Golpes y Patadas • Febrero 2008
Una derrota en ciernes
Queridos y fieles amigos, en la edición anterior de Golpes y Patadas la muerte del gran sensei samurai, Horacio Gómez, llenó páginas impensadas de nuestra revista. Allí leyeron que la triste noticia a mí llegó por intermedio de un llamado telefónico de Zamudio, nuestro cronista y último representante del muerto, y que ese llamado naturalmente me condujo a manejarme con discreción frente a mis colaboradores inmediatos, Martin Grunauer y Vilmo Patiño, a la vez que con autoridad frente al difícil carácter de Carlos Novoa, el fotógrafo de esta revista, a quien la terrible noche envié al lugar de los hechos para que con su nikon desarrollase su faena periodística. Apunto ahora que los posibles móviles del crimen, reducidos a tres variantes por la Justicia -el pasional, el de índole sectario y el que combina a los dos primeros-, se hallan sintetizados en la figura del “homicidio agravado”, como reza la carátula del expediente, inspirada en el artículo creo que 80 del Código Penal. Allí también se escribe, como les he contado y ya saben, que Nadia Yolakian fue la autora material del asesinato. Hechas estas aclaraciones, regreso a la historia, a esta pequeña forma personal del dolor y del recuerdo del ya muerto.
El gran sensei samurai, Horacio Gómez, antes que a Zamudio, tuvo como representante a una mujer para la mayoría de ustedes desconocida y que no lo fue para mí, la desaparecida Norma Ofelia Laura Monje, a quien tanto gustaba que así se la llamara, con sus tres nombres y en su debido orden: Norma, Ofelia, Laura.
Norma Ofelia Laura Monje, que se suicidó en marzo de 2007 -poco antes del homicidio materia de estas crónicas-, aparece en la vida del gran sensei samurai exactamente en agosto de 2005. Desde ese mes y hasta la Navidad de 2006 y sus días posteriores será como el caddie de un golfista otrora top ten que, cercano al retiro, se ve resentido por la poca flexibilidad su back swing.
Las múltiples versiones que he recopilado cuentan que el 23 de diciembre de 2006 Norma Ofelia Laura Monje calzaba anteojos de marco negro, zapatos negros de taco aguja, minifalda negra, top negro de gran escote bajo un saco negro abrochado por un botón negro, que el cabello lo llevaba teñido de un rubio chillón muy porteño y atado por detrás de la nuca. Añado: no era delgada Norma Ofelia Laura Monje ni tampoco bonita, pero tenía buena delantera y trasero generoso, y con eso le alcanzaba para motivar las formas más rebuscadas de la inquietud.
Sentada en la sala de espera de las oficinas de mi amigo, el gran Edgardo Kazanovich, había aceptado un té verde y dialogaba tonterías con la secretaria, pormenores acerca de la vida de Horacio Gómez que un poco el mismísimo gran sensei samurai y otro tanto yo le habíamos narrado en reuniones de artistas marciales, esas reuniones que desde hace unos pocos días se ha resuelto que queden suspendidas, como una manera entre otras de recordar la violenta muerte del ya muerto.
Precisamente, las múltiples versiones también cuentan que fue la voz de Edgardo Kazanovich a través del intercomunicador la que acabó la plática entre la otrora representante y luego suicida y quien hacía y aún hace las veces de secretaria. De suerte que la primera se puso de pie, estiró su minifalda negra, pidió a la otra que le desease suerte y dijo, nomás pudo apoltronarse en el cuero bordó y frío del despacho:
-Es por el caché. Con Horacio estuvimos haciendo números y nos pareció oportuno elevar el caché.
Ustedes lo conocen a través de la televisión, saben que tiene una pierna ortopédica y que jamás permite que le pregunten sobre eso; pero no es lo mismo tratarlo personalmente. Edgardo Kazanovich es un hombre mediano que hasta sentado impone autoridad, desde sus ojos claros y fotofóbicos y su pelo blanco y bien recortado, hasta sus zapatos de un brillo encharolado. Ese 23 de diciembre de 2006, de espaldas al gran ventanal desde donde se alcanza a ver el Río de la Plata, Edgardo Kazanovich encendió un puro y pidió razones, por lo que Norma Ofelia Laura Monje sustrajo de su cartera las planchas del raiting del último mes y se dispuso a hablar, siendo antes frenada por el gran conductor televisivo, quien, sin dejarle decir nada, primero dijo, apartandosé el puro de la boca:
-Ya conozco esas cosas. Yo mismo le dije “mirá” y le mostré las mediciones. “Pero no te agrandés”, le dije, “que así como te subí te bajo de un cuetazo”. De manera que si esas son las razones, no necesito karatecas… Así que andate, que ya es hora de almorzar.
Así de rápido.
Norma Ofelia Laura Monje dejó entonces el sillón de cuero bordó y las razones inflacionarias que pretendía a continuación esbozar, se estiró la minifalda, tomó las planchas y las guardó en la cartera, y Edgardo Kazanovich escribió en una de las servilletas sueltas que construyen el borrador de las memorias que alguna vez publicará: “23 de diciembre: Mi apellido se descompone en dos partes. Kazan, por un lado. Ich, por el otro. Es decir, de la ciudad de Kazan”.
Las múltiples versiones que he recopilado cuentan además que, horas más tarde y en otro lugar, Horacio Gómez, el gran sensei samurai -en calzones, unos eslips rojos, ceñidos y chillones, con la cabeza de Nadia Yolakian todavía dormida sobre su pecho lanudo, el pelo rubio de Horacio Gómez naciendolé en la nuca y terminando más allá de sus hombros- hablaba por teléfono.
-Sos una estúpida, japonesita -decía y decía-. Él es mi amigo. Y me hiciste quedar como un novato -decía también, sacudiendo alternativamente la cabeza de Nadia-. ¡Y todavía nos queda pendiente la comisión de preservativos tulipán! -gritaba lo que vulgarmente se dice “desencajado” y utilizando esa forma de nombrar a Norma Ofelia Laura Monje que se remontaba a los primeros meses de relación profesional y asimismo de entrevero amoroso que, muy poco después, había quedado trunco con la irrupción erótica de Nadia Yolakian en la vida de ambos.
A la par, ese mismo día, Edgardo Kazanovich tomaba otra servilleta y escribía: “23 de diciembre: Mi nombre es Edgardo Kazanovich y soy yo quien desafía las aguas”. Y poco después Norma Ofelia Laura Monje, sobre su cama de mujer sola, subrepticiamente vestida para dormir y tras colocar una cinta editada, miraba al gran conductor, diciendo éste a cámara que había un escribano público para constatar la rotura de maderas y barras de hielo. Emisión tres mil y pico de “La noche del viernes”. Invierno de 2006.
-Hoy -decía Edgardo Kazanovich delante de los pilotes y barras a romper-, otra vez con ustedes… ¡el único samurai de la televisión argentina! -Aplausos. Los chicos de la platea se ponían de pie u observaban desde los hombros de sus padres. Las mujeres chocaban sus palmas entre furiosas e histéricas. Las viejas reidoras exclamaban o gemían. Y al fin hacía su aparición en estudios La Figura, La Gran Figura, con su pecho manchado de “preservativos tulipán”-. ¡Bienvenido! ¡Bienvenido!
-¡Gracias, gracias! Y no se olviden: ¡todos podemos ser samurais! ¡Los obreros de la mitsubishi lo son!
Más aplausos.
Norma Ofelia Laura Monje miraba esas cosas y un fuego lleno de “japonesitas” le subía por las carótidas y la impulsaba otra vez a marcar el número de la fea casa de Avellaneda. Pero como la atendía el contestador automático, la voz usurpadora de Nadia Yolakian diciendo “ahora no estamos, dejanos tu mensaje, gracias”, se reducía a preguntar “Horacio, ¿estás ahí? ¿Estás ahí, Horacio?”, sin respuestas de Horacio Gómez, el gran sensei samurai, que caminaba por la cocina, alrededor del parlante por donde salía la voz de Norma Ofelia Laura, de la triste Norma Ofelia Laura Monje, mientras lejos de la fea casa de Avellaneda donde él y su futura asesina convivían, y también distante del departamento de Norma Ofelia Laura Monje, el horizonte sobre el Río de la Plata todavía se mostraba limpio, aunque el agua parecía venir ya picada. Pequeñas líneas blancas le daban a entender eso a Edgardo Kazanovich.
“Soy Edgardo Kazanovich”, había escrito, y otras cosas por el estilo, en servilletas cuadradas como las de los cafés, servilletas que aún guarda en el cajón de su escritorio para que luego pase en limpio su secretaria; Mabel se llama su secretaria. “Soy Edgardo Kazanovich y qué miserable aburrimiento”, había escrito y vuelto a mirar el río.
-Mirar el río era dormirse lentamente y pensar en mi Delfín III amarrado al río Sarmiento -me contaría más tarde-. Mirar el río era imaginarme las ansias de los isleños para que llegase la Navidad y los canales estuvieran un poco más iluminados, un poco más vivos que de costumbre.
Pero esta vez las cosas eran diferentes y eso lo perturbaba.
-Yo lo escuchaba quejarse fuertemente -me aseguraría su joven secretaria. Es morocha y lleva el cabello corto, a la francesa, o como Edgardo Kazanovich y yo nos imaginamos a las francesas.
-Y eran brutales pesadillas. La misma brutal pesadilla. Reiterada -acotaría Edgardo Kazanovich mucho después del desastre.
Horacio Gómez, el gran sensei samurai, le intervenía el descanso lanzando una patada, partiendo una madera, agradeciendo decenas de veces, creído de que era realmente un japonés y un samurai y un discípulo del irrepetible Daruma.
-Y yo no tenía más remedio que invitarlo a mi Delfín III para ver si así tal vez se me terminaba borrando.
Despacio, con los ojos entreabiertos, fijos en esas líneas blancas que daban la impresión de la bravura al fondo del Plata, de la tormenta y la crecida, Edgardo Kazanovich procuraba imaginarse a sí mismo guiando a Horacio Gómez hacia el yate.
-Pero Horacio, caramba, lentamente se transfiguraba y quedaba vestido de séptimo dan de karate do, hasta que se sentaba en mi Delfín III.
-Entré una o dos veces y lo vi semidormido, cabeceando y largando como un estertor -me confirmaría Mabel, la secretaria de Edgardo Kazanovich.
-Y no se me borraba Horacio. Y además yo, que quería imaginarme de jogging, no podía verme así vestido, sino de traje, como en el programa… Ahora puedo saber por qué me pasaban esas cosas. Ahora sé que soy una persona muy intuitiva. ¿Pero de qué me sirve saberlo ahora, Cozzolino?
-Evidentemente de muy poco -sabría yo contestarle.
-Es cierto…
En algún momento de la noche de ese 23 de diciembre de 2006 Norma Ofelia Laura Monje resolvió defenderse, si con malas artes o no, no es cosa de la que deba ocuparme, y terminó diciendo nomás al contestador automático del gran sensei samurai, Horacio Gómez, que Nadia Yolakian lo engañaba con otros hombres, que le constaba, y que si él persistía en dar por terminada la representación artística, que bueno, que ya estaría de ese modo firmada su acta de defunción televisiva, “porque ella, cuando se te acabe la fama, y eso pasará muy rápido, te va a dejar solo y humillado”. Palabras que a Horacio Gómez, el gran sensei samurai, enseguida le surtieron el efecto, no sé si deseado, pero previsible, y que lo forzaron a tomar de debajo de la cama el bolsito donde guardaba las fotografías con Nadia Yolakian, dos álbumes forrados con un papel lleno de flores entre ocres y rojas, en los que la futura asesina posaba como verdadera geisha, y que no demoró en prenderlos fuego con kerosén, en el patio, mientras su conviviente lo observaba desde la cocina, chupando de la bombilla del mate, entre a la expectativa y asustada.
-Porque no era necesario que Norma Ofelia Laura me lo dijese, Cozzy -me explicaría el gran sensei samurai más tarde, aunque no tanto-, yo ya lo sabía y lo sigo sabiendo, todo el mundo lo sabe y no se puede esperar otra cosa de una mujer tan bella como Nadia Yolakian… Pero ojos que no ven, corazón que no siente, Cozzy, ¡y no quería que mis ojos vieran! ¿Era tanto pedir?
-Supongo que no, querido amigo, supongo que no…
Pero sí, amigos, era demasiado pedir. Significaba querer tapar al sol con la mano. Y en la omisión y las concesiones a nuestro querido gran sensei samurai todos aquellos que lo rodeamos fuimos de algún modo cómplices de su desenlace, del que hoy estoy persuadido de que se podría haber evitado. Vean, si no:
Las múltiples versiones que he recopilado cuentan asimismo que Edgardo Kazanovich, no bien terminó de almorzar en un restó de Puerto Madero, se dejó estar un rato, experimentando su lenta digestión, ocasionada entre otras cosas por divertículos en el colon, y mientras lo hizo miró lo que había dejado en el plato, restos pegajosos de albóndigas de camarón, y luego atendió su telefonito y dijo:
-Hay códigos -su boca escupiendo saliva contra el diminuto micrófono-. Y yo me manejo con códigos -su cuerpo abandonando ya el restó y subiendo al asiento trasero de su mercedes negro-. No es que guarde rencores ni nada, entendeme, pero la desubicación no la puedo dejar pasar.
-Pero es que yo no le ordené que te planteara así las cosas -argumentó del otro lado de la línea nuestra víctima fatal, insistiendo con que nada había ordenado a Norma Ofelia Laura, que nada de nada. A lo que Edgardo Kazanovich no dio cabida:
-¡Por favor! ¡Por favor! ¡Aunque sea por el trato que te di, no me digás que no le dijiste nada!
-¡Pero Edgardo! ¡Hablamos de más dinero sólo si a vos te cuajaba!
-¡No me interesa!
-¡Y no te voy a pedir lo que te pidió si a vos no te cierra, y menos si no te oferto más cosas para el show!
-Qué bien.
-¡Porque había más cosas en el paquete!
-Sí, claro.
-¡Ella se creyó más viva!
-¡Pero te representa, es tu empleada! -acabó diciendo Edgardo Kazanovich mientras su criado colocaba en el devedé del mercedes un compendio con las últimas “La noche del viernes”.
-¡Pero hoy no me representó! ¡No me representa más!
-Ya no necesito karatecas. Puedo arreglarme la vida sin karatecas.
-¡No soy simplemente un karateca!
-No interesa. ¡Estoy hasta acá de karatecas! -dijo Edgardo Kazanovich y se tocó la frente-. Tengo una trayectoria. Tengo a un ejército de pendejas con ganas de mostrar el culo.
-Pero no es lo mismo que…
-Y yo sé qué hacer con la gente con la que trabajo. Así que problema tuyo -remató el gran conductor, quitando de un bolsillo de su saco una servilleta ya emborronada, escribiendo encima: “23 de diciembre: Qué joder”-. Yo no tengo nada que ver. Lo siento, un gusto mientras duró, pero ya no trabajás más para “La noche del viernes”. Soy el dueño del circo. Feliz Navidad.
-Todas cosas de las que ahora profundamente me arrepiento -me confesaría más tarde.
-Lo cierto es que la pena y el olvido sobrevinieron entonces -le retrucaría yo.
-Y sí, Cozzolino… Y sí -me admitiría el gran conductor-. Eso era ya una derrota en ciernes.
Efectivamente, lo era. Y todos los que apreciábamos a Horacio Gómez, así como recibíamos diferentes cifras emanadas del Satori, la Verdad, no conseguíamos identificarlas, y lo que era peor, ni siquiera podíamos advertirlas, como si alguna especie de ceguera espiritual nos dominara.
En algún momento de aquel 23 de diciembre de 2006 los ojos de Norma Ofelia Laura Monje se abrieron y la pieza fue iluminada por una película de artes marciales, pero no vio en ello Norma Ofelia Laura Monje ninguna señal y más bien antes se preocupó por su malestar estomacal, que la condujo a tomarse una buscapina. Y un poco antes de todo esto, es decir, primero, el criado de Edgardo Kazanovich trabajó en el garaje de la casa de Edgardo Kazanovich la pierna ortopédica del gran Edgardo Kazanovich con siliconas y aceite de máquina, como le había aconsejado el gran sensei samurai que lo hiciera y como nunca hasta entonces lo había hecho, y mientras tanto el dueño de esa pierna durmió la siesta soñando con “La noche del viernes”.
-Estaba en 2007 ya, imaginandomé la nueva temporada. -Dos plantas abajo sus dos nietos jugaban con la mucama a las escondidas.- Y algo me volvía a salir mal. Eso que ahora llamo intuición pero que mientras lo viví me fastidiaba. Porque en el sueño Horacio se rompía las manos intentando batir un récord de rotura de barras de hielo y yo trataba de sacarlo de la escena porque ya gritaba a las cámaras dando vergüenza. ¡Otra señal, Cozzolino, otra clara señal, y no me daba cuenta!
Norma Ofelia Laura Monje, tras la buscapina, tomaba dos pastillas de suprasec; Ismael, el criado de Kazanovich, se cargaba al hombro la pierna ortopédica limpia y reluciente y el gran conductor televisivo continuaba viendo en sueños cómo su programa entraba en caos con las manos rotas de un karateca que lloraba frente a las cámaras… Pero nadie, nadie veía más allá de esos hechos, como nadie sabía qué ideas ahora zumbaban en la cabeza del gran sensei samurai, Horacio Gómez, quien, por esas horas, ya conducía su dodge pollara anaranjado hacia Buenos Aires, tras haber gritado “me voy con Norma Ofelia Laura, ¡me voy con mi japonesita!”, dejandolá a Nadia Yolakian en el baño de la fea casa, en cuclillas, desnuda y atendiendo cómo el agua caía desde la ducha.
Entrada la noche, Edgardo Kazanovich escuchó el volvo y escuchó también a su hija renegar con las criaturas; luego saltó de la cama y a los saltos llegó hasta el baño, donde tomó sus canadienses. En la planta baja lo recibió su mucama, que dijo:
-Ya mismo lo llamo a Ismael.
-Estoy bien así, no lo llamés -respondió el gran conductor, que avanzando sobre su pierna izquierda y ayudado por los canadienses se arrimó a uno de los grandes ventanales de la sala, desde donde dijo-: El cielo está rosado, ¿te diste cuenta Esther?
La mucama asintió en silencio.
-Sabía que algo le andaba ocurriendo, pero desconocía lo que había pasado con el sensei, señor -me diría más tarde Esther-. Desconocía que era por eso. De haberlo sabido hubiese intervenido, no lo dude.
-Son nubes demasiado rosadas. Y cuando las nubes son demasiado rosadas, habrá lluvia. Tendremos lluvia… -continuó Edgardo Kazanovich, y cambiando el tono de voz-: ¿Hubo algún llamado?
-No, señor. Recién se retira la señora Ana con las criaturas y sólo tengo su recado. Dejó dicho que si se arrepentía, que lo esperaba para la Nochebuena.
-De ninguna manera, esta Navidad vuelvo a ser judío -respondió Edgardo Kazanovich, retrocediendo el canadiense izquierdo y adelantando el derecho varias veces, sin apoyar su única pierna-. Y no estoy arrepentido de nada. Quiero que todo esté listo cuanto antes -ordenó.
-Como usted diga, señor -obedeció la mucama rumbo a uno de los muchos vestíbulos de la propiedad e ignorando que su movimiento era teatral, pues mientras ella salía de la escena ingresaba Ismael con la pierna ortopédica cargada al hombro.
-Pero mejor dejá eso -rezongó Edgardo Kazanovich-. Dejá eso y llamá a la marina. Decí que me tengan preparado el Delfín III. Un judío debe vivir las fiestas cristianas como cualquier día ordinario.
Y escribió en la primera servilleta que encontró a mano: “23 de diciembre. Soy Edgardo Kazanovich y necesito con urgencia un retiro espiritual”.
Entretanto, ignorando estos sucederes y creyendosé que le sentaría bien tomar un poco de aire, en busca de amedrentar su desánimo con diversión, Norma Ofelia Laura Monje, ese 23 de diciembre que agonizaba, descendió por el ascensor vestida de fiesta (minifalda, medias caladas, remera y zapatos, todo negro), pero en la planta baja, junto al arbolito de Navidad del consorcio de copropietarios, algo la hizo recular, y ese algo fue la calva y el pelo rubio del gran sensei samurai cayendolé sobre la musculosa amarilla.
-¿Qué hacés acá? -preguntó Norma Ofelia Laura Monje cuando recuperó el aliento y logró abrir la puerta de entrada al edificio.
-No aguanto más, japonesita, tengo una idea y quiero que me ayudes.
-¿Pero cuál?
-Ir a buscarlo, japonesita. Y antes que ello juntar fuerzas -dijo el gran sensei samurai para enseguida besarla en la boca.
No pasaron quince minutos que ya estaban desnudos, haciendo el amor como en la época del breve pero intenso entrevero amoroso. Y no pasaron otros quince minutos sin que Nadia Yolakian volviese a intervenir. Porque sí, amigos, si un condimento le faltaba a la cristalización del desastre profesional de Horacio Gómez, el gran sensei samurai, ese condimento era Nadia Yolakian, que vestida con botas negras, pantalón ceñido y chaqueta de cuero, subió a su scooter y aceleró sobre las negras calles de la zona, diciendosé, como más tarde me lo recordaría risueña, “comenzó la guerra”, y armada con la veintidós que nunca me había dicho tener, pero que tenía, y que no usaría para ultimar a su compañero acaso por un capricho oriental.
Este ingrediente, naturalmente, devino escándalo poco luego en el departamento de Norma Ofelia Laura Monje, quien dejó pasar a la intrusa contraviniendo las órdenes de Horacio Gómez y no tuvo reservas en admitir que sí, que habían hecho el amor, que lo habían hecho como en mejores tiempos. Gritos, forcejeos entre las dos mujeres, “japonesitas” al aire e insultos… Eso hubo. Y sin embargo los tres pasaron juntos la noche, si dormidos o matandosé a golpes, lo desconozco, sí sé que Nadia Yolakian accedió a entregarle el arma al gran sensei samurai, que éste se la guardó en el bolsillo de su pantalón de gimnasta, y sé también que entre los tres decidieron llamar, no bien se hicieran las nueve, al gran Edgardo Kazanovich. En el medio hubo aparentemente una discusión acerca de quién lo haría, pero para el caso lo que importa es que ingenuamente la mucama del conductor televisivo, Esther, precisó la mañana del 24 que su patrón había salido junto a Ismael, a eso de las siete, hacia San Fernando, donde habían embarcado en el Delfín III, noticia por la que Norma Ofelia Laura Monje, Nadia Yolakian y el gran sensei samurai, Horacio Gómez, salieron disparados hacia el mismo destino.
Cuenta la leyenda que el delta bonaerense fue creado en un descanso de Di-s, mientras Éste hacía lo que hoy llamamos universo. Exactamente dice que el Creador se detuvo unos momentos a contemplar lo que ya había obrado y asimismo a meditar lo que aún le faltaba, y que trastabilló y que logró apoyar una mano, tal vez la diestra, sobre una parte de mundo, de la que luego surgió este conjunto de islas, islotes, canales, ríos y riachos, por donde Norma Ofelia Laura Monje, Nadia Yolakian y el gran sensei samurai, Horacio Gómez, se perdieron.
-Nadia y Norma Ofelia Laura no me dejaban pensar -me contaría más tarde el muerto-; se tomaban de los pelos, se insultaban… y yo debía mantener firme a la lancha, que era un gomón con motor fuera de borda, nada más, a eso fue a lo que pudimos acceder. Estuvimos dando vueltas sin sentido unas dos horas, hasta que dimos con una de esas embarcaciones que son proveedurías para los pobladores, y un tal López, después de vendernos matamosquitos, supo decirnos cómo debíamos seguir para alcanzar el arroyo Rama Negra, que al fin y al cabo no estaba tan lejos, que se encontraba cerca de Alpenhaus, ese lugar para parejas románticas.
En efecto, tras el extravío y una serie de imputaciones cruzadas entre las dos mujeres, y asimismo al cabo de ser arrojada por el gran sensei samurai la veintidós al agua, hacia el mediodía los tres dieron con la embarcación de López y con López mismo, quien los orientó como pudo. Y si bien volvieron a perderse unas cuantas veces más, en cada una estuvieron atentos a los errores, haciendo trabajo en equipo, reculando cuando la duda los invadió y regresando sobre la estela de agua que habían dejado si un riacho moría en el codo de una isla. Finalmente, en Alpenhaus convinieron descansar, y el dueño del lugar, el señor Otto, custodiado por sus dos mujeres en bikini, pidió permiso para sacarse una fotografía con ellos, invitó a comer algo, para lo cual cortó leberwurst en gruesas fetas y sirvió cerveza helada y pequeños trozos de pan y pepino, y brindó gentilmente las últimas precisiones para llegar sin sobresaltos a la morada del gran Edgardo Kazanovich, diciendo cosas como “van por acá, doblan en el primer río, siguen unos metros y se meten en el arroyo, a la izquierda”, a la par que las primeras parejas de los bungalows comenzaban sus zambullidas en la pileta, exhibiendosé al trío que hacía poco rato había llegado y que aún aguardaba sentado a una de las mesas, bajo la araucaria del jardín cercano a esa pileta y menos violento y más cansado de lo previsto, alejado momentáneamente del odio y el resentimiento, acaso cohibido por la felicidad de esos hombres y esas mujeres que habían dejado de hacer el amor para calzarse sus trajes de baño y abrir las puertas de sus casitas amorosas con la intención de seguir tocandosé pero ahora bajo el agua.
Cerca de las siete de la tarde, recién, Horacio Gómez se sintió listo para continuar con su camino. Subió a la lancha alquilada acompañado por Norma Ofelia Laura Monje y Nadia Yolakian, y siete y media, más o menos, identificó al Delfín III y al muelle de la casa insular del gran Edgardo Kazanovich.
Ismael, en traje de baño y con un silbato colgandolé del cuello, alistaba la caña de pescar de su patrón en la cubierta; Edgardo Kazanovich estaba a su lado, sentado, con la pierna colgando sobre el agua.
Siete treinta y cinco, aproximadamente, el cielo comenzó a nublarse y media hora después se inició una lluvia pocas veces vista en las islas. Pero antes el gran sensei samurai habló, y esto fue lo que dijo:
-Hasta aquí llegué y más no puedo hacer. Por favor, Edgardo, no me dejes solo. Norma Ofelia Laura viene aquí conmigo y te pedirá disculpas, las disculpas que yo ya mismo te pido. Pero por favor, Edgardo, no me abandones.
Lamentablemente, amigos, Edgardo Kazanovich, que es mi amigo, desoyó la súplica, y así también la de Norma Ofelia Laura Monje y la de Nadia Yolakian.
-Nada más tengo que hablar con ustedes -fue toda la respuesta del gran conductor-. Fuera de mis aguas -lo escucharon decir mientras Ismael acompañaba las órdenes con su torso formado y su mirada desafiante.
-Está bien -respondió el gran sensei samurai-. Está bien -reiteró.
Resignado, tomó el timón del motor fuera de borda, dijo adiós por lo bajo e intentó rumbear de regreso hacia San Fernando. Pero volvió a perderse y la Navidad así lo encontró, bajo la tempestad, a veces abrazado a Norma Ofelia Laura Monje, su japonesita, otras sujeto por los brazos sensuales de la más sensual Nadia Yolakian. Las versiones que me llegaron de una y otra mujer aseguran que ésa fue la primera vez que lo vieron llorar. Los relatos de Ismael y el gran Edgardo Kazanovich, si bien no precisaron ese detalle, sí describieron que de aquel gran sensei samurai verborrágico quedaba ya muy poco.
-Había perdido la dignidad -me indicaría el conductor televisivo-. Y ya se veía en él a un hombre derrotado, peligroso para sacarlo por la pantalla.
