Cuento • Abril 2008

Al enemigo no lo he visto aún.

Una buena semana

Por Juan Bonilla

Yogi, Airplane

En definitiva había sido una buena semana: dos cazas derribados, un bombardero muy obstruido e incontables instalaciones ahora inertes como fósiles expuestos entre los bosques arrasados. Sí, una buena semana; ¿cuántas así puede disfrutar un piloto de carrera? Muy pocas. Pensemos en el record del mayor Gustav; nueve aviones derribados en un mes. Con dos en una semana, o por semana, para ser más claros, ya estaría uno en posición de superar la proeza del mayor. Todo queda en manos, evidentemente, de los políticos, de quienes se espera que sean lo bastante inteligentes como para seguir esta guerra.

Ahora vamos al comedor de pilotos; es sólo para los aviadores verdaderos, porque, aunque el personal en tierra es endiabladamente importante, podemos, a estas instancias del trato social, situarlos a parte dentro de nuestro círculo.

El lugar es un simple cobertizo sin muros; el calor canicular que se ha venido extendiendo desde que la primavera se deshizo en este maldito verano obliga a quitarle los muros a todo; muchos de los chicos ya duermen en el suelo; eso donde pueden tender una colcha lo suficientemente empapada de vodka para que las hormigas, sedientas y locas, no se les cuelen entre los pliegues del cuerpo para beberse el sudor y de paso morder en busca de sangre.

Las hormigas no son lo único; tenemos que tener cuidado con las víboras. Europa Central, quién habría pensado en víboras. Pero aquí en el comedor estas se enroscan por las patas de las mesas y se quedan agazapadas en espera de que algún descuidado se siente sin haber hecho la verificación de rigor y puedan morderlo, sin piedad, a todo lo largo de las piernas. Dos oficiales, escuché, fueron mordidos y enloquecieron; me lo dijo un sanitario de infantería que vino a hacer prácticas aquí en el aeródromo. Mi papá dice que la picadura de una víbora no puede enloquecer; pero el coronel Soder asegura que el tuxteno que contiene el lubricante de los tanques emponzoña los afluentes de los ríos, allí, es decir, donde beben esas serpientes; del agua que toman les pasa a la sangre y de ahí a su veneno. Según el coronel Soder es una reacción similar a la de una contaminación por uranio, pero por algo que ni siquiera él puede asegurar, este contagio sólo afecta el cerebro. Lo que me dijo el sanitario es que los dos oficiales simulaban ser burros: lanzaban coces a diestra y siniestra, comían hierba y pegaban rebuznos guturales. Los mecánicos dicen que con la comida que les sirven aquí cualquiera se tragaría lo que hay en el suelo.

No puedo hablar mal de la comida. Los nativos cocinan bien. Sólo admiten hombres, pero estos no lo hacen mal, y como le dije a mi papa en la última carta que le envié, ahora si puedo decir que soy un hombre de mundo: me alimento de platos europeos todo el día. Ciertamente, a parte de goulash y más goulash, recibimos unas sopas espesas de leche; son saladas y sólo nos dan un pan para acompañarlas. Las MRE no están mal, y yo las prefiero a esas sopas que aquí llaman kivas. Okuzume, mi mecánico, dijo en broma que kivas significa mocos. No creo, pero de cualquier forma no me tomaré una cosa de esas nunca más, aunque me derriben y tenga que pasarme días enteros entre la choza de algún nativo.

La gente, llegados a este punto, es rara. Esta no es la bella Europa; todos tienen la piel calcinada por las bombas; son grises y sus cabellos son blancos, canosos, pero incluso los niños los llevan así. Parece que sólo hubiesen viejos en este país, pero mi impresión se debe quizá a que en la base la PM no acepta más que viejos para hacer el trabajo; se supone que los jóvenes están en el frente -de este bando o con los huches-, y que los niños son peligrosos porque pueden ser muy fácilmente manipulados por el enemigo.

Al enemigo no lo he visto aún. Ojala lo vea antes de que se acabe la guerra.

Les decía que sólo he visto viejos. No viejas. Está prohibido que entre mujer alguna en la base. Podría tener noventa años, pero no las admiten; y creo que ni en los videos de propaganda -aquí les llaman documentales periodísticos-, por que ahí sólo aparecen mujeres ya mayores, con rostros rasguñados por el tiempo, unas sin ojos, sin dientes, con tres hebras de cabello descolgado en una cabeza calva y calcárea como piedra basáltica.

En estos videos no he visto tampoco al enemigo. Tal vez el general Tate consiga uno donde sí aparezcan.

Sólo he salido de esta base una vez desde que nos asignaron aquí. Fue en un hummer de reconocimiento. Salimos sin armas, unos tres pilotos, cuatro oficiales políticos nativos, un mayor de inteligencia militar, y como cincuenta periodistas; todos en un safari loco por una trocha mal trazada que recorre desfiladeros y otros sitios infernales, para llegar a Ümbren, o lo que queda de Ümbren, después de que la hicimos volar en pedazos con mavericks. Ese día probé la droga local; es poca y mala; nos la vendió un homosexual que vive en lo que queda de la iglesia allí. Como que se llama Grettel y es el último ser vivo en millas y millas. El mayor le dio una sacudida al gay y éste nos dio droga a todos. Sólo es pasto envuelto en papel de Biblia, un timo.

Supe de Ümbren una hora antes de que la borráramos de los mapas. Se supone que era el bastión fuerte del enemigo de este lado de las Montañas Rojas. Sí ahí habían generales enemigos, o líderes de guerrilla, o siquiera sus mujeres o sus hijos, como nos juró el general Tate, no puedo decirlo: el pueblo, más bien pequeño, parecía una ciudadela mal tallada en un carbón poroso. Negro, negro, negro como la noche; y a nada huele porque el fósforo blanco lo esteriliza todo al caer. Un recuerdo que sí quiero conservar de mi visita allí fue cuando Fernández le tomó una foto a medio caballo parado en la plaza: estaba vivo al parecer cuando bombardeamos; se asó vivo y milagrosamente murió parado en mitad de la plaza, mirando al sur, como si por allí hubiese huido su amo y aún le esperara. No sé que pasó con las patas traseras y su culo, pero allí no estaban, lo que creaba un cuadro de mágica lógica física: el caballo estaba parado en dos patas.

El tipo de inteligencia militar le quitó a Fernández su teléfono móvil y se quedó con la foto. Lástima.

Y por cierto que ya no nos dejan hacer casi nada acá. Al llegar teníamos pilas enteras de revistas: Time, Newsweek… ya saben, y diarios de toda América, e ingleses. A mí me interesaba mucho la situación en Londres porque mi hermano vive allí desde que se casó con esa chica galesa; por carta me hablaba de los disturbios, pero el Times nunca decía nada de disturbios, ni aún cuando la gente de Belgravia salió huyendo de ese incendio con su cosas de valor entre los brazos. Y luego cuando me manda esa carta, que me dejó, lo admito, tan azorado, con aquello de que la gente se estaba apoderando de los barcos y los yates para fugarse de la ciudad en llamas, justo entonces dejaron de mandar diarios y revistas británicas. En el mejor momento, demonios.

Algo igual pasó con la Newsweek. Dejó de llegar y sólo podíamos leer Time, pero esta decía que todo iba bien, que la economía seguía bien, que no había guerra con el Canadá, ni con México, y que el presidente Oswald estaba en perfecta salud, a pesar de que cuando nos embarcaron en Pensacola iba por el tercer infarto.

Y yo, Dios, también me estoy sintiendo mal. Son esos dolores de cabeza, y en los huesos. A Danny también le dio eso. Luego las fiebres; entonces se lo llevaron a casa y supongo que allí se recuperó. Supongo porque no me ha llegado respuesta alguna; ni cartas de mis papás, ni de Chelsea, ni del comodoro Sullivan, ni nadie parece acordarse de que llevó ya once meses en esta base, en esta puta montaña, en el culo de sólo Dios sabe dónde. Y que cuando llegué, en las primeras noches, se veían lucecitas al norte, manchas brillantes; allí estaba tal ciudad, y tal otra, y esa y esta y aquella. Nos sentábamos con Furuga, y Din Hoc, Glaston, Rodríguez, Mirelli, con un mapa, tratando de adivinar qué ciudades eran esas, a cuántas millas estábamos, y cómo serían allí las prostitutas. Poco a poco fue más fácil, cada vez había menos luces.

Ahora no hay ninguna. Podría jurar que el mundo fuera de esta base ha desaparecido. Como mis amigos. Primero fueron Mirelli y Glaston; derribados al sur por trazadoras durante la Noche de los Inocentes. Le mandaron una foto a la familia de Mirelli, recuerdo, en la que le sostenían por los pelos frente a la cámara; sus párpados estaban cosidos con hilo. Luego el general Tate llegó una mañana y dijo que la Fuerza Delta los había rescatado a ambos. Nos fue narrando el asunto durante todo del desayuno; pero al final parecía un jarrón de porcelana a punto de quebrarse en el suelo, a punto de prorrumpir en llanto, ya que ni él se creía esas mentiras.

El general tampoco volvió. Se cree que un proyectil de mortero acabó con su vida cuando lo de esa emboscada. Setecientos hombres capturados… ¿será verdad?

¿Y cuál es mi verdad? Regresé de mi misión. Sí, estoy con vida, e incluso puedo decir que ha de quedar suficiente combustible en mi F-57 para ir a Dionstrehn, o hasta la frontera con Alemania, incluso. Volar hasta que el tanque se seque y saltar a la jungla negra, buscar civiles amistosos, a los partisanos, o a los boinas verdes que trabajan allá con los civiles. Alguien, alguien debe haber que me ayude, que me escuche, que me crea cómo esta base se fue quedando sola, y yo solo; solo rodeado de ese bosque denso tras el vallado y las minas y los sacos de arena, donde imagino ojos que me miran teclear este testamento en mi soledad final, por que tal vez ya ni siquiera haya combustible para encender el quemador principal y escapar si el enemigo un día se da cuenta que esos rifles apostados no tienen quien los dispare, ni munición siquiera. Que sólo un hombre queda aquí, escribiendo en esta noche silenciosa y sin sentido, arropado con una bandera que de vieja ya no puede sostenerse en su asta. Y que ojala esta noche dure lo bastante como para que pueda poner por escrito el mundo que conocí y que desde hace cuatro años se fue quebrando. El mundo que ahora parece una noche eterna.

Ahí les va…

Juan Bonilla (Bogotá, 1984) Escritor de medio tiempo. El otro medio, como es natural, trabaja. Autor de las novelas inéditas Risk y Risk II. Construye una novela mediante posts en el blog Puesto de Combate.