Cuento • Abril 2008
Lección de higiene
Quiénes eran aquellos señores allá en lo alto, con ojos tan distantes de los nuestros acá abajo? Estábamos en el fondo de la excavación en la tierra roja –un agujero enorme atrás de nuestra casa, un agujero que se agrandaba más cada día. ¿Quiénes eran nuestros padres? Nosotros ya no lo sabíamos, después de tanto tiempo sin contar con los consejos adultos de nadie.
Sargento parecía el más valiente de nosotros. Cuando vimos, él ya subía embarrándose más con cada resbalada. ¿Iba a indagar sobre aquellos ojos omisos de allá arriba?
Nada sabíamos de aquellos extraños, más allá del hecho de tener por lo menos el triple de nuestra edad. Ellos sólo miraban a lo lejos lo que nuestras miradas, ahí abajo, no podían vislumbrar.
Vimos que Sargento ahora conversaba con los tipos de ahí arriba. No serviría para nada… La noche, a punto de bajar en nuestro pequeño reino, nos devolvería una vez más a nuestros remedos de lugar o de mundo, no sé. Ahí éramos todos chicos.
Para que las cosas sucedieran, bastaba que nos entregásemos a los papeles de mujer, de marido, amante, amigo, médico, chamán, padre, Dios, abuelo – ¿yo que sé, si cada noche presenciábamos la aparición de un nuevo contenido adulto que hasta ese momento ni conseguiríamos prever?
Nada importaban, por ejemplo, las aptitudes de macho o hembra de cada uno; nada importaban, además, las tempranas cualidades. Un pibe podría ser tanto la mujer de una chica, como la novia de uno de esos chicos todavía lejos de aprender cualquier especie de aptitud, sobretodo las estrictamente personales. Una comunidad experimental, abnegada lo suficiente para despegar a cada mañana a partir de las propias entrañas del cero. Al final del día, todos nosotros ya teníamos incorporado un nuevo mensaje. Esos mensajes servían de ingreso a las noches de sueño. Me preguntaba hasta donde iría esa disponibilidad nuestra así tan al pie de la letra.
Sargento conversaba con los hombres en el borde de la excavación de suelo rojo. Pasamos sin aproximarnos, de costado, como siempre frente a extraños. Dejábamos que Sargento se acercara por nosotros a esos adultos que sólo sabían rondar por el terreno.
Yo desconfiaba del papel que Sargento pudiera asumir subrepticiamente en esos casos. ¿Qué es lo que él contaba sobre nosotros? ¿Qué plan podría trazar con tipos como esos?
No sé si los otros chicos también desconfiaban de las conspiraciones de Sargento. Él era tan seguro de sí mismo que tenía la pinta de un hombre ya crecido, ya hecho.
Las voces –en sordina-, de aquella gente ahí parada al borde del pozo con Sargento, no nos daban el menor indicio de los asuntos en cuestión. Parecían encomendadas para hacernos penar de curiosidad. Y de vago temor…
Entramos. Subí solo al piso de los cuartos. Oía el griterío de los chicos en la sala. Yo creía que eran demasiado infantilizados -, vivían con energía casi insurgente, demasiado delante de gente como Sargento y yo, los únicos que pensábamos en alguna cosa más allá de lo inmediato. Incluso sin ser propiamente personas con experiencia, jugábamos por lo menos a tener un papel maduro con una tosca idea de planeamiento. Cierto, Sargento mostraba soltura en un terreno más amplio. Un terreno que incluía contactos con el mundo exterior, como en aquel momento ahí, a punto de conversar con extraños con la vida ya hecha, en el borde de la gigantesca excavación detrás de nuestra casa. En cuanto a mí, dominaba mejor las ocurrencias intramuros de nuestro nido de infantes, aunque, claro, ambos no pasáramos de seres tan pueriles como los demás.
Solos, los otros ciertamente pondrían todo patas para arriba. La casa se vendría abajo. No llenarían las cisternas. La provisión faltaría para mantenerlos en pie durante las tardes adentro, hasta las ansias y chispas de alta madrugada. Por la mañana, sí, todos dormíamos para olvidar la confusión de todos los papeles.
Entré en uno de los cuartos. Miré atrás de la cortina transparente. Sargento estaba conversando con aquellos adultos misteriosos en el borde del pozo de tierra colorada. Parecía haberme visto detrás de la cortina. Miró hacia la ventana abierta por donde yo espiaba. Retrocedí un poco… Luego siguió conversando con los hombres, todos mucho mayores que él. ¿Qué estaba tramando Sargento para la continuidad, o no, de nuestros días? ¿Alguna pendencia, como casi siempre? Incluso si el grupo de chicos pudiese sospechar de alguna cosa urdida por Sargento, no se sabía si esa cosa fluctuante se daría ahora, en el mes siguiente, o nunca.
Las colchas en las camas todavía sin hacer. Una vez más la culpa por el desorden dentro de la casa era mía. En aquel feriado de 7 de septiembre, no sé por qué, no se me ocurrió ordenar a los chicos…, ordenarlos para que no se robaran entre ellos en la convivencia de esa pequeña comunidad aislada en la casa -, en aquella casa con un agujero monumental en su terreno. Yo decía que la vida en sociedad exigía pequeñas y a veces grandes renuncias. Que exigía el fin de la inacción, acostumbraba a decir. Que exigía hasta el abandono precoz de la saña infantil, acostumbraba añadir.
Cuando daba sermones, me olvidaba de ser tan débil como los demás. Olvidaba que yo ayudaba a componer el promedio de edad junto a todos los otros de aquel asilo sin ninguna cúpula de adultos. Ahí, nadie pasaba de los doce.
Había tantas camas en aquellos cuartos… Parecían formar una sola cama monstruosamente acogedora. La algarabía allá abajo seguía alta. A veces no me sentía más con la milagrosa fuerza de la infancia. Me sentía entonces como destinado a cansarme tal vez para enfermarme.
Volví a espiar a Sargento detrás de la cortina. Él permanecía conversando con aquellos adultos del borde de la excavación de un modo bastante parsimonioso. Gestos presos… ¿Qué secreto se estaba fabricando ahí? Nuevamente, ahora estoy seguro, él me vio detrás de la cortina y desde allí esbozó un saludo vago, casi insoportable para quien, como yo, no declaraba su presencia en el momento.
La algarabía venía dejándome de repente con la impresión, quien sabe, de una madre que se siente agotada delante de la energía disparatada de los niños. Cerré la puerta. No había ninguna llave por dentro que pudiese garantizar mi sosiego. En la precaria soledad del cuarto, me sentí con una libertad fútil, sin ningún deseo escondido para cumplir. Percibí por primera vez una silla con brazos de madera, un paño violeta sobre ella.
Al sentarme noté que el asiento se movía. Me levanté, retiré el paño, vi que podría levantar el agujereado asiento se quisiese. Fue lo que hice. Debajo había un depósito de heces. Era una silla-letrina para alguien enfermo o muy viejo, para alguien que no presentase condiciones de desplazarse hasta el baño.
Oí un gemido. Miré para el interior del vaso. Nadie. Nada en fin que pudiese sumarse al desagradable olor. El gemido resurgió, era ahora más incisivo todavía.
Es en el baño, pensé. Una anciana acostada en la bañera parecía agonizar. Ahora ya no gemía. Su respiración cavernosa trabajaba como si en el próximo segundo fuese por fin a apagarse. Yo me agaché sobre el cuerpo desnudo o sobre lo que quedaba de él. El montón de nervios y vasos sanguíneos contra el blanco de la bañera daban la impresión de una goma oculta. Pero en la superficie, deltas de estrías -, o mejor, de minúsculas trincheras…
La agarré de los hombros, su máscara frente a frente conmigo. Imaginé qué niño podría estar ahí, actuando, a merced de mis cuidados; cuál de las criaturas –incluyéndome, por cierto-, haría aquel papel final con tantas ganas? ¿Quién sabe aquella vieja fuese una estupenda encarnación de todas las criaturas? ¿Quién sabe todo se explicaría en su último suspiro?
A esas alturas la vieja tenía el semblante de un fósil, de tan, tan descarnada. Intenté escuchar lo insondable, ya que ella no respiraba más. Ni, claro, intentaba tragar ni un poco del aire que la rodeaba.
Oí el silencio. Ya no llegaban ni las voces infantiles ni nada. La charla entre los adultos y Sargento allá abajo parecía terminada.
Deposité la cabeza de la mujer de vuelta. Abrí la ducha. Y, poco a poco, fui lavando el cuerpo, sí, bien de a poco… Cachos de piel salían junto a mi alianza de recién casado (ya llegando a la viudez).
Yo limpiaba a la anciana como si lavara la síntesis final de todos los niños…
Alguien tocó a la puerta del cuarto.
¿Sargento resistió?, indagué en el aire, refregando las manos sucias en la camisa.
Alguien golpeaba a la puerta ahora por segunda vez. Yo iba a ver.


