Blog • Julio 2008
HC21 – Crónica

Apuntes de una Habana en extinción (fragmento)
por Francisco Schulz
(primera entrega)
Decidí viajar a La Habana en julio del 2005, cuando llevaba ya dos años viviendo en Nueva York. Había conseguido una beca para hacer un doctorado de crítica de cine en la universidad de Columbia. La plata que me daban gracias a la beca era la justa para una ciudad como Nueva York, pero sin dudas me permitía vivir decentemente y haciendo algo inexistente en mi Buenos Aires.
Los motivos de mi viaje a La Habana eran múltiples pero acaso contingentes. De más está decir que el lugar me atraía: en Cuba se escondía una historia que quería ver con mis propios ojos de zurdito latinoamericano (algo más difícil de definir y encontrar quizás hoy que hace algunas décadas). Además ya estaba algo cansado de las mediaciones de los libros y documentales sobre el caso cubano. De todos modos, fuera de todo exotismo tropical y político (que seguramente lo tenía) había una razón no menor para aquel viaje: mi tesis de doctorado, que mal escribía entonces, era sobre el Nuevo Cine Latinoamericano. El protagonismo cultural de Cuba en aquellos años, y en el cine entre otras cosas, era central. En ese sentido un viaje a La Habana se me hacía imprescindible. Había algunos films imposibles de conseguir fuera de Cuba. De cualquier manera el placer académico fue diluyéndose -contaminándose con otros placeres- cuando comencé a fatigar, casi exclusivamente en bicicleta, las calles de La Habana.
Antes de ir a Cuba, y hasta antes de llegar a Nueva York en 2002, a las mismas entrañas del monstruo, mi conocimiento de “Latinoamérica” (las comillas son reales) estaba mediado por la literatura, ciertos discursos algo esencialistas sobre lo latinoamericano, y una gran ignorancia de sus calles y su gente. Viniendo además de Buenos Aires el viaje encerraba otros desafíos. Desde Buenos Aires el resto de Latinoamérica a veces era vista con una mirada despectiva (y estrábica) o en el otro extremo, con un esencialismo intelectualoide algo barato y asociado siempre a ciertos aires libertarios que se postulan desde lejos. Con todo esto, ir hacia Cuba era mucho más que ver su cine. Además el hecho de viajar solo le daba una dosis de aventura y de imprevisión necesaria en estos viajes.
Lo cierto es que desde el momento en que decidí hacer el viaje, y tras haber conseguido una beca de investigación para poder solventar mis dos semanas en La Habana, comencé a dejar más cosas libradas al azar. Sabía por referencias de un amigo puertorriqueño de un lugar para parar, con una familia del barrio de Vedado. Contaba asimismo con una sencilla carta de presentación de mi directora de tesis, que en realidad no serviría de nada ante la imposible burocracia estatal (qué otra) cubana. Así es que el viaje fue tomando su real dimensión en el momento de aterrizar en suelo cubano.

