Blog • Diciembre 2008
Las lecturas de 2008: Ricardo Silva Romero
Ricardo Silva Romero es bogotano. Ha publicado, entre otros, los libros Relato de navidad en La Gran Vía, Tic, Parece que va a llover, El hombre de los mil nombres y En orden de estatura.
Yo leo muy despacio. Y nunca alcanzo a leerme más de treinta libros al año porque quedo bloqueado durante un buen tiempo cuando me gusta mucho alguno. Este 2008 comencé con la lectura muy feliz de Moteros tranquilos, toros salvajes (la versión de Anagrama de Easy Riders, Raging Bulls) de Peter Biskind, porque lo había leído a las patadas la primera vez que lo leí, porque me repetí un documental basado en los testimonios que reúne y porque me gustan mucho las crónicas sobre el mundo del cine. Me llamó la atención volverlo a abrir porque acababa de leer la siguiente crónica de Biskind, Sexo, mentiras y Hollywood, y había quedado fascinado. Quería leer más chismes de esos que prueban que todos los gremios son tan infernales como el de uno. Y me fue como le digo: muy bien. Me costó mucho encariñarme con un siguiente libro.
Que fue Acción de gracias (la versión de Anagrama de The Lay of the Land) de Richard Ford: me pasa con Ford lo que me pasa con los autores que más me gustan: estoy ya tan metido en su mundo, entiendo tan bien su idioma, que ya no podría ser crítico sobre su trabajo. Lo digo porque, por supuesto, me pareció una novela genial, pero yo no confiaría en mí si la recomendara.
Una cosa importante antes de seguir: no leí ningún libro que no me gustara, pocas veces me pasa, porque si no me gusta (o no me interesa) simplemente o lo cierro o ni siquiera me asomo.
En febrero comencé a leerme, por ejemplo, una serie de narraciones que me servían para el libro que me senté a escribir desde julio hasta septiembre. Leí todos esos testimonios de la mafia, editados a la carrera, que se han publicado últimamente: El hijo del ajedrecista de Fernando Rodríguez, El hijo del ajedrecista parte dos de Fernando Rodríguez, El cartel de los sapos de Andrés López, El señor de las sombras de Joseph Contreras. Una cantidad de gente me recomendó Amando a Pablo / Odiando a Escobar de Virginia Vallejo. Y caí. Y estuve de acuedo con lo que me decían: es una crónica muy bien hecha y muy reveladora.
De marzo a abril me dediqué a leer sobre cosas fútbol que siempre resultaron entretenidas quizás porque me gusta mucho el tema: leí Fútbol en Colombia de Carolina Jaramillo, Tras el equipo de ensueño de Rafael Mendoza, Andrés Escobar: en defensa de la vida de César Mauricio Velázquez, Pena máxima de Fernando Araújo, El comandante Castro de Alfredo Castro, Las otras caras del fútbol de Andrés Salcedo, Dios es redondo de Juan Villoro, El fútbol a sol y sombra de Eduardo Galeano, Arqueros, ilusionistas y goleadores de Osvaldo Soriano.
En mayo me leí por primera vez El padrino de Mario Puzo, y sí es tan buena como la película. Tuve que descansar un tiempo de esos temas, con Conversations with Woody Allen de Eric Lax y una relectura de Sexo, mentiras y Hollywood de Peter Biskind, porque quedé físicamente enfermo con todas las cosas que supe sobre la realidad del país. En junio, recuperado, me leí la copia de El palacio sin máscaras de Castro Caycedo que mi papá llevaba a todas partes. Qué bien que un periodista tan bueno como ese haya recopilado la información hasta dar escalofríos. En julio releí El extranjero de Albert Camus porque pensé que podía animarme a escribir. En agosto me leí el libro de Steven Dudley: Armas y urnas. Y quedé más bien enfermo, otra vez, porque retrata punto por punto lo que estamos sufriendo. Después seguí, en septiembre, con el nuevo de Paul Auster: Un hombre en la oscuridad. Y, aunque sentí que era el mismo libro de estos últimos diez años, me gustó tanto como siempre: tampoco confiaría en mí a la hora de hablar de Auster.
En octubre me morí de la risa leyendo a Rafael Reig: Sangre a borbotones y Hazañas del capitán Carpeto. Aclaro que para mí decir “morir de la risa” no es una manera de decir que se trata de un simple divertimento, sino una manera de reconocer que se trata de una obra importante. Leí, después, a Antonio Orejudo: quedé mudo ante la maravilla que es su novela Fabulosas narraciones por historias. Y más adelante me convertí en un experto en la obra de Francisco Montaña: disfruté un montón Las primas del primíparo Juan, Bajo el cerezo, Cuentos de Susana, El cocodrilo amarillo y Los tucanes no hablan.
En noviembre, por culpa de Los Sopranos, que me la vi entera desde la primera temporada hasta la sexta, sólo me quedó tiempo para leer un libro muy brillante que pensándolo bien merecía todo un mes: Mi cuerpo es una celda de Andrés Caicedo. Lo que más me gustó fue ver cómo Alberto Fuguet, el director del proyecto, logró crear un texto a punta de cartas y de reseñas de cine en el que se desmonta a un personaje antipático (el típico maldito gratuito que tiene esos fans tan aburridores) hasta convertirlo en un hombre de clase media verdadero, frágil, inmensamente talentoso, digno de tener seguidores.
En diciembre me leí Mudanza, la novela buenísima de Andrés Burgos, que me parece un escritor muy elegante, muy contenido y muy inteligente: me gustó mucho cómo llevó al personaje desde el principio hasta el final. Después seguí con los cuentos encadenados de Javier Moreno, Lo definitivo y lo temporal, que conocía a medias, con la alegría de no tener que inventarle frases neutras al autor: me pareció un librazo inquietante e ingenioso en el mejor sentido de las palabras.
2 comentarios a “Las lecturas de 2008: Ricardo Silva Romero”
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2 comentarios a “Las lecturas de 2008: Ricardo Silva Romero”
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Camilo Jiménez dice:
Diciembre 17, 2008 a las 5:58 pmDe fútbol, le faltó el “Bestiario del balón”. Buen acercamiento a las historias que componen el lado B del “rentado nacional”.
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violeta dice:
Diciembre 18, 2008 a las 3:39 pmcon todo mi respeto a tus lecturas, ricardo. pero a mí rafael reig me parece un farsante… es agudo a veces en sus artículos, pero sangre a borbotones, aunque me hiciese reír, no me pareció nada importante.

Diciembre 17, 2008 a las 5:58 pm
De fútbol, le faltó el “Bestiario del balón”. Buen acercamiento a las historias que componen el lado B del “rentado nacional”.
Diciembre 18, 2008 a las 3:39 pm
con todo mi respeto a tus lecturas, ricardo. pero a mí rafael reig me parece un farsante… es agudo a veces en sus artículos, pero sangre a borbotones, aunque me hiciese reír, no me pareció nada importante.