Blog • Abril 2008

HC 20 - miscelánea - Tres de Leonard Michaels

Abril 28, 2008
Por Mauricio Salvador

En HC 20 (casi listo para salir de las prensas virtuales) publicaremos tres piezas breves de Leonard Michaels en traducción de José Luis Justes Amador. Ya antes habíamos publicado un cuento suyo, “Viva La Tropicana”, en traducción de un servidor. Aquí ofrecemos esta pieza tomada de la revista Harper´s.

Diario de un ex
Leonard Michaels
(traducción: José Luis Justes Amador)

La voz de ella es plana y fríamente distante y por eso me imagino que las cosas no han terminado entre nosotros. F. dijo que se encontró con su ex esposa en la calle, en Nueva York, que hablaron. Hablaron como si ninguno de los dos supiera como decir “encantado de verte, tengo una cita en otro sitio, adiós, adiós”. Fueron a un restaurante y comieron y siguieron hablando y fueron al apartamento de ella. Hicieron el amor. Después ella preguntó “¿por qué nos divorciamos?” F. me sonrió y encogió los hombros y me dijo “¿lo ves?” como si él mismo fuera un idiota de las circunstancias, inducido a la confusión y la pena por su pene. “¿Sabes cuanto paso antes de que casara de nuevo después de divorciarme?” me preguntó. “no tres días”, respondió. Lo sentía por el y por ella. Y también por mí y por ella y por ella y por ella. El sentimiento se ampliaba como los círculos que se forman alrededor de una hoja cuando cae a la superficie de un estanque.

Fuera lo que fuera que estuviese mal estuvo mal desde el instante en que nos conocimos, pero como niños de ojos bien abiertos no tuvimos más remedio. Después ella diría “Lo sabía por instinto. Sentía que estaba mal”. Incluso cuando decía eso, ella me llegaba, su voz que hablaba más allá de sus palabras. Debo haber tenido el corazón de perro. Yo vivo debajo del significado. La distancia entre ella y yo no era ni grande ni pequeña, simplemente insalvable, como el sentimiento de alguna vieja canción.

J. invitó a cenar a su ex mujer y a su amante, un tipo agradable con dos niños, a su casa. Preparó un pavo y una ensalada verde y encendió la chimenea y se sentaron viendo el fuego después de cenar, hablando y bebiendo coñac. Su ex mujer y su amante se quedaron toda la noche. La casa de J. es grande, con un montón de habitaciones de sobra. Dice que estuvieron hablando horas pero algo estaba mal. Dice que no para de pensar en eso. “No sé”, dice. “Algo estaba mal”. Me río. Él se ríe también pero estoy seguro de que no entiende lo divertido de la situación.

Después ella me dice que una vez hizo el amor en esta cama y que se rompió y aplastó al gato que dormía debajo y le rompió la columna. Desde entonces, dice, el sexo ya no es igual. Después salta de la cama y va al fregadero, agarra un cuchillo y me mira con una sonrisa de loca, con sus dientes brillando, fríos como el acero, y me da la bienvenida a la jungla.

Cuando estás solo te oyes a ti mismo masticar y tragar. Suenas como un animal. En compañía todo el mundo come, la plática oscurece los ruidos dentro de tu cabeza y nadie mira lo que estás haciendo con tu boca, nadie lo escucha. En esta altísima ceguera y mudez es donde vive la libertad. ¿Pensaría así si no la hubiese dejado? Como apoyado sobre el fregadero.

Fui al supermercado y compré lechuga, pan, huevos, leche y muchas más cosas y cargué las bolsas y las puse en la cajuela del coche y conduje hasta el departamento y preparé la cena y me la comí y corregí unos cuantos exámenes, preparé los cheques para pagar las facturas del mes y escribí la dirección en los sobres y les puse los sellos y leí hasta medianoche cuando sonó el teléfono que no iba a contestar. Ya sabía quien era. No quería encantamientos. Lo púnico que quería era lavar los platos. Lavé los platos y los coloqué en su lugar y después limpié el fregadero hasta que no tuvo ni una sola mancha y ya no quedaba nada por hacer y lo único que faltaba era irme a la cama, masturbarme, dormir.

Me cepillo los dientes camino del trabajo porque soy invisible. Me encierro en mi oficina y en mi coche porque no existo.

Pierdo mi chequera y mis lentes de sol porque no hay nadie que las necesite.

Olvido mis citas porque no hay nadie que quiera quedar conmigo.

Estudiamos a los criminales como si robaran, asesinaran y violaran a causa de una necesidad de ser entendidos. Yo también quiero ser entendido hasta en el peor de mis estados de ánimo.

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