Columnas • Abril 2008

Un buen nombre para una columna es difícil de encontrar

Sidekick

Por Miguel Habedero

Hubo una época en la que Juan Villoro era mi sidekick. Batman tenía a Robin, Superman a Kripto, el perro maravilla, y yo tenía a Juan. Robin salía al quite cuando el Guasón, el Pingüino y Batichica se ponían pesados; Kripto se meaba en los pantalones de Lex Luthor; Juan era el encargado de los malos chistes, me ayudó a superar mi cuarto divorcio y a mudarme de departamento, y me pidió prestado mucho dinero que nunca me pagó. Fui su mentor antes de que se saliera del guacal y abrazara la dudosa causa del posmodernismo; entonces -hablo de los primeros años ochenta- era sólo un muchachito imberbe. Venia a un taller literario que yo daba en la Casa del Teatro de la UNAM, en Coyoacán. Creo que todavía era virgen. Yo fui quien le presenté a Salinger, y él fue quien lo plagió. Yo fui quien le presentó a su primera novia, y ella lo botó por alguien más. Y así como un padre ayuda a su hijo a caminar del sofá al sillón y del sillón al sofá, y lo protege de los afilados bordes de la mesa del centro, así yo lo guié en sus primeros pasos por los desolados caminos de la literatura. Yo le di su primer premio literario, y él ni siquiera me invitó unas cervezas. Todavía recuerdo cómo el chaval vino a verme, el taller se daba los sábados y yo estaba como siempre en una orilla de la mesa, meditando, mientras mis discípulos me miraban en silencio, como si en cualquier momento fuera yo a levitar. Vino este muchacho y me dijo “Maestro, le traigo uno de mis cuentos”, y lo leyó en voz alta. Entonces yo dije: “No”. Era la historia de un perro de raza collie que viaja desde Escocia al sur de Inglaterra para reencontrarse con su pequeño dueño. La historia me parecía familiar. Pero la verdad es que yo no quería que el muchacho me hiciera sombra en el taller, donde los discípulos me adoraban como a un mono sagrado en la India. Tenía mucho talento, por eso le dije que se fuera.

Pero insistió, y un día su padre me llamó por teléfono:

-Habi, te llamo para que aceptes al muchacho en tu taller, está llorando en su cuarto.

-Pero maestro…

-Habi..

-Está bien.

Y así fue como entró al taller. Nunca estuvimos de acuerdo en nada. A él le gustaba Pink Floyd, a mi me gustaban The Supremes. Él estaba loco por la literatura alemana, yo creía que todos los alemanes eran nazis (mi abuelo era judío: Habedero es un rancio apellido sefarad). Él bebía gin tonic, yo tomaba cerveza. Pero nunca faltaba al taller, y cada semana con un cuento diferente. Caray, pensaba yo, este muchacho escribe más que Carlos Fuentes. Me daba cierta envidia, porque yo no había escrito nada desde hacia cinco años atrás: Escuela de Robinsones, la novela que dio al traste con la vanguardia mexicana y con la editorial que la publicó. Recuerdo una ocasión en la que trajo un cuento sobre una niña cuyo padre estaba desaparecido en la guerra Bóer -también me sonaba familiar­-; al final aparecía la reina Victoria y lo arreglaba todo: deus ex reina. Le siguieron historias de perros, de caballos, aventuras en la India, piratas, etcétera; el chico todavía no había encontrado su estilo ni su tema. Y aunque nunca he leído ni uno sólo de sus libros, apuesto a que todavía no encuentra su tema.

Lo verdaderamente aterrador era que me seguía a casa después del taller. Por aquel entonces yo estaba casado con Tina, a quien le causaban escozor en la garganta los jóvenes escritores, principalmente yo, joven escritor como hasta los 50 años, según las antologías del estado benefactor. Tina estaba la mitad del tiempo bajo el efecto de los últimos antihistamínicos. Por eso nuestro matrimonio duró un año bajo la égida de las más solemnes ruindades. ¿Qué es peor que el infierno? una mala mujer, dice el Talmud.

-Tina -le decía-, no puedo evitarlo, me siguió a casa.

Y ahí estaba el muchacho, en la cocina, abriendo mi refrigerador.

-Solo tienes cervezas, Habi.

Tina era anoréxica desde antes que se pusiera de moda, así que tenía el refrigerador para mí solo. La idea de bienestar para cualquier escritor norteño marginal y con antepasados hebreos es un refrigerador lleno de cerveza.

-Juan, vete a tu casa -le decía.

Y ahí estaba en la puerta de la cocina con una pila de libros en la mano que quería que le “prestara” y que todavía no me devuelve. Tenía buen gusto el muchacho, se llevó todos mis clásicos ingleses empastados en cuero de cerdo: George Eliot, Trollope, Jude the dark.

-Por las barbas de Cristo, vete a tu casa, Juanito. Si no te molesta quisiera tener un poco de sexo con mi esposa. O ve a la tienda a comprarme cigarrillos, sólo necesito cinco minutos (Tina era una mujer rápida).

Pero se fue ganando mi cariño porque el corazón remendado del viejo Habedero es grande y con dos cervezas encima lo abarca todo: el éter, la tierra, los tipos esos que venden huevos duros en las cantinas del centro. ¿Por qué no un muchacho lampiño con mucho talento, y además simpático? Ahora, cada vez que me doy una vuelta por Coyoacán me lo encuentro en la librería y no me saluda, se agacha y se va de lado, como dice la canción. Tal vez piensa que le voy a pedir de regreso el dinero que le preste o algo así, después de media docena de devaluaciones.

Era tan constante la presencia de Juan en la casa que Tina terminó por acostumbrarse a él, como meses antes se había acostumbrado a mí. Peor aún, llegamos a verlo como el hijo que por incompatibilidad biológica jamás tendríamos. La rueda del destino maquinaba mi cuarto divorcio en las tramoyas de mi soleado departamento de la Del Valle y Juanito se echaba confortablemente sobre las ruinas de mi matrimonio: mal sexo, conversaciones aburridas, nada bueno el televisor; sólo repeticiones de Mi bella genio y Hechizada.

Recuerdo el rostro de exasperación del juez numero cuarto de lo familiar al preguntarme de dónde provenía el dinero necesario para no morir de hambre; nunca me he dado de alta en Hacienda, siempre le pido prestados recibos a los amigos, dos de ellos tuvieron serios problemas con el fisco, y siguen prófugos. Soy escritor, le dije, vivo de mi arte. El juez no se tomó bien ese diptongo. También estaban el dinero en efectivo que los pupilos del taller me pasaban por mis sabios consejos. (Juanito siempre estaba atrasado en sus pagos.) Un divorcio es doloroso, es un paso ritual de la vida a la muerte, flores, quetzal, quetzal, flores, jade, etcétera, los antiguos mexicanos lo sabían muy bien con sus guerras floridas y sacrificios humanos, destrucción inminente, pero nada de divorcios: buscar un nuevo departamento, comprar otro refrigerador, volver a llenarlo de cervezas, mudar una biblioteca acosada por niñatos escritores que pululan alrededor de tus clásicos ingleses, en fin, romper todos los trastos y volver a hornearlos con el fuego nuevo. Con mis amigos hippies, mi Trollope (lo sé soy una viejita) estaba a salvo, al menos.

Así que cuando menos me lo esperaba Juan y yo estábamos fuera con sendas cajas llenas de porquerías de camino al nuevo cubil habederesco en un repliegue táctico, a la colonia Narvarte, el último reducto de un hombre acosado por la historia, el fin del humanismo, y toda la cháchara que los filósofos franceses se inventan en un café de París fumando gauloises -o como se llamen- y bebiendo vino tinto, y comiendo baguettes, y con el sistema de seguridad social que tienen. Ahí en la Narvarte uno estaba a salvo de las corrientes de la historia, pero no de los citatorios del juzgado de lo penal. Mi ex mujer, que había sido incapaz de darme un pequeño Habedero que me acariciara la barba y me mantuviera en mi no tan próxima vejez, quería quedarse con todo. Y lo estaba logrando. Se había quedado con el departamento, y con los muebles, el televisor, mi tocadiscos, mi colección de discos de The Supremes, originales Motown.

-Habi -me dijo Juanito- cuando me salga barba quiero ser un barba azul como tú.

(Entonces Juan usaba un tónico que anunciaban en las revistas para que le creciera la barbas; sé que envidiaba mi barba rizada de estudiante de la Yeshiva.)

Yo sufría en secreto, amaba a Tina y extrañaba su lado del buró cubierto de medicinas, y sus calzones puestos a secar en la regadera, esos detalles que hacen memorable a cualquier mujer. Abrir la llave del agua caliente siempre significaba entrar en contacto con la ropa interior de Tina. Esos calzones y yo teníamos siempre una conexión cada medio día cuando me levantaba aún dormido y me daba un regaderazo. Era el sustituto del beso de buenos días, o de la cena lista para calentar, o de las pantuflas cuando uno llega a casa, cansado de repensar el tratamiento de mi próxima y siempre distante nueva novela.

Tina nunca estaba cuando yo me levantaba buscando a tientas mis lentes, con el eterno dolor de cabeza, el seño mas fruncido que el de Zeus cuando los dioses lo molestan con estupideces de cualquier clase. Ella era actriz de teatro universitario (a un paso de la inanición, como todas las estudiantes de teatro, y con estupendas piernas), nunca aportaba nada a la casa y siempre estaba en un ensayo, dejando los trastes sucios en el fregador. Nadie comía en esa casa y aún ignoro por qué siempre había trastes sucios en el fregador. Estar casado con una actriz de teatro universitario era estar casado con un lugar común; en veces era Nora, y entonces siempre se iba golpeando la puerta; otras veces era la gaviota y había que rondar por la puerta del baño, siempre con el corazón en la garganta imaginando un poco de sangre por debajo de la puerta; a este respecto, no ayudaba que le gustara pasar el tiempo en la tina fumando y leyendo revistas de chismes del espectáculo y rasurándose esas estupendas y peludas piernas; entonces aprovechaba para lavar su ropa interior. También le gustaba cantar las canciones de Edith Piaf. Odio a Edith Piaf, es un lugar común, era tan trillada que parecía salida de un cuento de García Ponce. Y fumaba como un cosaco, tenía el aliento podrido. Yo nunca he sido un hombre mesurado con todo aquello que tarde o temprano resulta que te mata. Pero que una mujer fumara más que yo me parecía insoportable. Y se robaba mis cajetillas. O bien, mientras dormía tomaba la cartera de mis pantalones para comprarse cigarrillos Raleigh. Mi deber como amante esposo era justamente su manutención, ella era estudiante, pero la mujer no comía nada, salvo molletes de Sanborns. Me hacia llevarle molletes de Sanborns. Yo era el único gaznápiro sobre la tierra que pasaba todo los días a un Sanborns y pedía un pan partido por la mitad, con ambas partes untadas de frijoles y queso gratinado.

-Todos los días viene por molletes -me dijo una mesera.

-Son para mi mujer.

-Debe estar embarazada -dijo. La mesera me miraba con dulzura, yo era el hombre perfecto, que cumplía los caprichos de su mujer, en cuyo vientre se gestaba una pequeña cría humana, el hombre de los molletes y de una paciencia infinita, motivada en mayor parte, ella nunca lo sabría, por una lujuria existencial.

-Mi mujer está en la tina depilándose las piernas -le respondí, ya con mi paquete de molletes bajo el brazo y una erección furtiva en el pantalón.

Esas mujeres siempre fueron mi perdición, me casé con cinco de ellas. Estaba en la recta final, con Liz Taylor y Saul Bellow en los carriles laterales.

-Así es la vida, Habi -escuché de pronto, echado sobre un catre en mi nuevo departamento, rodeado de clásicos podridos y cerveza. No sé si en mis cinco sentidos pero abrí los ojos y lo vi ahí, a Juanito, sentado sobre una mesa de cantina, mirándome con sus grandes ojos amorosos.

-¿Sigues aquí?

-No podría abandonarte, Habi.

Y tengo que aceptar que no lo hizo, el muchacho cabrón.

Continuará...