Blog • Diciembre 2008

Las lecturas de 2008: Javier Moreno

Diciembre 15, 2008
Por Hermano Cerdo

Javier Moreno coedita HermanoCerdo y es el autor de Lo definitivo y lo temporal (2008).

Un cómic: Le Photographe, de Guibert, Lefèbre y Lemercier, mezcla fotografías reales e ilustraciones para contar los viajes del reportero gráfico Didier Lefèbre junto a un equipo de voluntarios adscritos a Médicos sin Fronteras por Pakistán y Afganistán en 1986, durante la guerra entre los Soviéticos y los Muyahid. Doloroso y potente.

Un cuento: Like Life, de (I ♥) Lorrie Moore (el cual pertenece a la colección homónima publicada en 1990 pero que en realidad lei en Lorrie Moore: The Collected Stories, el compilado total que salió este año), es un cuento de ciencia ficción distópica donde Mamie Cournand, una redactora de libros infantiles, busca un apartamento para poder dejar a su marido, Rudy, un pintor bueno para nada que vive en una vieja peluquería abandonada con su gato («Sometimes it seemed she and Rudy were two people attempting to tango, sweating and trying, long after the orchestra had grown tired, long after everyone else had gone home.») Hay muchos cuentos de (I ♥) Lorrie Moore sobre mujeres que dejan o son dejadas, pero hay un ingrediente pesadillesco particular en este cuento que me perturba y encanta. En los paraderos de bus de la Nueva York de Like Life hay hombres, mujeres y niños infectados por una peste que venden flores y nadie les compra. Los llaman los Rosies. Las aceras, dice el cuento, «foamed to a cheese of spit.» Mamie lleva regularmente muestras de su saliva y la de su marido al hospital para asegurarse de que no están infectados. Mamie, quien tiene un precáncer, sueña que toca la puerta de una casa y una versión de ella misma abre, desde adentro. Es la muerte, dice Rudy, que ha prometido suicidarse de un tiro en la cabeza cuando cumpla cuarenta años (alcance la gloria o no). Mamie escribe un libro un libro ilustrado para niños sobre la llegada de las enfermedades inglesas a América. En uno de sus apartes, el jefe indio se viste como un inglés y va a preguntarle a los ingleses por qué su gente se enferma y ellos no: «He would sit among them with great dignity and courtesy. “You must pray to this god of yours that keeps you so well. You must pray to him to let us live. Or, if we are to die, let us then go live with your god so that we too may know him.” There was silence among the Englishmen. “You see,” added the chief, “we pray to our god, but he does not listen. We have done something to offend.” Then the chief would stand, go home, remove his English clothes, and die. (picture)»

Un ensayo corto: Authority and American Usage, por David Wallace (aparecido originalmente en Harper’s en abril de 2001 y luego publicado en la antología Consider the Lobster), es una reseña amplia del Dictionary of Modern American Usage, de Bryan A. Garner. Wallace –gracias, Señor, por su deliciosa incontinencia verbal– aprovecha la ocasión para ofrecer una exposición (increiblemente entretenida) de los diferentes frentes de la batalla por decidir lo que es correcto en lengua inglesa. Y claro, tarde o temprano el ensayo se convierte en una reflexión personal (si no íntima) sobre su relación con el inglés y sus variantes (que tanto disfrutaba). Sobre lo que se puede decir y cómo decirlo. Sobre lo que significa realmente usar un idioma. Sobre cómo y qué corregir. Sobre los horrores de la corrección política y la maravilla de la diversidad lingüística. Sobre cómo todo es política, en últimas. No sé cómo lo hizo, pero en el camino Wallace me convenció de comprar un diccionario de uso en inglés editado por Oxford que llegará a casa en navidad. Nunca había leido una reseña tan efectiva como esta.

Una novela: Netherland, de Joseph O’Neill. Una historia de fantasmas sobre Hans, un analista financiero holandés abandonado por su mujer y su hijo luego de que su lujoso apartamento en Manhattan fuera consumido por la nube de polvo en la que se convirtieron las torres caidas. En sus recorridos por la ciudad pensando en lo que perdió, el holandés conoce a Chuck Ramkissoon, un multiempresario de Trinidad empeñado en hacer realidad su sueño americano sin abandonar sus nostalgias de la tierra distante. La novela marcha entre las memorias de Hans sobre su infancia y su madre, las conversaciones por teléfono con su mujer en Londres, los encuentros –siempre accientales, siempre desconcertantes– con Chuck, y sobre todo las reflexiones de Hans acerca del cricket, un juego que retoma en Nueva York (of all places!) para pasar el tiempo, y gracias al cual conoce a Chuck, quien oficia de árbitro y espera, algún día, montar un gigantesco estadio de cricket en Brooklyn. Marqué un párrafo en la página 89 de mi ejemplar. Fue el único que marqué en todo el libro. No sé bien por qué, siempre marco más pero tal vez la lectura de este libro no me dio tiempo, me costó detenerme y dejar mis anclas. Para cerrar, aquí va: «An ancient discovery was now mine to make: to leave is to take nothing less than a mortal action. The suspicion came to me for the first time that they were figures of my dreaming, like the loved dead: my mother and all these vanished boys. And after Mama’s cremation I could not rid myself of the notion that she had been placed in the furnace of memory even when alive and, by extension, that one’s dealings with others, ostensibly vital, at a certain point become dealings with the dead.»

Esta nota hace parte del especial Las lecturas de 2008. Para leer otras participaciones, haga clic acá.

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