Miscelánea • Septiembre 2008
Fumadores y no fumadores

Cuando estaba en cuarto grado, mi clase organizó un paseo a la planta American Tobacco cerca de Dirham, Carolina del norte. Ahí fuimos testigos de cómo fabricaban cigarrillos y nos dieron cajetillas gratis para llevarlas a casa a nuestros padres. Cuento esto a la gente y me preguntan que edad tengo, pensando, me imagino, que asistí a la primera escuela primaria del mundo, en donde escribíamos en las paredes de las cuevas y cazábamos nuestro almuerzo con garrotes. Después menciono el salón para fumadores en mi secundaria. Quedaba afuera, pero de todas maneras nunca encontrarías algo parecido hoy, ni siquiera si la escuela estuviera en una cárcel.
Recuerdo haber visto ceniceros en el cine y en el mercado, pero estos no me hacían querer fumar. De hecho, era lo contrario. Una vez introduje una aguja de bordado a la cajetilla de cigarrillos Winston de mi madre, una y otra vez, como si fuera una muñeca voodoo. Me dio una paliza que duró veinte minutos, después de los cuales se quedo sin aire y quedo ahí parada, jadeando, “No…es…gracioso.”
Unos años después nos encontrábamos sentados a la mesa del desayuno y me invito a una calada. Lo hice. Después corrí a la cocina y me vacié una caja de jugo de naranjo, bebiendo tan frenéticamente que la mitad se regó por mi barbilla y bajo a mi camiseta. ¿Cómo podia mi madre, o cualquier persona en todo caso, tener un vicio tan fundamentalmente desagradable? Cuando mi hermana Lisa empezó a fumar, le prohibí entrar a mi habitación con un cigarrillo prendido. Me podía hablar, pero solo desde el otro lado de la puerta, y tenía que desviar su cara cuando exhalaba. Hice lo mismo cuando mi hermana Gretchen comenzó.
No era el humo lo que me molestaba, era el olor. Años más tarde no me importó mucho, pero en ese tiempo me deprimía: el aroma de la negligencia. No se notaba en el resto de la casa, aunque de todas maneras el resto de la casa estaba descuidada. Mi habitación era limpia y ordenada, y si hubiera dependido de mi, hubiera olido como la portada de un álbum al momento de retirar el plástico. Es decir, hubiera olido a anticipación.
Cuando yo mismo empecé a fumar, me di cuenta que un cigarrillo encendido actuaba como una especie de faro, atrayendo a cualquier aprovechado o oportunista que lo viera o lo oliera. Era como pararse en una esquina sacudiendo una manotada de monedas. “¿Cambio?”, alguien preguntaría. ¿Y qué podrías decir?
La primera vez que alguien me cayó tenía veinte años y llevaba dos días enteros como fumador. Esto fue en Vancouver, British Columbia. Mi mejor amigo Ronnie y yo habíamos pasado un mes entero recogiendo manzanas en Oregon, y este viaje a Canadá fue nuestra manera de recompensarnos. Empezamos esa semana en un hotel residencial barato, y recuerdo haber quedado encantado con la cama Murphy (cama de pared), sobre la cual había escuchado pero nunca visto realmente. Durante nuestra estadía, mi placer más grande venía de doblar la cama y luego ver el lugar vacío donde ésta había estado. Sacarla de nuevo, doblarla, sacarla, doblarla. Una y otra vez hasta que mi brazo se cansaba.
Fue en una pequeña tienda a una cuadra de nuestro hotel donde compré mi primera paca de cigarrillos. Los que fumé antes eran los de Ronnie - Pall Mall, creo- y aunque pensé que no sabían ni mejor ni peor de lo que me había imaginado, sentí que en nombre de la individualidad debía encontrar mi propia marca, algo separado. Algo yo. Carltons, Kents, Alpines: era como escoger una religión, pues ¿no eran fundamentalmente diferentes las personas que fumaban Vantage de las personas que preferían Larks o Newports? De lo que no me di cuenta fue que era posible convertirse, de que estaba permitido. La persona Kent podía, sin mucho esfuerzo, devenir una persona Vantage, aunque era más difícil pasar de mentolado a regular, o de tamaño regular a extra-largo. Todas las reglas tenían su excepción, pero en la manera en que llegué a verlas la cosa iba así: los Kools y los Newports eran para las personas negras y para los blancos de clase media-baja. Los Camel era para los que dejan las cosas para mas tarde, los que escribían mala poesía, y los que dejaban para después la escritura de la mala poesía. Los Merits era para los adictos al sexo, los Salems para los alcohólicos, y los Mores para las personas que ellas mismas se consideraban extravagantes pero no lo eran. No se debe nunca restarle plata a un fumador de Marlboro mentolado, pero puedes contar con que un fumador de Marlboro regular te pague lo que te debe. Las posteriores subclases de milds, lights y ultra-lights no sólo desorganizaba el mecanismo sino que hacía imposible la clasificación de marcas propias. Todo eso, sin embargo, vino después, junto con las contraindicaciones y los American Spirits.
Los cigarrillos que compré ese día en Vancouver eran Viceroys. Varias veces los había visto en el bolsillo de las camisas de los que atienden en las gasolineras y, no cabe duda, pensé que me harían parecer masculino, o al menos lo más masculino que podría llegar a verme en una boina y un par de pantalones de gabardina que se abotonaban en los tobillos. Sumémosle a eso la bufanda de seda blanca de Ronnie y necesitaba todo los Viceroy que pudiera conseguir, especialmente en el vecindario donde se encontraba nuestro hotel.
Era extraño. Siempre había escuchado cuán limpio era Canadá, lo pacifico que era, pero quizás le gente hablaba de otro lugar, la región del medio, quizás, o las islas rocosas en la costa este. Aquí simplemente era un borracho raro tras otro. Los que permanecían inconcientes no me molestaban mucho, pero los que estaban camino a caer inconcientes -los que todavía podían alargar y agitar sus brazos- me hacían temer por mi vida.
Como este tipo que se me acercó cuando dejé la tienda, un tipo con una trenza larga y negra. No era la típica trenza gentil y parecida a una cuerda que tendrías si tocaras la flauta, sino algo más cercano a un látigo para toros: una trenza de prisión, me dije. Un mes antes, simplemente hubiera huido, pero ahora puse un cigarrillo en mi boca-como lo haría alguien a punto de ser ejecutado. Este hombre me iba a robar, después me daría un latigazo con su trenza y me prendería fuego- pero no. “Dame uno de esos” dijo, y apunto a la cajetilla que estaba sosteniendo. Le pasé un Viceroy, y cuando me dio las gracias me sonrió y yo le agradecí de vuelta.
Luego pensé que fue como si llevara un bouquet y me hubiera pedido una sola margarita. El amaba las flores, yo amaba las flores, y ¿no era hermoso que esa apreciación mutua pudiera trascender nuestras diferencias, y de alguna manera acercarnos? También debí pensar que si la situación hubiera sido al revés él felizmente me hubiera dado uno de sus cigarrillos, aunque mi teoría nunca pudo ser probada. Pude haber sido un Boy Scout solo por dos años, pero nunca olvidé el lema: “Estar preparado”. Esto no significa “Estar preparado a no preguntar ni mierda a la gente”; significa “Piensa en adelantado y planea de acuerdo a eso, especialmente en lo que concierne tus vicios”.
Dada mi reputación de no fumador rígido, fue gracioso lo rápido que me acomodé a los cigarrillos. Era como si mi vida fuera una obra de teatro, y la utilera por fin hubiera llegado. De repente, ya había cajetillas que desempacar, fósforos que prender, ceniceros que llenar y después vaciar. Mis manos se volvieron independientes en su labor, de la misma forma que las manos de un cocinero, o una tejedora.
“Bueno, qué maldita razón para envenenarse”, decía mi padre.
Mi madre, sin embargo, miraba el lado positivo. “! Ahora sabré que poner en tu media de Navidad!” También las ponía en mi canastilla de Pascuas, cartones enteros. Hoy en día sería de mal gusto ver a un joven aceptando una cerilla de su madre, pero un cigarrillo no siempre fue una forma de decir algo. Cuando yo empecé, todavía era permitido fumar en el trabajo, incluso si trabajabas en un hospital donde niños sin piernas estaban conectados a sus maquinas. Si un personaje fumaba en un programa de la tele, no significaba necesariamente que ese hombre era débil o malvado. Era como ver a alguien que usaba una corbata a rayas o que llevaba el pelo partido a la izquierda-un detalle, pero que no delataba nada.
Fue hasta mediados de los años ochenta que empecé a percibir a mis colegas fumadores, cuando empezamos a ser acorralados. Ahora había secciones separadas en las salas de espera y en los restaurantes, y a menudo miraba alrededor y evaluaba lo que llegué a ver como “mi equipo”. Al comienzo todo parecía normal- gente regular, pero con un cigarrillo en la mano. Después la campaña tomo fuerza, y parecía que si había diez adultos a mi lado del cuarto, al menos uno de ellos fumaba por un hoyo en su garganta.
“Sigues creyendo que es cool?” decían los del otro lado. Pero ser cool, para la mayoría de nosotros, no tenía nada que ver con fumar. Es común creer que todo fumador ha sido victima de un lavado de cerebro, atrapado por el product placement y los mensajes subliminales en la publicidad. Este argumento es efectivo cuando quieres culpar a alguien (o algo), pero ignora el hecho de que fumar es casi siempre grandioso. Para las personas como yo, gente con tics nerviosos y con voces colgando de un hilo, los cigarrillos eran un regalo de dios. No solo eso; sabían bien, especialmente el primero de la mañana y los siete u ocho que venían inmediatamente después. Ya en la tarde, después de una cajetilla, generalmente sentía una pesadez en los pulmones, especialmente en los años ochenta, cuando trabajaba con químicos peligrosos. Debí haber usado un respirador, pero este interfería con mi cigarrillo.
Una vez le confesé esto a un patólogo forense. Estábamos en la suite de autopsias de la oficina de un examinador medico, y su respuesta fue poner en mi mano un pulmón. Había pertenecido a un hombre obeso, un afro americano de piel clara, obviamente un fumador empedernido, que estaba acostado en una mesa a no más de tres pies míos. Su esternón había sido serruchado, y la manera en que su cavidad pectoral estaba abierta, la grasa incrustada como crema de batir, me hizo pensar en una papa al horno. “Entonces”, dijo el patólogo “¿qué le dices a esto?”
Obviamente había esperado crear un momento, de esos que te llevan a cambiar tu vida, pero no funcionó. Si eres un doctor y alguien te pasa un pulmón enfermo, seguramente lo examinarás y en consecuencia harás cambios radicales en tu vida. Pero si por otro lado, no eres doctor, corres el riesgo de hacer lo que yo hice, quedarse parado pensando, Maldición, qué pesado es este pulmón.
Cuando Nueva York prohibió fumar en el trabajo, deje de trabajar. Cuando lo prohibieron en restaurantes, no volví a comer afuera y cuando el precio de los cigarrillos llegó a siete dólares la cajetilla recogí todas mis cosas y me fui a Francia. Era difícil encontrar mi marca ahí, pero no importaba. Al menos dos veces al año regresaba a los Estados Unidos. Las cajas de cigarrillos solo costaban veinte dólares cada una en el duty-free, y yo compraba quince antes de abordar el avión a Paris. Además de esto, estaban los cigarrillos que me traían los amigos que venían a visitar, que hacían de mulas, y los que seguí recibiendo en Navidad y Pascuas, incluso después de que muriera mi mama. Siempre preparado para un posible robo o incendio, en mi cumbre de fumador llegue a tener treinta y cuatro cajas amontonadas en tres lugares diferentes. “Mi inventario”, solía llamarlo, como diciendo “Lo único que me separa de un ataque de nervios es mi inventario”.
Es aquí en donde me identificaré como un fumador de Kool Mild. Esto, para algunos, es como estar leyendo las confesiones de un entusiasta del vino y descubrir a mitad de camino que su elección de bebida es Lancers, pues que así sea. Fue mi hermana Gretchen quien me introdujo a los cigarrillos mentolados. Ella había trabajado en una cafetería durante la secundaria, y había llegado a los Kools por medio de un cocinero que se llamaba Dewberry. Nunca lo conocí, pero en esos primeros años, siempre que me encontraba corto de aire, pensaba en él y me preguntaba que hubiera sido de mi vida si él hubiera fumado Tareytons. La gente decía que los Kools tenían fibra de vidrio adentro, pero seguro que eso era solo un rumor que empezó, seguramente, la gente de Salem o Newport. Escuché también que los mentolados eran peores para la salud que un cigarrillo corriente, pero eso también parecía sospechoso. Justo después de que mi mamá empezara quimioterapia, me mandó tres cajas de Kool Milds. “Estaban en rebaja” dijo con voz ronca. Muriéndose o no, debió saber que yo fumaba Filter Kings ultra-fuertes, pero después los vi y pensé, Bueno, son gratis.
Un cigarrillo light es como uno normal con un hueco hecho por una aguja. Con los Kools, la diferencia es entre ser pateado por un burro y ser pateado por un burro con calcetines. Me tuve que acostumbrar, pero para la época en que mi madre fue cremada ya me había cambiado.
“¿Después de todo lo que ha ocurrido, como puedes poner esa cosa en tu boca?” preguntaba mi padre. El empezó a fumar a los dieciocho, pero los dejó cuando mi hermana Lisa y yo éramos chicos. “Es un habito sucio y desagradable”. Decía esto cincuenta veces en un día, no que hiciera algún bien. Incluso antes de que las advertencias salieran en las cajetillas, cualquiera sabía que fumar era malo para la salud. Joyce, la hermana de mi madre, estaba casada con un cirujano, y cada vez que me quedaba en su casa era despertado en la madrugada por la tos de mi tío, la cual era sucia y dolorosa, y sugería una muerte inminente. Más tarde, a la mesa del desayuno, lo veía con un cigarrillo en la mano y pensaba, Bueno, él es el doctor.
El tío Dick murió de cáncer de pulmón, y unos años después mi madre desarrolló una tos casi idéntica a la de él. Podrías pensar que, siendo una mujer, su tos era más suave, una delicada tos de dama. Me acuerdo estar acostado en mi cama y pensar, con vergüenza, Mi mamá tose como un hombre.
Cuando mi verguenza maduró y se convirtió en preocupación, ya sabía que no tenía sentido reprocharla. Yo me había convertido también en fumador, así que, en verdad, ¿qué podía decir? Finalmente dejó sus Winstons por algo light y luego ultra-light. “Es como chupar un pitillo” se quejaba. “¿Dame uno de los tuyos, no?”
Mi madre me visitó dos veces cuando vivía en Chicago. La primera vez fue cuando me gradué de la universidad y la segunda fue unos años después. Ella acababa de cumplir sesenta años, y recuerdo haber tenido que caminar más despacio cuando caminaba con ella. Escalar al tren elevado significaba una parada cada 5 peldaños mientras resollaba y tosía y se golpeaba el pecho con el puño. Vamos, recuerdo haber pensado. Apúrate.
Hacia el final de su vida, llegó a estar dos semanas sin un cigarrillo. “Eso es prácticamente medio mes”, me dijo por teléfono. “¿Puedes creerlo?”
Yo estaba viviendo en Nueva York en ese entonces, y trataba de imaginarla en su vida cotidiana: manejando hacia el banco, lavando la ropa, viendo el televisor portátil de la cocina, con nada más dentro de su boca que su lengua y sus dientes. Por esa época, mi madre tenía un trabajo a medio tiempo en una tienda de segunda mano. Easy Elegance se llamaba el lugar, y ella se apuraba en recordarme que no recibían cualquier cosa: “Tiene que tener clase”.
El dueño no permitía fumar, de manera que cada hora mi madre salía a la puerta de atrás. Creo que fue allí, parada en la gravilla del caluroso parqueadero, que llego a pensar en el acto de fumar como un acto poco sofisticado. Nunca le había escuchado hablar sobre dejarlo, pero cuando me llamó después de dos semanas sin probar un cigarrillo pude escuchar un tono de logro en su voz: “Lo más difícil es en las mañanas,” decía. “Y después, por supuesto, más tarde, cuando te estás tomando tu trago.”
No sé que la hizo comenzar de nuevo: el estrés, la costumbre, o quizás decidió que, a los sesenta y uno ya era muy vieja para dejarlo. Yo probablemente hubiera estado de acuerdo con ella, aunque hoy, sesenta y uno, eso no es nada.
Hubo otros intentos de dejar el cigarrillo, pero ninguno de ellos duró más de unos cuantos días. Lisa solía decirme que mamá no había fumado en dieciocho horas. Después, cuando mi madre llamaba, escuchaba el clic del encendedor seguido de una inhalación corrugada: “¿Qué hay de nuevo, gatito?”
Mi último cigarrillo fue fumado en un bar del aeropuerto Charles de Gaulle. Fue el 3 de enero de 2007, un miércoles en la mañana, y aunque Hugo y yo íbamos a cambiar de avión en Londres y teníamos que esperar cerca de dos horas, pensé que era mejor dejarlo mientras todavía tenía ventaja.
“Está bien,” le dije, “este es mi ultimo”. Seis minutos después saque mi cajetilla y dije lo mismo. Más tarde lo hice una vez más. “Ésta vez sí. Es en serio.” Alrededor mío la gente disfrutaba de sus cigarrillos: la rubicunda pareja irlandesa, los españoles con sus vasos de cerveza. Estaban los rusos, los italianos, incluso algunos chinos. Juntos formábamos un congreso muy ordinario: las Condenaciones Unidas, la Comunidad del anillo de humo. Esta era mi gente, y ahora los traicionaría dándoles la espalda justo cuando más me necesitaban. Aunque me gustaría que fuera de otra manera, soy una persona muy intolerante. Cuando veo a un borracho o un drogaticto pidiendo dinero, yo no pienso Ahí tienes pero por el amor de Dios vete, sino mas bien, Yo lo pude dejar, y usted también puede. Ahora quita esa taza de monedas de mi cara.
Una cosa es dejar de fumar, otra muy diferente es convertirse en ex-fumador. Eso es lo que sería al salir del bar, así que me quedé un rato, mirando a mi estridente encendedor desechable y el sucio cenicero de aluminio. Cuando finalmente me paré para irme, Hugo señaló que me quedaban cinco cigarrillos en mi cajetilla.
“¿Simplemente vas a dejarlos ahí en la mesa?”
Le respondí con una frase que había adquirido hace años de una alemana. Se llamaba Tini Haffmans, y aunque con frecuencia se disculpaba por el estado de su inglés, yo nunca hubiera querido que éste fuera mejor. En cuanto a la conjugación de verbos estaba lejos de ser reprochable, pero de vez en cuando se equivocaba en una palabra. El efecto no era una pérdida del significado sino un aumento de éste. Una vez le pregunté si su vecino fumaba, y pensó por un momento antes de decir, “Karl ha…terminado con su vicio”.
Quería decir, por supuesto, que había dejado de fumar, pero prefería más su versión errada. “Terminado” lo hacia parecer como si le hubieran asignado un numero especifico de cigarrillos, trescientos mil, digamos, entregados el día de su nacimiento. Si hubiera comenzado un año después, o si hubiera fumado mas lento, quizás todavía seguiría, pero, como estaban las cosas, había llegado al último y después continuó con su vida. Esta, pensé, era la forma como yo lo vería. Sí, había cinco Kool Milds más en esa cajetilla, y veintiséis cajas guardadas en mi casa, pero ésos eran extra-un error de contabilidad. En cuanto a mi vicio, yo venía de terminar con él.
