Cuento • Enero 2009

Un juego de niños

Al margen del asfalto

Por Alexia Lefebvre

The Butterfly Collector, por Andrew Dillon
(Oleo en Lienzo)

Era domingo. El último día de un verano sin sol, dominado por el bochorno de nubes bajas y lluvias intermitentes. Salí de la casa y enfilé hacia el pueblo sin cruzarme con nadie. Las familias dormían la siesta y yo, que me sentía de pronto libre y grande, fui corriendo hacia el parque, brincando para acortar la distancia entre mis amigos y yo.

El Parque, como le decía todo el mundo, era una extensión de pasto rodeada de bancas en medio de los cuales habían plantado juegos infantiles. El sol no quería mostrarse por completo y asomaba de vez en cuando por las nubes negras, reflejándose sobre la resbaladilla de metal.

Vi a Tess primero, colgada del balancín, sus piernas alzadas en el tubo y su pelo castaño arrastrando sobre la hierba. Alex y Mauricio estaban sentados en el pasto y no podían ser más distintos entre ellos. Mauricio era delgado y vestía religiosamente camisas de manga larga y cuadros. Alex, que venía de visita en las vacaciones, parecía ensancharse cada junio en sus mezclillas y sus tenis de última moda. La verdad es que a mí, el primo de Mauricio no me caía demasiado bien. A pesar de que compartía con nosotros los juguetes más nuevos y sus revistas, pensaba que era un presumido.

Contra un árbol estaba recargado Pedro que, a pesar de ser sólo un año mayor que nosotros, ya nos rebasaba de una cabeza. Pasaba mucho tiempo callado y, como en ese momento, con la vista perdida en el horizonte. Era imposible deducir en qué pensaba durante estos lapsos, pero tenía la impresión, al verlo así, que él iba a ser de los que logran grandes cosas en la vida. Me lo imaginaba como un inventor reconocido, un astronauta o un piloto de carrera adulado por las masas. Nos reuníamos todos los días – menos los sábados que eran día de alberca – para decidir qué íbamos hacer por la tarde.

Los saludé levantando la mano y acompañando el gesto de un chiflido. Era el último que faltaba y todos se acercaron para comenzar la discusión. -¿Alguna idea?  -dije. -¿Qué tal el bosque? Lo propuso Mau, pero nadie estaba demasiado convencido, habíamos ido la semana pasada y la única respuesta fueron murmullos indecisos. -¿Por qué no vamos al lago? Hace calor. Las ideas de Tess, aunque a mí me parecían buenas, solían pasar desapercibidas. No eran desechadas, sencillamente ignoradas. Veía como eso, a ella, le molestaba, pero nunca decía nada, se limitaba a arquear las cejas y quedarse callada. Alex buscó dentro de su sudadera y extrajo un objeto. -Yo traje esta resortera gigante. Me la regaló mi papá de Navidad, pero hasta hoy la encontré en la maleta. Puedes matar hasta un gato con ella…Podríamos probarla con latas o algo… -¿Vamos al viejo tren entonces?

La voz de Pedro fue como una pregunta sin serlo y no se dijo más. Del papá de Alex sabíamos que tenía un trabajo importante y que manejaba un deportivo en el que venía a buscar su hijo cada fin de verano. En este caso mañana. Creo que todos le teníamos un poco de envidia. Menos Mauricio quizá, que siempre parecía feliz con la distribución del mundo y que no era del tipo que guarda celos.

Nos pusimos en camino hacia la estación de tren que ya se usaba muy poco y se había quedado a las orillas del pueblo. Una o dos veces a la semana todavía recibía pasaje y mercancías; escuchábamos el ruido de los trenes sacudir el terreno y algunas ventanas de la escuela.

Al frente de la comitiva, caminaban Mauricio, Alex y Pedro, en este orden y con el paso estirado. Mau iba contando chistes y sus acompañantes se reían de buena gana. Yo me quedé atrás con Tess porque me gustaba platicar con ella y casi nunca nos encontrábamos a solas.

La observaba de reojo. Compartía con su hermano Pedro los grandes ojos azules y una belleza que no pasaba desapercibida. Tess tenía además pecas que se fundían con su piel blanca. Una, más grande y obscura, se alojaba en el hueco donde se juntan los labios superiores. Me gustaba su voz y su manera divertida de contar las cosas sencillas. Me estaba platicando del truco que le estaba enseñando a Marty, su perro. -Entonces, le hago una señal así -dibujó una vuelta en el aire con el dedo índice- por debajo de la mesa y ya sabe que debe acercarse y quedarse a un lado de la silla, pero quieto. Ahí le voy pasando todo lo que no quiero comer en el hueco de la mano y antes de que se acabe la cena, le trueno los dedos y se va. ¿Increíble, no?

Yo le narraba los programas de tele que había visto, los de súper aviones y de inventos, y a menudo exageraba las anécdotas para divertirla. Ella no parecía dudar de mis palabras y casi siempre se reía.

Advertí la mirada que me lanzó de pronto Alex y el codazo que le dio a Pedro. -Quién viera al Max de galán con tu hermana. La voz de Alex fingía ser de secreto, falsamente baja, pero había escuchado perfectamente y también la respuesta que le dio Pedro sin voltear hacia nosotros. -Más le vale que no. Me sonrojé y agradecí que fuéramos llegando. Habíamos dejado la estación atrás y nos bastaba ahora abandonar la carretera para seguir los rieles que nos llevaban a un vado del bosque donde yacía, oxidado y abierto, un viejo vagón. Para destensar el ambiente y llamar la atención de Tess, dije: -¿Conocen la historia del vagón? Dicen que transportaba lingotes de oro y que para robarlos, los ladrones decidieron desatarlo del resto del tren. Lo vaciaron y lo dejaron aquí. Abandonado. -Esto no es nada. Cerca de mi casa, en la ciudad, hay una mansión donde el señor mató a toda su familia a hachazos y luego se dio un tiro. Alex procedió a relatar cómo alguna vez se había asomado por la ventana y había podido ver sobre la pared de la escalera, las manitas de los niños pintadas con sangre. Se habían quedado ahí desde el crimen porque nadie se había atrevido a entrar, ni siquiera para la limpieza. Por supuesto, mi historia había quedado eclipsada y todos querían saber más detalles sobre la casa maldita. -Mañana deberíamos de ir a ver a La Loca. – propuso Mau. -Mañana después de la escuela. – les recordé y todos suspiraron.

La Loca era una vieja que habitaba una casa semi en ruinas cerca del bosque y no muy lejos de mi casa. Mil historias circulaban sobre ella entre los niños: que si era bruja, que si se había vuelto loca después de que la dejarán plantada en al altar o que si le habían matado al novio antes de la boda. Alrededor de la casa, de por sí aterradora, crecían hierbas malas que nos llegaban más arriba de la rodilla. Veíamos a La Loca pasar de habitación en habitación siempre con el mismo vestido y un turbante en la cabeza. El reto consistía en tocar la puerta tres veces y echarnos a correr. La vieja salía y nos gritaba de cosas en un idioma extranjero que suponíamos era alemán, pero hubiera podido ser cualquier otro.

El vagón, al que habíamos llegado, no poseía cualidades extraordinarias, pero a mí siempre se me había antojado como un territorio de misterios. Aunque más que misterios, el suelo solía estar cubierto de botellas de cerveza, restos de comida y un viejo colchón manchado. Alex comenzó a recoger botellas, Mau se dispuso a ayudarlos y pronto nos pusimos a la labor de construir un blanco de tiro. Dimos con una plancha de madera que subimos sobre latas. Ya a la altura correcta, colocamos cinco botellas y contemplamos el resultado de nuestro esfuerzo con cierto orgullo. -Yo digo que hagamos un concurso…¿Quién quede al último invita los refrescos?

Era obvio que fuera Tess quien lo sugiriera. Ella y su hermano eran famosos por su habilidad destrozadora a la hora de lanzar piedras, bolas de papel o pelotas de cualquier tipo. Yo, por lo contrario, había tenido la creciente sensación de necesitar lentes y mi tino sólo había empeorado con los años.

Mau se alineó para iniciar. Cerraba el ojo derecho para tirar y le atinó a tres de las cinco botellas. En coro, les aplaudimos cada acierto y le abucheamos cada falla. Luego, fue el turno de Pedro que tomó la resortera con manos expertas y las cinco piedras dieron en el blanco. Dejé escapar un silbido de admiración. Tuvimos que juntar más botellas que encontramos detrás del vagón y sobre el suelo, entre colillas.

Para su primera botella, Alex se tomó su tiempo. Tenía la frente crispada. Yo estaba seguro de que eran nervios, no quería perder después de Pedro. Tensó el elástico, midió el tiro, volvió a calibrar y soltó la piedra que fue a rozar el cuello de la botella. Ésta tambaleó por unos segundos, pero finalmente fue derribada.

Alex se estaba aplaudiendo cuando de repente volteó hacia atrás, hacia el vagón. Todos habíamos escuchado el ruido de una botella resbalándose y seguimos el movimiento de su cabeza. Yo me asusté, podría haber sido el mendigo que dormía en el vagón, o unos ladrones, o un cazador con rifle. Pero era sólo un perro que andaba merodeando, buscando comida.

Era de esos perros callejeros ni grandes ni pequeños, que tienen el pelo blanco, duro como lija, y con manchas cafés en el lomo y en los costados. Alex abandonó las botellas, había perdido todo interés en el juego. Se dirigía hacia el animal, la resortera levantada y, antes de que nadie pudiera reaccionar, ya le había aventado una piedra en el costado.

El perro respingó y soltó un quejido lastimero mientras iba echándose para atrás sin ver que iba a quedar apresado contra el vagón. Alex siguió caminando y nosotros en su estela. Mientras caminaba iba recogiendo piedras para guardarlas en los bolsillos de su sudadera roja.

Al alcanzarlo, me di cuenta que estábamos encerrando al perro. Alex le quedaba de frente, mientras nosotros cuatro le clausurábamos el paso por los lados. Tess, que estaba por llorar, le agarró el brazo a Alex. Se notaba que el gesto le provocaba repugnancia. -Ya, Alex, déjalo en paz. No nos ha hecho nada. Mis ojos fueron de la cara de Tess al perro y viceversa. El animal me devolvió la mirada, tenía un ojo azul y otro café. Sentí pena por él, ni siquiera nos mostraba los dientes, temblaba y giraba, escondiendo el hocico, buscando un camino de salida. Tenía que decir algo. -Mejor sigamos con el concurso. Todavía no sabemos quién va a pagar los refrescos. Era un recurso tonto. Lo supe en el momento que las palabras salieron de mi boca. Alex se rió antes de ponerse serio otra vez y dirigirme una mirada de odio. -Cállate o la próxima piedra va para ti. Hizo ademán de apuntar la resortera hacia mi brazo, colocó una piedra, quise pensar que no se atrevería, tensó el elástico y en el último momento, giró hacia el perro. Le atinó en la pata trasera. Esta vez, el quejido fue de puro dolor, la herida comenzó a sangrar, manchando de rojo el pelaje. El perro siguió gimiendo y brincando sobre tres patas. Tess había escondido su cara en mi hombro y de pronto gritó: -¡Eres un cerdo! Se fue corriendo hacia la carretera. Avancé un paso en dirección de su pelo que iba flotando en al aire, pero no osé lanzarme tras ella, preso entre la fidelidad a mis amigos y mi deseo de acompañarla. Pedro me tomó del hombro, como leyendo mis pensamientos. -Déjala, es sólo una niña. No puede andar siempre con nosotros.

El perro, momentáneamente olvidado, había captado la oportunidad: una apertura acababa de abrirse en la cárcel de piernas. Se aventó por ella y pese a la pata lastimada, pegó carrera hacia el bosque. Alex soltó un bufido y cargó otra piedra que, girando en trayectoria recta, fue a impactar contra el trasero del animal, del lado de la pata sana.

En primera instancia, perdido el equilibrio, el perro cayó de hocico contra el suelo, pero – conciente quizá del peligro – se obligó a levantarse y se internó entre los árboles, arrastrando las patas. Alex rastreaba el perro con las pupilas encendidas, pero Pedro lo cortó en seco. -¡Suficiente! No tarda en ponerse el sol, tenemos que regresar.

Sabía que, aunque no lo dijera, Pedro debía estar preocupado por Tess. Por que hubiera llegado bien a casa y también por lo que hubiera podido contarle a sus padres, ya se sabía el poder de las acusaciones de los hermanos menores.

Así, fuimos regresando. Esta vez en silencio y los cuatro con la vista fija en la punta del tenis. A medida que íbamos internándonos en el pueblo, dejando atrás la zona de tiendas, cada uno partió a su casa. Les tocó primero a Mauricio y a Alex. Frente a la casa ya estaba estacionado el carro del papá de Alex con su pintura plateada, el cromo de sus llantas, y el largo cofre sobre el cual hubiera cabido hasta acostado. Nos despedimos con las manos levantadas, nada de chocar puños ni abrazos, mucho menos palabras.

Continuamos Pedro y yo, la preocupación visible en el rostro de mi amigo. Hubiera querido decirle algo: que su hermana iba a estar bien, que no creyera que me gustaba ni nada, sólo me caía bien, que siempre íbamos a ser amigos y que lo del perro, lo de esta tarde, era de culpa de Alex por ser un tarado, pero que se nos irá olvidando, que en una semana nadie se acordaría de lo que había pasado. Lo dejé en su casa, pues yo era él que vivía más lejos. Sólo le dije: nos vemos mañana en la escuela y él respondió con un murmullo.

No quería quedarme en la reja demasiado tiempo, se había levantado el aire y el cielo estaba obscureciendo. Pero tampoco me moví hasta atisbar la silueta de Tess cruzando los cristales de la sala. Entonces, me sumí la gorra y seguí caminando. Me hubiera muerto de la pena si me hubieran encontrado fisgoneando ahí afuera.

Mamá tenía la cena lista y yo juraba no estar hambriento, pero en cuanto me senté y olí la comida, devoré todo lo que me pusieron en el plato. Me mandaron a dormir temprano porque la escuela, la levantada y no me fuera a dejar el camión. Cerré los ojos al tocar la almohada, pero me desperté varias veces en la noche. No podía recordar lo que venía soñando aunque sí el haberme despertado al escuchar, en la distancia, el aullido de un perro. La segunda vez que sucedió, me levanté y fui hasta la ventana. Escruté el jardín y la calle, no había ningún perro a la vista.

Me levanté cansado, como si no hubiera dormido nada. Mamá me sirvió el desayuno, me dio un beso y me colgó la mochila en la espalda. Como la casa estaba algo retirada del pueblo y la escuela también pero del lado opuesto, tenía que caminar hasta la parada del camión.

La mañana era fría. Tenía que volver a pasar por El Parque e hice un esfuerzo por no acordarme del día anterior. Me obligué a pensar en la escuela, en los nuevos maestros y en los juegos del receso. Mi mente regresaba al vagón de tren y sin querer estaba mirando fijamente los juegos infantiles.

Me sentí a salvo hasta abordar el bus. Era de los primeros en ser recogidos y aproveché para reconfortarme en mi lugar de siempre, cerca de la ventana, en la tercera fila del fondo hacia delante.

Pronto, otros niños subieron. Tess y Pedro juntos. Pedro se sentó a mi lado, pero Tess se quedó por el frente. En vez de sentarse con nosotros, lo hizo con una niña de su salón a la cual nunca le había visto dirigir la palabra. Yo había levantado la mano para esbozar un saludo que no se completó. Ella ni siquiera había mirado en mi dirección y nunca lo volvería hacer.

Alexia Lefebvre nació en Francia en 1980 y llegó a México a los catorce años. Vive en Querétaro, donde es editora y fotógrafa.