Blog • Julio 2008

HC 21 – Crónica

Julio 30, 2008
Por Mauricio Salvador

Jaap

(fragmento),

por Mauricio Bares

I.

Con el invierno arreciando, hambriento de hambre y sexo, respondí a un llamado en el periódico solicitando modelos para foto y video porno. El anuncio era parco y claro. Telefoneé desde una cabina solitaria, depositando muchas más monedas que las necesarias para una llamada común, a fin de que no me sucediera lo mismo que en el Peep Show. Quería que cualquiera que fuese la respuesta, no se interrumpiera con la estúpida advertencia del corte de crédito. Por mi mente pasaban las imágenes de hombres que no obstante haber sido bien dotados por la naturaleza debían untarse Meneer Jan (Don Juan, en holandés) para mantenerse en pie de lucha a lo largo de una sesión entre cámaras, reflectores y mujeres. Imaginé un interminable festín con mujeres de todas las razas y todas las tallas. También visualicé a mis posibles competidores como hombres rubios de pectorales poderosos, como negros de pelvis hiperactivas, turcos pequeños con mangueras desmedidas, todos en insistentes close-ups, sus rostros irradiando ese aire de confianza extrema que da la efectividad: usando playeras con mensajes propagandísticos como “Satisfacción Garantizada” o “Instructor Sexual”, indiferentes a las miradas de envidia provenientes de tímidos enclenques como yo.

      Pero tenía varias cartas en mi poder: algunos amigos holandeses me habían mostrado fotonovelas porno estelarizadas por actores mexicanos, dando fuego con sus red-hot-chilli-peppers a escandinavas de talla vacuna. Además ya había sido objeto de temibles persecuciones por mujeres al menos dos tallas más grandes que yo. Podía dar el ancho (y el largo) como modelo, pensé.

II.

La voz al otro lado del auricular fue mucho más amable de lo que esperaba. Escueta, sí, pero no fría. Y aunque tuvo mucha dificultad para pronunciar mi nombre (MaurritzYo), me citó para el día siguiente a una hora grosera: las diez de la madrugada.

III.

En holandés Jaap es un nombre: un hombre. Un hombre a su manera: amanerado. Y un hombre de negocios.

      Su piel ya tenía el tono traslúcido de los humanos que vivirán en un mundo subterráneo en el futuro. Y su casa, desde el exterior, no se diferenciaba del estilo calvinista de las demás, pero en la sala familiar del primer piso, en vez de resguardar a una abuelita tejiendo, Jaap había instalado un bar. En la planta baja había una bodega y supuse que en la tercera planta se realizaban las filmaciones. Me senté en uno de los bancos frente a la barra y Jaap me ofreció un trago. Explicó serenamente que el trabajo como modelo había sido cubierto y que no tendría nada en fechas próximas. Sin embargo podía emplearme como prostituto. No lo dijo tan frontal, pero la forma poco importaba cuando el fondo era así de delicado. La clientela es masculina, aunque eventualmente vienen mujeres, aseguró. Dí un trago definitivo al cognac con jugo de naranja que me preparó y le contesté que no estaba interesado. Jaap me confió que a él le encantaban las mujeres, que no había nada en el mundo tan exquisito como un cuerpo femenino, pero que la vida exigía que obtuviéramos un ingreso: es más cruel trabajar en una fábrica o en una mina, matarse por nada. Y bromeó que ese ingreso podía obtenerse por adelante o por atrás. Aquí está lo que mereces: viajes, restaurantes, y con un poco de suerte puedes ligarte a alguien rico y liberal que te lleve de paseo por el mundo con gastos pagados permitiéndote tener sexo con algunas muchachitas, incluso pagará por ellas: es más, puedo recomendarte con alguien.

Todo un hombre de negocios este Jaap.

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