Crónica • Abril 2008
Los hombres y mujeres de negro
Introduzco 120 yenes (12 pesos) a la máquina de refrescos y elijo té verde. Mientras me dispongo a recoger la lata, una voz varonil computarizada y sin chiste anuncia que ha llegado el convoy de las 11:09 con destino a Shinjuku. De súbito, una pregunta invade mi mente: ¿por qué tanta puntualidad? Algunos afirman que es una cuestión cultural, pero soy escéptico. Eso es pura japonofilia barata. Hace más de 140 años, cuando este archipiélago era regido por los Tokugawa, el japonés era todo menos sinónimo de puntualidad. Entonces, ¿qué explica esto? En lo que se me ocurre una respuesta convincente, se abre la puerta del tren. Ni hablar. En este país “ultramoderno” es difícil pensar tranquilamente.
Espero un momento que salgan los pasajeros y entro al vagón. Como siempre, nadie se percata de que no soy japonés. Es la magia de mi camuflaje genético. Empero, para mi mala fortuna, no hay dónde sentarse. Esto significa que estaré parado. Entonces, no me queda de otra cosa que tomarme el té que compré, ponerme los audífonos y prender mi reproductor de música digital, mientras me entretengo analizando a los pasajeros que están en el vagón. Veamos qué especimenes tenemos.
Abundan los trabajadores de cuello blanco. No por nada es la fuerza laboral mayoritaria de este país. 47 millones de japoneses trabaja en alguna oficina. Eso significa que el número de empresas es de… Dejémoslo ahí, sería un tema demasiado extenso para 30 minutos de viaje. En otra parte, están los estudiantes de preparatoria, su número no es tan amplio como los de cuello blanco, ya que en este país cada año se reduce la población juvenil. La gran mayoría esta vestida de uniforme escolar, muchos con el cabello pintado y peinados de manera exótica. Eso sí, siempre irreverentes. Es lo que caracteriza la adolescencia. Japón no tendría que ser la excepción.
Por su parte, tenemos a las muchachas vestidas de manera ridícula. En un extremo están las jóvenes que piensan que son la catante Beyonce. Están bronceadas, utilizan gafas oscuras y minifaldas extremadamente cortas. En el otro extremo, están las lolitas góticas, chicas vestidas con faldas de trabajadoras domésticas y maquillaje negro. Dignas de cualquier recital de grupo dark en el Chopo. Por otro lado, en los asientos están las personas de la tercera edad. Resalta el número de ancianas. No por nada Japón es el país con mayor esperanza de vida femenina en el mundo. A veces si uno tiene suerte, puede encontrar algunas abuelitas con el pelo teñido de color púrpura, verde o azul. ¿Les habrá fallado el tinte?
Moraleja: cuando visite usted este país de supuesta raza homogénea, súbase al tren. Ahí podrá conocer cómo está conformada la sociedad japonesa y su estructura cosmopolita, ya que aquí todos, pobres y ricos, utilizamos el mismo transporte. Pero, regresemos a nuestro relato inicial.
Después de analizar los especimenes que viajan en el vagón. Mi mirada se enfoca en un grupo particular. Su edad oscila entre los 22 a 24 años. Todos portan una especie de portafolio y están siempre checando sus agendas. En el caso de los varones están vestidos de traje sastre negro con peinados conservadores. Por su parte, las mujeres visten falda sastre color oscuro, sin el pelo pintado y mucho menos maquillaje llamativo.
Este tipo de vestimenta es conocido como traje de recluta. ¿Cuál es su profesión? Ellos no venden cosas, ni mucho menos tienen trabajo. Son los universitarios que anualmente buscan empleo en este país. No se si esto sea una peculiaridad de Japón. Probablemente sea un fenómeno del “Primer Mundo”. No lo sé con exactitud. Pero es un hecho que en México no existe este patrón de vestimenta. La pregunta ahora es ¿cómo funciona esto? No soy economista, pero más o menos el negocio va así.
Cada año, dentro del sector privado como público, miles de trabajadores, de 60 a 65 años, dejan de laborar. Así, las empresas y el gobierno están obligados a contratar nuevo personal para cubrir estas salidas fortuitas con personas que hayan culminado la educación media superior, aunque se prefiere a gente con educación universitaria. Normalmente, las convocatorias de trabajo son abiertas y en orden de preferencia van primero aquellos universitarios que están cursando el cuarto año de carrera; después los jóvenes que no encontraron trabajo en años anteriores; y finalmente los que fueron despedidos de otras empresas. Dicho en otras palabras: en Japón es difícil ver ofertas de trabajo para gerentes, jefe de departamento, para eso primero hay que entrar en una empresa y empezar desde abajo.
Por lo que respecta a la distribución de las profesiones, las empresas que se dedican a cuestiones tecnológicas suelen contratar a los que estudiaron carreras físico-matemáticas. Sin embargo, la gran mayoría de las empresas y el gobierno destinan sus plazas a todo tipo de carreras, siempre y cuando pasen los requerimientos de contratación. Primero, se hacen varios exámenes escritos; luego se realizan ejercicios grupales para analizar cómo funcionan los jóvenes en tareas colectivas; finalmente, el interesado tiene que hacer una entrevista. En pocas palabras, el proceso de contratación es “meritocrático”. Empero, no significa para nada, que sea un sistema justo. Siempre tienen gran ventaja los que estudiaron en universidades públicas, así como en las universidades privadas más famosas como Keio y Waseda.
Un dato trivial: si una familia japonesa quiere que su hijo o hija tenga un buen trabajo, tienen que invertir más o menos 20 millones de yenes (2 millones de pesos), que cubren desde la primaria hasta la educación superior. De hecho, la colegiatura de la universidad más cara en Japón es de 100000 pesos anuales. Creo que es lo que paga más o menos un alumno del ITESM. Es decir que en México estamos a un nivel similar en este rubro. Ahora, si no me equivoco, el PIB per capita de México es de más o menos 5000 dólares y el de Japón es de 37000 dólares: ¿a quién le sale más caro la educación de sus hijos?
Perdón. Interrumpo un momento mi cavilación. El tren ha parado en la estación de Meidaimae y tengo que transbordar. Bajo escaleras y camino hacia el anden de la otra línea. Sin ningún contratiempo llegó al andén correcto y espero que venga el otro tren. Hace frío hoy. El sol de primavera no calienta nada en este país. Pasan dos minutos y la misma voz computarizada anuncia la llegada de un nuevo convoy. En esta ocasión tengo suerte y me puedo sentar.
Bueno, en que me quedé. Ah sí, el sistema de contratación en Japón. Desgraciadamente, no puedo abundar mucho, me quedan 8 minutos de viaje, pero bueno queda por contestar la pregunta de los 64 millones: ¿podemos aplicar ese sistema en México? La respuesta es totalmente negativa. ¿Por qué?
En primera, el número de empresas en México es muy poco para que se logre un constante reciclaje de personal como sucede en Japón. Otra es que mientras la contratación de las empresas no se haga bajo un criterio meritocrático (por medio de exámenes) y siga el compadrazgo y los prejuicios hacia las universidades públicas, pues es imposible aplicar un sistema japonés. Otro punto, es que si no se logra una rápida titulación especialmente en las universidades públicas, es imposible que los universitarios logren ingresar de manera fluida a las empresas. Finalmente, la columna vertebral del sistema japonés es el sistema de retiro. Si bien, como menciona Gøsta Esping-Andersen, el estado benefactor japonés es menos generoso que los casos europeos; es superior al que existe en México. Si no se tiene un sistema de retiro realmente digno, nada evitará que muchas personas mayores de 60 años sigan ocupando plazas y no permitan que la gente joven entre a trabajar a las empresas, al gobierno y en el sector universitario.
Creo que estas cosas ya lo dijo Amartya Sen y pienso que nuestros estadistas tienen claro que es necesario cambiar el mercado laboral. Así, es que creo que no hay necesidad que una persona sentado en un vagón en Japón, les diga qué es lo mejor para México. Bueno el tiempo de viaje se me acaba. El conductor anuncia que hemos llegado a Shibuya. Ciudad que inspiró a Ridley Scott para montar la escenografía de su película Blade Runner.
En mi reproductor suena la canción Kyoto Song del grupo británico The Cure. Curiosamente esta pieza, pese a su título, no alude absolutamente nada sobre esa milenaria ciudad y cede del Protocolo del mismo nombre. Son las 11:40 y hay demasiada gente. Esquivo a varios y por fin, en medio de una multitud salgo de este inmenso “apeadero”. En frente de mi, está una gigantesca pantalla digital que dice: ayudemos a los niños del mundo, UNICEF JAPAN. Es curioso, mientras algunos días, mi nostalgia por México es grande, cuando veo este tipo de anuncios, superiores en muchos sentidos a los espectaculares que abundan en el Periférico. Empiezo a querer un poco a este país de supuesta raza homogénea.
