Blog • Diciembre 2008
Las lecturas de 2008: Juan Sebastián Cárdenas
Juan Sebastián Cárdenas nació en Popayán, Colombia, y vive en Madrid, España. Es autor del libro de relatos Carreras delictivas (reeditado por 451 Ediciones en 2008.)
Leí a principios de este año Hotel Atlántico, de João Gilberto Noll, una novela corta muy radical, sobre un tipo sin nombre y sin pasado al que no dejan de ocurrirle aventuras mientras su cuerpo se deteriora. Pura superficie y flujo de acontecimientos. Nada de sorpresitas ni explicaciones de última hora. No apta para los lectores que siempre están esperando que el autor les arroje el salvavidas del sentido. Aquí todo está a la deriva. Significante sin significado. Con todo, el gran milagro de la novela es que la intensidad de las palabras surja a partir de la pobreza de los recursos, de la renuncia al énfasis y la digresión. El trabajo con la sintaxis llega a rozar el límite de la agramaticalidad. No obstante, la imposición de tantas limitaciones en el aspecto expresivo no impide que la prosa de Noll esté llena de coloraciones y ritmos sorprendentes. Un raro de la familia de Beckett, Aira y Bellatin. La editorial Adriana Hidalgo ha traducido al español (no muy bien, todo hay que decirlo) Lord, Harmada y Bandidos.
El mes pasado leí El asno de oro, de Apuleyo, en la traducción de Diego López de Cortegana (1513), editada por Alianza. Un libro entrañable, de los de reírse a pierna suelta. Apuleyo es uno de los grandes cracks del grotesco romano, una versión muy mejorada de Washington Cucurto pero en la Antigüedad. Esta novela tiene de todo: tikis voluptuosas, vino a raudales, brujería, aventuras, gente que se transforma en animales. En el fondo creo que me entusiasma por motivos similares a los que me unen a Noll. El efecto de superficie, el encadenamiento de disparates con una lógica interna muy apretada.
También aprovecho para recomendar dos lecturas a las que vuelvo una y otra vez desde hace años: los escolios y notas del genial Nicolás Gómez Dávila y los cuentos de Salarrué. Una muestra del primero: “Si el genio es la infancia que dura, la inteligencia es la juventud que no muere”. En cuanto a Salarrué, un clásico de la literatura centroamericana, me declaro fanático de sus Cuentos de barro y sus Cuentos de cipotes.
Termino con la que quizás sea la mejor novela que leí este año: The Death Ship. El autor es B. Traven, responsable del libro en el que se basó El tesoro de la Sierra Madre y uno de los personajes más extraños de la literatura del siglo XX. Nadie sabe a ciencia cierta dónde nació, ni siquiera qué nacionalidad tenía. Dejó algunos rastros durante su etapa de lucha revolucionaria en la Alemania de los años 10 y 20 (firmaba artículos incendiarios con pseudónimos como Hal Croves, Traven Torsvan o Ret Marut). En 1924 llegó a México, se refugió en Tampico y ahí empezó a escribir sus novelas en alemán y en inglés. No daba entrevistas, no salía en ningún medio. Desaparecía cada dos por tres. Se sabe que entabló una discreta amistad con Frida, Trosky & Co.
The Death Ship va de un marinero americano que se queda varado en Amberes, sin papeles y sin dinero. A partir de entonces comienza un calvario de deportaciones, maltrato policial, vagabundaje y, finalmente, esclavitud a bordo del Yorikke, un “barco de la muerte”, es decir, una embarcación condenada a hundirse con su tripulación para cobrar el seguro. Todo ello narrado con altísimas dosis de un humor que le debe tanto a Karl Marx como a Jonathan Swift, entre la indignación y la ironía bondadosa. Y encima es una gran novela de aventuras.
Tendría que hablar de unos cuantos más pero ya no quiero dar el coñazo, así que sólo los voy a mencionar: El fósforo astillado, de Juan Andrés Gacía Román, Cuando las imágenes toman posición, de George Didi-Huberman, Lo real, de Clement Rosset, Escritos al oído, de John Cage y, por último, La novela luminosa y París, de Mario Levrero.
