Cuento • Abril 2008
Esto no es una pipa (Fragmentos)
Roberta Vassallo, Puerto Natales, 2003
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Podría decir ahora mismo de qué se trata todo esto y dejar de lado la enumeración de mis miedos, de mis pesadillas, pero es imposible. Antes debo tratar de redimirme. Necesito explicar por qué las cosas tienen que ser así. Necesito enumerar las razones exactas por las que me voy a matar. Hasta ahora la muerte es un instinto. No puedo hacerlo sólo porque toda mi sangre me lo pida. Necesito que mi cerebro lo entienda. Tal vez ya lo hace, tal vez la parte que lo comprende es ésa a la que no consigo llegar todavía.
Uno no debe morirse como un animal. Yo no quiero. Necesito redimirme, pero sólo ante mí misma.
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Algunos dicen que para encontrar explicaciones hay que volver a la infancia. No sé si sea cierto, pero es por eso que he empezado a hacer un recorrido desordenado por los primeros años de vida. Mi memoria me trae de vuelta a una niña pequeñita para deshilvanar sus recuerdos. Veo a la niña que fui y no puedo sentirla parte de mi vida, pero sé que ella tal vez sepa dónde están las piezas que me faltan.
Mi infancia no tuvo nada de especial. Fue muy parecida a la de todos. Una casa de color amarillo, unos padres amorosos, un perro corriendo por el jardín. La normalidad que hace tanto bien a un espíritu (qué palabra) como el mío. Había, sin embargo, algo como una hormiga o un gusano caminándome por el esqueleto, pero antes no lo sabía, sólo ahora que recuerdo situaciones y me contemplo como espectadora. En la infancia todo ello era una simple cosquilla inofensiva.
Es hora de recostar en la mesa de metal frío a la niña que fui y abrir su cabeza para extraer de una vez por todas, pero no a tiempo, la piedra de la locura.
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Creo saber dónde está el meollo del asunto. Antes era demasiado pequeña para comprenderlo y ahora no sé si esté a tiempo para descifrarlo.
Me encuentro sentada en el piso viendo una película en blanco y negro. Me quedo dormida sin darme cuenta. Cuando despierto del sueño grito y mi madre me pregunta qué soñaba. Digo no sé. No sé. Pienso para mí misma: un triángulo, un rectángulo, un círculo absorbiéndome. Un triángulo naciendo en mi ombligo y propagándose por mi cuerpo como una onda de agua. Un rectángulo vibrando en mi sexo hasta que explota. Un círculo que se extiende sobre mi ser para atraparlo. No sé. El abstracto materializado posándose en mi cuerpo como un animal extraño.
La segunda vez que soñé esto tenía alrededor de veinte años. Alguien dormía a mi lado. Me desperté desesperada. Él también se despertó y preguntó qué pasa. Contesté que en mi vientre había un cuadrado que pesaba como un elefante. Se rió y dijo qué sueño tan tonto. Le pedí que se fuera, que agarrara sus cosas y no volviera a buscarme. Loca, dijo al estrellar la puerta, o eso creo que dijo, apenas se disolvía de mi vientre el elefante geométrico.
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Creo que hay tres sueños fundamentales en mi vida con los que una vez descifrados podría llegar a mí. Uno es el sueño de las figuras geométricas, en otro aparece el mar y en el otro puertas. Todos varían pero la esencia es la misma. En el sueño del mar, de pronto las olas empiezan a crecer y a volverse amenazadoras. Tengo que huir pero no hay a dónde. Todo se resume en eso: la imposibilidad de escapar de la amenaza pero seguir luchando por la supervivencia. Sobra decir que es un sueño espantoso. El de las puertas es igual de terrible. Corro a través de muchas puertas que no llevan a ningún lado. Poco a poco me adentro en un laberinto del que sé que no voy a poder salir; aún así no dejo de correr porque me horroriza quedarme atrapada para siempre en él. A veces una puerta no se abre y trato con otras que tampoco van a abrirse. A veces es una sola puerta y detrás de ella hay alguien que quiere derribarla. Todo es oscuro y terrible y no hay escapatoria.
Ya no hay manera de observar con tranquilidad el mar. Detrás de una puerta no está la salvación o un rostro querido. Quisiera que los recuerdos retrocedieran y volvieran a ser puros o inocentes. Hasta ahora la realidad se ha portado pacífica conmigo, pero noto que algo dentro de mí empieza a invadirla y a mancharla. Ya no es, como antes, la isla segura. Me observo en un espejo un momento y alcanzo a ver una sombra que se mueve a toda velocidad detrás de mí. Por la noche, a veces, escucho una voz que me despierta pronunciando mi nombre. Yo sé que todo esto es producto de un desajuste de mi imaginación, pero ver la cosas con lógica no me ayuda a repararlas.
Dentro de la cabeza se desatan las fantasías y las ideas más descabelladas, pero: ¿qué pasa cuando todo eso salta a la realidad y ya no es posible resguardarse de ello?, ¿qué pasa cuando lo que uno imagina anda por el mundo real?, ¿qué se hace cuando la mente se desborda?
Sólo tengo tres palabras que decir: No estoy loca.
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No sé si sea acertado decir que la pérdida de la realidad es un despojamiento progresivo de la lógica y se parece a una enfermedad mortal que se va arraigando lentamente en el cuerpo.
Mis pensamientos poco a poco dejaron de tener el suficiente peso para que yo continuara con los pies en la tierra. No había modo de revertir el daño, así como no basta nada para detener una enfermedad terminal.
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El mal se extendió al cuerpo. Un día ya no me reconocí en el espejo. Pensaba mientras me veía, ésa es Lucía, todos le dicen Lucía, pero viven engañados. Luego me daba cuenta del absurdo, pero quedaba la duda, la necesidad de comprobarme a mí misma que sí era Lucía, y no había manera porque no consistía en hacer una lista de mis gustos, mis defectos o mis recuerdos para saber que en todo eso podía encontrar mi esencia. Lo que me hacía ser yo tenía que ser algo ajeno a mi vida interior o exterior. Algo reflejado en mi cara. Una correspondencia metafísica entre mi rostro, mi cuerpo y mi nombre.
Andaba dentro de un cuerpo que no me pertenecía. A veces me desnudaba y durante mucho tiempo, a pesar del miedo, me veía en un espejo. Era como observar a una desconocida. No sé si pueda explicarlo bien. Yo estaba metida dentro de ese cuerpo sólo porque era la única manera de sobrevivir y andar por el mundo. Un cuerpo que era un instrumento pero nada que formara parte de mí. Cuando salía a la calle muchas veces me pregunté si los demás notaban lo que sucedía conmigo, si era posible que supieran que traía el cuerpo puesto como un disfraz o si veían cómo me incomodaban los ojos o las piernas y por eso no podía, o creía no poder, caminar con naturalidad o ver a los ojos a la gente para que no fueran a detectar algo raro en mi mirada.
A veces me observaba la nariz, la boca, las venas transparentándose en la piel, y me daban miedo. Era tan extraño como si de pronto me diera cuenta de que en vez de dedos tenía lápices o en vez de piernas dos sombrillas. Otras veces veía por horas mi mano sin poder comprender por qué eso era una mano.
Si una mañana al despertar alguien descubre que se ha convertido por la noche en un pájaro se llenará de espanto y mirará con horror su nuevo cuerpo. Yo pasaba esos momentos con mi cuerpo aunque no fuera un pájaro. Un horror imposible de asimilar por la lógica. Un error de percepción. Un retorcimiento de la realidad, ya lo sé. Una alucinación que no desaparecía con nada.
También me daban miedo los órganos que había dentro de mí y no conocía: el corazón que podía sentir si ponía una mano en el pecho. Creo que el corazón siempre fue el órgano que más me asustó porque estaba siempre anunciándose con su latido sin mostrarse nunca. Muchas veces escuché a la gente hablar del alma y nunca entendí para qué necesitaban con tanta urgencia ser dueños de una si dentro de nosotros tenemos un hígado, riñones, pulmones, pequeños reptiles misteriosos y hambrientos, tan venerables y dignos de estupor y respeto como el alma.
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Empezó a volverse habitual que sintiera que las cosas dejaron de ser reales. Parecía estar parada en un escenario. Si salía a la calle pensaba que toda la gente que me encontraba en mi camino no era de carne y hueso. Podían ser cualquier cosa, un holograma, un maniquí, pero no un cuerpo real. Ninguno de ellos poseía una vida a la que debía dirigirse después de que yo me alejaba. Y a veces, yo sé que es demasiado que lo diga, pero a veces esperaba que algo fallara, que se cayera una parte de la escenografía, que uno de ellos olvidara sus parlamentos o se pusiera nervioso para que yo pudiera descubrir por fin el engaño. Pero sólo eso, después sabía que tendría que seguir viviendo mi vida igual que siempre.
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A pesar de todo puedo asegurar que no estaba loca. Me daba cuenta de que lo que veía y pensaba era producto de un mal funcionamiento localizado en alguna parte del cerebro. Sabía que era necesario desarrollar una resistencia contra ese desorden para no sucumbir ante él. Siempre supe dónde empieza la realidad y dónde el corto circuito.
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Está a punto de ocurrir una catástrofe y sólo yo me doy cuenta. Grito, trato de dar aviso, pero nadie me presta atención y todos siguen tranquilamente con sus actividades. No sé qué palabras escuchan de mi boca pero deben ser otras que no tienen que ver con mis advertencias de peligro. Siento que voy a enloquecer. Grito más fuerte y es como si yo no existiera para nadie. Mi voz, mi presencia, no significan nada. No hay una sola persona que voltee a verme o que me escuche. Entonces lo entiendo: dejé de ser uno de ellos. Soy demasiado transparente, mi voz se deshace contra el aire. Estoy sola.
Una luz blanca atraviesa el sueño y por fin puedo abrir los ojos y emerger a la superficie de la vida.
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Papá y mamá siempre dijeron que había que creer en Dios. A mí me parecía natural hacerlo. Me gustaba creer en él. Me gustaba rezarle. Decía muchas tonterías en mis oraciones pero me gustaba la idea de hablarle a un ser inmaterial y todopoderoso. Me hacía ilusiones de que a veces estaba ahí, en mi cuarto, detrás de mí, espiándome, y aquello se convertía en una alegría morbosa.
Entonces crecí y la idea de la existencia de Dios se volvió aterradora: un ser omnipotente presenciando todos los actos de mi vida. Tenía que cuidar mis pensamientos, mis acciones, andar de puntitas por el mundo. Aquello de pronto me pareció demasiado. Pensé, si a este Dios se le ha ocurrido querer ver todo entonces deberá soportarlo. A partir de ese momento no me cuide de sus millones de ojos. Me gustaba que mirara. Me gustaba ser vista por Dios. Pensaba que tal vez a él también le gustaba ver.
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Me llamo Lucía. Ahí es donde inicia para mí todo el misterio. Me llamo Lucía, aunque el nombre no importa, podría llamarme de cualquier otra manera. Pero me llamo Lucía y mi cuerpo no responde. No puedo lograr que mi cuerpo me reconozca por mi nombre o sentir la familiaridad que dan las palabras a los objetos. Me veo en el espejo, digo Lucía y es como si dijera mariposa o mesa.
Esto no ocurre sólo conmigo, también puede ser que a veces vea un sillón y sienta de pronto un miedo indescriptible por ese objeto. Antes me calmaba pronunciar su nombre. Empezaba el miedo y decía: sillón. Entonces podía, por ejemplo, pacificar la extrañeza de sus patas de madera. Pronunciar sillón era devolverlo al orden. A que fuera natural su forma y hasta su presencia. A que sólo fuera un sillón, un pedazo de madera inanimado.
Y también podía decir Lucía y volvía a ser yo, y me reconocía en mi cabello negro y mis dedos largos. Podía dar un suspiro de alivio. Pero eso era antes.
Las palabras no me dicen nada. Las utilizo como instrumentos defectuosos. Ya sé. Ya muchos han dicho lo mismo. Ya muchos escritores han lloriqueado porque las palabras no son domesticables y plenas. La diferencia es que los escritores han hecho del tema toda una mariconada literaria y yo lo dejo en paz.
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Llego a este punto y pienso que en realidad no quiero decir nada. La reconstrucción de mi vida no me sirve. Sigo siendo una persona hecha de fragmentos que jamás se unen y cuyas partes no tienen una explicación. La suma de todas las historias de mi vida no es igual a mí, es otra cosa, otro nombre, otra perfecta desconocida. Soy un ser fracturado en muchas partes. No tengo centro y no empiezo ni termino en ningún lado.
Todas estas fanfarronadas sólo para decir que estoy jodida.
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No he contado todo acerca de Dios. También llegó el día en que ya no creí en él. Debe de pasarle a todos, supongo. Es el cauce natural del pensamiento. Todos los seres imaginarios desaparecen con la edad. No fue, por lo tanto, mi falta de fe producto de una crisis religiosa. Así como un día me contaron que santaclos no existía, debieron de haberme dicho que Dios tampoco, porque admito que darse cuenta por uno mismo puede ser duro y que vivir de un momento a otro sin un Dios asusta. Luego es cuestión de costumbre.
A veces lo recordaba con nostalgia, como esos cuentos de la infancia que se grabaron firmemente en la memoria. Y me sentía un poco más sola porque palabras como eternidad o paraíso quedaron vacías. Mi cuerpo ya no iba a tener un lugar seguro a dónde ir después de su muerte. Yo ya no podía invocar al Dios cuando me sucedía alguna desgracia. Estaba completamente sola. El cuento cálido de la infancia clausurado. El viejo personaje de Dios con barbas blancas mirándome desde todos los rincones de mi pasado y a mí ya no me interesaba.
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A veces me pongo a analizarme. Ya sé, ya lo dije antes: me analizo. Me digo, Lucía: un metro sesenta y cinco. Lucía: varias cicatrices en el cuerpo. Lucía: ojos oscuros. Lucía: pesadillas todas las noches. Lucía: buscadora de respuestas absurdas. Lucía: nunca has bordado un pañuelo ni cultivado flores. Lucía: nunca un hueso roto. Lucía: en la noche no existen los minutos sino los miligramos. Lucía: te estrellas contra muros invisibles. Lucía: la paz se dosifica en botellas de líquidos amargos. Lucía: ¿y si salieras por las tardes a andar en bicicleta? Lucía: el miedo se mantiene a raya bebiendo el contenido de vasos servidos hasta el borde. Lucía: ¿y si te dejaras de joder? Lucía: te despiertan todos los ruidos de la noche. Lucía: en serio, ¿y si te dejaras de joder de una buena vez?
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Por un tiempo vi el problema como si se tratara de desactivar una bomba. Tal vez cortando el cable correcto podría detener la explosión. Entonces me puse a hacer esta lista inútil de recuerdos y sueños buscando indicios para saber qué cable cortar y detener el desastre, pero la bomba sigue haciendo tic tac tic tac y ya no puedo pensar en una solución que me saque de ésta.


