Crítica • Septiembre 2008

Un desafortunado ejemplo

Rabia, de Jaime Mesa

Por René López Villamar

En la introducción a la polémica antología Grandes Hits. Vol. 1, Tryno Maldonado escribe que la generación de escritores mexicanos nacidos en los setenta “ha sido la primera generación que recibió buena parte de su educación sentimental del plástico de una computadora, que fue arrullada con la televisión y entretenida con el joystick de un Atari o de un Nintendo”. Lo que omite mencionar es que, si bien la educación sentimental ha sido por medio de la computadora, la educación literaria de esta generación se caracteriza por la consolidación del sistema de talleres y becas literarias creados con fondos nacionales y estatales, es decir, es la generación donde el oficio de escritor se deja de ver como tal y se comienza a entender como una carrera. En esta carrera, los talleres sustituyen a los estudios universitarios, la primera novela equivale al examen de grado, las becas al empleo y en lugar de un doctorado hay que ganarse un premio nacional.

Por una parte, la admisión a un taller o una fundación de prestigio se equipara con la entrada a una universidad renombrada. Sus alumnos, por supuesto, deben graduarse en tiempo y con honores. Como en todo colegio reconocido, sus estudiantes son quienes tienen las mejores oportunidades de trabajo. De la misma forma que un informático aspira a ser contratado por Microsoft o un publicista anhela trabajar en la cuenta de Coca-Cola, los nuevos egresados de las carrera de escritor sueñan con firmar un contrato con Anagrama. Por otra parte, de la misma forma que las juntas de accionistas esperan un reporte anual de productividad, los fondos y sociedades que otorgan becas y subvenciones esperan entregas anuales de réditos literarios que justifiquen su inversión.

Ante esta perspectiva, no es de extrañar que las novelas que ya comienzan a editarse de autores nacidos en la década de los setenta se lean como productos apresurados, asépticos, apenas borradores o intentos de borradores de novelas mejores. Las obras de esta generación tienen todas las taras y carencias que cabría esperar de este modelo. Ante la prisa de figurar, de colgarse el título de escritor o de joven creador, la literatura toma el asiento trasero. La principal preocupación de dicha generación parece estar en otra parte, en la culturilla literaria, en vez de en la literatura.

Rabia (Alfaguara, 2008), la primera novela del poblano Jaime Mesa, es un desafortunado ejemplo de lo anterior. Es una novela muy bien escrita que no dice mucho o más bien no dice casi nada, que se lee como un simple ejercicio de estilo, de taller, sin lograr comunicar nada importante, lo cual nunca se podría adivinar leyendo la contraportada:

La realidad virtual que Jaime Mesa construye en esta novela se multiplica en minúsculas y sorpresivas realidades. Rabia es todo un acontecimiento.

Daniel Sada

Qué habrá llevado a Sada a confundir esta obra con un acontecimiento es uno de esos pequeños misterios que será mejor nunca tratar de desentrañar. Si bien es cierto que la historia de Foster —un enajenado del sexo cibernético que pierde la cabeza tras un partido perfecto de béisbol en Chicago y mata a un camarógrafo a golpes— toca el tema de la realidad virtual, lo hace con enorme superficialidad y falta de astucia. Lo virtual no es más que un pretexto, un deseo de resaltar el tema de actualidad sin el menor interés en explorarlo o profundizar. Las múltiples relaciones de Foster por medio de internet no tienen nada que justifique su existencia en lo virtual. La historia hubiese tenido el mismo efecto, o falta de él, si las relaciones hubiesen sido en carne y hueso. En vez de adoptar una postura en pro, en contra o hacia la tecnología, Mesa prefiere quedarse en lo superfluo.

No hay, en Rabia, nada de lo que su título promete. El autor se limita a ejecutar una estilística cómoda, sin riesgos, una demostración de que puede escribir las 260 páginas de una novela. Pero no basta con demostrar que se puede escribir una novela. No basta con presentar el reporte de las habilidades adquiridas. Hace falta, ante todo, un propósito, una necesidad de decir algo. Hace falta, al menos, arriesgarse a hacerlo aunque no se consiga. Mesa ni si quiera lo intenta y es aquí donde la novela se desploma. En vez de mostrar a su protagonista, el autor se conforma con describirlo. “Tienes una maravillosa capacidad de despreciar y neutralizar el mundo”, le dice a Foster uno de los olvidables personajes secundarios. “De cierta forma no hay nada que te diferencie de nosotros, porque todos nosotros no hacemos lo mismo. Pero parece que tú lo haces por gusto, no por necesidad”. Así podría seguir citando párrafos enteros de reflexiones sesudas sobre la decadencia del hombre posmoderno, que podrían sorprender a un trasnochado, pero que no pueden ser confundidas con un acontecimiento y menos aún con una novela.

Rabia falla porque opta por una impersonalidad que es ajena al centro de sus temáticas; elige la comodidad de la técnica frente al riesgo de lo literario. En vez de leerse como una investigación sobre “la soledad de la gran noche electrónica”, se muestra como un catálogo de oportunidades no tomadas. Los mejores momentos de la novela son, justamente, aquellos en los que la presencia reflexiva del narrador desaparece y se limita a presentar una mirada objetiva:

En el primer turno de la parte alta de la novena entrada el bateador de los Reds, Barry Larkin, se muestra confiado. Va de tres nada, lo sabe. Y el coro infernal del estadio lo apabulla en el momento justo en que empuña el bat y mira al lanzador. El pitcher Juan Cruz lanza. Una hermosa curva que que se abre y luego se cobija a toda velocidad en las manos cubiertas del receptor. El pitcher suda pero controla el último lanzamiento que termina siendo una recta perfecta que quiebra el aire y deja el bat colgando de las manos del bateador. Un hombre menos. [...]

Desafortunadamente, la necesidad del narrador de explicarse, de mostrar su pensamiento, llega de inmediato. El párrafo citado continúa así: “Pienso que debe haber algo detrás de esa sincronía, un lenguaje desconocido que emociona al público. Al menos en la televisión hay distintas tomas, un narrador que piensa por sus telespectadores, comerciales…” Justamente, el narrador de Rabia piensa por sus lectores y les presenta distintas tomas cuidadosamente elegidas. Se niega ante el lector, como el mundo virtual le niega a Foster, la capacidad de decidir por sí mismo.

En su intento por pasar como literatura, la novela termina por trivializar y esterilizar aquello que debiera ser su materia prima. Privilegia el producto editorial antes que la labor literaria. Habría corrido mejor suerte si se hubiese deshecho de todas sus pretensiones literarias y se hubiese limitado a contar una historia. Desafortunadamente, la generación de Mesa parece ir olvidando la esencia y opta por la apariencia. Si la virtualidad falla en la obra en sí, se confirma en lo paraliterario; es decir, si una obra no es literatura, al menos se puede simular para que parezca literatura.

La publicación de novelas como Rabia plantea un doble reto para esa y futuras generaciones de escritores. El primero, romper con el esquema cómodo y tranquilo en que se han aletargado, correr riesgos, arriesgarse a molestar conciencias y causar malestares. Romper con el esquema confortable de la literatura como carrera. El segundo, proponerse recuperar la mente y los ojos de los lectores que este tipo de escritos aleja hacia las ofertas virtuales, pero paradójicamente más honestas. Jaime Mesa ya ha demostrado que tiene la capacidad técnica necesaria para escribir una novela. Ahora sólo le hace falta ponerse a escribir, en serio.

René López Villamar nació en la Ciudad de México en 1979. Prófugo de la ingeniería y las escuelas católicas, intenta recuperar su humanidad por medio de la literatura. En 2006 ganó el Premio Sergio Pitol de relato con De la obsesión de Julián Casillas por las amapolas. Le gustan la comida japonesa y los títulos largos.