepción avanzada y sutil de Dios, evidentemente sin precedentes entre los filósofos griegos. “Los argumentos de Parménides parecían demostrar que toda realidad debía ser una mente,” escribe Hussey, “o un objeto de pensamiento en una mente.” Refiriéndose específicamente a Heráclito, dice, “En Heráclito es dificil saber si los designios de la mente de Dios son distinguibles de la ejecución del mundo, o si la mente de Dios se distingue del mundo.” El salto dado por Anaxágoras siempre me ha fascinado. “Anaxágoras terminó ofreciendo una teoría de la microestructura de la matera que la hacía, hasta cierto punto, inaccesible a la razón humana.” Anaxágoras creía que todo era determinado por la Mente. Estos no eran pensadores inmaduros, o primitivos. Ellos debatían temas serios y se estudiaban mutuamente con cuidadosa atención. No fue sino hasta los tiempos de Aristóteles cuando sus posiciones se vieron reducidas a lo que podemos calificar con facilidad -pero erroneamente- como crudas. La suma de gran parte de la teología y filosofía pre-socrática puede ser enunciada de la siguiente manera: El Kosmos no es lo que parece ser, y lo que probablemente es, en lo más profundo, es precisamente aquello que es el ser humano en lo más profundo -llámenlo mente o alma, es algo unitario que vive y piensa, y solo parece ser plural y material. Gran parte de esta visión nos llega a través de la doctrina del Logos referente a Cristo. El Logos es lo que es pensado y lo que piensa: pensamiento y pensador unidos. El universo, entonces, es pensador y pensamiento, y dado que somos parte de él, nosotros como humanos resultamos ser pensamientos y pensadores de esos pensamientos. Así, si Dios piensa en Roma alrededor de 50 D.C., entonces Roma es. El universo no es un reloj y Dios la mano que le da cuerda. El universo no es un reloj electrico y Dios la batería. Spinoza creía que el universo era la extensión del cuerpo de Dios al espacio. Pero antes de Spinoza -dos mil años antes- Xenófanes había dicho, “Sin esfuerzo, controla todo con un pensamiento” (Fragmento 25). Si alguno de ustedes ha leído mi novela Ubik, sabrá que la entidad o mente o fuerza misteriosa llamada Ubik inicia con una serie de propagandas vulgares y baratas y termina diciendo:

Yo soy Ubik. Antes que el universo fuera, yo era. Yo hice los soles. Yo hice los mundos. Yo creé las vidas y los lugares que habitan; Yo las transladé aquí, yo las puse allá. Van a donde yo diga, hacen lo que yo desee. Yo soy la palabra y mi nombre nunca es dicho, es un nombre que nadie conoce. Yo soy llamado Ubik pero ese no es mi nombre. Yo soy. Yo siempre seré.

De aquí es obvio concluir quién y qué es Ubik; él dice específicamente que es la palabra, que es lo mismo que decir, el Logos. En la traducción alemana ocurrió uno de los más maravillosos lapsus de entendimiento acertado de los que yo tenga noticia; que Dios nos ayude si el hombre que tradujo mi novela Ubik al aleman hace una traducción del Nuevo Testamento del griego koiné al aleman. Todo iba bien hasta que llegó a la frase “Yo soy la palabra”. Esa frase lo hizo dudar. ¿Qué querrá decir con eso? Se debió haber preguntado, obviamente nunca había tenido contacto con la doctrina del Logos. Debido a esto él intentó la mejor traducción posible. En la edición alemana, la Entidad Absoluta que hizo los soles, que hizo los mundos, creó las vidas y los lugares que habitan, dice de sí misma:

Yo soy la marca (n.t.: comercial (brand name)).

Si hubiera traducido el Evangelio según san Juán, supongo que hubiera terminado con algo del estilo:

En el principio ya existía la marca, y la marca estaba con Dios, y la marca era Dios.

Parecería que yo no sólo vengo a dar saludos en nombre de Disneylandia sino de Mortimer Snerd (n.t. : un personaje del ventrilocuo Edgar Bergen famoso por su capacidad para perder el hilo del discurso). Esa es la suerte que corren los autores que desean incluir temas teológicos en sus obras. “La marca estaba, entonces, con Dios al principio, y a por medio de ella todas las cosas fueron creadas; sin ella, nada de lo creado llegó a existir.” Y así prosigue noblemente. Esperemos que Dios tenga sentido del humor.

O tal vez debo decir, Esperemos que la marca tenga sentido del humor.

Como les dije antes, las dos preocupaciones de mi escritura son “¿Qué es realidad?” y “¿Qué es el humano auténtico?”. Estoy seguro que para este momento ustedes pueden notar que yo no he sido capaz de dar con una respuesta para la primera pregunta. Tengo la intuición de que de algún modo el mundo de la Biblia es literalmente un paisaje real pero velado, que no cambia, oculto a nuestra percepción, pero ofrecido a nosotros por la revelación. Eso es todo lo que se me ha ocurrido -una mezcla de experiencia mística, razón y fé. Quisiera decir algo ahora acerca de las características del auténtico humano; en mi búsqueda he dado con más respuestas plausibles a este asunto.

El ser humano auténtico es aquel que instintivamente sabe lo que no debe hacer y, además, se resistirá a hacerlo. Reusará hacerlo incluso si esto le acarrea horribles consecuencias a él y a aquellos que ama. Esta, para mí es la caracteristica heróica fundamental de la gente común; ellos dicen No al tirano y asumen con calma las consecuencias de esta resistencia. Sus acciones pueden ser pequeñas, y muchas veces ignotas, despreciadas por la historia. Sus nombres no son recordados ni ellos esperan que sus nombres sean recordados. Percibo su autenticidad de una manera extraña: no en su disposición para realizar grandes acciones heróicas sino en su callado rehusarse. En esencia, ellos no pueden ser forzados a ser lo que no son.

El poder de las realidades espurias nos golpea hoy en día -esas falsificaciones deliberadamente construidas nunca penetran el corazón del verdadero ser humano. Yo miro a mis hijos ver televisión y al principio temo por lo que les están enseñando, pero luego me doy cuenta que ellos no pueden ser corrompidos o destruidos. Ellos miran, ellos escuchan, ellos entienden, y, luego, cuando y donde sea necesario, descartan. Hay algo poderosísimo en la habilidad de los niños para resistir lo fraudulento. Un niño tiene la visión más clara, la mano más firme. Los tramposos, los promotores de la farsa, intentan ganarlos en vano. Es cierto, las compañías de cereales han logrado vender cantidades enormes de desayunos basura; las cadenas de hamburguesas y perros calientes venden infinidad de comida rápida irreal a los niños, pero su corazón profundo late con firmeza, inalcanzable e intocable. El niño de hoy puede detectar una mentira más rápido que el adulto más sabio de hace dos décadas. Cuando yo quiero saber lo que es cierto, le pregunto a mis hijos. Ellos no me preguntan; yo les pregunto a ellos.

Un día, mientras mi hijo Christopher, que tiene cuatro años, jugaba en frente de su madre y yo, empezamos a discutir el futuro de Jesús en los Evangelios Sinópticos (n.t.: Mateo, Marcos y Lucas). Christopher nos miró por un instante y dijo, “Yo soy un pescador. Pesco pescados.” Jugaba con una linterna metálica que alguien me había dado, pero yo nunca había usado… Y de repente me di cuenta de que la linterna tenía la forma de un pez. Me pregunto qué pensamientos fueron impuestos en el alma de mi niñito en ese momento -no precisamente por mercaderes de cereales ni traficantes de golosinas. “Yo soy un pescador. Pesco pescados.”

Christopher, a los cuatro años, había encontrado el símbolo que yo no encontre sino hasta que tenía cuarenta y cinco.

El tiempo es cada vez pasa más rápido. ¿Y hacia donde? Tal vez nos fue dicho hace dos mil años. O tal vez no fue realmente hace tanto; tal vez es un espejismo que tanto tiempo haya transcurrido. Tal vez fue hace sólo una semana, o incluso hoy temprano. Quizás el tiempo no corre; quizás, además, se agota.

Y si así ocurre, las atracciones de Disneylandia nunca serán las mismas de nuevo. Porque cuando el tiempo se termine, los pájaros y los hipopótamos y los leones y los cervatillos de Disneylandia dejarán de ser simulaciones, y, por vez primera, un pájaro verdadero cantará.

Gracias.

El anterior discurso debía ser leído en la Universidad de Missouri en Holla, pero Dick canceló su presentación a último minuto. Nunca fue leido en público por su autor. Traducción de Javier Moreno con colaboración de Mauricio Salvador.
Philip Kinred Dick nació en Chicago en 1928 y murió en Santa Ana, California, en 1982. Es el autor de, entre otras novelas, VALIS, Ubik, The Man in the High Castle, The Three Stigmata of Palmer Eldritch, Do Androids Dream of Electric Sheep?, y A Scanner Darkly, además de numerosos cuentos.

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