Blog • Diciembre 2008
Las lecturas de 2008: Guillermo Núñez
Guillermo Núñez Jáuregui nació en la Ciudad de México. Es editor en línea para la revista La Tempestad.
Un año es mucho tiempo. He olvidado mucho de lo que he leído aunque creo que este es otro modo de evadir responsabilidad, de querer ignorar el hecho de que, probablemente, ni leí tanto como debí ni con orden. Sé, sin embargo, que recordaré este año como el año en que leí The Road y Blood Meridian, ambas de McCarthy. No sé por qué no leí más de McCarthy. Tendría que o haberlos pedido de fuera o haber viajado y haberlos comprado o haber gastado un poco más en los pocos que traen. También pude habérselos pedido a algún amigo, pero no. No hice nada de eso. Otra cima –aunque sólo en mi memoria- fue Las benévolas de Littell. Recuerdo con especial cariño un pasaje que sucede hacia la mitad de la novela en el que el protagonista (¡he olvidado su nombre!) recibe un balazo en la cabeza que no lo mata, lo roza, apenas, y Littell describe largo y tendido el viaje interior y loco de ese balazo, pues aunque no lo mata, lo sumerge en fantasías y sueños febriles. También: “Un zoológico en llamas.” Ese libro lo empecé a finales de 2007 y lo terminé en los primeros días de enero.
Este fue el año también en que conseguí un trabajo en una oficina con horarios fijos. Lo cual para mí significa una ingente cantidad de lecturas truncas. Para paliar esto, hace unas semanas se nos ocurrió la ñoñada, a un grupo de amigos y a mí, de empezar un club de lectura. Ahí hemos leído Recursos humanos de Ortuño, Windows on the World de Beigbeder, El Maestro y Margarita de Bulgákov y recientemente El manuscrito encontrado en Zaragoza de Jan Potocki. Se supone que deberíamos leer para fechas próximas el nuevo libro de Sada, pero yo no he leído un carajo por estar leyendo El río del tiempo de Fernando Vallejo, para el trabajo. Para el trabajo también he tenido que leer What is the What de Dave Eggers (una lectura que dejé en espera varios años a pesar de haberla avanzado como a la mitad), El reparador de Malamud que ahora que lo pienso fue otra cumbre y El bosque y la ciudad de Héctor Manjarrez (un libro que me hizo pensar que sería bueno que me pusiera a hacer ejercicio).
Como soy una señora del siglo XIX llevo un diario y mi diario me informa que a la par de Las Benévolas, en los primeros días de enero también estaba terminando el primer tomo de las obras de H.P. Lovecraft que salieron en Penguin. Mi querido diario habla, el 2 de enero de este año: “Disfruté mucho The temple y The Music of Eric Zann.” Lo cual significa que disfruté mucho de esos dos cuentos. Ese Lovecraft, sé, es algo que leeré a lo largo de mi vida. En una lectura hermanada, recientemente he leído The Slipstream Anthology, pero no la he terminado. Varios cuentos destacados. En la misma familia algunos ensayos de Michael Chabon, de su Maps and Legends, que, ay, tampoco he terminado. El 14 de enero anoté que leía Atonement de McEwan. Un libro entretenido. Y hay, hacia finales de enero, un río de lecturas académicas para la tesis: Tecnologías del yo de Foucault que más tarde seguiría con Luto y autobiografía de Ferraris y En la era de la intimidad de Nora Catelli (en las mismas fechas que leía el texto de Foucalt, me dice mi diario, leía a Hazlitt, pero en desorden –Selected Essays of William Hazzlitt).
En febrero –y aquí le paro a eso de ir revisando mi diario que si no no me pongo a trabajar (estoy en la oficina)- anoté que leí un cuento de Adam Golorski, The Café Singer. El cuento, recuerdo, venía en una McSweeneys, pero no recuerdo en cual. El seis de febrero anoté que Di Benedetto no me entusiasma –un amigo me había prestado los cuentos que publicaron en Adriana Hidalgo. Empecé y no terminé Los Miserables. Empecé y no terminé el segundo y tercer volumen de los Microgramas de Walser y cometí la irresponsabilidad de reseñarlos. El diez de marzo escribí en mi diario: “Gracias a Dios por la televisión”. Incidentalmente, a los pocos días leí E Unibus Pluram: Television and U.S. Fiction de Foster Wallace (¡seguía vivo, era marzo!). Otra cimas, Monsieur Teste, de Paul Valéry, y las primeras dos novelas del ciclo autobiográfico de Bernhard. Y que mi TvNotas y que mi National Geographic y que mi Letras Libres y que mi Replicante y que mi Picnic y que mi La Tempestad y que mi New York Times y que The Atlantic y que la rama electrónica de The Believer y McSweeneys y 3Quarks Daily y HermanoCerdo y blogs de amigos, de conocidos, de desconocidos, cuentos de amigos, periódicos, suplementos, panfletos y espectaculares y la parte trasera del shampoo y anuncios horroríficos, no de clases de inglés, en la calle, sino clases de ingles que, es bueno, muy desagradable.

