Blog • Diciembre 2008
Las lecturas de 2008: Margarita Valencia
Margarita Valencia es columnista de la revista colombiana Arcadia y publica otros textos en su blog Palabras Desencadenadas.
Ezra Pound
Se me acusó hace poco de andar escondida entre los clásicos, de escudarme en ellos para no asumir la responsabilidad debida a mis coetáneos. No es cierto. De lo que ando huyendo es de la noria del mercado editorial, que nos obliga a dar vueltas alrededor de sus propios estados contables en vez de coger el camino azaroso que nos dicte el gusto y el amor por los libros. La crítica de libros se ha convertido en una de las estaciones en el camino del éxito editorial, entre el coctel y la firma; en esa medida, cuando el desempeño de la crítica no está a la altura de las expectativas de los escritores o de los dueños de las editoriales, parece natural que se quejen.
Pero ese no debe ser el orden de las cosas. Los críticos no escriben para los escritores ni para los editores: sus interlocutores son los demás lectores y solo a ellos debe explicaciones sobre sus propias maneras de leer: el oficio de la crítica es el establecimiento de un diálogo íntimo con ellos, el ejercicio constante de la seducción a través de la develación. La relación resultante debe ser “de confianza recíproca y de amor”, en un proceso de interacción y de ósmosis. En esos terminos define Steiner la relación entre discípulo y maestro, pero ello no convierte al crítico en un profesor en el sentido estricto de la palabra: de hecho su discurso nace y crece en el limbo deliciosamente indeterminado que se esconde entre la academia -empeñada en clasificaciones y etiologías- y el reporte insustancial de la actualidad. Allí puede ir y volver a su antojo, crear a diario cosmologías que expliquen el mundo, y establecer las filiaciones necesarias para que ningún libro se quede huérfano de padres, o carezca de amigos que lo acompañen, de campeones que lo defiendan de la imbecilidad de los contemporáneos y de las vicisitudes de la posteridad.
Dicho esto, es coherente empezar recomendando la lectura de Auden, cuyos ensayos reeditó hace unos años Adriana Hidalgo en dos volúmenes: La mano del teñidor y El mundo de Shakespeare. Sus reflexiones sobre la lectura son un antídoto perfecto a la desolación que nos invade cuando perdemos el rumbo (¡Líbranos, señor, de no perder el rumbo!) y olvidamos lo que andábamos buscando entre los libros: “Queremos que [el poema] sea verdadero, que nos permita una revelación sobre nuestra vida que nos muestre lo que la vida realmente es.”
La vida, por supuesto, es muchas cosas: es la que vive Andrés Trapiello en sus diarios, sin mayores sobresaltos, plagada de pequeñas revelaciones (”fragmentos de un cántaro roto que intenta uno recomponer de mil maneras”) que reverberan durante mucho tiempo y que nos permiten explorar con osadía pero sin abandonar la seguridad del hogar. El volumen de este año se llamó La manía y el del año entrante se anuncia como Troppo vero: larga vida a este chino leonés y a sus cómplices valencianos de Pre-Textos, que todos los años nos envían un regalo cierto en esos diarios.
Pero la vida puja también en el otro extremo de la civilidad, en este mundo mío despedazado y temible, donde la muerte nos espera a cada paso. Aquí y en todas partes es urgente leer Trujillo, una tragedia que no cesa, el informe del Grupo de Memoria Histórica, presidido por Gonzalo Sánchez, sobre una de las 2505 masacres acaecidas entre 1982 y 2007 en Colombia. La reciente publicación de la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en relación con las masacres de Ituango [El Tiempo, 12 de octubre de 2008] es apenas la última de muchas publicaciones que han dejado registradas las minucias de lo que algunos quisieran considerar diversas etapas de la historia nacional, pero que en realidad es una sola.
Acompañé el amargo trago de la lectura de Trujillo con Hanni Ossott, sin duda mi descubrimiento más feliz este año:
- Los hombres muertos son estrellas
- anónimos como estrellas
imperturbables
haciendo lo que deben
iluminar
- desde su sacro exitoso fracaso
la honda oscuridad de ser
Hanni Ossott (1946 – 2002) es venezolana, y a pesar de haber sido publicada en Colombia, sus libros no se consiguen en ninguna librería colombiana (sí en la Biblioteca Luis Ángel Arango). Gracias a los buenos oficios de Ibsen Martínez tengo entre las manos una colección de sus poemas editado por bid & co. editor (mil cien ejemplares impresos en Venezuela en 2004), que publicó este año sus obras completas. En España circula Canto de penumbra, una antología editada en Barcelona por Reverso Ediciones en 2004.
Hanni Ossott nos asiste en la tragedia, nos da la mano a la hora de asomarnos a la muerte. Los versos de Darío Jaramillo (Cuaderno de música, Editorial Pre-Textos, 2008), en cambio, nos acompañan a la hora del amor, y ellos a su vez se acompañan del cello de Bach, del piano de Satie:
- Entre nota y nota se oye nítido un sereno silencio,
- Un silencio con piel.
- Podría detenerme en esos silencios, pero hasta la eternidad es breve
- entre este piano sin ansias.
La poesía amorosa de Jaramillo ha ido dejando atrás la narración para sumergirse de lleno en la sensualidad, en lo erótico, en las texturas; el resultado maravilloso es la perturbación constante, a través de las palabras, del sosiego que genera con el ritmo de su poesía:
- mis dedos se mueven suaves sobre tu suavidad.
- El vacío durante un instante
- Y luego la otra orilla que rozo dejándote la marca de mi huella.
- Tú sobre mí,
- desmayados los dos,
- solo mi mano moviéndose.
Y ya entrados en este terreno, vale acabar con El infinito en la palma de la mano, de la poeta y narradora nicaragüense Gioconda Belli, ganadora este año del premio Sor Juana Inés de la Cruz que se entrega en la Fil de Guadalajara, una novela gozosa sobre la transgresión y el deseo, una versión casi despojada de culpa del paraíso que dejamos atrás y de los paraísos que nos esperan hacia adelante.


Diciembre 25, 2008 a las 1:33 am
Feliz Navidad a todo el staff y colaboradores de hermanocerdo, la revista de los campeones!!