Blog • Abril 2008

No eres tú, son tus libros

Abril 15, 2008
Por Mauricio Salvador

El otro día estaba leyendo un post de nuestro amigo y colaborador René López Villamar titulado “Leer es malo para tu vida sexual” en el que comentaba otro post llamado “Tres libros que no debes leer si quieres conseguir novia en la adolescencia”. No es que el tópico me interese (porque en la adolescencia tuve una cantidad respetable de novias, y no era lector ni de lejos), pero el mito del escritor enfrentado a la realidad (de qué otra manera podemos llamarlo) siempre permite comentarios del tipo:

No sé leer, pero dejarse ver con Alicia en el país de las maravillas causa “Quéliindo!” en ciertos círculos.

Al respecto, Rachel Donadio escribió un articulito titulado “No eres tú, son tus libros”, que reproducimos ahora en traducción de nuestro colaborador José Luis Justes Amador:

No eres tú, son tus libros

Hace unos años, me despertó una llamada de una amiga. Acababa de cortar con un novio al que aún amaba y estaba desesperada por justificar su decisión. “¿Puedes creerlo?”, me gritaba al teléfono, “Ni siquiera ha oído hablar de Pushkin”.

A todos nos ha pasado. O a algunos. A cualquiera que le interesen los libros se ha enfrentado con el problema Pushkin: una referencia literaria perdida –o, simplemente, mal- que fríamente deja claro que esa historia no va a ningún lado. Al menos, desde el Paolo y la Francesca de dante que se enamoraron leyendo las aventuras de Lancelot, el gusto literario es un buen indicio de compatibilidad. Actualmente, gracias a redes sociales como Facebook y MySpace, hacer una lista de libros predilectos es una parte crucial, aunque arriesgada, de la descripción que hacemos de nosotros mismos. Cuando se trata de citas establecidas por Internet hasta las referencias de paso pueden convertirse en negaciones. Revisar el gusto literario de una persona en libros es “de hecho, un buen medio –una especie de primer examen- para hacerse una idea de alguien”, dice Anna Fels, un psiquiatra de Manhattan y autora de Necessary Dreams: Ambition in Women’s Changing Lives. “Es como una especie de test de Roschach”. Para Fels (que está casada con el autor y editor James Atlas), los hábitos de lectura pueden ser un indicador de otras cualidades. “Dicen algo sobre… el nivel de curiosidad intelectual, sobre el estilo”, dice Fels. “Hablan de clase, de nivel de educación”.

Pobre del posible Romeo que confiesa con honestidad sus gustos mediocres: a veces es el problema Howard Roark en lugar del Pushkin. “Yo tuve que cortar con un tipo porque estaba muy metido en Ayn Rand”, dice Laura Miller, una reseñista en Salon. “Era dulce e increíblemente decente a pesar de toda esa grandiosa ‘filosofía’ descorazonada con la que estaba casado, pero ni siquiera fue la ideología lo que hizo que cortara. Fue simplemente que a mí Rand me parece un escritor hilarantemente malo y, pasado cierto punto, no podía ocultar mi diversión”. (Los miembros de theatlasphere.com, un sitio para citas dedicado a los seguidores de Atlas Shrugged y The Fountainhead, no estarían de acuerdo con esta declaración).

Judy Heiblum, una agente literaria en Sterling Lord Literistic, tiembla al recordar algunas citas en las que ellos comenzaban a hablar del clásico de culto del 74 de Robert Pirsig Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta, amado por los jóvenes a la caza de pareja. “Cuando un tipo me dice que ha cambiado su vida, desearía que nos hubiera ahorrado a ambos la vergüenza”, dice Heiblum y añade que “las experiencias de cambio de vida” son “el mejor tema para tener una conversación tediosa”.

Encarémoslo. Esto puede que sea un asunto de género. Las mujeres inteligentes es más probable que sean sensibles a un libro que puede romper una historia que los hombres. (Es raro el tipo que dejaría de llevarse a una mujer a la cama aunque revele su mal gusto literario). Después de todo, las mujeres lees más, especialmente ficción. “Es maravilloso encontrar un tipo que lee. Punto”, dice Beverly West, la autora de Bibliotherapy: The Girl’s Guide to Books for Every Phase of Our Lives. Jessa Crispin, una bloguera en Bookslut.com, está de acuerdo. “La mayoría de mis amigos y los hombres de mi vida no son lectores”, dice, aunque “ahora que lo mencionas, si fuera a la casa de un hombre y estuvieran todos esos libros sobre las lecciones sobre la vida que uno puede aprender sobre los perros, probablemente no me quitaría la ropa”.

Aún así, para alguno de los hombres que leen, el gusto literario sí importa. “He terminado con chicas diciendo ‘no lee, así que no tenemos nada de que hablar’”, dice Christian Lorentzen, un editor de Harper’s. Lorentzen recuerda que una vez le dio a una novia Ada, de Nabokov porque es “divertida y larga y muy heterosexual aunque con el incesto como telón de fondo”. La relación no duró mucho pero ahora, añade, “creo que está en su perfil de Friendster como su libro favorito”.

James Collins, cuya nueva novela, Beginner’s Greek, trata de un hombre que se enamora de una mujer a la que ve leyendo La Montaña Mágica en el avión, recuerda que, después de la universidad, estaba “infatuado” con una mujer que tenía una copia de La insoportable levedad del ser en su mesita de noche. “Yo no sabía nada de Kundera, pero recuerdo que pensé ‘Uhm. Trendy, metafísica barata, sexo involucrando un sombrero hongo’ y nunca volví a pensar lo mismo sobre ella (y no pasó nada)”, escribió en un e-mail. “Hay ocasiones las que ya había juzgado a la persona por lo que estaba leyendo antes de enamorarme o desenamorarme de ella: Braudillard (demasiado pretencioso), John Irving (demasiado normal), Virginia Woolf (demasiado Virginia Woolf)”. Pensándolo bien, Collins añade, “Conozco a gente que casi termina su relación” por Las Correcciones, de Jonathan Franzen: “‘Sobrevalorada’, ‘Brillante’, ‘Sobrevalorada’, Brillante’”.

Nombrar un autor o un libro favorito puede resultar un problema. Muy abajo y te arriesgas a parecer estúpido. Demasiado alto y te arriesgas a parecer aburrido o falso. “Las citas en Manhattan son un deporte bastante competitivo y selectivo, sin piedad”, dice Augusten Burroughs, el autor de Running with Scissors” y otros libros de memorias. “En general, si un tipo ha leído algo así como u libro en un año, ya es lo suficientemente bueno”. El autor recuerda una cita con un tal Michael, un “fornido alemán rubio”. Mientras caminaba para encontrarse con él en la puerta de Dean & DeLuca, “descubrí, para terror mío, una copia, más vieja que yo, artísticamente desgastada del Proust de Samuel Beckett”. Eso, apunta Burroughs, era el fin de la cita. “Si existe un método más trillado y obvio de telegrafiar la inteligencia, los estudios y los gustos literarios no me lo puedo imaginar”.

Pero, ¿cuánto hay de libros en esto? Con frecuencia, un gusto literario diferente es una señal de otros problemas o defensas. “Tuve un novio del que estaba locamente enamorada y no funcionó, dice Nora Ephron. “Veinticinco años después me acusó de no haberme reído mientras leía Candy, de Terry Southern. Esa no fue, lo prometo, la razón por la que no funcionó”. Sloane Crosley, un publicista en Vintage/Anchor Books y el autor de I was told there’d be cake, un libro de ensayos sobre la vida de soltero en Nueva York, lo formula así: “Si eres alguien a quien le gusta Alice Munro y sales con alguien cuyo libro favorito es El código DaVinci quizá ya estaban las banderas de la incompatibilidad izadas desde antes”.

Algunos prefieren compartimentalizar. “Como escritor, lo último que quiero en mi vida privada es alguien que esté abiertamente dedicado al mundo literario en general”, dice Ariel Levy, el autor de Female Chauvinist Pigs y un colaborador habitual del New Yorker. A su pareja, una asesora para edificios ecológicos, “no le gusta leer”, afirma Levy. Cuando quiere hablar de libros, ella va a su grupo de lectura. La compatibilidad en lecturas es un “lujo” y bastante irrelevante, continúa Levy. La meta, añade, es “encontrar a alguien con quien encajen tus perversiones y a quien puedas soportar”.

Marco Roth, un editor de n+1, dice: “Creo que a veces es mejor que los libros se queden como libros. Es parte de la tragedia romántica de nuestro tiempo que tengamos que ver a nuestras parejas como compatibles a todos los niveles”. Además, añadió, “a veces a la gente le puede gustar las mismas cosas por razones diferentes y esas se construyen sobre fantasías privadas de los libros supuestamente compartidos, sólo para descubrir, demasiado tarde, que la otra persona tiene una fantasía completamente diferente”. Después de todo, a una pareja puede gustarle El retrato de una dama pero una mitad de la pareja se identifica con Gilbert Osmond y la otra mitad con Isabel Archer, teniendo ideas radicalmente diferentes sobre lo que es una relación.

Para muchos, el amor es más fuerte que el gusto literario. “Mis amigos son bastante superficiales pero no tanto como para romper con alguien por una diferencia literaria”, dice Ben Karlin, productor de The Daily Show y editor de la antología Things I’ve Learned from Women Who’ve Dumped Me”. “Mucho más que ‘No me gusta Don DeLillo y por eso tenemos que cortar’, lo que me haría romper con alguien sería que se hubiera acostado con el escritor”.

2 comentarios a “No eres tú, son tus libros”

  1. El cerdo sin galera dice:

    “encontrar a alguien…” qué buena frase, che.

  2. Toronaga dice:

    Y yo que no sabía como romper con una chica…..

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