Blog • Diciembre 2008
Las lecturas de 2008: Rafael Gumucio
El chileno Rafael Gumucio ha publicado Invierno en la Torre, Memorias Prematuras, Comedia Nupcial, Los Platos Rotos, Páginas Coloniales.
Por una especie de extraña superstición cuando a los diecisiete años leí con fiebre a los rusos, deje de lado a Turgniev. Alguien me dijo que describía con mucho detalle los paisajes y que era más moderado, más clásico que los otros. Así me obnubile con Dostoievsky, me maraville con Tolstoi, me asombré con Chejov dejando de lado el padre, o hermano mayor de todo ellos. Corregí este error recién este año. Tenía que hacer clase sobre Chejov pero la relectura de sus cuento me empezó a hacer daño. La crueldad de su lucidez me empezó a golpear en pleno pecho, necesité distraerme y leí Padres e Hijos. No había paisajes, como me habían dicho, o los había con una sutileza y poesía envidiable. No había moderación tampoco, sino una comprensión completa de sus personaje, un arte tan desarrollado que podía al mismo estar del lado de los padres y de los hijos, hablar por todo y no decirnos que debemos y como debemos pensar. Es quizás la razón por la que los lectores de literatura rusa lo desprecian u olvidan. La gracia y la desgracia de la literatura rusa es que dos de sus mejores escritores querían ser al mismo tiempo profetas (Tolstoi y Dostoievsky). Desgracia mayor aún en el caso de Dostoievsky que es mucho mejor profeta que escritor. Turgniev desprecia en cambio la profecía y devuelve a una cordura que el lector afiebrado de Crimen y Castigo rehúye como la peste.
Seguí leyendo después todo lo que encontré de Turgniev. Algunos libros no me gustaron del todo (Humo, o Nido de Nobles), otro me fascinaron (Primer Amor) pero ante todo encontré un amigo, alguien que lleva en el centro mismo de su pecho la ética del narrador: La comprensión del otro, la frialdad del diagnostico, la energía al describir, el apego al ritmo de sus personajes. Esta todo lo que en Flaubert es pesado, retórico, desagradable, de manera viva, sucinta, encantadora. Hay un padre que explica y quiere y comprende a sus hijos, los Tolstoi, los Dostoievsky y los Chejov que todos fuimos a los veinte años.

