Crítica • Abril 2008

El arte de conversar, de Oscar Wilde

Por Violeta Entrerríos

Extraño Oscar Wilde. Tan desconocido.

Entro a él con un raro escepticismo, con el cuidado o la atención con que se entra en algo peligroso, en aguas movedizas. Linda ingenuidad de la nena que leía por primera vez sus cuentos -«El gigante egoísta», en edición apretada de Aguilar, que tantos recuerdos me trae-; siento envidia de aquella nena, de aquel acceder a Wilde con inocencia, entregarme a él por completo sin conocerlo. Entonces lo comprendía en toda su dimensión; ese gigante egoísta no era más que eso: un gigante vencido por el candor infantil, yo no tenía dudas; pero ahora releo y me pierdo, me acobardo, me asusto. ¿Qué significan unos cuentos tan ingenuos al lado de la mordacidad de Wilde, de sus constantes críticas sociales, de sus escándalos, de su excéntrico quehacer artístico? Busco una explicación, pero desisto; mejor dejarse llevar por la contradicción que en verdad él mismo quiso para su propia vida:

«The duality of Wilde in all aspects fascinates, confuses: the Anglo-Irishman with Nationalist sympathies; the Protestant with life-long Catholic leanings; the married homosexual; the musician of words and painter of language who confessed to André Gide that writing bored him…»

Así iba esparciendo los retazos de su vida y de su obra: en conversaciones que hoy nos llegan con sabor a pose decadente y pasada de moda. ¿Cómo lograr una atracción autobiográfica similar ahora, en nuestros días? Lo primero e indispensable sería crear una cuenta en facebook, colgar en ella nuestras intimidades y admitir a quien quiera ser amigo; desde ahí, todo lo demás llegará solo; todo, menos la fama, porque pocas cosas nos sorprenden ya, y nada nos escandaliza. No necesitamos conversar, no charlamos largas horas; dedicamos nuestro tiempo a navegar por blogs, buscadores, enciclopedias virtuales, chats, foros, espacios. Nos cuesta creer que la conversación haya sido hasta hace pocos años la más frecuentada vía de escape de la ociosidad. Y en lo que aquí me interesa: la conversación fue el arma más potente de Oscar Wilde, aunque ahora eso nos suene a un pasado entrañable y lejano. Entrañable porque imaginamos la típica escena al calor de la lumbre, narrando cuentos, conversando, pasando el tiempo; y lejano porque hubo una época en que internet no existía, hace años no era posible acceder a todo pulsando una sola tecla.

Así es como entramos en El arte de conversar, que no es una novela ni un conjunto de relatos y aforismos de Oscar Wilde; sino que pretende ser Oscar Wilde en sí mismo, pues el libro lo define y lo configura. Y digo esto porque el autor de este libro no es propiamente el famoso irlandés, sino quien ha construido su extraña estructura: Roberto Frías, traductor y editor del volumen, cuyo intento de acercarnos a la figura, o más bien al personaje público de Oscar Wilde, da resultado a medias.

Imaginemos dos partes principales. La primera se compone de un conjunto de relatos que Wilde contaba a sus amigos, en ciertos círculos sociales, en sobremesas, en fiestas. No es el autor quien dejó los escritos, sino sus interlocutores: desde George Bernard Shaw, hasta André Gide, pasando por Arthur Conan Doyle, W. B. Yeats o Frank Harris. Ellos registraron las historias improvisadas que Wilde contaba sin descanso; no es por tanto el estilo lo que da su brillantez al conjunto, sino la originalidad de los relatos, lo anecdótico y casual de su existencia.

Pero llegamos entonces a la segunda parte del libro, más extensa y compuesta de «aforismos», rescatados por Frías de todo tipo de documentos, incluyendo su obra escrita: novelas, cuentos y teatro. Parece que esta parte es la que justifica el volumen completo, y Frías, en su introducción a ella -un texto titulado «El marco y la ventana»-, explica el verdadero objetivo del libro: «Y es que Wilde, por lo que muestran no sólo sus escritos, sino también las conversaciones captadas al vuelo por innumerables testigos, no hablaba, epigramaba, podía improvisar cuentos de principio a fin en una sobremesa, desarmaba a sus enemigos con respuestas punzantes y sorprendía al mundo con un pensamiento que más bien parecía una fuente inagotable de prosa».

Así reúne el editor las frases más ingeniosas, las anécdotas más sutiles y divertidas que Wilde dejó tras de sí. Pero más logrado habría resultado el volumen si se hubiese quedado en la primera parte, incluso si la hubiese ampliado; porque los relatos resultan mucho más interesantes y tienen el valor de cerrarse en sí mismos, de completarse solos, de ser independientes, mientras que los aforismos no pasan de ser unas cuantas sentencias descontextualizadas y clasificadas por «temas» tales como: «Conducta», «Religión», «Amor», «Hombre», «Mujer», «Educación», entre muchos otros. Más que acercarnos al autor, una reunión de aforismos así -que no nacieron como tales, sino que se convirtieron en ello por obra y gracia de quien no los creó-, nos aleja de él, con la extraña insatisfacción de quien huele algo que no puede ver.

Pero atención. El aforismo en sí no debe ser desterrado. Su esencia breve, eficaz y directa es muy respetable cuando nace con ese objetivo: incidir con potencia en el tema que trata. Sin embargo, extraer oraciones de un texto cualquiera no es crear aforismos, sino descontextualizar sentencias ingeniosas que pierden sentido fuera de su lugar. El delito crece, además, cuando el recolector junta todo bajo un título engañador: El arte de conversar. La invitación a conversar desaparece con estos fragmentos inconexos.

Pero también podríamos voltear el argumento: Frías, en un intento realmente acorde con la demanda del lector actual, nos ayuda a no perder más tiempo del necesario, construye un templo a nuestra experiencia de conversación: ¿qué es el chat sino frases sueltas, inconexas?, ¿cuántas veces nuestras conversaciones del messenger nos han llevado a malentendidos por estar sacadas de contexto?, ¿este procedimiento no compone, a fin de cuentas, el día a día del usuario medio de internet?

Ya otros editores han sacado partido de la obra de Wilde para este tipo de antologías; encontré a Karl Beckson y su I can resist everything except temptation, and Other Quotations from Oscar Wilde (New York, Columbia University Press, 1996); referencia que, por cierto, se echa de menos en la bibliografía de Frías, y no sólo por el objetivo común de ambas obras, sino por el asombroso e inquietante parecido entre ellas. Claro que el ejemplar de Beckson añade la «ventaja» de ordenar alfabéticamente las citas -breve, eficaz, directo y ordenado-, y al menos tiene la delicadeza de exponerlo como «citas», gracias a lo cual una sabe a lo que se atiene: no es que Wilde escribiese aforismos o epigramas sin descanso, sino que yo, editor de turno, decido extraer las frases más ingeniosas de entre todos sus textos, las reúno bajo el título de «aforismos», las ordeno y clasifico por temas; todo ello para «acercar» al lector a ese personaje tan extraño y famoso que es Wilde.

Claro que Wilde impone de cualquier manera. Y nos golpea.

Un último despropósito: al leer los aforismos extraídos de obras en prosa, el editor no facilita el nombre del personaje que habla, con lo que fácilmente caemos en la tentación de identificar el contenido del texto con el sesgo ideológico de su autor. Así, una lectora despistada puede asustarse con frases como esta: «Ninguna mujer, fea o bonita, tiene sentido común. Ése es un privilegio de nuestro sexo». ¿Realmente Wilde defendió el sentido común como un privilegio?, ¿en verdad pensaba que los hombres se caracterizan por su sentido común?

De esta manera convierte Frías lo que era conversación en un género nuevo, creado para individuos aislados, usuarios del chat, que harán de esa «conversación», a su vez, una lectura fragmentada y solitaria, o un intento fracasado de acercarse a una época que así presentada nunca comprenderemos.

Claro que todo pertenece a Wilde. Y Wilde siempre merece la pena.

Barcelona: Atalanta, 2007. Traducción y edición de Roberto Frías.
Violeta Entrerríos nació en Madrid en 1983. Asistió a un colegio de monjas y ahora hace un doctorado en literaturas hispánicas en la Universidad Autónoma de Madrid.