Crónica • Septiembre 2008
Jaap
Pablo Gallo, Libro de Voyeur
I.
Con el invierno arreciando, hambriento de hambre y sexo, respondí a un llamado en el periódico solicitando modelos para foto y video porno. El anuncio era parco y claro. Telefoneé desde una cabina solitaria, depositando muchas más monedas que las necesarias para una llamada común, a fin de que no me sucediera lo mismo que en el Peep Show. Quería que cualquiera que fuese la respuesta, no se interrumpiera con la estúpida advertencia del corte de crédito. Por mi mente pasaban las imágenes de hombres que no obstante haber sido bien dotados por la naturaleza debían untarse Meneer Jan (Don Juan, en holandés) para mantenerse en pie de lucha a lo largo de una sesión entre cámaras, reflectores y mujeres. Imaginé un interminable festín con mujeres de todas las razas y todas las tallas. También visualicé a mis posibles competidores como hombres rubios de pectorales poderosos, como negros de pelvis hiperactivas, turcos pequeños con mangueras desmedidas, todos en insistentes close-ups, sus rostros irradiando ese aire de confianza extrema que da la efectividad: usando playeras con mensajes propagandísticos como “Satisfacción Garantizada” o “Instructor Sexual”, indiferentes a las miradas de envidia provenientes de tímidos enclenques como yo.
Pero tenía varias cartas en mi poder: algunos amigos holandeses me habían mostrado fotonovelas porno estelarizadas por actores mexicanos, dando fuego con sus red-hot-chilli-peppers a escandinavas de talla vacuna. Además ya había sido objeto de temibles persecuciones por mujeres al menos dos tallas más grandes que yo. Podía dar el ancho (y el largo) como modelo, pensé.
II.
La voz al otro lado del auricular fue mucho más amable de lo que esperaba. Escueta, sí, pero no fría. Y aunque tuvo mucha dificultad para pronunciar mi nombre (MaurritzYo), me citó para el día siguiente a una hora grosera: las diez de la madrugada.
III.
En holandés Jaap es un nombre: un hombre. Un hombre a su manera: amanerado. Y un hombre de negocios.
Su piel ya tenía el tono traslúcido de los humanos que vivirán en un mundo subterráneo en el futuro. Y su casa, desde el exterior, no se diferenciaba del estilo calvinista de las demás, pero en la sala familiar del primer piso, en vez de resguardar a una abuelita tejiendo, Jaap había instalado un bar. En la planta baja había una bodega y supuse que en la tercera planta se realizaban las filmaciones. Me senté en uno de los bancos frente a la barra y Jaap me ofreció un trago. Explicó serenamente que el trabajo como modelo había sido cubierto y que no tendría nada en fechas próximas. Sin embargo podía emplearme como prostituto. No lo dijo tan frontal, pero la forma poco importaba cuando el fondo era así de delicado. La clientela es masculina, aunque eventualmente vienen mujeres, aseguró. Dí un trago definitivo al cognac con jugo de naranja que me preparó y le contesté que no estaba interesado. Jaap me confió que a él le encantaban las mujeres, que no había nada en el mundo tan exquisito como un cuerpo femenino, pero que la vida exigía que obtuviéramos un ingreso: es más cruel trabajar en una fábrica o en una mina, matarse por nada. Y bromeó que ese ingreso podía obtenerse por adelante o por atrás. Aquí está lo que mereces: viajes, restaurantes, y con un poco de suerte puedes ligarte a alguien rico y liberal que te lleve de paseo por el mundo con gastos pagados permitiéndote tener sexo con algunas muchachitas, incluso pagará por ellas: es más, puedo recomendarte con alguien.
Todo un hombre de negocios este Jaap.
IV.
El reloj de pared marcaba las diez treinta. Aún escuchaba las propuestas de Jaap entre la neblina del cognac. No, gracias, esto no es para mí. Me eché la bufanda al cuello y, cuando tomé mi abrigo, Jaap me miró de arriba a abajo, con ojo de mercader. Tendrías mucho éxito, te lo garantizo, tu aspecto es poco común aquí. No, Jaap, gracias. Puedo recomendarte con mis mejores clientes. Gracias, Jaap, no. Puedo ofrecerte otro trabajo mientras te decides, así irás conociendo el ambiente. Haciendo qué, Jaap. A cargo del bar, de la bodega, contestando el teléfono.
V.
El aspecto operativo parecía complicado, pero no podía ser más simple. Tres líneas telefónicas (memoriza sus colores de acuerdo a su significado): el teléfono blanco correspondía a la línea para reclutar nuevos muchachos, el negro al de los clientes asiduos y el rojo al de servicios especiales. Ni tardo ni perezoso sonó el teléfono blanco. Jaap endulzó la voz y reconocí el estribillo, cada palabra con que me contestó cuando telefoneé. Era evidente que aquello del modelaje porno le funcionaba como carnada. Otra víctima estaba a punto de caer por el teléfono blanco. Jaap colgó y cuando se disponía a mostrarme el surtido de licores, sonó el teléfono negro. Esta vez contestó con un tono distinto, sugerente, vendiendo. Comentó, con los labios muy cerca del auricular, que estaba tratando de conseguir nuevos muchachos, para ofrecer mayor variedad a los clientes, aunque todo parecía una cuestión de precio. Cien florines. Perfecto. Tendremos algo para usted.
VI.
Jaap prefería que yo contestara el teléfono en inglés porque, según él, añadía un toque de exotismo. La verdad era que mi holandés resultaba imposible de entender.
El empleo incluía, aparte de contestar el teléfono, enganchar a los clientes con alguno de los muchachos y llevar el registro de las solicitudes y las habitaciones. El bar también estaba a mi cargo. Servía tragos a los clientes mientras tomaban su tiempo para elegir de entre una plantilla de jovencitos que parecían cualquier cosa (estudiantes, rufianes, mujeriegos, todo menos homosexuales) con quienes subirían a las habitaciones en la planta alta. Me gustaba atender bien a unos y a otros porque me dejaban propinas para paliar la infeliz explotación de Jaap.
Cuando en una carta le describí mi empleo a un amigo, me contestó: tantos pinches libros para terminar como lenón. Y de hombres. Pero como el invierno arreciaba y me era imposible conseguir otro trabajo, no me podía quejar. El horario tampoco era agradable. Al principio odiaba salir de aquel antro en la madrugada y esperar el autobús nocturno en un área habitacional, muerta, enmedio de la neblina. Algunas composturas en las calles aledañas afectaban la ruta del autobús, provocando que no llegara o que apareciera con retrasos dignos del tercer mundo. Poco a poco, el frío se apoderaba de la ropa, de la piel, y se iba adentrando hasta los huesos. Pero no podía desanimarme por eso. El empleo era divertido. Así que en vez de esperar el autobús me dio por caminar un par de horas rumbo al centro, acompañado de mi vaho, como si la neblina que opacaba el cielo exhalara de mis pulmones. Llegando a Rembrandtplein, entroncaba con otra ruta de autobuses que me llevaba a casa por ahí de las cinco de la mañana: digamos que siempre me ha gustado ser madrugador.
VII.
Había momentos en que el bar se animaba a tope. El empleo era sencillo porque los clientes nunca pedían un cocktail. Todo era destapar cervezas o servir ginebra local con un chaser de agua mineral. Si acaso, ofrecer la bebida de la casa: cognac con jugo de naranja. Lo más extravagante era el tequila que servíamos con sal y limón, un licor que Jaap intentó vender dada mi procedencia.
Las anécdotas de primera mano eran uno de los privilegios de trabajar en la barra. Tardé un poco en acostumbrarme a evitar que las charlas allí no se acercaran al nivel personal, porque si los jóvenes que trabajaban para Jaap no eran homosexuales del todo, los clientes tampoco lo eran. Al menos no abiertamente. De día llevaban una vida familiar común. De hecho, a veces solicitaban a Jaap conseguir una jovencita.
Ronnie era un personaje odioso desde el momento en que lo veías. Un pelirrojo cabezón, regordete y de muy baja estatura. Se suponía que debíamos llevarnos bien porque yo aligeraría sus múltiples responsabilidades. Pero me odiaba. Quizá porque mi trabajo consistía en pasármela bien. A él le tocaba regular la calefacción, proveer toallas, jabones, aceite, condones y caramelos a cada habitación, cambiar las sábanas, ayudar con las compras y encargarse de la lavandería. Pero ganaba muchísimo más que yo, por lo que cada sábado por la noche se paseaba frente a mí contando los billetes en voz alta. Como mi puesto incluía, aparte de contestar el teléfono, enganchar a los clientes con alguno de los muchachos y llevar el registro de clientes y habitaciones, hacía enfadar a Ronnie cuestionándole, delante de alguna pareja lista para subir a la habitación, si había dejado sábanas limpias o aceite. Le recomendaba al cliente que si necesitaba algo oprimiera el botón cerca de la cabecera a fin de que yo enviara a Ronnie para atenderlo de inmediato. Esto hacía que la toda la cabeza del pelirrojo enrojeciera hasta parecer un jitomate furibundo.
VIII.
Robert, Rachid, Pieter, Mark y Jan eran los miembros de Jaap Escort Service, regularmente. Había otros de participación más flotante. Y muchos que iban eventualmente o que se presentaban sólo una o dos veces en total. El gancho de Jaap consistía en presumir que sus edades fluctuaban entre los diechiocho y los veintidós.
Salidos de su casa, aspirantes a gigoló, vagos a la moda, soñadores de millones, no tenían inconveniente para las sesiones de una hora de sexo sin penetración (ésa era la oferta de la casa, cualquier propuesta para ir, digamos, más a fondo, quedaba bajo decisión de cada quien). Llegaban a cualquier hora a partir de las ocho de la mañana si había algún cliente especial, pero la mayoría aparecía a las cinco o seis de la tarde. Bromistas, desparpajados, tomaban este empleo como cualquier otro.
La política de Jaap abogaba por el safe-sex, dejando a criterio de sus muchachos qué tan lejos llegarían con sus clientes. En esas condiciones, la tarifa era de cien florines: cincuenta para el establecimiento y cincuenta para el muchacho. Si se trataba de algún trabajo especial, ya podía acordarse una tarifa entre los interesados, sin que mediara la empresa. Pero una noche apareció un hombre gigantesco, más bien bofo, vestido impecablemente y fumando un cigarro tras otro. Se trataba de un cliente especial que no se había presentado durante largo tiempo. En esta ocasión, tampoco anunció su visita, por lo que tomó desprevenido al dueño. A cada paso de larga trancada, retumbaba el local entero. Además, el tipo parecía ir arrojando fajos de billetes dada la solicitud que Jaap y Ronnie le deparaban. Después de saludarlos sonoramente, el tipo pidió que lo dejaran a solas y se sentó en un extremo de la barra para pedir ginebra local. Luego de un vistazo, eligió a Rachid, a Robert, a Jan, y les invitó bebidas allí mismo. Les dijo a viva voz, como para que escuchara la totalidad del establecimiento, que le pagaría cincuenta florines a quien aceptara subir sólo por quince minutos, no la hora entera, para lamerle el orificio, cincuenta florines, pero les advirtió que acababa de ir al baño y había decidido no asearse. El rostro de los muchachos se atoró en una mueca entre la repugnancia y el descrédito. Por si fuera poco, el tipo repitió la oferta haciendo ademanes y dando lengüetazos al aire, como si fuera necesario. Los muchachos no supieron cómo reaccionar, ni siquiera si debían seguir bebiendo. Al no obtener una respuesta afirmativa con prontitud, y antes de que se negaran, el hombre subió su oferta de cincuenta a setenta florines. Luego a ochenta. A noventa. Noventa y cinco. Noventa y ocho, hasta ver gradualmente el cambio de expresión en el rostro de Jan conforme se acercaba al precio. No cabía duda de que al tipo le excitaba ese juego. Cuando la oferta llegó a cien florines y Jan aceptó, el hombre se levantó dando un manotazo a la barra, pagó la cuenta y dejó diez florines de propina. Entonces Jaap se acercó y murmuró a Jan que no estaba obligado a hacer nada que no quisiera, pero éste le contestó: ya lo sé.
IX
Con cierta regularidad un japonés (se) venía. Era joven y tímido y pedía siempre muchachos más o menos delicados. Aquéllos fornidos o de aspecto duro no le interesaban. Tenía un pirulí literal: no medía en longitud ni grosor más que un dedo medio, de textura rugosa y áspera (ya dije que los chismes eran un privilegio de trabajar en la barra). Él sí prefería la penetración: el sexo sin penetración no es sexo, decía. Al tipo le gustaba charlar conmigo porque me sentía tan extranjero como él. Según su opinión, la sociedad apretaba el culo para todo, pero era sorprendente la soltura con que lo intercambiaban por tan poco: “como trabajar en una fábrica, por ejemplo”. En eso concordábamos. Yo quería argumentar que la solución no necesariamente implicaba la penetración real ni las relaciones sexuales con otro hombre. Pese a su jerárquica educación nipona, él afirmaba que la división demográfica en dos o tres sectores era tan estúpida como la división social en clases económicas. En eso volvíamos a coincidir, pero yo difería creyendo que no son dos ni tres, sino que podía existir una variedad indiferente a toda clasificación, y que en ese sentido yo no gustaba de los hombres como él mismo no gustaba de los corpulentos, y como muchas personas no gustan de las flacas, de los forzudos, de las blancas o de los contadores públicos. Le comenté que, por mi aspecto racial, había conocido a innumerables holandesas que juraban no poder acostarse con un hombre blanco, y que de la misma manera, a mí no me interesaban los hombres. Por lo mismo, acepté demostrárselo al subir con él a uno de los cuartos y desnudarme y tocarme frente a él mientras él jugaba a soñar despierto.
X.
En efecto, tuve éxito. La mayoría de los clientes me pedía ir al cuarto con ellos. Detrás de la barra, los escuchaba subir la oferta de diez en diez florines mientras yo gozaba viendo cambiar la expresión de sus rostros hasta llegar a un precio que ya no estaban dispuestos a pagar. El precio entonces era el sutil placer del rechazo, que en muy pocas ocasiones tuve oportunidad de practicar fuera de allí.
Mi éxito, por lo tanto, era relativo. Jaap me explotaba a mansalva, en espera de que aceptara alguna propuesta de sus clientes y formara parte de su catálogo. La tarifa se dividía en partes iguales. Un día llegó un cliente de 1.65 de estatura, que para compensar su desventaja frente a sus gigantescos paisanos se había fabricado una musculatura impresionante. No tan abultada como equilibrada. Era profesor de educación física. Había telefoneado pidiendo a Jaap una muchacha morena, turca de preferencia. Las muchachas no iban todos los días, así que Jaap telefoneó a una y en media hora ahí la teníamos. Como el cliente se retrasó un poco, fue notorio el modo en que los muchachos de Jaap se fueron sobre la turca, menospreciando a los clientes. Al llegar, el fisicoculturista explicó lo que quería: no iba por el masaje erótico que Jaap promovía en el periódico (el número del teléfono rojo, que coincidía con los cuartos del tercer piso), es decir, no quería recibir masaje sino darlo. Aclaró que se trataba de masaje deportivo, no erótico, y ni siquiera debían desnudarse del todo. Ofreció cien para la muchacha, más los cincuenta de rigor para Jaap. Dada la tarifa, en ese momento todos recordamos el lamentable caso de Jan con el bofo del culo sucio. Y también tratamos de imaginar qué clase de gratificación podía obtener alguien dando un simple masaje.
Media hora después los teníamos de regreso. Entonces el cliente pidió hacer lo mismo con un hombre y me escogió a mí. Todos creyeron que me negaría, pero estaban equivocados: un masajito de relajación no le caía mal a nadie, y menos si te pagaban.
XI.
Joop es un nombre común pero este Joop es un hombre poco común. Trabaja para Jaap, tiene sólo diecinueve años y su aspiración máxima es pertenecer a la policía holandesa: el nivel competitivo es muy alto y qué mejor ladrón que un policía bien entrenado. Si algún día piensas robar o prestar tus servicios como matón, si vas a enfrentar a la policía, es mejor que hayas sido uno de ellos, que los conozcas muy bien, que seas un profesional. Para Joop, nada supera a este lugarcito: vienen viejos adinerados que son fácilmente intimidables, sobre todo con una pistola como ésta, una Beretta de segundo uso. Joop es cinta marrón de karate, maneja los chacos, no fuma, bebe ocasionalmente para celebrar sus logros y analiza toda la cinematografía útil, según él.
Pero asaltar viejitos es una actividad desdeñable, propia de principiantes, un simple pasatiempo que le deja algún dinero. No. Su tirada va por golpes más grandes. Aquí en el establecimiento de Jaap, por ejemplo, anda en pos de la televisión, la videocasetera, el estéreo, ciertos licores importados (las cajas de tequila) y dinero en efectivo: a estas alturas, él sabe dónde y cuándo encontrarlo.
Dado mi desarraigo, me propone participar en su plan. En dos días habrá una fiesta para despedir a Jaap, que se va de vacaciones navideñas a París. Todos estarán borrachos o en labores de cama, embriagados por algún strip-tease, calientes gracias a los videos, te pago en efectivo y por adelantado, cortas los cables de los aparatos en lo que yo me apodero del dinero y vengo a ayudarte para sacarlo todo y meterlo a un coche que acabo de robar. Dos mil florines. Ya tengo compradores, es cuestión de entregarles la mercancía y pagan de inmediato. Repartimos el dinero y nos despedimos para siempre.
Déjame pensarlo, Joop.
XII.
Su madre estaba en todas partes. Me extrañó el modo en que los clientes hablaban de ellas. El tono era indescriptible. Independiente de la fuerza o debilidad de la imagen paterna, la materna poseía una importancia -si no un poderío- omnipresente. Distinta en cada caso, podía ser fuerte o cariñosa, sobreprotectora o desalmada.
Pero el hecho de que yo estuviera allí, les hacía diagnosticarme como un caso típico de homosexualidad reprimida -como ellos le llamaban- deseosa de salir del clóset. Me psicoanalizaban invitándome un trago. Significaba que los improvisados analistas le otorgaban mayor importancia a la heterosexualidad que la que yo le otorgaba a ambas. En este mundo cualquier cosa puede suceder y hay que estar dispuesto a todo, les dije. Pero eso sí, sería más difícil para ustedes perder su fobia a las mujeres (el temor a sus propias madres) y dejar de ligar sólo entre hombres que se sienten rechazados por ellas. Así que siguiendo el mismo razonamiento, diría que ustedes son heterosexuales reprimidos sin muchos ánimos para aceptarlo.
Ése era mi argumento en el bar, sólo una parte de la verdad. La más importante también resultaba más simple: necesitaba el empleo para mudarme de país.
XIII.
Arriban los invitados con un poco de retraso. Rachid no puso negativas para encargarse del show y se desnuda sobre una tarima improvisada a ritmo de melodías techno-marroquíes. Más muchachos se van animando a completar el entretenimiento conforme avanza la noche. Por momentos, Jaap parece una matrona histérica, ocupada por el negocio y por su equipaje. El control de las cervezas se nos escapa de las manos. Uno de los excusados se ha tapado y, aunque logramos desbloquearlo, queda en el fondo una cucharita para postre que nadie sabe cómo llegó allí. Todos hacen bromas al respecto pero a Jaap no le hacen ninguna gracia: nadie te regala cucharas, dice en su holandés que trata de ser sofisticado, por lo que resulta vulgar. Los clientes discuten a viva voz sobre qué video ver: unos panaderos franceses que violan al aprendiz o cuatro adolescentes que orinan sobre uno más que está feliz lengüeteando a los demás. Joop grita que el de los panaderos. Me pregunto si Joop llevará a cabo su plan, porque se le ve inseguro; convive y sonríe, pero con el nerviosismo de quien no junta el valor para ejecutar su propósito. Llega el momento de la rifa: el premio mayor consta de un paquete completo de vibrador, pomada Don Juan (así se llama, cuando curiosamente Juan es Jan en holandés), lubricantes y condones tanto masticables como de sabores. Después de dos números, el ganador es Teo, el mejor cliente, hasta la fecha, un viejito como de dos mil años pero con el entusiasmo de un púber. Alguien arguye que la rifa fue amañada, por allí aparece repetido el número ganador, cosa que a Teo no le preocupa y sube presto al tercer piso con dos muchachos, uno de ellos es Rachid. El segundo premio consta de un juego de tangas. Y el tercero, que dios pone sabiamente en mis manos, equivale a tres bebidas gratis.
No habían pasado ni diez minutos cuando Rachid bajó para decir que necesitaban un tercer muchacho. Otro de los clientes se apresura a alquilar a Mark por tres horas, pero ya no encuentro ni el cuaderno para anotarlo, pese a que el pinche Ronnie está vigilando que lo haga. Mark trata de zafarse para no perderse la fiesta. Es el único homosexual declarado, refinado y hermoso, mamón, pero le llegan al precio.
Jan (como la pomada) respondió a un nuevo llamado de Teo, quien ahora tiene cuatro muchachos. Todos los invitados aplauden. Cinco minutos más tarde Rachid vuelve a bajar y todos creemos que es para anunciar la gloriosa muerte de Teo: nada de eso, me pide que suba a tomarles fotos. Subo. Por primera vez penetro al verdadero misterio de la habitaciones prohibidas. Me asombra la amplitud del cuarto, amén de su dotación de aditamentos: vibradores de varias tamaños y texturas, anillos elásticos para retardar la eyaculación y forrados de peluche, pomadas, poppers, una cámara fotográfica, etcétera. Afoco la lente hacia la ondulante masa humana sobre el colchón y no puedo creerlo: aquello parece un pulpo gratificándose a sí mismo. Algunos exigen que me despoje de la ropa y me una, pero la indudable atracción del momento vuelve a ser Jan, el que lamió el culo sucio, este Jan horroroso y corcovado, de boca demasiado grande para su estatura, enclenque y ojón, de repugnante piel traslúcida y sin embargo compensado por el Creador con un instrumento a todas luces fuera de proporción, que presume ser capaz de tener cinco emisiones al hilo (ahora va por la cuarta y Teo le pide que la arroje sobre su anciano pecho). De pronto escucho voces femeninas en el piso de abajo y decido terminar rápidamente el rollo. En ese momento me percato de que Rachid no está.
Al bajar del cuarto veo a Jaap con su novio y una pareja de lesbianas que no son tan hermosas como sus voces. Tienen a un lado un par de maletas. Se despiden de todos y Jaap deja a Ronnie y a Robert como encargados de las instalaciones. Una vez que se marchan, los demás se vuelven locos, comienzan a destapar cervezas y suben a las habitaciones con botellas de licores caros.
XIV.
La consecuencia lógica fueron varias orgías en donde las nalgas de los clientes no se diferenciaban de las nalgas trabajadoras. Nuevamente solicitaron mi asistencia como fotógrafo, lo que me pareció un desliz comprometedor para sus honorables vidas diurnas.
Cuando hube terminado los rollos disponibles, me pidieron que fuera por más cervezas para rociarlas sobre ellos.
XV.
Bajo el pretexto de alcanzar mi irregular autobús nocturno, me largué de allí antes de que aquello terminara, despidiéndome de cuantos pude para cerciorarme de que me veían partir. Reflexioné durante el trayecto a casa y ésta fue mi decisión: telefonear a la mañana siguiente para preguntar a Robert o Ronnie a qué hora debía presentarme. Cuando lo hice, me informaron los detalles del robo: cero violencia, todos dormían, aparatos eléctricos, cajas de botellas, mucho dinero en efectivo. No, no sé nada al respecto, y preferiría no aparecer por allí durante algunos días en caso de que la policía averiguase, dada mi condición ilegal. Quedé en llamar más tarde para comunicarme con Jaap -quien ya había sido localizado en París e informado de lo sucedido. Pensé consolarlo diciéndole que en este mundo se da y se recibe, por delante y por detrás, como él me había dicho.
