Miscelánea • Septiembre 2008

Así se siente, como una traición, y eso duele y frustra y jode.

Fisiología, esperanza y traición: El suicidio de David Wallace

Por Javier Moreno

El escritor David Wallace se mató el viernes doce de septiembre de 2008. Su mujer lo encontró colgado al regresar del trabajo a las nueve de la noche. No sabemos más detalles y es mejor que sea así. El suyo fue un suicidio prosaico, como lo son casi todos. Los suicidas, excepto en las novelas, nunca son muy creativos en su acto definitorio. Colgarse a veces sale bien y la mayoría de las veces mal, todo depende del cuidado que se tenga. El objetivo ideal es romper las cervicales con el golpe de caída pero si esto no se consigue (y la probabilidad es poca si la caída no es larga -realmente larga- y directamente vertical) hay que aguantar unos dos, cinco minutos de agonía consciente, a veces más. No hay dolor pero hay asfixia y angustia. El suicida es el cerebro, pero el cerebelo, terco, primario, quiere seguir viviendo, así que el cuello se tensiona, hay pataleo involuntario para mermar la presión, el diafragma hace todo lo que puede para seguir respirando. El sufrimiento cesa ya sea porque el cerebro no puede drenar sangre a través de la vena yugular o porque la arteria carótida (más profunda que la yugular) no puede subir sangre que oxigene el cerebro. La cara resultante cambia un poco dependiendo del caso, pero de una manera u otra pronto la hipoxia sobreviene y con ella la compasiva calma. El cuerpo, en últimas, es sabio. Wallace al parecer no tanto.

Fotografía de Steve Rhodes

Wallace se mató y esta no es una noticia que yo quisiera leer un domingo por la mañana. En cambio, esperaba a finales de este año un nuevo avance en The New Yorker de su próxima novela. En sus cuarenta y seis años de vida alcanzó a publicar una novela heredera directa de Thomas Pynchon (The Broom of the System), una novela imposiblemente grande donde dejó lo mejor de sí (Infinite Jest), un entretenido libro divulgativo sobre la búsqueda del infinito (Everything and More), tres colecciones de cuentos repletos de experimentación formal y poderosas divagaciones morales (Girl with Curious Hair, Brief Interviews with Hideous Men y Oblivion), e incontables crónicas reflexivas en revistas y periódicos sobre cualquier asunto concebible. Su estilo era inimitable (y frecuentemente incomprendido) y su capacidad para abordar temas deslumbrante. Wallace era un editor compulsivo obsesionado con la gramática, un predicador ferviente del carácter fragmentado de nuestra realidad, y un observador cuidadoso, curioso y detallado de la vivencia humana, alguien con un interés genuino en entender cómo habíamos llegado hasta acá, hacia dónde íbamos y con qué derecho. Sus críticos decían que era difícil de leer, que era excesivo e intrincado, pero la dificultad de su prosa estaba en directa proporción con el impacto y la satisfacción que causaba. La suya era una prosa difícil como son difíciles (y apasionantes) los problemas que terminan moviendo al mundo, y sus ficciones son fastuosas y desbordadas porque así es vivir en estos tiempos intensos e hiperconectados. Con su muerte, los comentaristas han iniciado la correspondiente disección literaria para encontrar trazas de notas de suicidio en su obra a falta de una disponible para su lectura pública. Esa es una tarea sencilla: Su vida fue corta pero su obra fue extensa y riquísima. Si buscaran religiosidad o proclividad al nudismo en público también lo encontrarían. En sólo Infinite Jest, su magnus opus trágico-cómica de mil páginas en su formato de bolsillo y un apéndice de 388 notas al pie, Wallace recorrió a profundidad (tanta como quiso) todos y cada uno de los aspectos visibles e invisibles de la sociedad norteamericana contemporánea actual. Hay suicidios, sí (el excéntrico James Incadenza, un personaje fundamental en la trama central, se mata metiendo la cabeza en un horno microondas, para no ir más lejos), pero también hay tenis (como metáfora adaptable a casi cualquier cosa), capitalismo corporativo, terrorismos varios, adicciones, manipulaciones mediáticas, burocracias, enfermedades del alma y el cuerpo, soledades de todos los sabores, y (esto es clave) personas con mayor o menor suerte enfrentadas con más valentía que resignación a todo lo anterior. Y lo que pasa es que es fácil encontrar notas sombrías en el sarcasmo de la obra de Wallace pero es más difícil reconocer que su pesimismo ácido siempre iba de la mano de un humanismo esperanzador. Sobre el horror ante los desastres predominaba la fascinación e incluso la reverencia por la manera como las personas no se dejaban vencer. Wallace veía belleza en esa lucha y la señalaba. Era el mejor haciendo eso y la encontraba por todos lados. Sabía como hacerlo bien, sin sentimentalismos ni basura motivacional. Tanto en sus crónicas como en sus ficciones nos advertía sin compasión de las amenazas que engendraba nuestro desarrollo como sociedad al tiempo que decía: No, esperen, no todo está perdido, podemos seguir, podemos encontrar una manera, es más, ahí está, es cuestión de pensar, de creer, de trabajar juntos, vamos, sin matarse, hay salidas, una para cada cual.

Tal vez por eso es que la muerte de Wallace, en últimas alguien distante a quien apenas conocí a través de sus libros, me duele tanto. Tal vez por eso es que su suicidio (la mayoría de ellos, a decir verdad) no es tan respetable como la norma moderna obliga a admitir. El suicidio de Wallace, para mí, se siente como el fracaso repentino de una visión del mundo que compartía y apreciaba. Siento como si el guía experimentado, luego de señalar el abismo y decirnos que tengamos cuidado pero que no nos rindamos porque hay senderos seguros aquí y allá, saltara al hueco con premeditación y sin despedirse, abandonándonos en medio del viaje. Así se siente, como una traición, y eso (permitanme ser por dos segundos insensible) duele y frustra y jode. Por fortuna sus palabras no se van con él, siguen ahí en sus libros y en Google si uno sabe buscar bien. Lo que no sé, y eso me preocupa, es si podremos obviar las circunstancias de su muerte al releerlo. No sé si la esperanza que manaba de ellas habrá sobrevivido a su dura partida o si también se quedó sin aire tras el golpe. Quiero creer que sigue ahí. Quiero creer que siempre fue sincero y que la suya fue una derrota en franca lid. Más le vale, por el bien de todos, que haya sido así.

Javier Moreno nació en Bogotá en 1977. Es coeditor de HermanoCerdo. En 2008 publicó Lo definitivo y lo temporal, un pequeño libro de relatos. "Sudoka" forma parte del ebook Inframundo.

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