Ensayo • Abril 2008

El escritor que audazmente salta a donde nadie ha saltado antes

El sueño de nuestra juventud

Por Scott Esposito
(English version)

Roberta Vassallo, Casa de la Ermitaña, Ushuaia 2003

El público lector estadounidense, o lo que queda de él, nunca se cansa de oír hablar de nuevos autores de moda. Todos los años, al menos un par de novelistas se adelantan al pelotón y se ven alzados hasta el estrellato por un agradable y arrebatador revuelo mediático. Como es habitual que suceda en nuestra cada vez más descentralizada cultura, la fama que les es conferida tiende a desaparecer tan rápida y misteriosamente como llegó. Sin embargo, algunos escritores consiguen exprimir sus cinco minutos de gloria y ganarse una fascinación duradera: por cada varios Dale Peck (el provocador crítico, ya justamente olvidado, que logró una fama efímera gracias a sus zafios ataques contra Nabokov, Joyce y otros varios conocidos autores contemporáneos) aparece un Jonathan Franzen, cuya figura, y quizás también su obra, ha conseguido instalarse de manera permanente entre los lectores estadounidenses.

Durante la primavera de 2007, Roberto Bolaño se convirtió en el niño mimado de la prensa literaria norteamericana. El motivo fue la publicación en inglés de Los detectives salvajes, y durante varios meses resultó prácticamente imposible abrir un periódico o una revista sin encontrarse otra reseña o artículo eufórico dedicado a elogiar a este excelente autor.1 Para la mayoría de los lectores estadounidenses esta era la primera vez que leían su nombre.

El que un autor latinoamericano ya fallecido que escribía obras de ficción algo complejas haya conseguido convertirse en el último escritor de moda es en serio asombroso. Una característica bien conocida de los estadounidenses es el poco interés que sienten hacia las obras traducidas (se estima que apenas un 3 % de todos los libros que se publican cada año en los Estados Unidos son traducciones, frente al entre 10 y 25 % de la mayoría de los países de Europa occidental); y además, la inoportuna muerte de Bolaño le ha impedido realizar giras promocionales, ser entrevistado en las emisoras de radio o hacer algún comentario fuera de lugar para levantar una oportuna controversia. El último escritor extranjero que recuerdo fue objeto de casi tanta atención como la que recibió Bolaño la pasada primavera, fue Orham Pamuk, pero, en su caso, tan solo después de ganar el Nobel y de enfrentarse a un muy publicitado juicio incoado por el gobierno turco en un intento por censurarle.

Lo que todavía no está claro es si Bolaño llegará a ser un elemento permanente en el panorama literario estadounidense, tal como le correspondería con toda justicia, o si se convertirá en una de esas sensaciones que se quedan desvaídamente a mitad de camino cuando autores más de moda tomen la delantera. Existen algunos síntomas esperanzadores. En primer lugar Bolaño parece gozar de una sólida reputación en el mundillo literario. Los artículos sobre Los detectives salvajes se asemejaban más a ceremonias de coronación que a reseñas; fue como si los críticos, sobre todos los de las revistas y los periódicos de más peso, estuvieran aprovechando entusiasmados la oportunidad de destapar un secreto que se morían de ganas de revelar. Una reseña entusiasmada afirmaba: “No parece que Bolaño haya escrito ni una frase farragosa”. El título de otra ya dejaba claras sus intenciones: “El Gran Bolaño”. Fue casi conmovedor: durante varios meses los críticos de los medios de comunicación estadounidenses se superaron y fueron más allá de la prosa estereotipada y de la alabanza superficial, y algunos de nuestros grandes declararon públicamente: “esto es algo verdaderamente importante”. Resultó estimulante.

Y esta no es la única buena noticia. A pesar de que las listas de final de año suelen estar ocupadas por las novedades publicadas en otoño (por este mismo motivo es raro que las películas que aspiren seriamente a los Oscar se estrenen antes del verano), Los detectives salvajes de Bolaño, que fue publicada en abril, no fue en absoluto olvidada en esas listas. En diciembre, algunos incluso ya hablaban de la “canonización” de Bolaño. Los detectives salvajes ha vendido 22.000 ejemplares en tapa dura, un éxito muy modesto comparado con los niveles habituales de ventas; pero un enorme éxito si se tiene en cuenta lo que acostumbra a vender la literatura traducida. Cinco mil ejemplares suele ser la cifra mínima de ventas para que una traducción no se considere un fracaso; así que, cuando un libro consigue vender cuatro veces más (y nada menos que en su primer año) es que le ha ido bastante bien 2 (además, hay bastantes posibilidades de que esta obra se venda realmente bien cuando se publique en rústica, formato mucho más dado a mayores ventas). Y por último, la próxima publicación de un par de libros de Bolaño durante este año demuestra claramente que sus dos editoriales en Estados Unidos (New Directions y Farrar, Straus & Giuroux) no lo consideran tan solo un medio de hacer dinero. 3

Todo lo anterior está muy bien, pero, a pesar de ello, la cuestión de cuál va a ser el futuro de Bolaño en nuestro país, al igual que la todavía más importante de qué es lo que su literatura significa para los estadounidenses, están todavía muy en el aire. Estamos en un punto en el que la reacción pública y crítica hacia el autor se encuentra en su fase inicial y, aunque hay detalles que me parecen muy alentadores, existen otros indicios que me resultan preocupantes.

Un oficio peligroso

A pesar de la considerable popularidad de Bolaño entre los lectores de lengua española, su éxito en Estados Unidos no era en absoluto algo predecible. No hubiera sido el primer autor extranjero (ni siquiera el primer latinoamericano) que hubiera quedado relegado al olvido en nuestro país. Por ejemplo, un escritor latinoamericano tan destacado como Manuel Puig nunca ha llegado a ser verdaderamente popular entre nosotros, a pesar de que sus novelas más importantes han sido traducidas al inglés y de que El beso de la mujer araña fue adaptada por Hollywood y convertida en una celebrada película.

O por poner otro ejemplo más reciente. A finales de 2007 la editorial Dalkey Archive Press publicó la novela Omega Minor del escritor holandés Paul Verhaeghen. Pocas traducciones habrían parecido estar mejor situadas para lograr el éxito en Estados Unidos. Aunque literaria, Omega Minor es una lectura sustanciosa con un subtexto político claro; e incluso todavía mejor, el subtexto político es totalmente pertinente para los norteamericanos de a pie. La trama se centra en el Holocausto (un tema del que nunca parecemos cansarnos), y también juega un papel destacado el neofascismo, un asunto que desde el 11 de septiembre despierta un considerable interés entre nosotros. El libro había ganado el premio literario más prestigioso de Holanda e incluso llegó acompañado por las alabanzas del famoso y respetado novelista norteamericano Richard Powers. Sin embargo, varios meses después de su publicación, se puede afirmar con seguridad que Omega Minor será olvidada junto con otras muchas traducciones que las corrientes arrastraron hasta nuestras costas en 2007.

¿Qué es lo que tiene Bolaño que le ha permitido triunfar en nuestro país? En primer lugar, su vida ya es de por sí una gran historia, y eso es muy importante. 4 Incluso dejando de lado que abandonó Chile, luego regresó para luchar por su país, fue capturado y a punto estuvo de ser ejecutado, su estilo de vida, vagando por toda Hispanoamérica, para luego asentarse de improviso y escribir una obra maestra detrás de otra, nos atrae porque nos recuerda enormemente la imagen que tenemos del artista romántico: el hombre que vive la vida según sus propios términos y que parece tener atrapada en el puño a la musa. Tal vez fuera el propio Bolaño quien mejor lo resumió cuando, en su discurso de aceptación del premio Rómulo Gallegos, dijo que la buena escritura “no significa escribir bien, porque eso lo puede hacer cualquiera, sino escribir maravillosamente bien; y ni siquiera eso, pues escribir maravillosamente bien también lo puede hacer cualquiera. Entonces ¿qué es una escritura de calidad? Pues lo que siempre ha sido: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura es básicamente un oficio peligroso”. El escritor que audazmente salta a donde nadie ha saltado antes, que incorpora al arte la pasión y el amor. Ese es el Bolaño que nos encanta leer.

Este mito se alimenta todavía más por la manera como murió: demasiado pronto y a manos de su estilo de vida extremo. Nuestros corazoncitos palpitan al pensar en artistas que mueren “demasiado pronto” y se sienten totalmente seducidos por un hombre que vivió una vida autodestructiva porque así lo quiso. Esto último encaja con los mismísimos ideales norteamericanos del individualismo y la libertad personal, a los que solo estamos encantados de demostrar nuestra fidelidad utilizándolos para ponernos al borde de la muerte. Aunque, en realidad, la adicción a la heroína de Bolaño debió de ser un asunto bastante feo y vagabundear por México no es que sea demasiado glamuroso (en una ocasión, Bolaño comentó que fue dejando un rastro de dientes a modo de migas de pan), nuestras ideas sobre estos asuntos, influidas por los medios de comunicación, se alejan bastante de la realidad, sobre todo cuando está por medio un artista como Bolaño. Después de todo, ¿a quién no le va a caer bien el hombre que dijo que nunca había leído a fulanito de tal porque sus libros estaban colocados en estanterías de las que no resultaba fácil robar? Es lo mismo que ocurre con la Generación Beat, un grupo de escritores norteamericanos, no demasiado memorables, que se mantienen frescos en la memoria nacional debido sobre todo a los mitos románticos que los rodean.

Bolaño está ciertamente en deuda con la Generación Beat, y, sin embargo, estoy convencido de que ese romanticismo no es la única explicación de su creciente reputación en nuestro país. Volvamos a su frase, “un oficio peligroso”. En Bolaño, el arte, ya sea grande, oscuro, malo o nocivo, siempre está unido al vacío, al peligro, al terror. Así tenemos a Ulises y Arturo en Los detectives salvajes, conduciendo por el desierto de Sonora en busca de una poeta que podría haber o no haber existido. Y al padre Lacroix de Nocturno de Chile, justificando tramposamente el régimen del terror de Chile con “Así se hace la literatura”. Y al aéreo poeta de vanguardia Carlos Wieder, esa modesta representación del mal puro.

Es evidente que la idea del gran riesgo personal que se corre cuando se intenta alcanzar el conocimiento superior está arraigada profundamente en la tradición literaria occidental, y creo que Bolaño la desarrolla de un modo que resulta nuevo, interesante y especialmente relevante para el lector estadounidense actual. Para los ciudadanos de una nación que acaba de librar una guerra que ha sido justificada basándose en hechos falsos y que no siempre ha ejercido de un modo demasiado admirable su papel de potencia hegemónica mundial, resulta altamente recomendable un autor cuya ficción acostumbra a retratar la auténtica maldad política y los peligros de permitir que el fin justifique los medios. Además, un país que todavía intenta comprender los sucesos del 11 de septiembre de 2001 siempre se va a sentir atraído hacia un autor que ha escrito abiertamente sobre la violencia y que dijo que esta funciona en sus obras “de una manera accidental, como funciona en todas partes”.

A las explicaciones de “romanticismo” y “oportunidad” podemos añadir una tercera: “comodidad”. Es muy sencillo, en un país en el que durante mucho tiempo “literatura latinoamericana” quería decir o bien Borges o bien García Márquez, Bolaño resulta al mismo tiempo lo bastante familiar y lo bastante nuevo. Sabemos que ni es Borges ni es García Márquez, pero, en cierto modo, nos recuerda a ambos, y eso es algo que nos gusta. En la Feria del Libro de Francfort, el traductor Lawrence Venuti dio una charla sobre cómo pueden los editores de traducciones conseguir tener éxito en el indiferente mercado estadounidense. Afirmó que, para poder entender una obra traducida, los lectores tienen que comprender el contexto en el que fue publicada originalmente:

“[Sin el contexto apropiado,] el lector de una traducción es incapaz de experimentar una reacción equivalente o siquiera comparable a la que el texto en su lengua original suscita en el lector extranjero. Hay tradiciones literarias íntegras e incluso cánones literarios íntegros que nunca son traducidos a determinados idiomas, y, que por supuesto, no son traducidos al inglés. Y es raro que en un momento dado se encuentre disponible una selección diversa y considerable de obras contemporáneas, a pesar del gran número de editores que invierten en traducciones de un idioma predominante a nivel mundial como el inglés. Así que no es de extrañar que, cuando se encuentran frente a una traducción, los lectores recurran de manera automática a lo que conocen y prefieren: leen y evalúan la traducción mayormente en relación a los patrones lingüísticos, las tradiciones literarias y los valores culturales del contexto receptor, que acostumbra a ser su propia cultura.”

Gracias a la popularidad de Borges y García Márquez, los libros de Bolaño nos resultan lo suficientemente familiares como para que tengamos la sensación de que lo entendemos sin tener que investigar en profundidad su auténtico contexto. Además, sus grandes temas (el romanticismo del artista que sufre, el terror al poder tiránico, la batalla casi apocalíptica entre lo corrupto y lo puro) encajan bien con los lectores estadounidenses.

Aunque es cierto que la rápida aceptación de Bolaño se debe a que ya disponíamos de un cierto contexto para poder leerlo, si reducimos sus novelas a ese contexto preexistente corremos el peligro de malinterpretarlo. Venuti afirma con toda razón que leer a un autor sin un conocimiento adecuado de sus circunstancias conduce a lecturas que, tal vez no sean incorrectas, pero que sí que estarán excesivamente simplificadas:

“[La lectura de una traducción sin un conocimiento adecuado de su contexto cultural] puede prestarse a una reafirmación complaciente de los valores culturales del lector y a un rechazo etnocéntrico de una cultura ajena simplemente porque ese texto foráneo no puede ser comprendido en sus propios términos.”

Por desgracia, el etnocentrismo es algo que se nos da bastante bien. Por muy crisol cultural que seamos, los estadounidenses somos célebres por un provincianismo nacido de una falta de curiosidad general hacia el resto del mundo. (Un ejemplo: una abrumadora mayoría de norteamericanos seguían sin ser capaces de ubicar Iraq en un mapa varios meses después de que la mayor parte del país hubiera aprobado su invasión). Me alegro de que se esté leyendo a Bolaño, pero si no lo estamos comprendiendo en sus propios términos entonces estamos perdiéndonos una parte muy importante de lo bueno que una traducción puede proporcionar. Las buenas traducciones nos descubren modos de vida y maneras de pensar que nos resultan nuevas; son una manera de superar barreras culturales, y contribuyen a convertirnos cada vez más en ciudadanos del mundo. Sin embargo, la lectura de Bolaño desde una perspectiva puramente norteamericana o en la que nos limitemos a trazar una línea de Borges a García Márquez y de este a Bolaño no lo va a lograr.

En el desierto de Sonora

Es evidente que hablar de contexto en el caso de Bolaño es un asunto peliagudo, no solo porque viajó muchísimo y porque sus libros se desarrollan en diversos escenarios, sino porque el mismo Bolaño mantenía que ningún escritor serio (ni siquiera Borges, Cortázar, Bioy Casares, García Márquez o Vargas Llosa, ni, es de suponer, Bolaño) escribía “literatura latinoamericana”. El asunto del contexto se complica incluso más debido a que en sus libros se suele presentar a sus contemporáneos como autores que, o bien están heroicamente inéditos, o han muerto antes de que pudieran escribir algo perdurable. Nos da la impresión de que Bolaño es un artista sui generis, además de ser el único de su especie. Por estos motivos (y también porque sus obras suelen solaparse entre sí) no es una mala idea empezar el acercamiento a este autor a través de su propio contexto. En este aspecto, los lectores norteamericanos somos afortunados, ya que contamos con la posibilidad de descubrirlo a través de varias de sus obras más breves antes de leer Los detectives salvajes.

Además de leer al propio Bolaño, hay otras cosas que pueden hacer aquellos que no conozcan a los contemporáneos del autor ni las traducciones de sus obras. Los críticos han logrado descubrir conexiones bastante sólidas entre Bolaño y Borges y entre Bolaño y García Márquez, y creo que se pueden apreciar vínculos con otros muchos pilares de la literatura latina; si bien es cierto que, en todos estos otros casos, los vínculos no son de los que se ven a primera vista. Lo que quiero decir es que el contexto literario, o al menos una parte, está ahí, accesible para los lectores estadounidenses, pero que tenemos que esforzarnos para hacernos con él, lo que no siempre se ajusta a la idea que de la literatura se tiene en este país.

Además de contar con el contexto literario, tenemos que esforzarnos por tener el contexto histórico. Odio tener que decir esto, pero la mayoría de los estadounidenses desconocen gran parte de lo que ha estado sucediendo en Latinoamérica durante estas últimas décadas, y eso a pesar de que, en repetidas ocasiones, nuestro gobierno ha actuado con mano dura en esta región. Es una lástima porque para entender bien a Bolaño se debería tener un cierto conocimiento de la historia política de Latinoamérica. Aunque es cierto que el terror y el arte, tal como los utiliza Bolaño, deben ser interpretados como universales, y también lo es que se puede sacar mucho de sus libros sin saber demasiado ni sobre Chile ni sobre México, la realidad es que sus novelas hunden sus raíces en lugares y épocas muy específicos, y leerlas sin comprender el contexto supone perderse mucho. Bolaño llamó a Latinoamérica el manicomio de Europa, y su novelas exploran cómo ese subcontinente ha absorbido aspectos de Europa muy distintos a los que han sido absorbidos por Norteamérica. En Latinoamérica se han originado mutaciones de conceptos (como por ejemplo, del fascismo) que nosotros como estadounidenses (al estar plenamente familiarizados con los nazis) podríamos pensar que conocemos, cuando en realidad no es así. Leer a Bolaño sin ser consciente de estas diferencias es correr el riesgo de malinterpretarlo.

Por desgracia, en lo referente a ampliar nuestro contexto para leerlo, estamos atrapados en una situación en la que la víbora se muerde la cola. John O’Brien, de la editorial Dalkey Archive Press, y uno de nuestros editores de traducciones literarias más entregado y audaz, ha estimado que las editoriales suelen perder unos 15 mil dólares por cada traducción.5 Esto debido principalmente a las escasas ventas, que no son de extrañar dado que la mayor parte de los norteamericanos no están interesados en leer traducciones. Para poder disponer de un contexto mejor necesitaríamos más traducciones de los contemporáneos de Bolaño, pero estas no llegarán hasta que resulten más rentables, lo que está condicionado por la existencia de una mayor demanda. Y va a resultar difícil, por no decir otra cosa, convencer a los lectores estadounidenses de que deberían demandar algo que durante mucho tiempo ha estado marginado en nuestro mercado, y que seguirá estándolo hasta que empiecen a demandarlo.

Estoy hablando de Bolaño porque ningún autor extranjero había despertado tanta expectación en este país desde hacía bastante tiempo, y también porque considero que es un escritor importante; pero todo lo anterior puede aplicarse a la literatura extranjera en general. Los problemas derivados del provincianismo a los que nos enfrentamos cuando leemos a Bolaño son, en un sentido amplio, los mismos a los que nos enfrentamos cuando leemos a cualquier autor extranjero. Nuestro autoaislamiento literario está agravado por el hecho de que, aunque en este país se publican muy pocas traducciones, en otros se acostumbra a publicar un gran número de traducciones de autores norteamericanos. Por ejemplo, en 2002, Alemania compró los derechos de traducción de 4.000 libros estadounidenses, mientras que nosotros solo compramos los de 35 alemanes. Aunque lejos de ser insuperables, es cierto que estos problemas constituyen un reto, incluso para aquellos de nosotros para los que el ir adquiriendo un contexto al leer es una prioridad.

La patria de un escritor es su lengua

Un amigo mío hispano, al que le gusta Bolaño y que lo leía en español mucho antes de que arribara a nuestras costas, me dijo en una ocasión que, tras el revuelo mediático que se había producido a raíz de la publicación en inglés de Los detectives salvajes, se sentía abochornado por Bolaño. En su opinión, un revuelo así era precisamente algo que al propio autor le hubiera parecido vulgar. Por supuesto, yo no puedo pretender tener la más mínima idea de qué es lo que Bolaño hubiera opinado sobre cosa alguna, pero no me cuesta creer que al autor que en una ocasión se refirió a los ganadores del premio Nobel como una panda de atorrantes y que denigraba sin piedad a Octavio Paz por sus pretensiones y respetabilidad, no le hubiera complacido el cariño que tan a la ligera le demuestran nuestros medios de comunicación. También yo me siento un poco abochornado por Bolaño; y aunque yo mismo intenté utilizar su momento de gloria para reclutar para sus libros tantos lectores como pude, me resultó raro contribuir a promocionar a un autor que ya estaba recibiendo una promoción claramente desmesurada. Y no me sorprendería que muchos lectores, plenamente conscientes de lo ofuscados que estamos con todas esas celebridades efímeras, rehuyeran a Bolaño tan solo por culpa de ese revuelo mediático. Para ser sincero, de no ser por la afortunada casualidad de que yo ya había leído Estrella distante, Nocturno de Chile y Amuleto antes de que se publicara Los detectives salvajes, es probable que yo también hubiera sido uno de ellos.

No obstante, a pesar de toda la atención que recibió Bolaño en 2007, creo que este año todavía se le va a prestar incluso más. Ya hemos sido testigos de la publicación de La literatura nazi en América, un libro que está recibiendo más críticas entusiastas, y, en noviembre, llega ese monstruo llamado 2666. Aunque no fuera más que por su volumen, 2666 ya sería digno de atención (en nuestro mercado supersaturado, es habitual que se utilice el tamaño de un libro para conseguir una cobertura mediática); pero si combinamos eso con el actual estatus de celebridad del que goza Bolaño, con la leyenda de cómo estaba todavía trabajando en la obra cuando murió y con el hecho de que va a ser una de las novelas más ambiciosas y rompedoras de las que se van a publicar en inglés en años, tenemos muchas posibilidades de que 2666 haga que el revuelo provocado por Los detectives salvajes parezca poca cosa en comparación.

Y a pesar de que me muero de ganas de leer 2666, me hubiera gustado mucho que no nos llegara tan pronto. Creo que para todos aquellos a los que realmente nos interesa Bolaño, sería mejor no leer 2666 hasta que hayamos tenido la oportunidad de asimilar el resto de sus libros. Además, por el bien de la reputación del autor en los Estados Unidos, me parece que sería mejor que no hubiera otro revuelo a su alrededor mientras todavía estemos bajo la influencia del anterior. Somos tan crueles criticando a las estrellas de nuestra cultura mediática cuando ya nos hemos cansado de ellas…

Y además, por el bien general de las traducciones en nuestro mercado, me hubiera gustado que le hubiéramos dado una oportunidad a otro autor antes de volver a por 2666. Creo que la vida y las novelas de Bolaño han despertado un auténtico interés hacia las novelas extranjeras entre los lectores de nuestro país, y, en una cultura tan típicamente desinteresada por lo que la literatura extranjera tiene que ofrecer, esto no es algo despreciable. Convendría espaciar de manera racional la publicación de traducciones que vayan a convertirse en todo un acontecimiento, y convendría recordar que Bolaño no es más que un nombre. Volviendo a Venuti:

“En el caso de las traducciones [...] las experiencias pasadas demuestran con bastante claridad que los editores no han tenido suficientemente en cuenta el proceso de descontextualización de la traducción y su impacto negativo sobre la acogida de los textos foráneos. El centrarse en un único texto o autor extranjero termina por agudizar este proceso: se disimula la pérdida o eliminación total de los contextos cultural y lingüístico foráneos y, por lo tanto, se da la impresión engañosa y falsa de que cualquier obra literaria puede ser entendida por sí misma. Esta impresión alienta una idea en esencia romántica de genio original, que va en contra de la lectura contextualizada, de esas comparaciones entre textos, que, de manera implícita, cualquier lector bien informado siempre lleva a cabo.”

Este es el peligro que se corre en estos momentos con Bolaño, cuya tendencia a ensalzar a una generación perdida de escritores fomenta su imagen de genio solitario que consiguió escapar del callejón sin salida del realismo mágico. A todos nos vendría bien olvidarnos de Bolaño una temporada, tener presente que un hombre no constituye una tradición y dirigir un pequeño foco hacia sus destacados contemporáneos. La logística necesaria para hacer llegar la literatura latinoamericana hasta los lectores anglosajones es notablemente complicada, y desviar un poco de energía de Bolaño resultaría sumamente beneficioso. La alternativa es, bastante irónicamente, hacerle a Bolaño la jugarreta de colocarlo en el mismo lugar en el que a él le disgustaba ver a García Márquez; es decir, convertir sus obras en la encarnación de lo que la “ficción latinoamericana” significa para una generación de estadounidenses, y, de esa manera, eclipsar cualquier otra cosa que pudiera, y debiera, significar.

No sé muy bien en qué consiste el realismo visceral

Me gusta la literatura porque sí, pero también porque me proporciona una cierta esperanza. Cada vez que un escritor se sienta y pone manos a la obra, se lanza a la tarea imposible de penetrar en una mente ajena, y, aunque nunca nadie lo logra, sigue resultando alentador que tantos escritores salgan tan bien parados de su fracaso en este empeño. Y si nos distanciamos de ese solitario escritor y ampliamos la perspectiva para abarcar a todos los escritores del mundo que intentan plasmar unos pensamientos sobre el papel, y pensamos en cuántos de esos escritos son llevados de aquí para allá, atravesando idiomas y fronteras, hasta otros lectores que intentan entrar en comunicación con esas otras culturas y mentalidades diferentes, la idea de que parte de ellos llegan a ser comprendidos me hace sentir optimista.

En medio de toda esta actividad, descubrir algo que a uno le resulte gratificante es una sensación maravillosa. Es como encontrar un alma gemela en la otra punta de la Tierra. La búsqueda de esa sensación es la motivación de muchas de mis incursiones, adentrándome cada vez más y más, en esa cámara a la que a veces llamamos literatura; y reconozco que, cuando encuentro un autor que me la puede proporcionar, me gusta regresar a él una y otra vez. Pero cuando me recupero de ese vértigo y levanto la mirada hacia todos esos miles y miles de libros que todavía siguen ahí y que podrían contener a mi próxima alma gemela, me siento abrumado.

Notas

1 Y en cierta medida, yo también contribuí a esta orgía de elogios a Bolaño con una reseña en el periódico The Philadelphia Inquirer que apareció el 26 de abril de 2007.

2 Por ejemplo, en Estados Unidos, Por el camino de Swann tan solo vendió 3.000 ejemplares durante sus cinco primeros años, y La montaña mágica apenas alcanzó los 5.000 en siete.

3 De hecho, New Directions lleva publicando a Bolaño desde 2003, y ha hecho un gran esfuerzo por que se lo considere un autor de auténtico mérito literario. Sus traducciones de Nocturno de Chile, Estrella distante, Amuleto y una colección de sus relatos fueron las que permitieron que por primera vez se le pudiera leer en inglés. Algo que no se ha destacado lo suficiente ha sido el hecho de que han sido sobre todo esas primeras traducciones las que le han proporcionado a Los detectives salvajes la introducción adecuada que le ha permitido despegar de manera casi inmediata.

4 Como prueba de lo que una buena historia puede hacer por un novelista pensemos, por ejemplo, en la autora francesa Irene Nemirovsky, cuya novela Suite francesa fue publicada con gran éxito en los Estados Unidos en 2006. Nemirovsky empezó a escribirla al estallar la Segunda Guerra Mundial, pero murió en un campo de concentración antes de que pudiera terminarla, y el manuscrito no fue descubierto hasta varias décadas después. La mayor parte de los críticos consideran que su abrumador éxito se debe a esta dramática historia.

5 Para aquellos que puedan estar interesados, O’Brien publicó en la revista CONTEXT una fascinante serie de artículos sobre la traducción en Estados Unidos, que pueden ser consultados en inglés en el sitio web del Dalkey Archive.

Traducción de María Pilar San Román.
Scott Esposito escribe sobre arte y cultura para diversas publicaciones. Es el editor de The Quarterly Conversation y escribe sobre libros en el blog Conversational Reading.

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