Blog • Diciembre 2008
Las lecturas de 2008: Matías H. Raia
Matías H. Raia participa en el blog Golosina Caníbal.
Sumándome al plan de lectura que hace unos años proponía Eduardo Romano, “No nos olvidemos de Bernardo (Kordon)”, este año (2008) transité por algunos autores olvidados de la literatura argentina: con los Cuentos completos de Germán Rozenmacher, me di cuenta de que podía dejar de leer una y otra vez Cabecita negra y pasar a un par de joyas narrativas como Raíces o Cochecito (por no hablar de los demás cuentos que proponen una lectura de época muy valiosa, opacada por los grandes (canonizados) autores de dicho momento); luego, me metí, afortunadamente, con alguna novelas de Daniel Moyano (Una luz muy lejana, El oscuro, El trino del diablo) y sus primeros cuentos de situaciones oscuras, infernales, siniestramente familiares (La puerta, La lombriz, El monstruo, etc.) me dejaron una angustia difícil de comunicar; y finalmente, agarré los cuentos de Haroldo Conti (sobre todo, La balada del álamo carolina) y su gran y última novela, Mascaró, el cazador americano en la que un grupo de personajes pasa del circo a la clandestinidad en franco enfrentamiento contra fuerzas represoras en un clima en el que la cultura de élite y la cultura popular se mezclan sin prejuicios.
Entre medio de mi paseo temporal por los ‘60 y los ‘70 en Argentina, me hice unas escapadas a las décadas posteriores, los ‘80 y los ‘90, y descubrí algunas joyas: Ferrocarriles argentinos de Elvio Gandolfo, libro de cuentos en el que cada narración se ampara en un género literario (el policial, el fantástico, la ciencia ficción) para darle una nueva vuelta de tuerca y sumar nuevos elementos desarmando los moldes preconcebidos y generando algunas joyas como Llano del sol o Un error de Ludueña; me deslumbraron las novelas de C. E. Feiling recopiladas en el tomo Los cuatro elementos, una proyecto literario que también explora los géneros literarios (el policial en El agua electrizada, la novela de aventuras en Un poeta nacional, el terror en El mal menor y el fantasy en la inconclusa La tierra esmeralda) y los subvierte adaptándolos a distintos contextos de la historia argentina; Fogwill con la fragmentación de Vivir afuera y Carlos Gamerro con la monumentalidad de Las Islas proponen un recorrido por el margen (social, cultural, económico, ideológico), las drogas y su circulación, el sexo hablado y poetizado, los vestigios de la guerra de Malvinas y una galería de personajes que rayan con lo freak y con lo revulsivo y dan cuenta de los ‘90 en la Argentina, son dos experiencias de lectura distintas pero que en algún punto se tocan, se entrelazan y su lectura mixta es por demás provechosa y recomendable.
