Crónica • Febrero 2008
Un oceánico en quién sabe dónde

Hoy vivir lejos puede pasarle a todo el mundo, ya no es más patrimonio exclusivo del exilio político, de acuerdo. Dentro de esta lógica, nada extraordinario toparse con gente que, luego de unos cuantos minutos de haberse presentado con un raro acento, te diga “Oye ¿Pero tú no eres….?” o “No sé de donde, pero tu cara me dice algo”. Es decir, no solo ya no eres el único lejos de tu casa y cerca de tu pasaporte, sino que además, toman el mismo atajo que tú los que vivían en el barrio de la infancia, en la ciudad donde estudiaste, en el edificio donde tenías a una novia, etc.
Un día sales por una de esas calles con nombres que no te dicen nada - únicamente, que no estas progresando mucho en el nuevo idioma - y se cruza por tu camino uno de ellos o de ellas. No insinúo que sea malo o desesperanzador encontrarse con un rostro familiar en el extranjero. Conozco la experiencia y sé que somos muchos en compartirla. El encanto sufre una trizadura, pues te han traído en cierta forma tu casa, que es lo único que asegurabas haber dejado atrás. Te creías el aventurero, casi con látigo y cuchillo al cinto y alguien se acerca y te explica que solo saliste al jardín de la casa. O al parque de abajo, para los de visión departamentezca como yo.
Sin embargo, encontrarse con alguien del barrio o del “villorrio” como decían algunos poetas, también tiene sus efectos benéficos, o sea, un vino descorchado del país, unas bromas sin necesidad de traducción, de preferencia cochinas y malas que una complicidad difícil de construir en calidad de bárbaro, las hacen valer oro. Una noche de despilfarro bien aprovechada, con la certeza cínica de que es solo una noche y nada más; que en mucho tiempo más no escucharás los nombres de gente que otra vez olvidarás (Porque el olvido es cosa seria ahora, no se rían) Esto puede ocurrir, o al menos a mi me ha ocurrido, una vez por año más o menos.
Saco cuentas del fenómeno este, porque desde hace poco me encuentro en la extraña situación de vivir en Vietnam; país donde es casi seguro que por el doble de tiempo no me toparé con nadie que me reconozca siquiera el acento ¿Quién viene a Vietnam? He conocido a muchos extranjeros en este país, ninguno que venga de Latinoamérica. Tan lejana resulta la evocación para nosotros, los sudamericanos, que simplemente terminan por escribirme “¿Qué tal te va en Indonesia?” o “Espero que mandes fotos de chinitas”. La región es una nebulosa geográfica. Incluso para los vitalicios del club de fans de Pablo Neruda, la estadía consular del poeta en Birmania, Ceilán, Java y Singapur ha contado como una anécdota apenas importante. Aspecto que no me interesa, puesto que no pertenezco a dicho club. Pero, me doy cuenta que es así como he pasado a ser un amigo anecdótico, el que está en un país raro, uno que huele a escenario holywoodiense para películas del soldadito enviado por el “Tío Sam”. Ya no soy el amigo poeta, el que escribe, ahora estoy “¡Quién sabe donde chucha!”.
Gabriel García Márquez dijo, desde una casa en Los Ángeles donde lo entrevistaron, que escribe para que lo lean y lo quieran. Pues en Vietnam, yo puedo decir que escribo para que la anécdota se transforme en algo. Así de simple y ambiguo. Me escribo antes que nada (perdonen el egocentrismo, pero me intereso), para que la anécdota no me coma y haga desaparecer o reduzca a un mero “perdido”. Si ya no cuento con esa visita anual del invitado de piedra, que en otros países más competitivos a nivel turístico suele llegar, entonces escribiré un poco. Cosificar la vivencia, mirar en un grano de arena el mundo, como dijo Blake. Impedir de alguna forma acostumbrarme a lo extraño y continuar a sentir los olores de los mercados vietnamitas “demasiado fuertes”. Y para colmo escribiré sin apego a la realidad. Ya están advertidos; no me interesa la ficción de la historia, más bien me marean y me aburren los autores que proliferan ahora con este tipo de lo que sea que llenan sus páginas. Me interesa hacer de la ficción una historia. Tal como adornamos y desvirtuamos, sin querer reconocerlo, lo que le contamos a los amigos en un bar.
Es así como comienzan estas páginas sobre la vida de un oceánico en Vietnam. Y no se asusten, no les daré sopas del tipo poéticas, esas cucharadas las guardo para mí.
Seguramente se preguntaran a que viene esto de autoproclamarse “oceánico”. Qué quiero decir con eso. Pues es una respuesta a eso otro con lo que muchos salen ahora, que es de definirse como “ciudadano de la tierra”. Permítanme una ida al baño.

Es decir, que lo decidí solo ayer, después de matarme de la risa en la cara de una polluela que exhibía su amplia cultura en un pub del centro de Hanoi y que contaba de donde provenían esos zapatos: “de Pekín”; de donde los aros: “de Bangkok”; de donde…entonces caí en el colmo de la ingenuidad y le pregunté: “¿De donde eres tu?”. La respuesta era lógica, pues, chicos y chicas, ella era “ciudadana del mundo”. La miré y solo pude decirle “¡Tu país es realmente un problema para todos!”. “Ciudadanos del mundo”, por favor, háganse un favor y abandonen sus derechos y deleguen sus obligaciones, disuelvan su constitución y dejen en paz a quienes estamos cansados de que nos clasifiquen así, solo porque erramos. Oceánico es lo que prefiero por oposición. Por el momento, en ese elemento podemos movernos o nadar y tener la certeza que si seremos comidos, será por hambre, punto. Es al mar donde miro cuando me siento saturado de tantos ciudadanos del mundo, cuando quiero emborracharme salando mis labios con el aire de las olas. Lo sé, no tiene sentido lo que digo. Sobre todo ahora, que los mares no valen mucho más que un basurero. Si no, miren un poco las playas de Vietnam ¿No pueden? Pues tienen suerte. Una fuente de todo tipo de deshechos. Los arqueólogos que estudiarán nuestra civilización en un futuro, solo tendrán que hundir el brazo en estas costas y sacarán tesoros si el brazo ha resistido y no se ha disuelto putrefacto. Cables, pedazos de latas de cervezas, botellas, bolsas, jeringas, mascaras de dragones y demonios, ropa y peces muertos. Será la mejor vitrina para la posteridad de nuestra sociedad de consumo rápido.
Hace poco quince perros fueron fusilados cerca de mi casa en Hanoi por el “Comité de los Auténticos Vietnamitas”. Una sección especializada del partido único en Vietnam. Ellos casi perdieron la vida luego de que una fracción del partido - según se dice - atentara contra ellos en las últimas elecciones internas. Disfrazaron una centena de chanchos como perros. Al momento que los del comité dispararon con sus viejos fusiles sobre los perros-cerdos para celebrar las elecciones con un gran banquete de perros, las balas apenas perforaron la gruesa capa de grasa de los chanchos y algunas rebotaron hiriendo a casi la mitad de los del pelotón. Afortunadamente las heridas en ambos bandos solo fueron leves, pero los chanchos fueron decapitados al día siguiente por participar en un sucio complot contra la republica socialista y por encubrimiento de los autores intelectuales.
La tarea de este comité es doble: Por un lado, suministrar la carne de perro a todos los mercados del país para así evitar el trafico clandestino y, por otro lado, alegrarles el día a los vietnamitas con el espectáculo de los turistas que comen por primera vez un perruno. Ellos se encargan de recordarnos a nosotros, los extranjeros, que aquí es mejor olvidarse de la violencia tal y como la concebimos. Que para ejecutarla no es necesario un motivo tan sofisticado como las “armas de destrucción masiva”. Para tal acto, que mi amigo Julien califica de “bárbaro”, solo basta una cierta dosis de hambre y de una refinada educación gastronómica. Los perros son una carne cara en estas tierras. Se les exhibe en los mercados, asados, sobre bandejas y los comensales proliferan a medida que nos acercamos a las fiestas del Tet (año nuevo lunar chino). Los perros ya no mueven sus colas, no hay riesgo que me vendan su carne dado su alto costo. La “ciudadana del mundo” irá a comer a un restaurante especializado en perros. Yo puedo pasarme de dicha experiencia. El olor me hace dar media vuelta a todo intento. Veo la carne de los perros ejecutados y pienso como deben de reírse los vietnamitas viendo a esa joven extranjera asintiendo con la cabeza mientras arruga su rostro y masca, masca y traga su parte de perro. Todo quedará muy en su anecdotario de lo exótico que es su “país” llamado mundo.
