Crónica • Septiembre 2008
Apuntes para una Habana en extinción I
Fotografía de Fernando Schulz
Cuando decidí viajar a La Habana en julio del 2005 llevaba dos años viviendo en Nueva York. Había conseguido una beca para hacer un doctorado de crítica de cine en la universidad de Columbia. La plata que me daban gracias a la beca era la justa para una ciudad como Nueva York, pero sin dudas me permitía vivir decentemente y haciendo algo inexistente en Buenos Aires.
Los motivos de mi viaje a La Habana eran múltiples pero acaso contingentes. De más está decir que el lugar me atraía: en Cuba se escondía una historia que quería ver con mis propios ojos de zurdito latinoamericano (algo más difícil de definir y encontrar quizás hoy que hace algunas décadas). Además ya estaba algo cansado de las mediaciones de los libros y documentales sobre el caso cubano. De todos modos, fuera de todo exotismo tropical y político (que seguramente lo tenía) había una razón no menor para aquel viaje: mi tesis de doctorado, que mal escribía entonces, era sobre el Nuevo Cine Latinoamericano. El protagonismo cultural de Cuba en aquellos años, y en el cine entre otras cosas, era central. En ese sentido un viaje a La Habana se me hacía imprescindible. Había algunos films imposibles de conseguir fuera de Cuba. De cualquier manera el placer académico fue diluyéndose -contaminándose con otros placeres- cuando comencé a fatigar, casi exclusivamente en bicicleta, las calles de La Habana.
Antes de ir a Cuba, y hasta antes de llegar a Nueva York en 2002, a las mismas entrañas del monstruo, mi conocimiento de “Latinoamérica” (las comillas son reales) estaba mediado por la literatura, ciertos discursos algo esencialistas sobre lo latinoamericano, y una gran ignorancia de sus calles y su gente. Viniendo además de Buenos Aires el viaje encerraba otros desafíos. Desde Buenos Aires el resto de Latinoamérica a veces era vista con una mirada despectiva (y estrábica) o en el otro extremo, con un esencialismo intelectualoide algo barato y asociado siempre a ciertos aires libertarios que se postulan desde lejos. Con todo esto, ir hacia Cuba era mucho más que ver su cine. Además el hecho de viajar solo le daba una dosis de aventura y de imprevisión necesaria en estos viajes.
Lo cierto es que desde el momento en que decidí hacer el viaje, y tras haber conseguido una beca de investigación para poder solventar mis dos semanas en La Habana, comencé a dejar más cosas libradas al azar. Sabía por referencias de un amigo puertorriqueño de un lugar para parar, con una familia cubana del barrio de Vedado. Contaba asimismo con una sencilla carta de presentación de mi directora de tesis, que en realidad no serviría de nada ante la imposible burocracia estatal (qué otra) cubana. Así es que el viaje fue tomando su real dimensión en el momento de aterrizar en suelo cubano.
No obstante, antes de llegar, ya traía conmigo ciertos vínculos con la isla. Un amigo de Brooklyn, un joven cubano que todavía mantenía una opinión ambigua sobre Fidel a pesar de haber sido balsero, me había dado algunas cartas para que entregara a sus familiares. Pero esto no era lo único. Me había elegido además como correo de algo un tanto más difícil de ocultar a la mirada total de los oficiales de aduana cubanos. Llevaba entonces, junto a mi ropa y dentro de mi mochila estudiante, un reproductor de VHS y DVD semi desarmado y envuelto en infinitas capas de imperialistas cintas scotch. Ni bien pasé la primera inspección, donde cuidadosamente no sellaron mi pasaporte para evitar futuros problemas con mi visa de estudiante norteamericana, tuve que sortear el control del equipaje. Al llegar intenté ejercer la natural capacidad argentina para hacerme el otario, pero no conseguí evitar que revisaran todo. Naturalmente vieron el enorme paquete. Me excusé señalando que lo utilizaría para mis investigaciones. Hablé con gran orgullo (no sin exagerar algo) de mi admiración por el cine cubano, pero eso pareció importarles bien poco a los de aduana. Para que la excusa académica prosperara, me decían con otras palabras, necesitaba firmar una declaración jurada donde afirmaba dejar el país con el aparato. De lo contrario iba a tener que pagarle al estado el valor del equipo (¿a qué precio?). La única salida viable, para ellos, era dejar el equipo en el aeropuerto y retirarlo al salir. Eso parecía condensar parte de lo que estaba sucediendo: de a poco iba dejando todo lo relacionado con el cine al entrar a La Habana, y lo real, sin mediaciones (que no sean la real mediación del Estado entre otras), iba adentrándome en las otras entrañas, visibles, de otro monstruo, no ya del que hablara Martí en New York. Así, tras el primer encuentro con la importante presencia policial del estado cubano, tomé un taxi hasta la casa donde paraba, en el barrio de Vedado.
Ya instalado en la señorial casa de Vedado, dediqué el primer día a conocer a mis anfitriones, y a ayudarlos a pasar sin daños el huracán Denis. De hecho, y ante mi mayor sorpresa, el mismo día en que llegué a La Habana se haría presente también Denis, que imprevistamente decidió cambiar de categoría 1 a 3, complicando el panorama para los habaneros, que presagiaban inundaciones, eventuales evacuaciones y cortes eléctricos. Con lo cual, ni bien entré a la casa, tras conocer a toda la familia, conocí simultáneamente a Fidel, quien desde la TV de la casa habló durante casi cuatro horas con casi todos los secretarios del partido esparcidos a lo largo de la isla. Los recaudos y la eficiencia del pueblo cubano, nos decía el entonces enérgico comandante, harían que el huracán tuviese hasta miedo de acercarse a las costas cubanas. Parecía, y esto no era casualidad, una especie de prueba anti-imperialista, que una vez más el insuperable pueblo cubano debía sobrepasar. Sin embargo, lo más interesante era ver aquél espectáculo político desplegado en la TV. Aquello era como una reunión de gabinete televisada, donde el gran líder aseguraba a toda la audiencia que cada jefe regional, por mínima que fuera la región, había cumplido las órdenes del comandante. Así Fidel mismo llamaba a cada uno, y al aire, les preguntaba si habían colocado las chapas de determinada manera, si las tareas de rescate o de eventual evacuación habían sido organizadas, en fin, un control extremo que era en parte teatralización pura.
Entre todo esto, la presentación con la familia cubana fue breve, ya que había que asegurar ventanas, puertas y otras posibles entradas de aire, con cartones y cintas, para que Denis no se animara a entrar. Con todos los recaudos, la casa era de todos modos resistente y el Vedado era por otra parte uno de los barrios mejor conservados de La Habana. Además, contra la amenaza, finalmente el huracán fue benévolo a pesar de los deseos de algunos gusanos de Miami. Al día siguiente, tras su paso por la capital, los efectos fueron sin embargo notorios, aunque menores de lo esperado. Para el resto de la isla el destino fue otro, e incluso para ciertos barrios de La Habana, donde me aventuré con la bicicleta china que me prestaron mis anfitriones.
Así es que la mañana que siguió al huracán, y a mi llegada, ya estaba más que cómodo con la familia que me hospedaba. Prueba de esto fue la bicicleta china que me ofrecieron para recorrer sin necesidad de camellos o de taxis las calles de La Habana. No es nueva me advirtieron, pero se deja llevar. Claro que moverse en La Habana podía incluir otros medios de transporte. Estaban los camellos, una especie de gigantescas latas de sardinas con horarios imposibles. También estaban los taxis para turistas, carísimos, y claro, algo que yo no quería: eran para turistas. Esta opción estaba descarta de entrada. Con el espíritu latinoamericanista algo ridículo que llevaba encima, eso era cosa de gringos. O me desplazaba como un cubano más (algo que poca gente creería) o caminaría a todas partes si fuera necesario. Nada de ir por La Habana como cualquier otro turista. Este absurdo afán de todos modos se veía incesantemente truncado por el gobierno. El turismo es sin dudas uno de los principales ingresos para Cuba, y es necesario exprimir lo máximo a cada uno, aunque fuera uno de la patria del Che. Me parecía entendible, pero todavía me molestaba tener que entrar en una categoría, la de turista, en la que inevitablemente caía a pesar de cualquier intento. La bicicleta sin embargo me sirvió de momentánea salida. Así es que aquella bicicleta china color verde oscuro, cuando andaba con ella por La Habana, me hacía parecer, al menos brevemente, más cubano, más latinoamericano, más de izquierdas que aquellos hippies que por muchos deseos de dejar su condición de extranjeros, portaban un cartel ineludible. De cualquier manera, si no fuera por la lengua común, y sin la precaria bicicleta, yo también parecía un hippie yanqui o italiano en busca de la exótica Cuba. Cabe aclarar aquí que con los antepasados alemanes e italianos con los que cargo, no pocas veces volví a sentir lo que ya me había pasado en Nueva York. Ni soy el latino promedio, ni estoy a la altura de un europeo (salvo algún polaco perdido, que los hay también en mi familia).
Mi primera salida en bicicleta fue mi segundo día en la ciudad, precisamente tras la partida de Denis. El recorrido aquel día iba a ser necesariamente el de mayor novedad. No sólo porque casi no había salido a la calle, sino que además era el día después del huracán. Así es que tras preparar la bicicleta para la partida, en un día que todavía no revelaba por completo los calores del trópico, abandoné Vedado y me fui hacia La Habana vieja. Me propuse llegar por las calles del centro, y dejar el malecón para la vuelta, ya que aún podía estar inundado o incluso podía seguir soplando algún viento huracanado. De este modo fui descubriendo, de a poco, las casas de Centro Habana, un barrio donde los negros son mayoría, y no casualmente, donde las casas estaban más dañadas por el huracán. El contraste con Vedado era notorio. Las casas eran de la misma época, antiguas y preciosas, pero no tanto como las que se ven en Buena Vista Social Club. Las estructuras ya aguantaban más bien poco, y como pude comprobar, por dentro ya anunciaban el fin de un régimen que no podría resistir muchos más huracanes, sean estos naturales o no.
