Columnas • Septiembre 2008
XXX Aniversario de la Marcha del Orgullo Lésbico, Gay, Bisexual, Transexual y Transgénero
Las entidades cósmicas que dirigen HermanoCerdo, desconocidos para el staff de los que conformamos la revista y a los que nos referimos simplemente, aunque con veneración, como El Consejo Supremo, me encomendaron asistir al festejo del XXX Aniversario de la Marcha del Orgullo Lésbico, Gay, Bisexual, Transexual y Transgénero (más lo que se acumule en la semana) de la Ciudad de México.
“¿Un encargo de reportero?” me dije a mi mismo. “¡Pero si eso excede mis funciones!” De nada sirvió el recurso que interpuse ante el Consejo Supremo: su decisión era inapelable, fue la respuesta. ¿No iba contra los principios fundadores de HermanoCerdo el escandalizar a los burgueses? ¿Qué dirían nuestros patrocinadores al toparse con esta nota entre sus páginas? (Principalmente me preocupaba aquella poderosa compañía de productos lácteos cuyos ingresos en publicidad nos representan millones en ganancias, conocida ampliamente en el medio por su intolerancia militante, tanto que ya a algunos canales de televisión cultural del país les había cargado la mano.) ¿Y nuestros colaboradores más conservadores? El riesgo de ruptura en el seno de HermanoCerdo era inminente, pero el Consejo Supremo deseaba que la misión fuera cumplida, y yo, nadie más y nadie menos, era el elegido.
La sola mención de HermanoCerdo causó sensación, demostrando una vez más la posición privilegiada de la revista en el incomprendido mundo de la diversidad sexual.
El sol arreciaba fuerte desde en la mañana, y bronceaba los cuerpos embadurnados de aceite de bebé que paseaban por las calles. Las banderas de arcoiris blandían los cielos por millares, en una demostración que hubiera hecho llorar de la emoción a sir Isaac Newton. Mariana y yo, decididos a estar listos para la ocasión, nos echamos encima lo más extravagante que encontramos, a saber, un sombrero de plástico recubierto de brillantina morada y unas orejas de gato de esas que venden en las convenciones de caricaturas japonesas. De drag queens nos moriríamos de hambre, pero sólo se trataba de demostrar ánimo festivo. Armados con cámara en mano y unas estolas de plumas al cuello que aquella mañana se habían materializado sobre la mesa de la sala, nos lanzamos de cabeza al desfile para el sondeo. Recoger impresiones, hacer una crónica… en mi mente revoloteaban las órdenes telepáticas que llegaban a través del cosmos. En mi cerebro se aclaró de pronto el plan concebido por una inteligencia superior, y se apoderó de tal manera de mi mente y cuerpo que llegué a creer que todo era una idea mía: secretamente HermanoCerdo se convertiría en una revista gay friendly, y el primer paso debía ser dado.
Los policías encargados de la seguridad durante la marcha se mostraban nerviosos desde poco antes de llegar el primer contingente verdaderamente nutrido de marchantes:
-¿Pero qué está sucediendo aquí? -dijo un motorista alterado que bajó de su motocicleta mientras esta seguía en movimiento.
-Pues sepa, pero vienen para acá un chingo de putos -contestó el policía de a pie que lo esperaba en una esquina, como si hablara de la alienígena mancha voraz que llegaba para aterrorizar la pequeña comunidad de Downingtown, Pennsylvania, y no de un desfile con una tradición de treinta años.
Una señora que se las daba de mente abierta tampoco reaccionó muy bien a la situación. Yendo al centro de la ciudad para asistir especialmente a la marcha se le ocurrió llevar a su hijo menor y ponerse al relativismo moral a la hora de la hora. Y cuando un travestí asomó sus turgentes pechos por la calle, la señora disparó su mano sobre los ojos de su inocente criatura.
-¡Me picaste un ojo, mamá! -gritó el hijo enfadado.
-Pero es para que no te piquen el ojo otras cosas -respondió la madre.
-¡Pues entonces ya vamonos de aquí!
-No hijo, hay que estar aquí porque los gays son muy buena onda.
-Ay sí, la verdad es que son buenísima onda -terció la hija mayor de edad, a la que la madre juzgaba ya apta para ver pechos de silicona, y que hasta entonces se había mantenido con la boca entreabierta y mientras sumergía la mano en una bolsa de frituras con salsa de chile.
Así que el niño se jode, victima del morbo de su madre e incapaz de hacer cualquier cosa porque resulta que largarse es incorrecto y quedarse lo es también. A este paso o lo dejan en paz o le vendan los ojos, porque atrás ya llegan todos los demás y es más de lo que la señora o la policía puedan controlar.
Un ciclista fue el primero en llegar e iniciar la marcha, con su ajustada licra y su banderín y su perfecto trasero que causó envidia entre los heterosexuales. ¿O acaso el Consejo Supremo jugaba con mi mente? Llegaron muchas personas y muchos frentes y comunidades diversas: las familias diversas, el evangelio desde la diversidad sexual, la comunidad judía gay (la kipá era color rosa), etc. Lazaban besos, repartían abrazos y llevaban todos una sonrisa de satisfacción que contrastaba con mi gris vida heterosexual.
Mientras caminábamos codo a codo con la marcha sentíamos tal alegría y tal orgullo de participar en un movimiento así, que comenzamos a integrarnos con los contingentes y las personas lo notaban. Los mirones sabían que eras parte de la marcha y presuponían que eras o lesbiana o travesti tomándonos fotografías con nuestras orejas de gato y demás accesorios. No era nada especial junto a tantas personas que se veían fabulosas y aún así, nos tomaron fotos, nos grabaron. Sin aditamentos especiales, sin un cartel de homosexual en la solapa, sólo por estar ahí, inmersos. Entonces, a los heterosexuales era imposible distinguirnos. Los mirones son grandes demócratas, siempre lo han sido.
Treinta años lleva realizándose la marcha, no deberia ya tener el poder siquiera de escandalizar a nadie. Pero mientras los policías sigan sin bajarlos de putos, las señoras les piquen los ojos a sus hijos y la gente se enoje a mas no poder porque le cierran la calle “un montón de locas”, mientras cosas así sucedan, seguiremos viendo tetas de silicón al aire y calzoncillos rozados; sombreros con la forma de un falo en una reminiscencia shivaista y físico culturistas en spandex, como Batman y Superman en la seducción del inocente.
Y no puedo decir que no me fascine la idea. Por lo pronto, HermanoCerdo ha cumplido con su granito de arena al gran patio de juego de la diversidad, y el Consejo Supremo, por el momento, con su demanda satisfecha, ha abandonado mi cabeza y todo rastro de actividad en este planeta azul y entrañable que es la tierra. Pero la pregunta sigue en el aire: ¿es el destino de HermanoCerdo abandonar la literatura y convertirse en una revista de artes marciales y gay friendly?
