Cuento • Septiembre 2008

¿A qué edad volviste a recordar?

La fotógrafa

Por Lea del Pozo

Pablo Gallo, Libro de Voyeur

Te importaría quitarte la camiseta?

La chica duda. La fotógrafa la está mirando fijamente y eso la incomoda. No sabe por qué ha accedido a quedar ni sabe muy bien por qué se deja fotografiar. Pero lo hace.

Pon la camiseta un poco más a la derecha, por favor.

Y se aparta la cámara del rostro para arreglarse un mechón de pelo. No da más instrucciones. La fotógrafa es dura cuando habla y los por favor o las gracias suenan algo artificiales, como si pensara que están de más en una frase.

La camiseta ⎯blanca, de manga larga y con dos mariposas xerografiadas en la espalda ⎯queda en un rincón. La chica piensa que hace frío pero prefiere no decir nada. También piensa que las paredes son demasiado blancas.

Creo que deberíamos parar un rato. Y hablar.

Entre una frase y la otra deja pasar unos segundos. A la fotógrafa le cuesta hablar con ellos y al inicio de una sesión siempre se siente incómoda. Pero los retratos marchan. Está segura de que este trabajo será un paso importante, quizás lo que la separará definitivamente del resto.

La chica no sabe si debe ponerse la camiseta o no. Deja los brazos pegados a los costados. Todo es natural. Eso se lo repite varias veces.

Las manos de la fotógrafa son pequeñas. La chica piensa que la fotógrafa es fuerte. Aunque tenga las manos pequeñas. Le gustaría ser como ella. Se la imagina de acá, para allá, sola, sin que la molesten sus recuerdos. Se pregunta cómo debe de ser no tener recuerdos, esa clase de recuerdos ⎯para la chica los otros no cuentan⎯, y fantasea sobre cómo hubiera sido ella sin aquello. No se le ocurre nada.

Qué raro que la fotógrafa busque imágenes y ella, en cambio, tenga tantas de las que deshacerse aunque esto cada vez importe menos. La chica lo acepta. Y, sin embargo, con la fotógrafa los recuerdos duelen.

¿A qué edad volviste a recordar?

Ya habíamos hablado de esto.

Lo sé. Pero ¿a qué edad volviste a recordar?

A los dieciocho, la primera imagen fue a los dieciocho. Otros nunca olvidan y siempre son conscientes de lo que les pasó cuando eran niños, quiero decir que no hay ruptura entre la edad adulta y los abusos.

Lo sé.

La chica sabe que la fotógrafa lo sabe. Pero necesita tiempo, refugiarse en las generalidades.

¿Te importa que te pregunte cuándo empezó?

No, no me importa.

Ya no siente tanto frío y se le ha olvidado que está a medio vestir.

Ella sentada en las rodillas, siempre era así, quítate la ropa, anda, no es nada malo, al fin y al cabo soy tu padre, no es nada malo si nadie se entera, sé que a ti también te gusta.

¿Siempre está en tu cabeza?

La chica está mirando al suelo, como si buscara alguna cosa entre las juntas de los azulejos.

Casi siempre.

Lo entiendo. Bien, quizás deberíamos empezar de nuevo. ¿Qué te parece que te haga fotos?

Lanza un disparo.

La  chica piensa que debe de ser muy fácil preguntar siempre. Piensa que la fotógrafa tiene una vida fácil detrás de la cámara. Aunque tampoco está muy segura de que a la fotógrafa le interesen sus respuestas. Puede que sólo le interese la reacción del rostro ante sus preguntas. Sí, en realidad es sólo eso. Las palabras carecen de significado para la fotógrafa y cuando las tiene, no sabe muy bien qué hacer con ellas. Algunos se han puesto a llorar como niños cuando han empezado a explicar, quizás incluso le han dado a la fotógrafa algún detalle que no habían contado antes. Como ese hombre de unos treinta y tantos que explicó que su tío antes de violarlo siempre le comparaba una piruleta. Lloró a moco tendido. Pero la fotógrafa no hizo nada. Aguardó el momento justo entre el desconsuelo y la lucidez. Es una de sus mejores fotos.

No sé por qué te interesas por nosotros.

¿Nosotros? ¿Quiénes sois ‘nosotros’?

La chica piensa que la fotógrafa sabe perfectamente a quién se refiere.

Nosotros. Los que hemos sufrido abusos sexuales durante la infancia.

La explicación es la misma que hay en la página web de la asociación.

Bueno, ahora me interesas tú.

La piel de la chica es blanca y flácida. Y tiene unos ojos saltones, casi de sapo, que no pueden disimular lo infeliz que es. La fotógrafa cree que todo se debe superar para no acabar así, siendo poco más que un cuerpo triste.

¿Tienes novio?

No.

La chica siente que debería dar más explicaciones, podría darlas, podría explicar que los hombres le dan miedo, que cuando cierra los ojos todavía puede sentir esa cosa dentro de ella, caliente y rígida. Dolor.

Ya, bueno, sólo tienes veinte, eran veinte, ¿no?

Sí.

Todo es demasiado reciente.

Para algunos siempre será muy reciente.

La fotógrafa lo sabe pero no dice nada. Y la chica piensa que es difícil hablar con la fotógrafa, rehúye el drama, lo detesta. Se pregunta por qué los retrata a ellos, si parece que lo que tienen que contar, a la fotógrafa le molesta. La habitación es tan blanca que da miedo, aunque a la chica todo le da miedo. Se siente muy pequeña allí desnuda en medio de la nada. La fotógrafa cree que la chica es el mejor de todos sus personajes. Expone su sufrimiento a tumba abierta y la cámara lo recoge sin apenas esfuerzo, toda ella queda enganchada en la película como si a cada chispazo saliera de la máquina una pala y se llevara algo de la chica consigo. Así de simple.

¿Qué te dice la palabra víctima? ¿Te sientes víctima? ¿Eres una víctima?

Y todo el desprecio se desparrama por la habitación.

No sé, sí supongo que soy una víctima.

Y eso qué significa. Quiero decir. ⎯Pausa⎯. ¿En qué queda tu vida?

Lanza un disparo. Esta vez salta el flash. La foto no valdrá. La fotógrafa mira la cámara mientras intenta averiguar por qué la luz blanca se ha disparado. Aprieta un botón con fuerza; es muy pequeño.

No sé en qué queda mi vida. ¿Qué quieres decir?

Y otro chispazo. La chica tiene el óvalo de la cara alargado y una raya violeta debajo de las órbitas. La fotógrafa recoge la luz blanquecina que entra por la ventana estrecha y algo lánguida. Las sombras se marcan en el rostro de la chica haciendo que parezca mayor.

¿Que si crees qué es la mejor manera de vivir? Así, sintiéndote víctima, siempre, las veinticuatro horas del día.

Y una punzada de algo se clava en el estomago de la chica. También en el de la fotógrafa.

Soy víctima las veinticuatro horas de día.

Claro. Me refiero….

Sé a que te refieres.

Los chispazos se suceden como si la fotógrafa quisiera matar a la víctima, a su víctima, a todas víctimas.

¿No sería mejor olvidar? Seguir adelante, ser fuerte.

Las gotas de su sudor caían siempre encima de ella. Rodaban por la nariz de él hasta posarse en el cuello de ella. Y entonces venían las arcadas. Tranquila, sé que te gusta. Y las embestidas se volvían más fuertes, con más rabia y más placer.

No es fácil olvidar.

La chica está incómoda pero ha aceptado que a la fotógrafa eso no le importa, cada cual tiene un papel. Eso lo aprendió hace mucho tiempo. La fotógrafa está rascándose un ojo con una mano, con la otra agarra la cámara. La chica piensa que tiene una mirada casi perdida. Y eso la sorprende.

Supongo que no, que no es fácil olvidar.

Lo dice sin convencimiento y da un bandazo al aire como si ahuyentase a una mosca.

La chica cree que la fotógrafa colecciona imágenes que luego olvida. Imágenes que le sirven un instante para luego desaparecer en un cajón o en su página web.

No sabes lo que es que las imágenes te persigan.

Sé lo que es vivir siempre de rodillas. Por eso no lo hago.

La fotógrafa se arrepiente de lo que ha dicho. Tiene miedo de que la chica coja la camiseta, se vista y se vaya por donde ha llegado. Es su mejor personaje. Lanza otro disparo. La chica no parece enfadada, lo ve por el visor de la cámara. Se pregunta qué habrá que decirle para que se cabree y grite.

Pasan unos segundos y nadie dice nada. La piel de la chica se confunde con el blanco de la pared. Es casi transparente. Pequeña, gorda y débil, sobre todo débil.

¿Sabes? Cuando despierto o me ducho o trabajo siempre están los recuerdos. No son pensamientos conscientes, quiero decir, que puedo estar haciendo otras cosas, incluso puedo estar hablando con alguien, pero siento cómo mi cerebro se divide y una parte siempre está allí. Es como si mi mente nunca pudiera desprenderse de aquello. Eso es todo. Por eso no puedo dejar de ser una víctima.

La chica no cuenta que nada es tan real como sus recuerdos. Tampoco que eso la hace sentirse culpable.

Te entiendo.

La fotógrafa deja pasar unos segundos. La luz cada vez es más blanca. En cualquier momento la chica quedará diluida en el ambiente. Eso la preocupa. Hoy es una buena sesión. Buenos retratos. Pero sabe que el tiempo ⎯que es la luz⎯ se acaba. Siente como la ansiedad va ganando terreno. Deja la cámara y coge el bolso. Busca un Trankimazin. Cuando lo encuentra se lo pone debajo de la lengua, dos segundos. Siempre hace eso con los Trankimazin. No los traga directamente, necesita ser consciente de la artificialidad del momento.

Puede que sólo necesites tiempo.

La chica sabe que es una respuesta de manual. Palabras prefabricadas para el dolor. Piensa que no sabe quién es la fotógrafa pero se le antoja alguien poco acostumbrado a la verdad. Se siente incómoda. Decide ponerse la camiseta.
¿Te sientes más cómoda con ella? Quizás hace algo de frío.

Sí.

Son los últimos disparos, la fotógrafa sabe que la chica no volverá a la siguiente sesión. La llamará, la chica dirá que está muy ocupada y no habrá más llamadas. Pero ha sido la mejor modelo. De eso no hay duda. La fotógrafa tiene que reconocer que la chica es muy generosa. Regala compasión. Está segura de que nunca hará nada con su vida, probablemente pasará de cajera del súper, donde trabaja ahora, a dependienta de alguna charcutería. Nada más. La fotógrafa no piensa que eso sea una lástima. La compasión queda muy lejos de su trabajo. Se alegra de que ella nunca haya dejado que sus recuerdos, sus imágenes,⎯ven, ven aquí bonita, bien, ahora pon la mano aquí, tócamela, así despacio, como tu sabes hacerlo⎯,la hayan paralizado. No, ella no es una víctima, sólo lo fue. Otra vez un pinchazo en el estómago, el pinchazo de siempre, esa bala que lleva dentro y, de vez en cuando, se agita con la intención de romper alguna membrana, la que distancia la bilis de la supervivencia.

La chica piensa que ya no queda luz. Se siente aliviada. No se atreve a decir que ya no puede más, no dice que saldrá de la habitación y se irá corriendo a casa, cogerá el teléfono y llamará a alguno de los dos números de emergencia. Oirá dos tonos y alguien, al otro lado, responderá con un ‘tranquila, estás bien, respira hondo y cuéntame qué ha pasado’. Piensa que sin la asociación no es nada. Pero no le importa.

Ya vamos terminando, ¿vale?

Vale.

La fotógrafa dispara. A través de visor cree ver que la chica tiembla, sus ojos están algo empañados. Las fotos serán buenísimas. No puede evitar que la palabra perdedora aparezca como un cartel luminoso en su cerebro. La chica es una perdedora. Quizás no está bien que lo piense, pero lo hace. Se siente bien, ella jamás ha dejado que aquello la imposibilitara. Se siente satisfecha. Cuanto más débil ve a la chica, más fuerte se siente ella. Las cosas son así, no hay que darle más vueltas. Saber eso es lo que la separa del resto. Sus fotos son pedazos de vida, enteros, sin nada de por medio ensuciando la imagen. Se siente cansada, de golpe. Y mientras mira a través del visor, ⎯ya no dispara, la luz se ha consumido rápido, como siempre hace, a traición⎯ se concede un minuto, sólo un minuto, no más, para coquetear con la idea: el placer de dejar correr los recuerdos, sin resistencia. Dejarse ir y embeber el sufrimiento, aceptar que es parte de sí.

No luchar.

La chica ya no la mira, hace rato que ha dejado de hacerlo, tiene las pupilas clavadas en el techo, como si por allí intentase perderse. La fotógrafa siente envidia. Ser víctima es fácil. La chica no tiene que hacer nada, sólo dejar que el dolor la consuma, la haga pedazos, la volatice en el tiempo. Para ella no hay presente ni futuro. Sólo pasado. Pero las cosas son como son, y no hay que darle más vueltas.

Ya estamos. Gracias.

Lea del Pozo nació en el 78, es periodista y vive en Barcelona. En otra vida vivió en Marruecos y se licenció en Filología Hispánica, aunque no en ese orden. Mantiene el blog, Lea Líos.